Por: Alejandro Radchik
A continuación se encuentra la segunda parte de la colaboración del Dr. Alejandro Radchik. La primera parte puede leerse aquí.
 
La víctima:
Cualquiera puede convertirse en cierto momento en víctima en el caso del bullying. El chantaje que el victimario hace sobre el grupo provoca que aquel que se salga de la “línea” que el agresor dicta, se vuelve susceptible de convertirse en el siguiente oprimido. La víctima es, en sí, el “chivo expiatorio”.
Sin embargo, ciertas situaciones y rasgos de personalidad hacen que. algunos sujetos estén en mayor desventaja y por tanto tengan mayor riesgo que otros.
La dificultad para la adaptación social, el hecho de ingresar en un grupo ya formado, o la proveniencia de una cultura diferente a la que predomina en la mayoría, es uno de los factores que contribuyen. Otros factores dependen de la personalidad.
Sobre esto último, cabe destacar tres posibilidades fundamentales: Personalidad esquizoide, personalidad depresiva, y personalidad paranoica, siendo esta última, muy semejante a la que puede presentar el victimario.
La personalidad esquizoide se caracteriza por un constante temor ante el mundo en general, incapacidad de adaptación y dificultad para comprender el entorno. El esquizoide imita, obedece y carece de una identidad definida. Los adultos esquizoides relatan, al contar la historia de su vida, que de chicos siempre fueron molestados por el grupo o por alguno de sus integrantes. Carecen de mecanismos para defenderse y de ahí que se vuelvan presa fácil de sus agresores.
La personalidad depresiva se caracteriza por sentimientos de minusvalía, desinterés, tristeza y apatía. Quienes sufren de depresión no sólo no tienen interés de defenderse, sino que viven los ataques como si fueran una confirmación que la propia teoría que ellos tienen sobre sí mismos; que consiste en sentir que están defectuosos, que no “sirven”, que no valen, que no le importan a nadie. En estos casos, la víctima de bullying pareciera volverse cómplice de su victimario, de tal forma que ambos, el otro y él, atacan simultáneamente al propio sujeto.
Tanto la personalidad esquizoide como la depresiva, pueden implicar que la víctima presente conductas similares a las del síndrome de Estocolmo, en el cual el agredido se “encariña” con  sus agresores y les vive agradecido, ya que, teniendo la potencialidad de matarlo, “le perdonaron la vida”..
La personalidad paranoide, como ocurre también con los victimarios,implica que el sujeto, consciente o inconscientemente, pretende agredir en defensa propia. En estos casos, la propia víctima “molesta”, de manera sutil, al victimario y al entorno. Ataca de manera pasivo-agresiva, metiendo intrigas, chismes, y dejando en evidencia la agresión del otro.
Por ejemplo, aquellas mujeres que permiten que su pareja les pegue, que las maltrate, y se muestran ante el mundo como víctimas. Cuando su personalidad es paranoide, obtienen “como premio” el ser consideradas “pobrecitas”, a veces “santas”, y prefieren eso en vez de poner límites e impedir esa agresión.
En este ejemplo habría que tener claro que no se trate de  una personalidad depresiva o esquizoide en el caso de ellas, porque de ser así estaríamos hablando de una imposibilidad para justamente poner esos límites y no de una elección.  Sin embargo, en otros casos, en los de la personalidad paranoide, ellas  sí cuentan con las herramientas para evitar la agresión y no lo hacen. El mundo está de su lado, odiarán al otro, pero se van a compadecer de ellas.
Similar es el caso de aquellas familias en la que el padre golpeador amenaza a la familia entera, sin que la madre haga algo por impedirlo.
El es agresivo, nadie lo pone en duda, pero y ella, ¿por qué lo permite?
Una chica que es maestra, y que continuamente ha sido rechazada por la mayoría del cuerpo docente de su institución, sin motivo aparente, continuamente, a través de una pregunta o comentario “inocente” de su parte  pone a competir a todos los demás entre sí, los evidencia en sus puntos débiles. Si la atacan directamente o le reclaman, ella solo dice: “yo solo pregunté porque tenía la duda, tengo menos tiempo acá que ustedes…”. La sutilidad con la que se maneja, la aparente inocencia, refuerza su posición de víctima y no de agresora cuando en el fondo lo que está buscando, tal vez a nivel inconsciente, tal vez consciente, es dividir al grupo y ponerlos a pelear entre ellos para que no la ataquen a ella.
Las víctimas del bullying son  generalmente sobreprotegidas en su ambiente familiar. Ello desata envidia del victimario, quien usualmente ha sido abandonado emocionalmente. También, impide que la propia persona desarrolle herramientas con las cuáles defenderse, pues en su vida, todo se lo han resuelto. Esa sobreprotección le hace sentir que no puede sola con la vida. Así como el agresor, la víctima busca también aceptación, llamar la atención, aún cuando para ello pague el precio de ser atacada y expuesta.
