Por: Ana Favela

 

Introducción

A partir de las amenazas y órdenes de deportaciones masivas a mexicanos (y otros migrantes latinoamericanos) hechas por el presidente de Estados Unidos en los últimos meses pensaba, a dónde, a qué, a quién van a regresar nuestros paisanos que residen del otro lado de la frontera. Pensaba en “M”, una mujer que emigró a EE.UU. a los 7 años de edad; me decía “estoy cansada de ser muy mexicana para los gringos, pero muy gringa para los mexicanos”. De acuerdo al Migration Policy Institute (MPI) se registraron alrededor de 10.9 millones de inmigrantes Mexicanos residiendo en Estados Unidos en el 2023. Independientemente de su estatus migratorio, emigraron de México en búsqueda de una mejor calidad de vida, mayores oportunidades, o huyendo de las violencias que existen en nuestro país, dejando todo lo que conocían atrás, formaron una familia, vida y una nueva identidad del otro lado del río. El ser mexicano y mexicana en Estados Unidos se vive con miedo y angustia, sobre todo para quienes tienen estatus migratorios “no autorizados” o “indocumentados” o pertenecientes a familias de estatus migratorios “mixtos”, me pregunto ¿A dónde van a regresar? ¿Quién los espera?. Según un artículo de la BBC (2025), el Departamento de Seguridad Nacional de EE.UU., reportó en el 2022 que el 79% de los migrantes indocumentados han vivido en Estados Unidos durante más de 12 años. Esto implicaría separarse de su familia, regresar a un país que no conocen, no recuerdan, o que no han pisado en más de una década. ¿Son mexicanos? ¿Quién es mexicano? ¿Qué es ser mexicano?

La migración es un derecho humano, y conforma la historia de la humanidad. En tiempos recientes, las políticas migratorias se han rigidizado, poniendo en peligro la continuidad psíquica, familiar, social y económica de las personas que por una u otra razón, emprendieron un desplazamiento geográfico y psíquico.

El presente trabajo pretende reflexionar sobre la identidad y procesos psíquicos de los mexicanos que emigraron a Estados Unidos y que se encuentran en riesgo de ser deportados, preguntándose: ¿a dónde pertenezco?. Me enfocaré principalmente en dos temas: 1) La identidad del mexicano, ¿existe? y 2) Los procesos migratorios, el trauma psíquico y el nuevo self.

1.     Identidad del mexicano: ¿existe?

“La identidad resulta ser más que nada un sentimiento. Un sentimiento lleno de identificaciones, de contradicciones, de idealizaciones, de lo recordado, de lo olvidado; y todo forma parte de lo que llamamos identidad.” (Mon, 2018, p.124)

¿Qué significa ser mexicano? Esta es una pregunta que resuena desde el siglo XVI, tras la conquista de México. Resumiré algunas ideas, que pienso, nos darán pauta a los temas referentes a este trabajo, sin embargo, considero “la identidad del mexicano” un tema sumamente extenso, que nos ha tomado alrededor de cinco siglos elaborar (seguir elaborando y pensando).

Samuel Ramos (2001), planteó que el mexicano está marcado por un complejo de inferioridad, como consecuencia de la conquista española. El resentimiento, los sentimientos de insuficiencia y la búsqueda de máscaras sociales a modo de compensar las inseguridades, son características del mexicano.

Según Octavio Paz (2014), la esencia del mexicano es la soledad, pues tiende a aislarse como defensa frente al profundo sentimiento de haber sido engañado y violentado históricamente, simbolizado en la figura de La Malinche. Este aislamiento se manifiesta en el recelo, el reproche, la soledad y un encierro interior, lo cual lleva al individuo a adoptar máscaras como las del “macho” o “el valiente” para ocultar su vulnerabilidad y sensación de orfandad. Utiliza la figura del Pachuco[1] como prototipo extremo de esta soledad, rechazando tanto la cultura mexicana como la estadounidense. Yo me pregunto ¿y la mujer?, más allá de la madre violada o la figura traidora, parece ser puesta como símbolo ambivalente y contradictorio que da identidad al hombre mexicano, cuya actitud defensiva es expresada a través del machismo. Por otro lado, Jorge Bartra (2024) cuestiona la idea de que la identidad del mexicano sea algo esencial, eterno e inmutable (como la “soledad” que propone Paz). En lugar de eso, afirma que la identidad es construida históricamente y moldeada por factores sociales, políticos y culturales. “La jaula” en su libro La jaula de la melancolía y la figura del “axoloteson metáforas para describir cómo se ha encerrado al mexicano en este estereotipo e imaginario nacional: estancado, inmaduro, triste, solo, pasivo, cuya metamorfosis está incompleta.

