Por: José Luis Grageda

A lo largo de los años, dentro de mi propio análisis y de los procesos analíticos en los que he podido participar dentro del consultorio como analista, he notado algo que me ha llamado la atención y que aparece frecuentemente en el malestar que describe el sujeto que, a través de la terapia, está tratando de encontrar una mejor manera de lidiar con sus conflictos. Ese algo parece ir en contra de lo que dice estar buscando, pero no parece ser algo que pueda cambiar a pesar de hacerlo consciente. Lo anterior puede ser muy frustrante, reforzando así la sensación de no poder librarse de aquel padecimiento que lo llevó al consultorio en un inicio.

Aquello a lo que me refiero, y que seguramente muchos de ustedes también han podido identificar, es a la dificultad que, con frecuencia, presenta el ser humano de poder disfrutar aquello que ha vivido o alcanzado en el pasado, de lo que está experimentando o logrando en el presente, e incluso de lo podría sucederle o conseguir en el futuro. Esta dificultad también se manifiesta en quienes, muchas veces de forma inconsciente, tratan de evitar situaciones que podrían generarles algún tipo de placer o satisfacción o bien en quienes, habiéndolas vivido, encuentran razones para sentirse mal al respecto.

Como se ha mencionado ya en trabajos anteriores, la ética y la moral han evolucionado a lo largo de la historia. Al igual que muchos otros valores adquiridos transgeneracionalmente, los principios asociados al placer están basados en mandatos culturales los cuales han influido en las dificultades que el sujeto enfrenta, actualmente, con relación a este tema.

Desde la Reforma Protestante del siglo XVI, la ética promovida por Lutero y Calvino impuso un modelo de vida basado en la austeridad, el sacrificio y la renuncia del placer, imponiendo fuertes restricciones sobre el goce desenfrenado y la ostentación, favoreciendo valores como el trabajo, el ahorro y la reinversión. Esta filosofía estructuró la vida social durante muchos años. Sin embargo, con la consolidación del capitalismo en el siglo XIX, esta moral de la abstinencia comenzó a entrar en tensión con la creciente prosperidad económica de la burguesía lo que provocó un cambio en los criterios que se utilizarían a partir de entonces para medir el éxito, pasando de medirlo con respecto a la capacidad de privación del placer, por parte del sujeto, a hacerlo con respecto a su capacidad para consumir y disfrutar de manera ostentosa.

A partir de finales del siglo XX y hasta nuestros días, como menciona Mosquera, en la sociedad contemporánea, el mandato cultural con respecto al ejercicio del placer se ha radicalizado aún más, se ha eliminando la posibilidad de que éste pueda decidir cómo y cuando gozar, obligándolo a que lo haga siempre y en todo momento. El mandato cultural pasó del “Debes renunciar y producir” al de “Debes consumir y producir tu propio goce.” (Mosquera, 2022, p.108)

Lo anterior genera una paradoja, el individuo debe consumir y disfrutar sin restricciones, pero, al mismo tiempo, debe de seguir produciendo de manera constante. Este imperativo resulta inalcanzable, ya que convierte al goce en una tarea más dentro la lógica de la productividad. En lugar de ser un estado que el sujeto busque de manera natural y espontánea, el disfrute se ha transformado en una exigencia y la posibilidad de renunciar a éste está prohibida. Lo anterior genera un sentimiento de insatisfacción permanente pues haga lo que haga, nunca será suficiente y siempre estará en falta.

Resulta llamativo que, aunque muchos pacientes llegan al consultorio con la intención de aliviar la sensación de malestar que experimentan en su vida, a lo largo del tratamiento, como menciona Freud en “El yo y el ello”, muestran una reacción contraria al progreso de la cura. Según el autor, “cada una de las soluciones parciales que habrían de traer consigo un alivio o una desaparición temporal de los síntomas provoca, por el contrario, en estos sujetos una intensificación momentánea de la enfermedad, y durante el tratamiento empeoran en lugar de mejorar” (Freud, 1923, p. 2722). Este es un fenómeno que el padre del psicoanálisis llama “Reacción terapéutica negativa”.

