Por: Regina Peón
“Ser psicoanalista es saber que todas las historias acaban hablando de amor. La queja que me confían los que balbucean a mi lado siempre tiene su origen en una falta de amor presente o pasada, real o imaginaria” (Kristeva, 1987).
En estos tiempos se ha hecho más evidente la necesidad de cuidar la salud mental en cualquier etapa de la vida. Por tanto, pareciera que las mujeres jóvenes de entre 20 y 30 años, que sufren por amor o por no encontrar pareja, consideran indispensable atender su salud mental. Refieren sentir que hay algo que está mal en ellas y consideran que acudir a terapia puede disminuir la posibilidad de desarrollar trastornos más graves.
Sin duda, hoy la sociedad se ha diversificado y actualizado; está conformada por distintos tipos de relaciones y elecciones de pareja. Es nuestra labor como terapeutas dejar fuera del consultorio los juicios o valores sobre lo que “debería” ser una pareja, y escuchar la queja y el sufrimiento que expresa quien llega a consulta.
En mi consultorio, atiendo en su mayoría a mujeres. Escucho, día tras día, a mis pacientes hablar de su deseo de tener pareja. En esta presentación, quiero enfocarme específicamente en mujeres que refieren sufrir estados de ansiedad intensa por haber perdido algún objeto de amor o por no encontrarlo. Cuando les pido que me expliquen a qué se refieren con “ansiedad”, me doy cuenta de que es algo que pareciera no tener una representación mental. No logran vincular la ansiedad que sienten con lo que las motivó a iniciar su proceso terapéutico.
Hace no mucho, una paciente me dijo: “Ya sé que no me vas a contestar, pero… no te imagino sufriendo por amor”. Le respondí: “El psicoanálisis nos enseña mucho”. Todos sufrimos por amor. Más allá de la idealización de la paciente hacia su analista —que pudiera estar encubriendo montos de agresión— considero importante recordar que cuando elegimos a un analista, depositamos en la transferencia los imagos inconscientes que habrán de trabajarse en el tratamiento. Me fue imposible no pensar en mi propio análisis. Las mujeres aquí presentes no me dejarán mentir: todas, o casi todas, las sesiones giran en torno al amor y a la angustia que nos genera pensar si algún día llegaremos a ser… buenas psicoanalistas.
A unos meses de terminar mi formación como psicoanalista, sigo sin conseguir mi “bolita de cristal”; y sé que aún me queda mucho por aprender. Lo que sí sé es que, aunque mis pacientes no lo crean, ¡no tengo el manual para ligar ni para evitar sufrir por amor!
Antes de continuar con este ensayo, me gustaría hacer una distinción entre ansiedad y angustia. La OMS (s.f.) define la ansiedad como una sensación de peligro inminente, pánico o fatalidad. Por otro lado, la angustia es un mecanismo automático de supervivencia. Freud habló de angst (angustia), que significa estrechez o angosto. Angst es anxiety en inglés, por lo que angustia y ansiedad son, en esencia, lo mismo. En psicoanálisis, hablamos de angustia. Esta funciona como una señal para anticipar un peligro; aprendemos a angustiarnos para poder defendernos ante una posible amenaza. En la angustia, la amenaza no está determinada en cuanto a su fuente, sino que tiende a ser inespecífica.
“Al tratarse de un afecto, la angustia se siente en el cuerpo, por lo cual es consciente. Sin embargo, es inespecífica y difícilmente identificable, pues el motivo que la origina, ya sea el recuerdo de una experiencia del pasado o una fantasía ligada a un impulso instintivo, permanece inconsciente” (Radchick, 2019, p. 91).
A diferencia del miedo —donde el objeto amenazante sí está determinado—, en la angustia no hay un objeto definido. Las pacientes a las que me refiero hablan del miedo a nivel consciente: miedo a no encontrar a nadie más, miedo a tener pareja y perderla. Pareciera que hay algo que permanece inconsciente, pero que genera una angustia profunda. Si mis pacientes manifiestan conscientemente el deseo de tener una pareja, probablemente la angustia inconsciente no sea flotante, sino una angustia relacionada con la cercanía. Está de más señalar que, en la transferencia, se verá reflejado el miedo a la cercanía con el analista. Es en la transferencia y la contratransferencia donde podremos descubrir el origen de esta angustia.