Ramírez (2023) refiere “la búsqueda por esta identidad es constante pero vana, puesto que es un mito” (p.183) Así, como el retorno de lo reprimido planteado por Freud (1900), la identidad está conformada por mitos del pasado, que regresan una y otra vez.

Zunzunegui, (2025) resume la identidad del mexicano tomando en cuenta el imaginario colectivo y mitos nacionales, dice que el mexicano es “un ser conquistado que rechaza ser indígena, no acepta ser español y entonces termina por no ser nada” (p.121). Refiere una negación al propio origen, tanto a la parte indígena, como a la parte española. “El mexicano reniega de su conquista, pero fundamenta en ella su identidad, ya que es su pretexto universal para todas sus derrotas” (p.121).

Retomando algunos de los planteamientos de Octavio Paz, Santiago Ramírez (2023) plantea “Las crisis de identidad aún no resueltas desde los inicios de la cultura prehispánica subsisten y prevalecen” (p.190). La constante búsqueda de identidad y sentimientos de ambivalencia son los principales rasgos característicos del mexicano. Desde tiempos prehispánicos, la dominación de un grupo sobre otro, el sometimiento y la ambivalencia hacia el conquistador, conforma el “equilibrio social” más bien inestable de la cultura.

La ambivalencia hacia el conquistador tiene que ver con los sentimientos de admiración, temor, respeto, hostilidad y venganza. En palabras del autor: “El panorama histórico de México se inicia con conflicto y tensión social. Un grupo pequeño, con ideales e intereses homogéneos, domina un medio social enorme que no lo comprende” (Ramírez, 2023, p.181). El mestizo emerge como una figura trágica. Hijo de un padre fuerte, potente, es decir, idealizado, pero ausente, inalcanzable y por lo tanto odiado, producto de la satisfacción sexual, carente de sentimientos cariñosos. Y una madre degradada, sometida, pasiva, violada y sobreprotectora.

Ramírez (2023), amplía el concepto de la mujer y su relación con la identidad del mexicano. Propone que “La incorporación, la introyección y la identificación ulterior con la figura maternal era particularmente intensa” (p.190). Dando paso a una relación diádica, no aceptando la intrusión del padre, exagerando el cuidado, prolongando la lactancia, a modo de compensar las privaciones históricas. El mexicano niega la identificación femenina temprana, a través del folclor, leyendas, mitos e instituciones educativas. “Quizás seamos ‘el Pueblo del Sol’, únicamente como una defensa para no ser ‘el Pueblo de la Luna’. Atrás de nuestro aparente exceso de macho no se esconde sino nuestra inmensa hembra” (p.191).

Ahora bien, Ramírez (2023), describe la relación de México hacia Estados Unidos como ambivalente. En un primer momento fue “fraternal”. Durante los años de la independencia, en donde nuestro vecino del norte, al igual que nosotros, se había rebelado en contra de la autoridad paterna europea. Posteriormente desplazó, esa figura de padre Europeo-Español-Conquistador hacia EE.UU, en palabras de Zunzunegui (2025): “el odio se vuelca contra un nuevo conquistador: Estados Unidos, el siempre odiado y envidiado vecino” (p.210), que por cierto, tiene sus propios mitos, uno de ellos “El Destino Manifiesto”[2]. Me viene a la mente la célebre frase de García Naranjo[3] “ Pobre México, tan lejos de Dios, y tan cerca de Estados Unidos”.

Así, Estados Unidos se convierte, tras la intervención americana y la “mutilación” o castración simbólica del territorio, en esa imago paterna, hostil y amenazante, idealizada y envidiada. “El mexicano proyecta su imagen ideal de fuerza, orden y nivel de vida, imagen de la que carece, en la figura del norteamericano” (Ramírez, 1977, p.97). Usigli, citado por Ramirez (1977), refiere que “de la misma manera que el indígena del Siglo XVI tuvo que aprender español, el mestizo del Siglo XX tiene que aprender inglés para vender sus productos” (p.93).

