life-8-weeks-1439844Por: Mitzi Citlalli Arce
 
 La misma alma gobierna los dos cuerpos…
las cosas que desea la madre a menudo
se encuentran impresas en los miembros
del niño  que ella lleva en su vientre
en el momento de sentir el deseo.
Leonardo Da Vinci, Quaderni
 
Se consideran como la prehistoria del vínculo temprano todas aquellas fantasías que se generan cuando una pareja desean ser padres.  Conocer esas fantasías nos permitirá entender la forma en cómo se establece la relación temprana entre los padres y su hijo.
Brazelton y Cramer (1990) conocer las fantasías de los padres durante el embarazo y los primeros meses de vida permite la prevención de las posibles dificultades en la relación entre los padres e hijo, y la vivencia de experiencias tempranas que pueden afectar los primeros indicios de la constitución subjetiva y psíquica del bebé.
Los autores consideran que el embarazo de cada mujer refleja toda su vida previa a la concepción. Las experiencias con su propia madre y su propio padre, sus posteriores experiencias con el triángulo edípico, las separaciones vividas en el trascurso de su vida
Para Brazelton y Cramer el deseo  de una mujer de tener un hijo es producto de muchos motivos e impulsos diferentes como:  el sexo del bebé, la identificación, el deseo de ser completa y omnipotentes,  el deseo de fusión y unidad con otro, el deseo de reflejarse en el hijo, cumplimiento de ideales y oportunidades perdidos, el deseo de renovar viejas relaciones,  la oportunidad tanto de reemplazar como de separarse de la propia madre.
A continuación de describirá cada una de ellas.
El sexo del bebé.
En el nacimiento, al bebé de le asigna un sexo sobre la bases de la apariencia física. Esta asignación cumple un rol determinante en el desarrollo de la identidad de género.  A partir de la apariencia física los padres le asignan a su hijo un rol, una serie de funciones una forma de ser.
Los padres experimentan diferentes sentimientos hacia una niña o un varón. La madre verá partes de sí misma más fácilmente en una niña, y verá al varón como un complemento de ella.  El padre, por su parte, deseara tener un hijo varón para identificarse y una niña hacia la cual albergará sentimientos de ternura.
En nuestra sociedad a la niña se le habla con suavidad y ternura, se le carga con ternura mientras que con el varón se suele ser más duro.
Identificación.
Todas las mujeres han experimentado alguna forma de cuidado materno. Cuando una niña recibe cuidados, es probable que conciba la fantasía de convertirse en la persona que cuida, en lugar de ser cuidada.  A medida que desarrolla su propia autonomía, comenzará a asumir las posturas de las mujeres cercanas a ella. Aprenderá por imitación cómo se comportan las figuras maternas, (Brazelton y Clamer, 1990)
Estas identificaciones e ideales maternos nos remiten a la función materna definida por Winnicott. Este autor hace mención que el cuidado materno protege al niño de la agresión fisiológica tomando en cuenta la sensibilidad dérmica del niño como el tacto, la temperatura, la sensibilidad auditiva, la sensibilidad visual, la sensibilidad a la caída, incluye  la rutina del cuidado a lo largo del día y la noche.  Las mujeres que fueron objeto de cuidado materno ejercerán esta función con sus hijos. Pero, también, aquellas mujeres que no fueron cuidadas ejercerán este cuidado como una forma de reparar aquello que se les fue negado, (1960).
El deseo de ser completa y omnipotente.
Entre los motivos narcisistas que fomentan el deseo de tener un hijo se cuenta el deseo de conservar una imagen idealizada de una misma como persona completa y omnipotente, el deseo de duplicarse y el deseo de cumplir los propios ideales. La madre contemplará al hijo deseado ante todo como una extensión de su propio sí mismo.
La imagen narcisista se expresa en la vida psíquica a través de fantasías de ser completo y omnipotente. En algunas mujeres el embarazo les ofrece la oportunidad de sentirse plenas, de sentirse completas, de experimentar su cuerpo como potente y productivo. Para algunas mujeres el embarazo contrarresta la sensación de vació y la preocupación de que el cuerpo sea incompleto.
El deseo de fusión y unidad con el otro.
Junto con el deseo de sentirse completa, está la fantasía de la simbiosis, de la fusión de sí misma y el hijo.  Y junto con este deseo de unidad con el hijo está el deseo de volver a la unidad con la propia madre.  Este deseo es una fase vital del desarrollo normal, una fantasía fundamental para el mantenimiento de la autoestima y una parte importante de la vida amorosa.
El embarazo se convierte en el momento preciso para satisfacer las fantasías de unión. Las actitudes maternales del vínculo entre la madre y su hijo dependerán de que la mujer recobre las fantasías de unidad con su propia madre. El futuro hijo encierra la promesa de una relación estrecha, del cumplimiento de las fantasías infantiles.
Esta fantasía de fusión entre la madre y él bebe, adquiere importancia desde el punto de vista psicológico, porque es en esta fusión cuando el hijo ha empezado adquirir una autonomía. Se podría decir que es aquí donde empieza el vínculo temprano, pues ahora hay un ser separado, y por lo tanto la posibilidad de una relación. La percepción de los primeros movimientos fetales es la primera aportación del futuro hijo a la relación.
Helene Deutsh citada por Marie Langer (1951) menciona que durante el embarazo la mujer experimenta una doble identificación. Por un lado, se identifica con el feto reviviendo así su relación con su madre y, por otro, se identifica con la madre. Esta doble identificación se convierte en una experiencia sumamente angustiante cuando la relación con la madre fue vivida como ambivalente.
A una mujer que tuvo un maternaje satisfactorio la simbiosis con el hijo le permitirá identificar las necesidades de su bebé con mayor exactitud posible,  o bien, como refiere Bion (1963),  podrá ejercer la “función de reverie” mediante el cual el yo materno asimila, metaboliza, y neutraliza las experiencias y ansiedades displacenteras del niño, y se las devuelve  transformadas en  experiencias y ansiedades asimilables.
El deseo de reflejarse en el hijo.
El reflejarse es una dimensión fundamental del narcisismo, del desarrollo y mantenimiento de la autoimagen sana. “Uno tiende a amar a su propia imagen reproducida”. El deseo de tener un hijo incluirá la esperanza de duplicarse. Esta esperanza mantiene viva una sensación de inmortalidad: el hijo representa una promesa de continuidad. Se ve al hijo como el siguiente eslabón de una larga cadena que une a cada progenitor con sus propios padres y antepasados. El hijo será el portador de los rasgos de la familia.
El deseo de la mujer es tener un bebé que corresponda a su ideal de perfección, para que duplique el sí mismo ideal de ella, y le haga saber a la madre lo satisfactorio que es como madre.
Para Winnicott (1965) las funciones de la madre son proporcionarle al bebé una imagen de su propio sí mismo. Los bebés ven en el rostro de la madre los efectos de su propia conducta, aprendiendo así algo sobre ellos mismos.
Cumplimiento de ideales y oportunidades.
Los padres imaginan que su futuro hijo tendrá éxito en todo aquello en que ellos fracasaron. El futuro hijo entraña el ideal del yo de los padres. Su hijo será un techado de perfección.  El miedo de los padres es que el hijo fracase porque ese fracaso confirmara el fracaso y la debilidad de los propios padres.
Estos deseos preparan a la madre para el vínculo: la madre deber ver y sentir, a su bebé como algo único, perfecto, grandioso, la cosa más preciosa. Esta forma de ver al bebé prepara a la madre para establecer el vínculo con su hijo dirigiendo su atención al desarrollo del niño, Winnicott lo llama “preocupación materna”. La madre puede dejar de lado por completo sus propias necesidades narcisista después del parto porque ahora están destinadas al bebé. Puede desatenderse ella misma, porque su hijo las gratificara, (1960)
El deseo de renovar viejas relaciones.
El deseo de un hijo permite revivir viejas relaciones.  Un hijo permite renovar viejos lazos afectivos, los amores de la infancia. Se le atribuyen ciertos rasgos de los objetos perdidos, del padre o el hermano muerto. El hijo tiene el poder de reparar las separaciones, negar el pasado del tiempo y el dolor de la muerte. Se ha observado que detrás de la pérdida de un ser querido la mujer tiende a embarazase.
La oportunidad tanto de reemplazar como de separarse de la propia madre.
El deseo de tener un hijo conlleva a experimentar una doble identificación. La mujer se identificará simultáneamente con el feto y madre, así representará y elaborará los roles y atributos tanto de la madre como del bebé, sobre la base de experiencias pasadas con su madre y ella misma como bebé.  Tener un hijo concretará la fantasía infantil de volverse igual que la madre, haciendo propios los atributos mágicos y envidiados de la creatividad. Ahora estará a la altura de su todopoderosa madre.
Ahora se hará una descripción de los deseos que impulsan a un hombre a querer tener un hijo:
El niño al igual que la niña se identifica con la madre con la capacidad de tener y criar a sus hijos. Experimenta a la madre como un ser todopoderoso, fuente de gratificación, estimulación y cuidado. Al mismo tiempo que se identifica con la madre también se comienza a identificar con el padre. A partir de estas fuerzas opuestas se desarrolla la identidad del varón. El niño integra su identificación materna con su creciente identificación con la conducta masculina. La integración de esta identificación, modelará tanto su identidad de género como su futura paternidad. El equilibrio de estas identificaciones le permitirá al niño la aceptación de su rol como mentor de la familia, así como la adquisición de la capacidad de identificarse con el embarazo de la mujer y colaborar como padre en la crianza de los hijos.
 
