Por: Salomón Ancona

Considerar que el analista es un ser aislado que simplemente recibe las proyecciones del paciente sin experimentar ningún impacto emocional ni implicar su propia subjetividad en el curso de un tratamiento, resulta una idea ajena a la práctica psicoanalítica. Si bien podríamos recurrir al término de que “el analista no existe”, esto no implica que su mundo interno no juegue un papel específico en el proceso analítico. Del mismo modo, sería ingenuo pensar que la capacidad creativa que desarrollamos en nuestros trabajos surge únicamente de un deseo autónomo de investigación, cuando en muchas ocasiones responde a la necesidad de metabolizar y elaborar nuestras propias vivencias.

Una de las experiencias fundamentales en todo ser humano es la pérdida y con ella el proceso de los correspondientes duelos. No considero aventurado afirmar que todos aquellos quienes nos dedicamos al trabajo clínico hemos acompañado a nuestros pacientes en sus pérdidas y duelos, atravesando junto con ellos distintas etapas de este proceso. Sin embargo, en esta ocasión, mi interés se centra en lo que sucede con nuestra labor como psicoanalistas cuando los que perdemos somos nosotros, intentando responder a las siguientes preguntas: ¿De qué manera los duelos del analista inciden en su trabajo clínico? ¿Podría considerarse una nueva variable dentro del proceso con nuestros pacientes?

La pérdida

Para responder a estas preguntas finales, conviene detenernos en una pregunta inicial que nos guíe en este recorrido: ¿Qué significa perder?

Cuando hablamos de pérdida nos referimos a la ausencia de algo que en su momento le atribuimos un significado y al que se le otorgaba un sentido. Si bien solemos asociarla con la muerte de un ser querido, la pérdida no se limita a esto; también abarca lo que Freud llamaría “lo abstracto” en “Duelo y Melancolía” refiriéndose a objetos (no en el sentido psicoanalítico), roles, vínculos, ideales o circunstancias que una vez dejados de existir ya no se pueden recuperar, o por lo menos, no de la misma forma.

Resulta interesante reflexionar sobre el hecho de que aquello que se pierde ya no tiene un lugar en el mundo físico, es decir ya no podemos acceder a él de la misma forma que antes. Dicho de otro modo: mientras algo existe en el mundo externo y lo tenemos, podemos permitirnos olvidarlo ya que sigue estando presente y disponible cuando requerimos acudir a él para cualquier fin, quizás es por ello por lo que resulta complicado pensar en una pérdida cuando no se experimenta. Sin embargo, cuando algo se tuvo y ya no se tiene, el olvido pasa a ser una tarea casi imposible ya que no se puede acceder nuevamente a lo perdido y solo se dejó una huella la cual en principio se traduce en dolor y más tarde estará inmerso en el proceso de duelo. Es decir, comprendemos la pérdida en el momento en el que hacemos consciente la no existencia por completo subjetiva de aquello.

¿Qué es el duelo?

Como primer punto me parece importante señalar que la capacidad de elaborar pérdidas en el sentido adulto no es un hecho dado de forma natural, sino que se va construyendo a lo largo de nuestro desarrollo. En este sentido, la adolescencia cumple una función crucial. Volkan (1990) señala que “durante la adolescencia normal tiene lugar un abandono psíquico gradual de los propios padres o de sus representaciones-retirada que no puede ser nunca completa- y que le sirve al individuo para tomar conocimiento de las etapas de separación psíquica requeridas para elaborar el duelo en el sentido adulto”. (p.49)

Ahora bien, Freud en su texto, Duelo y Melancolía (1917) describió el duelo como una respuesta psíquica ante la pérdida. El trabajo que se le encomienda al aparato psíquico es el de retirar la libido del objeto perdido para reinventarse, eventualmente, en nuevos objetos.

Durante este proceso el sujeto atraviesa una serie de manifestaciones características entre las que Freud destaca:

  1. Desazón profundo.
  2. Pérdida del interés por el mundo externo.
  3. Pérdida de la capacidad de amar.
  4. Inhibición de la productividad.