Freud refiere que lo que sucede en esos casos es que hay una gran resistencia que se contrapone a la curación, por lo que prevalece en el sujeto es la necesidad de mantenerse enfermo por encima de la intención de sanar. Al analizar dicha resistencia, Freud menciona que ésta mantiene la fuerza necesaria para convertirse en el mayor obstáculo para conseguir la curación que el sujeto, aparentemente, está buscando. El autor propone en su texto, a partir de lo descrito anteriormente, que dicha resistencia es de orden moral, que resulta de un sentimiento de culpabilidad que halla su satisfacción en la enfermedad, por lo que el sujeto no quiere renunciar al castigo que la misma significa. (Freud, 1923, p. 2722).

Finalmente, y con relación a este tema, Freud señala que dicho sentimiento de culpabilidad actúa de manera silenciosa en el enfermo, sin manifestarse abiertamente. Al no hacerlo de forma explícita, el sujeto no llega a percibirse como culpable, sino únicamente como enfermo. Debido a lo anterior, resulta complicado convencerlo de que dicho sentimiento oculto es justamente la causa de que su enfermedad persista y por tal motivo, el paciente preferirá convencerse de que el analista es un incompetente, de que la terapia analítica es ineficaz en su caso o incluso de que, él mismo, no tiene la capacidad de aprovechar el tratamiento para encontrar la cura que está buscando.

En este trabajo trataré de explorar la relación entre la culpa, el deseo, el placer y la capacidad de disfrute de aquel que siente que no puede gozar sin que dicho goce esté acompañado de un malestar inherente, cuyo origen desconoce y que, a medida que va siendo descubierto, adquiere la apariencia de ser irracional.

Algo que parece significativo con relación a este tema es que, en alemán, a través de la palabra “schuld”, los conceptos de culpa y deuda están semánticamente unidos. De acuerdo con lo que señala Tortosa, estos dos conceptos forman un núcleo básico en el inconsciente, el cual puede estar relacionado con la idea de una falta originaria. Freud propone, utilizando el mito de la horda primitiva en Tótem y Tabú, que dicha falta se manifiesta mediante un sentimiento de culpa que es una de las marcas de inclusión del sujeto en la historia de la sociedad humana. Al asumir la ley paterna, el sujeto adquiere una deuda permanente que contribuye a estructurar el psiquismo dentro de un contexto social. (Tortosa, 2005, p. 135).

De acuerdo con Freud, “En términos universales, nuestra cultura se edifica sobre la sofocación de las pulsiones.” (Freud, c.p. Bleichmar, 2016, p. 272) ya que, de alguna manera, la cultura debe de contener la agresividad innata de sus miembros en beneficio del colectivo. En “El malestar en la cultura” y con relación a este tema, Freud menciona que el ser humano “ha sacrificado un trozo de felicidad y satisfacción a cambio de conseguir algo de seguridad” (Freud, 1930, p. 3048) lo que nos permite reconocer que, desde los orígenes de la civilización, existen razones que explican por qué el sujeto se siente culpable y posteriormente en deuda cuando logra la satisfacción de sus pulsiones.

Como mencionamos anteriormente, la culpa aparece de manera encubierta en todo padecimiento sintomático. Sin embargo, tal como señala Tortosa, también se expresa de diversas maneras: en las dudas y las inhibiciones propias del neurótico obsesivo; a través de los autorreproches con los que se castiga el melancólico; en la sensación de fracaso que invade al sujeto al alcanzar algún logro largamente deseado; en la necesidad inconsciente de castigo que puede conducir a actos delictivos; o bien en la reacción terapéutica negativa, de la cual ya hemos hablado previamente.

La prohibición paterna, o tabú, como la denomina Freud, se dirige a los deseos más intensos del ser humano. Esta prohibición fundamenta al deseo, ya que éste no podría existir sin la restricción que lo constituye. Por otro lado, el padre del psicoanálisis afirma que “la tendencia a transgredirla persiste en lo inconsciente. Los hombres que obedecen al tabú observan una posición ambivalente. La fuerza mágica atribuida al tabú se reduce a su poder de inducir al hombre en tentación” (Freud, 1912, p. 1769) así que el deseo prohibido, en su búsqueda de satisfacción, se desplaza inconscientemente hacia otros objetos.