La angustia, para Freud (citado en Radchick, 2019), se divide en cuatro modalidades:
“El momento de nacer es la primera forma de angustia. Al bebé le angustia la separación, pasar de estar adentro de mamá a exponerse al mundo. En los primeros cinco meses de vida, el bebé no distingue entre yo y no-yo; es decir, la angustia es de aniquilamiento. Después de esta distinción, cuando ya hay un yo, la angustia es de muerte. El peligro es cualquier cosa que amenace la existencia. Este es el primer modelo: angustia de desintegración y angustia de muerte” (Radchick, 2019, p. 92).
A medida que el desarrollo avanza, el bebé aprende que no todas las personas son mamá; se angustia ante los extraños y también ante la separación, pues podría perder al objeto en el cual ha depositado todo su amor y dependencia. Luego aparece la angustia de castración y de perder el amor del objeto. Comienza a darse cuenta de que lo importante es la constancia de afecto. Esta angustia se resuelve cuando se logra la constancia objetal: el bebé aprende que ciertas cosas ocurren cuando mamá está, y otras cuando no está. Así, empieza a tolerar poco a poco la separación de sus figuras importantes. Luego llega al tramo de desarrollo conocido como genital primario, donde lo más importante es conservar el amor. Además de los hermanos, aparece un amor fundamental de mamá: su pareja. Aquí se entra en el “tercero excluido” y se inicia la curiosidad sexual.
Como dice Alejandro Radchick (2019):
“Cada una de las angustias coincide con las etapas del desarrollo psicosexual” (p. 90).
“La angustia mayor es la de perder al objeto. Este tipo de angustia es imprescindible en las etapas de separación e individuación descritas por Margaret Mahler. Es importante cursar exitosamente las subfases de separación e individuación para alcanzar la seguridad, la constancia de afecto y la individuación. De no ser así, corremos el riesgo de quedarnos fijados y con tendencia a la regresión frente a los desafíos de la edad, como, por ejemplo, el establecimiento de relaciones de pareja” (Radchick, 2019, p. 94).
El tipo de angustia que presente la persona nos dará la pauta de qué tan profunda es la regresión. Me parece imposible no pensar en el Complejo de Edipo: si existe tal temor a tener pareja, es por una falla en la función sexual proveniente del desafío edípico. Sin embargo, considero que detrás de dicho complejo existe un vínculo con una madre sobreprotectora, engolfante, que impide el crecimiento de la mujer, es decir, el ejercicio de su sexualidad y la posibilidad de tener pareja.
“Como dice Freud, citado en Gaitán (2004), refiriéndose a diversos análisis de mujeres con fuerte vínculo edípico: cuando el vínculo con el padre ha sido particularmente intenso, siempre fue precedido por una fase de vínculo exclusivamente materno igual de intenso y apasionado” (p. 4).
En mi consulta, al investigar sobre las relaciones que han establecido, observo que cuando la pareja se parece al objeto incestuoso, la barrera del incesto se impone y se coarta la función sexual, por lo que generalmente se sabotea la relación. Me refiero no solo a un parecido con el progenitor del sexo opuesto, sino a ambos.
¿Qué es entonces lo amenazante del amor?
El revivir el Complejo de Edipo, la vulnerabilidad, la posibilidad de perder al objeto, la confrontación con uno mismo, la cercanía, la sensación de quedar atrapado dentro de la otra persona… podría mencionar una lista interminable. Sin embargo, concuerdo con Nasio cuando menciona que:
“Cuanto más se ama, más se sufre” (Nasio, 1996, p. 32).
El amor es el remedio ante el dolor, pero abre la puerta a la posibilidad de perder al objeto amado. Esta mínima posibilidad de desamparo genera la angustia. El mismo autor continúa diciendo que el dolor surge ante una pérdida real, y la angustia ante una posible pérdida. Es probable que el deseo de mis pacientes por encontrar pareja sea, en realidad, un miedo intenso a encontrarla, lanzarse al vacío y luego perder ese objeto.
“Amar es también idealizar al elegido” (Nasio, 1996, p. 58).
Pero sabemos que, después de la idealización, viene la devaluación. Resulta imposible mantener la idealización indefinidamente. Nasio menciona que los ideales atribuidos al objeto amado son un tanto infantiles:
- Mi elegido debe ser único e irremplazable.
- No debe cambiar jamás, a menos que ambos cambiemos.
- Debe sobrevivir a la pasión de nuestro amor o de nuestro odio destructor.
- Debe depender de nuestro amor, dejarse poseer y estar siempre disponible para satisfacer nuestros caprichos.