Además de estas cuatro, Freud agrega una quinta al diferenciar el duelo de la melancolía: la pérdida del sentimiento de sí, característica de esta última, donde el Yo se empobrece al identificarse inconscientemente con el objeto perdido. No obstante, dado que el foco de este trabajo es el duelo “normal” y no la melancolía no ahondaré en esta distinción.

Dicho lo anterior, resulta interesante pensar que lo que verdaderamente se pierde no es el objeto en sí, sino la experiencia subjetiva que teníamos con ese objeto. Lo que desaparece no es el objeto físico en sí mismo, sino la forma en que habitaba en nuestro mundo interno. Lo que se vuelve irrecuperable no es el cuerpo sino la referencia simbólica, la historia compartida entre dos sujetos que se vincularon. Es por ello que la definición alude, por un lado al dolor y por otro a la batalla que implica desinvestir dicha experiencia.

Lo que nos resistimos a soltar y a dejar ir no es simplemente el Otro sino toda la inversión emocional que pusimos en él. Es paradójico pensar que, en la medida en la que más nos acercamos a alguien, en que nuestra interacción se vuelve más cercana e íntima, más difícil será el proceso de duelo. De cierta forma, el duelo inicia antes de la pérdida y se reedita en el curso del tiempo. Cuanto más amor damos, más pérdida recibimos.

El proceso de retirar la libido del objeto es un proceso lento y doloroso dada la resistencia que conlleva. Los recuerdos y las experiencias se sobren invisten hasta que el Yo queda desinhibido y libre para poner la energía en lo nuevo. El trabajo del duelo no concluye con el “olvido” de hecho el doliente nunca olvida por completo ni retira la totalidad de las catexias con que se invistió la representación. Coincido nuevamente con Volkan (1990) cuando menciona que “no se puede excluir por completo de nuestra historia a aquellos que han estado tan cerca de nosotros”. (p.49) Más adelante concluye que “el duelo finaliza cuando el doliente deja de tener la necesidad de reactivar, con exagerada intensidad, la representación de lo muerto en el curso del diario vivir”.(p.53)

Ante esto, podríamos resumir que la verdadera muerte no es la pérdida en sí misma pues ésta continúa en nuestra vida y se integra a la cadena de significantes que le conforman. Lo perdido se queda como una huella imborrable en nuestra psique la cual, no sólo toleramos, sino que integramos en nuestra propia historia de vida. Lo que verdaderamente podríamos llamar “muerte” sería el olvido total. Pienso que, de ahí, la cultura y las religiones han puesto al servicio rituales que, en principio, buscan digerir la pérdida, pero también con la idea de “no olvidar”; incluso a nivel individual, realizamos rituales que nos acercan a la experiencia de recordar, reafirmando que aquello que llamamos “muerto” sigue viviendo en nosotros mismos.

Como bien señala Melanie Klein, “Cada avance en el proceso de duelo da por resultado una profundización del individuo con sus objetos internos, la felicidad de re conquistarlos después de haber sentido su pérdida da una mayor confianza en ellos porque después de todo resultaron buenos, serviciales y útiles”. (p.362)

Los duelos del analista

Existe dentro del psicoanálisis un debate interesante sobre el carácter patológico del duelo. Aún así, en lo que la mayoría de los autores están de acuerdo es que surgen movimientos psíquicos que impactan la vida del individuo. Ahora puedo retomar mis preguntas iniciales: ¿De qué manera los duelos del analista inciden en el trabajo clínico? ¿Podría considerarse una nueva variable dentro del proceso con nuestros pacientes?

Como analistas sabemos la importancia que tiene en nuestro propio encuadre interno la neutralidad frente al material que emerge en la sesión en el trabajo con nuestros pacientes.

Bion, en su propuesta a ingresar a la sesión “sin memoria ni deseo”, nos advierte de los riesgos que implica aferrarse a creencias y anhelos propios que más allá de ponerse al servicio del paciente, perjudican a la recepción de la experiencia emocional. Sin embargo, esta aspiración no nos exime del hecho de que la sesión puede evocar en nosotros resonancias personales.