El grupo:
Ante el fenómeno del bullying, el grupo hace las veces del público en la plaza de toros, quien elogiará o abucheará al toro o al torero. El victimario y la víctima representarán para el grupo, aspectos que todos los integrantes, a nivel individual, pueden percibir en sí mismos pero que no lo reconocen. Por tal motivo, el hecho de someterse a las “reglas” del agresor fungirá como una especie de “seguro”, que esconderá las limitaciones y defectos de cada uno de sus integrantes. Al convertirse en cómplices del victimario, disfrazan sus propias inseguridades.
Algunos integrantes del grupo serán más empáticos con el agresor, otros con la víctima. Los primeros, aprovechan que el agresor sea quien cometa los actos y ellos, como participantes, gozarán al descargar su agresión cómodamente, “sin tener que meter las manos”. Quienes son empáticos con la víctima, difícilmente se atreverán a defenderla, porque se perciben como minoría y porque no quieren ser tratados de la misma manera. De ahí que su sometimiento sea una forma de protegerse para no convertirse en el siguiente blanco de ataque.
Una película, cuyo nombre en español fue el de “Acusados”, relata este fenómeno. Una chica llega a un bar de puros hombres, alcoholizados, y los empieza a provocar sexualmente. Intensifica el acercamiento sexual con uno de ellos hasta que en cierto momento  le pide que se detenga.
El sujeto continúa, apoyado además por el resto del grupo quien “le echa porras”. Tras ser violada por varios de ellos, los denuncia e inicia un proceso en el cual se les va a juzgar. Parte de la trama de la película implica el cuestionamiento respecto a la culpabilidad que tuvieron aquellos que, sin violarla, estuvieron presentes pero no hicieron  el intento de impedir que se perpetrara el ataque.
Esta película nos sirve de ejemplo para entender que en los fenómenos como el bullying, que implican  ataques, acoso e intimidación, participa el grupo, junto con el victimario y  existe además  un grado de responsabilidad por el lado de la propia víctima. Acaso falló el juicio de realidad en ella, al no pensar que si el bar era de puros hombres “borrachos” y ella los provocaba sexualmente, pudiera ocurrir lo que ocurrió?
La familia:
El fenómeno del bullying sucede  dentro de la institución escolar. Sin embargo, los antecedentes familiares son susceptibles de repetirse o de compensarse en la escuela, que  se presta como  escenario   para representar  por una parte  a los iguales compañeros como representantes de los hermanos, y a  las autoridades institucionales-maestros-directivos como representantes de los padres.
El victimario ataca a espaldas de los maestros, y si es descubierto niega sus actos o pone pretextos. Escenifica el abandono que vive en su familia, a la vez que busca le sean puestos límites por parte  de los padres-institución.
Ante el grupo, la conducta del victimario se muestra también como un desafío hacia la institución, pretendiendo demostrar su ineficiencia para poder contener sus ataques, que es, en última instancia, el intento por representar en el escenario de la escuela la  ineficiencia que percibe de sus padres. La víctima, que como vimos, usualmente es sobreprotegida en la casa, al no atreverse a denunciar ante las autoridades escolares, pretende también demostrar el abandono subyacente a la sobreprotección de la que fue objeto, digamos: “Por más que hagan mis padres, no son capaces de cuidarme lo suficiente”.
En muchos casos, es tan abierta la comunicación en casa, que lejos de beneficiar lo que hace es  denotar abandono emocional y dificultad por parte de los padres para fungir como contenedores de la angustia de sus hijos. Hay casos por ejemplo, en que oimos de los padres la frase: “yo soy el mejor amigo de mi hijo, quiero que vea en mi a un amigo, no a un padre”. Grave error. Los amigos se buscan fuera de casa,  pero a los padres se les necesita como tal..
La escuela:
El escenario donde se lleva a cabo el bullying es la escuela. Sin embargo, lo que ocurre es que se crea un submundo clandestino, paralelo, cuasi-paramilitar, con reglas diferentes, que se esconde de las autoridades escolares. La institución en sí misma se vuelve víctima de esta extorsión. Parafraseando el término suburbano llamaré al fenómeno ”subescolar”, ya que, en el momento de confrontar al grupo, al victimario o a la propia víctima,  la escuela se encontrará la respuesta de “no, aquí no pasa nada”.
Si no se denuncia el delito, ¿hay delito qué perseguir?. En el caso que sea denunciado, que se cuente con evidencias, la problemática que surgirá es: Si se castiga al victimario, se logrará frenarlo o perpetrará ataques más fuertes? Si desafía a la institución, ésta, ¿pierde fuerza? ¿se convierte en lucha de fuerzas?