- Pero, si queda sometido, debe conservar su autonomía para no estorbarme.
(Nasio, 1996, pp. 58-59).
Estos ideales remiten a la relación del niño con su objeto transicional. Al idealizar al objeto, o al buscar uno que cumpla con los requisitos mencionados, se está buscando el retorno a esa madre omnipotente que todo lo puede. Considero que, para poder buscar un objeto amoroso, hay que dejar atrás al objeto primario: la madre.
No me gustaría terminar sin hablar de técnica. Muchas veces, con este tipo de pacientes, es común cometer errores técnicos, ya que demandan al analista resolver su conflictiva de manera inmediata —por ejemplo, que les dé… ¡el manual para ligar! Existen errores técnicos que pueden contribuir a esta situación, como hacer interpretaciones demasiado profundas sin haber trabajado suficientemente las resistencias, lo que provoca un pseudo saber racionalizado de la situación (Gaitán, 2010).
Cuando el paciente llega a consulta, es normal que desconfíe del analista, pues no lo conoce. Debemos permitir que se establezca primero una relación transferencial sólida y positiva para poder realizar interpretaciones transferenciales y/o inconscientes. Como diría Green: ¡basta de interpretaciones del inconsciente, así como así! (Green, 2002).
A la paciente que mencioné al inicio del ensayo, le respondí haciendo uso de mi contratransferencia. Para Green, la contratransferencia es lo que ha quedado sin analizar en el analista, es decir, su propia patología, que puede afectar el proceso analítico. Tal vez por eso recordé a mi analista después de la sesión. La cercanía puede dejar de intimidar si se trabaja adecuadamente en la relación transferencial.
Es importante señalar que, para ser psicoanalistas, hay que atravesar por la incomodidad que genera la cercanía con el analista, así como tolerar las separaciones. Es decir, experimentar lo angustiante de la relación transferencial: la idealización, el enojo, el amor, la posibilidad de perderlo y todo lo que se le atribuye al analista. Como me dijo una vez un supervisor: cuando el analista se vuelve el culpable de todos los males, es ahí cuando inicia el análisis.
La mayoría de las veces, esto toma tiempo. El trabajo del analista es acompañar. Como dice Green:
“No ocultaré que es un trabajo largo, difícil y sujeto a decepciones, retrocesos, repeticiones, etc. Pero, por poco que el analista esté decidido a aguantar, al cabo de algunos años de esfuerzo obtendrá resultados que, sin ser perfectos, dejarán pensar que el paciente alcanzó un logro irreversible en lo que cabe llamar su enfermedad” (Green, 2002).
O, más bien, yo diría: su capacidad de amar.
Definitivamente, el cambio irreversible toma tiempo. Para tolerar lo bueno del amor, la persona debe estar dispuesta a afrontar el sufrimiento que conlleva y trabajar en sus propias formas de vincularse con la madre. Eso es lo que espero poder lograr en el trabajo con mis pacientes: usar mi contratransferencia siempre al servicio del proceso, sin que se vuelva un obstáculo.
“Proporcionarles apoyo yoico, tal como lo hace la madre con el bebé, y si todo sale bien… un nuevo ser estaría naciendo” (Winnicott, 1995).
El consultorio se vuelve, así, un lugar donde mis pacientes saben que tienen un espacio seguro para hablar, repetir, avanzar, retroceder… en eso que, sin importar la edad, el sexo, la religión o la identidad de género, nos angustia de distintas formas a todos los seres humanos: el amor.
Bibliografía:
- Freud, S. (1923) “El yo y el ello”. Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu. Tomo XIX.
- Green, A. (2002) “Ideas y directrices para un psicoanálisis contemporáneo”.
- Gaitán, A. (2004) “Cuando intimar intimida”. Congreso de la Sociedad Psicoanalítica de México, A. C. “Los Códigos del Amor”.
- Mahler, M. (1955). El nacimiento psicológico del infante humano: simbiosis e individuación. Editorial Marymar.
- Nasio, J. D. (1996). El libro del dolor y del amor. Gedisa Editorial.
- Radchik, A. (2023) “Sentimiento de culpa”. Ingramex.
- Radchik, A. (2019) “Mapas de lo inconsciente”. Editores de textos mexicanos.
- World Health Organization. (s.f.). Trastornos de ansiedad. Organización mundial de la salud. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/anxiety-disorders
- Kristeva, J. (2004). “Historias de amor”. Siglo XXI.
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