En relación al migrante mexicano en Estados Unidos, Ramírez (1977) plantea dos tipos; en primer lugar está el migrante “agrícola” o “bracero”, que tiene una “clara conciencia” de las diferencias entre él y el americano, la cuál no trata de resolver. “La motivación consciente de la emigración es la adquisición de riqueza, potencia y dólares en los que cotiza su trabajo; en el fondo, objetos buenos de los que se siente privado en su propio país”(p.96). Por otro lado, los habitantes de los estados fronterizos, de ascendencia mexicana, tienden a utilizar la formación reactiva como mecanismo de defensa, al negar por completo toda influencia extranjera en su forma y manera de ser (Pochos, Pachucos, Chicanos).

Entonces, ¿cuál es la identidad del mexicano? ¿Existe una sola identidad? Coincido con los autores anteriormente mencionados, al plantear, la identidad del mexicano como un mito, un constructo que cambia, se transforma, se busca y se construye. En relación a la identidad Westen, citado por Mon (2018) define la identidad como “un sentido de continuidad en el tiempo, compromiso emocional con un conjunto de representaciones autodefinidas del self, relaciones de rol, valores fundamentales y estándares de ideales del self […] y algún reconocimiento del lugar de uno en el mundo por parte de otros significantes” (p.148-149).

¿Será que una de las motivaciones inconscientes de la emigración de mexicanos tiene que ver con la búsqueda de una identidad?

2.  Los procesos migratorios, el trauma psíquico y el nuevo self

“Toda situación de emigración, condición de refugiado o asilado, debe ser considerada en su calidad de evento traumático” (Mon, 2018, p.73).

Las Naciones Unidas (2024) define a un migrante internacional como “cualquier persona que ha cambiado su país de residencia. Esto incluye a todos los migrantes, independientemente de su situación legal o de la naturaleza o el motivo de su desplazamiento.”

El fenómeno de la emigración, implica varias pérdidas externas e internas, así como retos adaptativos importantes. De acuerdo con Mon (2018), la emigración se divide en dos fases: “1) la emigración o salida del país original; y 2) la inmigración en otro país o región diferente al propio” (p.78). La persona debe de realizar el trabajo de duelo, ante la pérdida de familiares, amigos, lengua, cultura, costumbres, y en segundo lugar deberá de adaptarse al nuevo país, que no suele ser amigable con el forastero. Ante dichos cambios, Mon (2018), citando a Winnicott (1960), plantea la pérdida del sentido de continuidad del sí mismo, así como la vivencia de indefensión y ansiedad de muerte.

Los mecanismos de defensa empleados por personas que emigran, son la negación, la represión y la disociación. Fracturando la continuidad vital e histórica, negando los sentimientos de angustia, interrumpiendo el recuerdo y el sentimiento, afectando la sensación de continuidad, provocando problemas de identidad y autoestima (Mon, 2018).

Si bien se plantea un trauma inherente a la situación de emigración, no debemos olvidar el trayecto migratorio que recorren la mayoría de mexicanos y centroamericanos para llegar “al otro lado”. Un trayecto inundado de peligros, violencias y amenazas constantes a su vida, que se suman a la situación traumática en sí.

Grinberg y Grinberg (1984), refieren el fenómeno migratorio no sólo como una experiencia traumática aislada, sino como un “trauma acumulativo” con efectos duraderos y profundos. El proceso migratorio genera una regresión en el individuo; surgen ansiedades persecutorias, confusionales y depresivas, así como sentimientos de soledad, desamparo, renunciar a la individualidad y sentimientos de invisibilidad. Sobre todo, cuando llegan a una cultura en la que son rechazados y discriminados. “Tengo miedo. Siento la presencia de la policía en mi espalda, sobre todo cuando camino por las calles solitarias, al salir del trabajo. Ahora, voy al supermercado con temor, por lo que mis salidas son esporádicas”, lee el testimonio de Julio Ramos (Briseño, 2025).

La angustia traumática, propuesta por Kohut (1984), citado por Mon (2018) es descrita como una angustia de desintegración, la cual tiene que ver con la pérdida de la humanidad y la muerte psicológica, asemejada a la discontinuidad del self. Recientemente, Irineo Mujica, director en México de Pueblo Sin Fronteras, citado por Rodríguez Mega (2025), dijo: “Vemos tiempos de oscuridad para la comunidad migrante… Todo aquel que caiga bajo la administración de Trump va a ser, ahora sí, comido, devorado, devuelto y escupido”.

Akhtar (1995) plantea el proceso migratorio como una tercera individuación. Retoma la fase del desarrollo de separación-individuación, propuesta por Mahler (1975), considerada elemental en la formación de la identidad del niño. Como se mencionó anteriormente el proceso migratorio implica un estado de trauma, pérdidas, duelos, nuevos modelos de identificación, ideales y dictados del superyó, provocando una confusión identitaria y la conformación de una nueva identidad.