Soluciones:
El fenómeno del bullying es sumamente serio y debe ser confrontado y atendido desde el momento en que se detecte. No tratarlo puede poner en riesgo a la víctima, al grupo, a la familia y a la propia institución, y además desencadenar a futuro brotes de delincuencia.
Afrontarlo es difícil, pues  no existe una solución contundente ante la problemática descrita.
Ante todo, es importante detectarlo. Los maestros, las autoridades institucionales, los padres, los propios compañeros, y evidentemente la víctima, deberán informar lo que está sucediendo para entonces, a través de una interacción, tomar “cartas en el asunto”.
Si se observa una conducta extraña dentro del grupo, o éste se vuelvedesafiante, o algún alumno se vuelve introvertido o temeroso, habrá un primer indicio. Si en la casa el chico manifiesta temor para asistir a la escuela, se le ve maltratado o angustiado, o se vuelve retraido e inseguro, hay que explorar qué está sucediendo. Si los chicos en casa platican que en su grupo alguien está siendo molestado, será ahí donde aparece ese primer indicio.
A continuación  se deberá hacer una exploración a fondo de lo que sucede, enterando a los demás padres, y a la institución.
Con la víctima, se tendrá que platicar, y sugerirle que practique lo que va a decir en caso de volver a ser atacado. Si lo ensaya en casa, se sentirá más seguro. Habrá que explicarle que no debe “seguirle el juego” al victimario, ni mostrarle temor. Para bailar se necesitan dos, el agresor obtiene un goce ante la reacción de su víctima. Hay que evitarlo.
Es importante generar un ambiente de confianza tanto en la casa como en la propia escuela. Hay que convencer tanto a la víctima como al grupo, que no hay que mostrarle miedo al intimidador.
Al victimario no hay que seguirle el juego, Habrá que pedirle al grupo que no apoye al agresor con risas ni complicidades, y a la víctima que no esté sola, que procure crear y pertenecer a  un subgrupo que la contenga y se haga una cohesión para que la defensa sea mayor.
Las familias, tanto de la víctima como del victimario, deben tener contacto con la escuela y trabajar juntos la problemática.
Es muy importante alertar a la familia del victimario que su hijo es un delincuente en potencia y requiere los cuidados y la atención necesarias, para evitar que al crecer presente conductas más graves. A los padres de la víctima habrá que asesorarlos también, para detener el acoso y para evitarle al chico problemas futuros en relación con su autoestima.
Es importante, que por parte de la  escuela, se aborde abiertamente el problema del bullying  con los alumnos y procurar hacer lo mismo en casa: llevar a cabo ejercicios dentro de los salones, donde se expliquen los problemas raciales, donde se hable de terrorismo, y luego se ejemplifiquen los problemas del entorno con lo que pasa o podría pasar dentro de la escuela y del salón de clases.
Puede ser de gran utilidad que a través de los ejercicios que se lleven a cabo, se busque desarrollar la empatía en los niños. Empezar por ejemplo con el cuento del patito feo,  seguir con historias de discriminación, y pedirles luego que imaginen que eso le pasó al protagonista, también le ocurrió a alguien que quieren mucho, digamos algún hermano, o que eso mismo pudo haberle  pasado a su mamá, su papá, o sus abuelitos cuando eran niños.
No olvidemos que una vez instaurado el bullying, al chivo expiatorio lo van a ver como el defectuoso, y solamente, si se conectan con él de manera empática, si se “ponen en sus zapatos”, o “ponen en sus zapatos” a una persona que quieran mucho, es que  cambiará su actitud.
Hacia el victimario, también habrá que intentar que desarrolle empatía, y tratar que el grupo, y el mismo agresor, reconozca sus limitaciones y sus temores, e intentar que ni la familia ni la institución actúe hacia él el rechazo que pareciera estar buscando provocar en la autoridad.
Si el bullying no se puede detener, puede resultar de utilidad la participación de un experto para hacer una intervención dentro del grupo, en la que le demuestre a cada uno de sus integrantes, el rol que está jugando como parte de un total, es decir, como si el grupo en sí fuera una persona y cada integrante representara un rasgo de personalidad. En otras palabras, que se intente buscar que los niños descubran cómo el victimario representa la parte atacante de ellos mismos, y la víctima la parte defectuosa de ellos mismos.
Simultáneamente, tanto la víctima como el victimario, y en su caso las familias, se podrán ver beneficiadas si recurren a una ayuda psicológica, que oriente a los padres y eleve la autoestima de los niños.
De acuerdo a la experiencia de muchas instituciones educativas, el castigo institucional no es la solución, y en muchos casos resulta contraproducente. En cambio, la instauración de unas reglas de disciplina claras, donde además se pueda denunciar cualquier anomalía, ofrecen tanto al victimario, como a la víctima y al grupo, un ambiente contenedor y de confianza.
 
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