De acuerdo con Tortosa y como complemento de lo anterior, el carácter indestructible del deseo se manifiesta en el intento persistente de realizarse a cualquier precio, por ejemplo, mediante los sueños o la formación de síntomas. De este modo, el incesto y el asesinato, vetados en aquella prohibición paterna originaria, terminan siendo transgredidos, al menos e inevitablemente en la fantasía, convirtiendo al sujeto en deudor de esa misma prohibición, a través de la cual se constituyó como sujeto deseante.

En “El problema económico del masoquismo”, Freud menciona que uno de los tipos de masoquismo es el moral que es una forma de masoquismo en la que lo único que importa es “el sufrimiento mismo, aunque no provenga del ser amado, sino de personas indiferentes, o incluso de poderes o circunstancias impersonales” (Freud, 1924, p. 2756). En este sentido, los síntomas y padecimientos que afectan al sujeto constituyen, precisamente, el factor que facilita su tendencia masoquista, la cual se encuentra en una búsqueda permanente de conservar, según la gravedad de la patología, un cierto grado de dolor.

De acuerdo con lo señalado por Marie Langer, el masoquista, al igual que todo ser humano, busca la gratificación sexual, aunque en su caso lo haga a través de un rodeo. Obtiene dicha gratificación después de haber sufrido un castigo, por lo cual acepta el sufrimiento como condición previa a la satisfacción. En el caso del masoquismo moral, esta satisfacción adquiere un carácter narcisista y de rehabilitación, pudiendo llegar a quedar postergada indefinidamente. (Langer, 1946, p. 375).

Hasta ahora, hemos podido identificar que la naturaleza, aparentemente irracional del sujeto, al aferrarse a sus síntomas y resistirse a la cura, proviene de una necesidad inconsciente de obtener una ganancia secundaria, la de saldar una deuda que cree que tiene pendiente. Esta necesidad se manifiesta en el deseo inconsciente de ser castigado, encontrando en dicho castigo un cierto grado de placer. A continuación, trataré de abordar brevemente la metapsicología del placer, con el propósito de ampliar la comprensión de cómo es posible que se experimente placer a partir del sufrimiento.

De acuerdo con Freud, los rastros de las vivencias que generan satisfacción y displacer son los afectos y los estados de deseo. Ambos tienen en común, que implican un aumento en la tensión psíquica, aunque ambos funcionan de manera diferente. Por un lado, los afectos se caracterizan por una liberación súbita de energía y, por el otro, los deseos implican un proceso de acumulación de la misma. (Freud, c.p. De Saussure, 1959, p. 27)

La dinámica del placer y displacer está regulada por una función del Yo que interviene en la administración de la energía psíquica. De acuerdo con Freud, el Yo está constituido por la totalidad de las cargas, sin importar si éstas son provocadas por una carga de impulsos o si son cargas que se han acumulado como resultado de las propias inhibiciones. En caso de que el Yo no tuviera una capacidad inhibidora, de acuerdo con el padre del psicoanálisis, habría un constante repetición de las alucinaciones de placer, lo que paradójicamente se transformaría en displacer. (De Saussure, 1959, p.28).

De acuerdo con De Saussure, quien toma como base la obra de Freud, desde los primeros meses de vida, el niño organiza su aparato psíquico, para regular el sistema de inhibición y descarga, en función de tres principios fundamentales:

  • El principio de repetición, a través del cual las experiencias tempranas se repiten compulsivamente como mecanismo de regulación psíquica.
  • El principio de placer, a través del cual se busca la satisfacción inmediata y la descarga de
  • El principio de realidad que implica, con el paso del tiempo y conforme el psiquismo va madurando, que el sujeto aprende a postergar la descarga y, por consiguiente, la satisfacción, para adaptarse a las exigencias de su entorno.

En los primeros meses de vida, el principio de repetición y el principio del placer, son los que utiliza el bebé para regular la economía psíquica, lo que se manifiesta en una tendencia a la descarga inmediata a través de la acción. No obstante, y a medida que va avanzando en el desarrollo, el niño aprende a combinar la descarga con la inhibición, logrando un mejor equilibrio entre el cumplimiento del deseo y la realidad.