Los factores que afectan el proceso de integración identitaria en la persona que migra son los siguientes: 1) la temporalidad: transitorio o permanente, 2) el grado de decisión de dejar el lugar así como el tiempo de asimilación y preparación para migrar, 3) las posibilidad de visitar el país de origen, 4) la edad (momento de vida en el que se migra), 5) las razones por las cuales se deja el país de origen, 6) la capacidad intrapsíquica de separación previo a la migración, 7) las reacciones emocionales de la cultura que los recibe , 8) la magnitud de diferencias culturales, y 9) la perdurabilidad del “rol original” (vocación): se mantiene o cambia. (Akhtar, 1995).

Pensando en muchos de los migrantes mexicanos en Estados Unidos, varios, si no es que la mayoría de estos factores complican su proceso de integración identitaria. Pienso por ejemplo en “L”, una mujer mexicana con una carrera profesional que emigró a Estados Unidos, que ante la negativa de un trabajo como profesionista o similar, se vio forzada a trabajar como personal de limpieza.

Otro de los factores previamente mencionados por Akhtar (1995), que afecta el proceso de integración identitaria, es el grado de decisión de dejar el lugar así como el tiempo de asimilación y preparación para migrar. En casos de deportaciones este proceso se ve forzado, sin tiempo para la asimilación, preparación ni despedida. Provocando rupturas en la continuidad psíquica planteada por Mon (2018), en la que hay una fractura en la vida del sujeto, siendo forzado a emigrar nuevamente.

Parte de nuestra labor como analistas, es promover la integración en nuestros pacientes. Akhtar (1995), plantea una serie de “pasos” que el migrante transita para lograr integrar su yo y su identidad en el nuevo espacio que habita: “1) del amor, al odio, a la ambivalencia, 2) de cerca, a lejos, a una distancia óptima, 3) de ayer, a mañana, a hoy, 4) de lo mío, a lo tuyo, a lo nuestro”[4] (p.1057).

Comenzando con “del amor, al odio, a la ambivalencia”, Akhtar (1995), refiere que el migrante escinde al self y las representaciones del objeto (libidinal y agresivo). Dependerá de la capacidad adaptativa del yo, el logro de la integración de los dos países y las dos representaciones de sí mismo. En el caso de los migrantes mexicanos sería algo así: México = idealizado, EE.UU. = devaluado, la cuál como sabemos, tiende a fluctuar. O México = madre, EE.UU. = padre, lo cuál despierta, como plantea Ramírez (1977) fantasías edípicas, generando culpa.

Después “de cerca, a lejos, a una distancia óptima”, el Akhtar, (1995) retomando a Mahler (1975), hace un paralelismo entre la distancia óptima entre la madre y el niño pequeño, la cual es esencial para crecer e individualizarse. El país “base” representa a la madre, y el regreso la seguridad brindada por la madre en la fase de simbiosis normal. (Akhtar, 1995).

Algo que me sorprendió al trabajar con migrantes mexicanos en el Consulado General de México en Nueva York, era la fantasía de regresar a México a “comprarse un terreno, retirarse y vivir felices” es decir, regresar como héroes. Es similar a lo que explica Ramírez (1977), en relación al migrante “agrícola” o “bracero”, que emigra a Estados Unidos para generar dinero. Akhtar (1995) explica que este deseo de retorno es ambivalente, pues se anhela por un lado retornar a ese paraíso perdido, sin embargo hay ciertas “condiciones” que le impiden el regreso (por ejemplo, seguir ahorrando dinero, mantener a su familia, que paradójicamente dejó atrás en el país de origen para cuidar y proveer, terminar sus estudios, etc). ¿Qué sucede cuando el regreso es forzado? ¿Cómo se vivirá el reencuentro con esa madre-patria? ¿Es una madre que recibe con los brazos abiertos, o que castiga por haberla abandonado?

Mon (2018), citando a Akhtar (1995) refiere que ante el fracaso en la negociación de la distancia del self “original” y del self “naciente” surgirán dos posibles identidades: 1) retiro etnocéntrico; idealización de la cultura original. Este individuo sólo come comida de su país de origen, únicamente se asocian con sus grupos étnicos, son incluso más nacionalistas que los que habitan el país de origen. O 2) asimilación contrafóbica; devaluación de la cultura original, y una incorporación rápida de la cultura nueva, un falso self, “como si” o “identificación mágica” (Akhtar, 1995).