En el caso específico del duelo, cuando este no se elabora de forma adecuada surgen distintas implicaciones. Aberastury citada por Cristina Velasco menciona que: “Cuando no existe la oportunidad de elaborar el duelo por la causa que sea, se tiende a repetir el destino del objeto. Podríamos decir que en el yo se plasma un introyecto de muerte asociado a todas las fantasías y temores correspondientes a la etapa del conflicto y al mundo interno vigente en la época en que se produjo la pérdida”. (p.125)

En este sentido, cobra suma importancia la necesidad de elaborar nuestros propios duelos, más allá de ser analistas, por el hecho de ser humanos. Quizá como candidatos a devenir psicoanalistas (a través de nuestro propio análisis de alta frecuencia, nuestras supervisiones, la revisión de la teoría y el trabajo clínico) y, más aún como profesionales en el campo de la salud mental, es algo inherente y poco sorprendente en nuestra práctica. Pese a ello, no estamos exentos a utilizar mecanismos de defensa hipertrofiados que impedirían la tarea y que nos podrían conducir hacia un duelo complicado generando desde inhibiciones hasta actuaciones.

Sandra Buechler en su trabajo “Pérdidas necesarias e innecesarias”, señala la importancia de que, como analistas, atravesemos ciertos duelos que nos permitan crecer y transformarnos en nuestra práctica. No obstante, y en un intento de diferenciar el dolor inevitable y el evitable, plantea que el impacto negativo del duelo puede verse reflejado por los siguientes tres factores:

  1. Inhibición de la capacidad de reconocer el profundo impacto que tienen algunas de nuestras pérdidas.
  2. Obstáculos intrínsecos a la naturaleza de la relación analítica para que podamos beneficiarnos del proceso del duelo normal.
  3. Complicaciones en otras formas de pérdida más sutiles que son frecuentes en la vida profesional del analista.

Siguiendo a Buecheler, no podemos dejar de subrayar que nuestra herramienta de trabajo es nuestra propia mente puesta al servicio del otro, lo que le suma a la complejidad particular de la experiencia de duelo. Pienso en aquel dolor psíquico que surge dentro de nosotros ante la pérdida y que bien sabemos que durante un largo camino nos acompañará. Tal vez, el camino más fácil sería afirmar que elaborarlo es una cuestión de tiempo y que nuestro trabajo no tiene porqué verse afectado por nuevas variables individuales, sin embargo considero que se trata de algo más delicado de lo que podemos llegar a pensar, especialmente en términos de transferencia y contratransferencia.

 

Implicaciones en la transferencia y contratransferencia

La transferencia, esta repetición inconsciente de vínculos emocionales previos del paciente hacía el analista es un terreno fértil para la elaboración de quién se analiza.

En principio cabe preguntarse si, cuando el analista atraviesa sus propios procesos de duelo, los pacientes se sienten más o menos inclinados a hablar sobre sus propias pérdidas. Pienso que la intuición emocional del paciente (no siempre consciente) podría ser una invitiación a tomar dos caminos: por un lado el de elaborar a mayor profundidad las propias pérdidas al percibir un espacio con la temperatura emocional adecuada y una sintonía afectiva con la experiencia emocional del analista que puede sostener el proceso; o bien, establecerse un acuerdo inconsciente, un baluarte, entre ambos que, suspende por un determinado tiempo el trabajo de duelo.

Sugiero que ambos caminos-tanto cuando se profundiza como cuando se evita- podría ser una actuación que responde más a nuestras propias necesidades no elaboradas que a las del paciente. Es distinto, me parece, cuando durante el curso de una sesión emerge como una manifestación o bien como un personaje que nos acerque a lo que Bion llama O.

Quizá recurrimos inconscientemente a nuestras pérdidas como una vía para comprender lo que el paciente expresa, pero el riesgo está en que desde nuestra contratransferencia y sin darnos cuenta, utilicemos la sugestión como forma de manejo: ya sea poniéndonos en la posición del dolido o de quien no está en la capacidad emocional de elaborarlo. Lo que se pone en juego es una forma de escisión, como si la díada se encontrará en una posición esquizo-paranoide compartida, proyectando lo no procesado y convirtiendo la sesión en un escenario maníaco que tiene la función de evacuar elementos beta.