En un principio, Freud explicaba que el aparato psíquico estaba diseñado para evitar el exceso de tensión, ya que la acumulación de ésta generaba displacer, lo que impulsaba al aparato psíquico a reducir dicha excitación. Al intento del sujeto de pasar de lo desagradable a lo agradable es a lo que Freud llamaba “deseo” y sostenía que ese deseo era lo único que “podía poner el aparato en movimiento y que la gestión de la excitación estaba automáticamente regulada… por la percepción de lo agradable y desagradable.” (Freud, c.p. De Saussure, 1959, p. 29).

Posteriormente, en “Más allá del principio del placer”, Freud revisa sus planteamientos iniciales, reconoce que éstos no eran del todo correctos y plantea que “la cantidad de excitación en un tiempo determinado es el factor decisivo en la calidad de los sentimientos” (Freud, c.p. De Saussure, 1959, p.53). Así mismo, propone que el aparato psíquico tendría una tendencia a mantener la cantidad de tensión en un estadio tan bajo, o al menos tan constante, como le fuera posible, con el objetivo de conservar la energía en un umbral óptimo.

En “El problema económico del masoquismo” Freud sostiene que “es indudable que existen tensiones placientes y distensiones displacientes” (Freud, 1924, p.2752) y pone como ejemplo de esto el estado de excitación sexual. Por este motivo reconoce que “el placer y el displacer no pueden ser referidos, por tanto, al aumento y la disminución de… la… tensión del estímulo, aunque, desde luego, presenten una estrecha relación con este factor” (Freud, 1924, p.2752). Según el autor, parecería más bien que estos afectos guardaban relación con un factor cualitativo, y no meramente cuantitativo, como había sostenido originalmente.

De acuerdo con lo desarrollado por De Saussure, Edith Jacobson propone algunas modificaciones a la propuesta de Freud. Por ejemplo, utiliza el término relajación en lugar del de descarga y, retomando el problema previamente expuesto, plantea que el placer no se alcanza mediante la reducción máxima posible de excitación, sino al lograr un equilibrio óptimo de la tensión, lo cual indicaría que dicho proceso está regulado por la ley homeostática.

Por tal motivo podemos entonces observar que Freud pasó de considerar el placer como la simple descarga de tensiones, a reconocer que la relación entre excitación y placer es mucho más compleja, así que la búsqueda de placer no consiste simplemente en la eliminación del displacer, sino en la capacidad de conseguir un equilibrio que facilite el bienestar psíquico del sujeto.

El concepto de placer, dentro de la teoría psicoanalítica, ha sido abordado desde diferentes perspectivas. Como lo hemos revisado hasta ahora, en la metapsicología freudiana el afecto del placer se entiende como una manifestación de la regulación energética del aparato psíquico. Al abordar este tema, de Saussure, propone hacer una distinción entre el afecto y el sentimiento. Según el autor, “Todo afecto está ligado con el impulso y tiene su fuente original en el sistema primario. En oposición, todo sentimiento pertenece al sistema secundario” (De Saussure, 1959, p. 34) por lo que se estructura de forma más matizada y diferenciada.

Para comprender el afecto del placer, es necesario analizar la forma en que éste se desarrolla a lo largo de la vida psíquica, su relación con las zonas erógenas, su desplazamiento a través de la sublimación o la regresión, así como la manera en que el Yo logra organizar dichas experiencias dentro del marco del principio de realidad.

Para alcanzar este objetivo, propongo partir de algunos planteamientos que hace Freud en su obra “Tres ensayos de una teoría sexual”. De acuerdo con el autor, en cada etapa del desarrollo, el placer tiene una cualidad especial que está relacionada con la zona erógena predominante en esa fase. Desde la etapa oral hasta la genital, la experiencia de placer varía, adaptándose a las necesidades del desarrollo psíquico del sujeto.

En el trabajo antes mencionado, Freud propone una distinción entre dos tipos de placer claramente diferenciables en la sexualidad. Por un lado, los placeres preliminares, que son aquellos que se asocian con la estimulación de zonas erógenas pregenitales y; por el otro, el placer de satisfacción, que culmina con el orgasmo genital, mediante el cual se libera temporalmente la tensión acumulada. Freud señala, además, que los placeres preliminares provocan simultáneamente una cierta tensión, que puede resultar displacentera, y una cierta descarga que es placentera, al estimular apropiadamente la zona erógena. (Freud, 1905, p. 1218).