De acuerdo a Mon, (2018), ambas generan problemas de identidad, pues se escinde y se niega una parte, ya sea la externa (cultura a la que se llega), o la interna (el origen étnico). En relación a la asimilación contrafóbica, al desconocer las propias raíces étnico-culturales e idiomáticas, negando y rechazando a la cultura original, se afecta la autoestima. “No hay nada más perturbador para el ser humano y paradójicamente, al mismo tiempo tan común, como tratar de ser lo que no se es” (Mon, 2018, p.82). Esto me hace pensar en las segundas y terceras generaciones de migrantes mexicanos, que muchos no hablan ni entienden el español.

El proceso “De ayer, a mañana, a hoy” (Akhtar, 1995), se relaciona con lo que plantea Zunzunegui (2025) sobre “la nostalgia y adicción al pasado” características del mexicano. “La falla en incapacidad de duelo implica una búsqueda e idealización del objeto perdido, inhabilidad de amar nuevos objetos, devaluación de los objetos actuales, y una búsqueda interminable de recuerdos nostálgicos para sí mismos a expensas de una inhibición en muchas áreas de la existencia”[5] (Akhtar, 1995, citando a Werman, 1977, p. 3961)

Finalmente, “de lo mío, de lo tuyo, a lo nuestro”. Está relacionado con la fase de diferenciación, entre yo y no yo, de lo mío a lo tuyo debe de integrarse para que surja lo “nuestro”. De acuerdo con Akhtar (1995) lo más importante en el “nosotros” es la adquisición del lenguaje. El proceso sería el siguiente: de la lengua materna a una introyección del lenguaje nuevo, a un verdadero bilingüismo, lo cual permite el vínculo con el otro.

Mon (2018) citando a Winnicott (1967) habla de la sociedad-espejo, como la madre-espejo, en donde la mirada del otro, es indispensable para la adquisición de un slf definido. La polarización de los discursos, así como la incitación a la violencia, rechazo y la no tolerancia, fomenta la invisibilidad de estas personas. Mon (2018) refiere que los migrantes que no reciben un reflejo, respuesta adecuada, que sostiene y contiene, durante las primeras etapas de la emigración, tienen los mismos efectos en la formación de la identidad que el bebé que no es visto y contenido por la madre. Es por esto, la importancia de hacer comunidad entre las personas que son migrantes. Existen organizaciones dedicadas a apoyar y acompañar a las personas que emigran, organizaciones que el gobierno está dejando de apoyar.

Contrario al planteamiento “lineal” de Akhtar (1995), Julia Beltsiou (2016), plantea el proceso de asentamiento e integración identitaria como un “espiral”: “Creo que el psicoanálisis tiene un atractivo particular para aquellos de nosotros que queremos dar solución a las preguntas sobre pertenencia. La historia del psicoanálisis en sí, es una de diáspora, migración y exilio. El proceso de análisis es la búsqueda de un ancla interior, en donde el amor analítico puede ofrecer asilo en tiempos de homelessness[6] y en última instancia genera una nueva comprensión del regresar a casa”[7] (p.107). Dicho lo anterior, considero importante trabajar desde nuestro quehacer con las y los migrantes, que están allá o acá, con el objeto de ayudarles a transitar los traumas migratorios y crisis identitarias, haciendo más habitable su presente, sin dejar de lado el pasado y el futuro. Me gustaría concluir por ahora, con un cuestionamiento planteado por la Dra. Polo Velázquez y el líder comunitario Angelo Cabrera “¿se trata acaso de olvidarse de la cultura de origen para poderse integrar a una nueva cultura?, ¿se trata, como plantean diversos autores, de ser bicultural?” (Polo, 2020). Ángelo responde: “más bien debemos de pensar en una ciudadanía mundial, en el derecho de estar donde uno o una quiera estar, de estar en el lugar que identificas como tu hogar y qué se necesita para lograrlo” (Cabrera, 2020).

Bibliografía

[1] “Pachuco” se refiere a un movimiento contracultural en la frontera entre México y Estados Unidos que surgió en 1930

[2] La idea de que Dios tiene un nuevo pueblo elegido: Estados Unidos. “God Bless America”

[3] Popularmente atribuída a Porfirio Díaz.

[4] La traducción es mía.

[5] La traducción es mía

[6] “Falta de vivienda”.

[7] La traducción es mía.