Esto podría implicar también el uso defensivo de la identificación proyectiva: no para metabolizar lo que el paciente nos transmite, sino como una forma de depositar en él lo que aún no estamos listos para tramitar por nuestra cuenta.

No considero que necesariamnete implica una actuación meramente patológica, lo que quiero señalar es el riesgo clínico al que nos enfrentamos cuando nuestros propios procesos de duelo se filtran en nuestra labor.

Antonino Ferro apoyándose en los escritos de Bion al escribir una panorámica sobre los modelos teóricos (s.f) nos advierte que “nosotros podemos volvernos mentalmente ausentes, cuando no nos gusta lo que está diciendo el paciente y además, esté siempre sabe cuando el analista se ha vuelto mentalmente ausente”. (p.30)

Si tomamos este ejemplo como un suceso dentro una sesión con cualquier tipo de paciente, nos resultaría sencillo interpretar el contenido como parte única de los conflictos del paciente pero ¿y si el contenido más allá de los conflictos internos del paciente, nos habla sobre un hecho real en el mundo externo? Ante este punto considero crucial que recurramos a nuestra propia ética para pensarlo saliendo de la posición de poder en donde es únicamente el paciente el que proyecta su propio mundo interno en el consultorio. Cuestionemos como una tarea constante, si en realidad en ese debido momento nuestra mente está siendo lo suficientemente capaz de tolerar el discurso del otro por nuestros propios duelos e independientemente de la respuesta que obtengamos de aquello entonces si incluyamos como una variable de ese tratamiento específico.

Considero fundamental seguir profundizando en el tema porque aún queda mucho por explorar. Al intentar revisar escritos psicoanalíticos sobre el tema, caí en cuenta de que solemos hablar del duelo siempre puesto en el otro pero rara vez en nosotros como analistas. Debido a esto, esto es solo un primer acercamiento y una invitación a poner en palabras lo que muchas veces elegimos mantener en silencio.

Por último quisiera que recordemos que el duelo nos transforma, nos obliga a reconstruirnos con partes de nosotros mismos que quedan vivas. A quienes duelamos nos toca continuar nuestro propio camino con nuevos aspectos que encontramos. No es cuestión de intentar olvidar rápidamente ni tampoco de dejarnos consumir por el proceso sino entender que aquello que se fue seguirá viviendo en nosotros mismos aunque de una forma distinta. Invitemos a presenciar lo que sentimos constantemente. Tenemos la responsabilidad de ser protectores de la memoria de lo que se fue y sobre todo de nuestra salud mental por nuestra elección profesional pero además por el hecho de ser simplemente humanos en constante reconstrucción.

Bibliografía:

  • Buechler, S. (2021). Pérdidas necesarias e innecesarias: El duelo del analista. Clínica e Investigación Relacional, 15(1), 11–27. https://doi.org/10.21110/19882939.2021.150101​
  • Farid y Diego (2021, 28 de enero). El duelo (pérdida) [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=_brwSa7E9mI
  • Ferro, A. (S.F). Una panorámica sobre los modelos teóricos.
  • Freud, S. (1917). Duelo y melancolía. En J. Strachey (Ed. y trad.), Obras completas (Vol. XIV, pp. 243–258). Buenos Aires: Amorrortu. (Obra original publicada en 1917)
  • Klein, M. (1937). Amor, culpa y reparación. En M. Klein, Amor, culpa y reparación y otros trabajos (1921-1945) . Buenos Aires: Paidós. (Obra original publicada en 1937)
  • Nasio, D. (1999). El placer de leer a Lacan. Buenos Aires: Paidós.
  • Velasco, C. (S.F) Algunas consideraciones metapsicológicas acerca del duelo en adulto y en el niño.
  • Volkan, V. D. (1990). Duelo complicado. Gradiva: Revista de la Sociedad Psicoanalítica de México, 4(1), 47–60.
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