Con base en lo anterior, es posible complementar lo planteado previamente: el placer no consiste simplemente en la eliminación del displacer, sino que también implica una regulación de la tensión, lo cual permite su desarrollo a lo largo de las distintas fases del proceso pulsional.

Desde la perspectiva psicoanalítica, el placer no se experimenta solamente de manera aislada al realizar una acción específica ya que, en los inicios de la vida, ésta era inducida por la madre. En consecuencia, el niño experimentaba una doble satisfacción, por un lado, aquella asociada a la gratificación de sus necesidades biológicas y, por el otro, aquella relacionada con la gratificación obtenida a través del contacto afectivo y amoroso con la figura materna. (De Saussure, 1959). Esta asociación temprana entre placer y vínculo marcará de forma significativa la manera en que el sujeto vivirá el goce a lo largo de su vida. En esta naciente relación con el objeto, el niño comienza a experimentar reacciones de placer y displacer, que en este contexto pueden identificarse como amor y odio. Como se ha mencionado previamente, ambos sentimientos generan tensión; y aunque el odio se asocie a un afecto displacentero, su descarga puede producir una sensación placentera. Dependiendo del contexto en que se exprese (oral, anal o genital), y de si se descarga directamente sobre el objeto que lo ha provocado o a través de vías de sublimación, el odio adquiere distintas cualidades. “Cuando el odio se vuelve contra el propio sujeto, puede tomar la forma de un sentimiento de culpa y ser acompañado por afectos depresivos, pero también puede conducir a ciertos placeres” (De Saussure, 1959, p. 37), de tipo masoquista.

Como se ha mencionado previamente, en un inicio, en el bebé, el deseo es percibido como una sensación desagradable, lo cual puede observarse en la intensidad con la que comunica el reclamo de su satisfacción. Fenichel señala que el Yo aprende progresivamente a soportar estas tensiones, regulando los afectos para hacerlos más manejables y adaptativos. Esta evolución del procesamiento de los afectos, desde el proceso primario de pensamiento hacia el proceso secundario, permite que el Yo tome un mayor control sobre las experiencias afectivas y determine una manera más adecuada de darles curso. (Fenichel, c.p. de Saussure, 1959, p. 38)

A medida que el Yo va madurando, mejora su capacidad para regular la energía psíquica y en este sentido, “Del éxito de estas organizaciones secundarias va a resultar una nueva calidad de placer ligada con el éxito de la función sintética del Yo” (De Saussure, 1959, p. 38).

Conforme el Yo mejora su capacidad de mediación entre las exigencias del Ello y del Superyó, a través de la función sintética, el placer se experimenta de manera más integrada y adaptada a la realidad. Por el contrario, si el Yo no logra equilibrar dichas demandas, se generan tensiones intrapsíquicas que conducen al displacer y a la formación de síntomas neuróticos.

Freud señaló que el Principio del placer se enfrenta constantemente con las exigencias del medio ambiente, lo que obliga al sujeto a modificar la búsqueda de satisfacción en función de la realidad. Esto no implica que la posibilidad de encontrar placer desaparezca, sino que se transforma en una organización más compleja. Como menciona De Saussure, “El placer bien calculado es… más provechoso que el que es buscado sin límites. Es así como el ser humano adquiere goces secundarios que no hacen de su vida una cadena de frustraciones, sino una organización más o menos feliz, en la que alternan penas y alegrías.” (De Saussure, 1959, p. 38).

De acuerdo con lo que se ha planteado hasta ahora en este trabajo, a medida que se sigue desarrollando, el Yo debe ser capaz de, por un lado, mantener un nivel óptimo de tensión, evitando tanto la falta de excitación, que genera aburrimiento, como el exceso de tensión que produce displacer y por el otro, de postergar ciertas acciones, mediante el ejercicio de la función sintética, lo cual le permitirá lidiar con los conflictos internos derivados de las demandas del Ello y del Superyó.