La principal tarea del varón es renunciar a ser como la madre y tener hijos como ella. Algunos hombres envidian la capacidad de la mujer de tener hijos
y nunca aceptan que dar excluidos de este proceso.  Los hombres que pueden sublimar satisfactoriamente estos deseos probablemente experimentarán una renovada creatividad durante el embarazo de su mujer.
 
El deseo de tener un hijo en los hombres se apuntala también en el deseo narcisista de ser completo y omnipotente. Tener un hijo le permitirá identificarse con él y reproducir su propia imagen.  Esta es la razón por la cual el padre tiende a preferir tener un hijo varón. El deseo de reproducir el propio sexo es una manera de reforzar y confirmar su identidad masculina, además, que el padre siente que el varón tiene más posibilidad de convertirse en el portador de sus deseos insatisfechos.
 
El deseo del hombre de tener un hijo se ve influenciado por su vieja revalidad edípica: tener un hijo no solo le brinda un modo de igualarse a su padre, sino criarlo le da la oportunidad de hacer las cosas mejor que el padre “Todo nuevo padre está resuelto a ser un padre mejor”
 
Al hombre tener un hijo le permite reafirmar su identidad masculina y la mujer, un hijo, aplaca las dudas respecto a su propia fertilidad y refuerza su capacidad reproductiva.
 
 
Bibliografía.

  • Brazelton & Cramer (1990). La relación más temprana. Barcelona, Edit. Paidós.
  • Large, M (1951). Maternidad y sexo. Buenos Aires, Edit. Paidós
  • Winncott, D (1965). Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Buenos Aires, Edit. Paidós

 
 
Imagen: freeimages.com / Bill Davenport
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