Para que el Yo logre una regulación adecuada de la energía psíquica y pueda responder de forma adaptativa a las tensiones internas, el aparato psíquico recurre a tres procesos fundamentales (de Saussure, 1959, pág. 39):

  1. La descarga por la acción, que permite liberar la energía acumulada. Con el tiempo, esta modalidad de descarga se vuelve más específica y diferenciada, generando así formas más complejas y diversas de
  2. La inhibición, entendida como la capacidad de controlar la excitación, ya sea neutralizándola momentáneamente o retornándola al sistema primario, con el objetivo de canalizarla posteriormente mediante formas más aceptables de descarga.
  3. La búsqueda de un punto de equilibrio a través de la asociación de ideas, proceso mediante el cual la energía acumulada puede fraccionarse, permitiendo que una parte se descargue por medio de la acción, mientras que otra se neutralice. Este mecanismo posibilita una mejor gestión de la intensidad de los conflictos intrapsíquicos.

A partir de este punto, me propongo abordar distintas formas en las que el placer deja de responder a una adaptación saludable a la realidad, desplazándose hacia manifestaciones disfuncionales. El objetivo es examinar las diversas manifestaciones patológicas del placer, de acuerdo con la propuesta teórica de De Saussure.

El placer narcisístico: Este tipo de placer ocurre cuando el sujeto obtiene satisfacción a través de un reforzamiento egocéntrico y no mediante relaciones objetales. Hasta cierto punto puede considerarse normal, ya que el Yo necesita cargar de placer su propio funcionamiento para reforzar el sentimiento de seguridad en sí mismo. Sin embargo, se vuelve patológico cuando se desarrolla en detrimento del placer derivado de la relación con los demás, generando una fijación en la autoimagen y en la autocomplacencia.

La erotización de la angustia: En ciertos casos, la angustia reprimida puede retornar a la consciencia y entrelazarse con el placer, dando lugar a una erotización de la misma. Este sincretismo afectivo permite que la angustia termine ligada con tendencias libidinosas. Este tipo de funcionamiento explica fenómenos que, de otra manera, serían difíciles de comprender, como el goce en situaciones de peligro o el desarrollo de conductas contrafóbicas. Placer y angustia pueden estar también ligados de otra forma. La angustia sirve, poco a poco, para racionalizar los fines hedonistas que el Yo se haya propuesto. Así, el placer se alcanza, pero a costa de una angustia constante.

El placer masoquista: El masoquismo representa una forma extrema de placer patológico, en la que el sujeto obtiene goce a través del sufrimiento, la humillación y el autocastigo. En estos casos, el Yo se somete a los mandatos del Superyó de manera desadaptativa. “En el masoquismo, el Yo se ha colocado en una posición de dependencia en relación con el Superyó. Acepta, aunque con rebelión, todos los castigos que el Superyó le impone…” (De Saussure, 1959, p.45) exagerándolos con lujuria.

Además, De Saussure señala que el masoquismo puede venir acompañado de sadismo, generando una alternancia entre el placer de someterse al Superyó y el de permitir que éste lo domine, lo que dificulta aún más la posibilidad de establecer relaciones equilibradas.

El placer perverso: Las perversiones sexuales pueden considerarse una forma de placer patológico, en la medida en que implican una detención en, o una regresión a, estadios tempranos del desarrollo psicosexual. Este tipo de placer cumple una doble función, por un lado, le permite al sujeto descargar impulsos libidinales y, por el otro, inhibe la descarga de impulsos correspondientes a etapas más avanzadas del desarrollo.

El placer maníaco: En los estados maníacos, el placer se vuelve excesivo y desregulado, lo que genera un gasto constante de energía psíquica. Este comportamiento maníaco implica una negación de la realidad y una liberación descontrolada de los impulsos. “En la manía verdadera se agrega una regresión a un estadio primitivo, anterior a la formación del Superyó; el Ello transcurre sin resistencia en el Yo, siguiendo puramente el principio de placer.” (De Saussure, 1959, 47). En este contexto, el placer deja de ser una fuente de bienestar y se convierte en un síntoma de desorganización psíquica donde la falta de límites impide que el sujeto pueda regular su excitación de manera saludable.

Después de haber hecho un recorrido por algunas de las distintas formas patológicas en que puede presentarse el placer, trataré de hacer un recorrido de algunas herramientas que podemos tener, como analistas, para acompañar a nuestros pacientes en su intento por restaurar la capacidad de disfrutar de mejor manera.

“La neurosis es… un padecimiento que trae un disturbio en el funcionamiento del principio del placer. No permite una satisfacción directa de los impulsos libidinosos y no proporciona al Yo sino un provecho secundario.” (De Saussure, 1959, p.40). En ese sentido, la cura implicaría deshacer los nudos defensivos que han restringido la libre circulación de la energía libidinal, facilitando así su canalización hacia fines más adaptativos.

En el caso de las neurosis, las emociones no asimiladas quedan atrapadas en el sistema primario del inconsciente, rigiéndose por el principio de repetición. Estas emociones contienen una combinación de impulsos libidinales y agresivos, una fuerte carga de ansiedad y algo de culpa. (De Saussure, 1959, p.40) Este cóctel de afectos reprimidos tiende a proyectarse en el mundo exterior, dando origen a diversos síntomas. La función del tratamiento analítico sería la de reconfigurar la energía reprimida para que el sujeto pueda encontrar formas más funcionales de canalización y descarga.

Durante el proceso de análisis, el paciente revivirá las experiencias reprimidas dentro de un contexto seguro y controlado, donde podrá diferenciarlas, resignificarlas y procesarlas adecuadamente. En este sentido, el analista juega un papel fundamental, pues le ayudará al paciente a establecer nuevas conexiones entre sus afectos y su historia personal.

Este mecanismo permite que los derivados de la emoción reprimida dejen de estar dominados por el principio de repetición y sean reubicados en el sistema secundario, donde pueden ser procesados de manera flexible y adaptativa. A través del trabajo analítico, la represión cederá el paso a la elaboración, lo que permitirá que el Yo recupere su capacidad de experimentar placer reduciendo la interferencia de la culpa y la ansiedad.

Para concluir, me gustaría comenzar mencionado algo que me parece fundamental al momento de reflexionar sobre el significado de la salud mental y sobre aquello a lo que puede aspirar el ser humano cuando intenta alcanzarla. A lo largo de la obra de Freud, encontramos que el padre del psicoanálisis no consideraba posible que el sujeto alcanzara un estado pleno de bienestar. Siempre existirá algún síntoma, como un rasgo singular y humano, que no puede eliminarse. (Freud, citado en Porras, 2017, p. 166).

En este sentido y con relación al tema de la gestión del deseo y la búsqueda del placer, podemos llegar a la conclusión de que el sujeto nunca podrá gozar sin experimentar cierto malestar, pues su deseo siempre está inevitablemente marcado por la sensación inconsciente de transgresión de la prohibición paterna. En consecuencia, a partir de esta vivencia de transgresión, el sujeto se siente culpable, ya que el conflicto al que se enfrenta es de carácter intrapsíquico: El policía que vigila y el juez que castiga los actos, pensamientos y deseos han sido introyectados mediante la identificación con los padres y otras figuras de autoridad, formando parte del Superyó que, a su vez, es la instancia que castiga al propio sujeto, incluso en ausencia de una transgresión real, a través de la angustia o del sentimiento de culpa.

Tortosa señala que la dificultad para gozar no es solo una cuestión individual sino una condición estructural de la psique humana. Como mencionó anteriormente, el deseo no puede existir sin la prohibición que lo constituye, lo que produce un malestar inevitable en el sujeto. El deseo está ligado a la prohibición y al castigo, lo que genera un malestar persistente. El goce activa la culpa y la necesidad de expiación lo que lleva al sujeto a imponer sobre si mismo autolimitaciones que pueden manifestarse como síntomas neuróticos, inhibiciones o fracasos.

Como cierre y con base en lo desarrollado a lo largo de este trabajo, podemos afirmar que, debido a nuestra propia naturaleza y al hecho de que vivimos en sociedad, “sólo podremos identificarnos como sujetos deseantes y a la vez, culpables” (Tortosa, 2005, p. 145). Por tanto, uno de los principales retos que enfrentamos como seres humanos a lo largo de la vida consiste en reconocernos y aceptarnos como tales.

Del otro lado y desde esta misma perspectiva, cuando el sujeto se involucra en un proceso terapéutico, el reto del psicoanálisis no es eliminar la culpa, sino ayudarle a reconocerla y a encontrar maneras de habitarla sin que ésta le impida desear y seguir viviendo. La culpa no es un obstáculo a superar, sino una condición con la que el sujeto debe aprender a coexistir.

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