Por: Sissi Martínez
“Donde las palabras quedan fuera, la música empieza” Heinrich Heine
Alguna vez escuché a un profesor decir que el psicoanálisis no solo se aprende desde el psicoanálisis, sino que hay que conocerlo y entenderlo desde otros lugares, otras disciplinas. Este texto tiene la intención de pensarlo desde la musicalidad y la voz.
¿Qué es la musicalidad? Según la Real Academia Española, la musicalidad es la cualidad de musical, algunos sinónimos son: armonía, eufonía, melodía, sonoridad, ritmo y cadencia (Real Academia Española, 2024). Arthur Schopenhauer, dijo “En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad”. En este sentido, si el mundo es música hecha realidad, ¿qué hay de sonoro en la práctica psicoanalítica?, ¿en el consultorio, en una sesión, en los pacientes y en nosotros como analistas?
En el análisis, el sonido que se escucha con mayor frecuencia es la voz, la voz del analizando y del analista pero ¿qué es la voz?. La voz es “el sonido producido por la vibración de las cuerdas vocales” (Real Academia Española, 2024), sonido que proviene de la laringe como resultado de la modulación y proyección del aire de los pulmones (Navarra, 2023). La voz es puente entre lo interno y lo externo y sigue el camino que marca el mundo interno de quien la emite.
Nuestro lenguaje, es mucho más que pronunciar fonemas, decir palabras y formar oraciones, esto es gracias a la prosodia. Según la RAE la prosodia es el “estudio de los rasgos fónicos, especialmente de acentuación y entonación, que afectan a unidades superiores al fonema” (RAE, 2019). La prosodia dota al habla de un lenguaje no verbal, le da estructura y expresividad. (Crystal, 2019). Esta cualidad lingüística tiene tres características: tono, volumen y velocidad, estas características solas o en combinación generan el ritmo y el silencio, esto permite que uno pueda decir una misma palabra o frase de distintas maneras y evocar distintos significados, es el “cómo se dice” y no “aquello que se dice” (Crystal, 2019, pp. 248). Cuando la palabra se muestra insuficiente, el sonido está para sostenerla, darle textura, dimensión y sentido. La prosodia es lo que permite que los sonidos que emite una persona varíen según su lugar de origen, cultura, contexto, el receptor a quien se dirige el mensaje, su postura frente algún tema o estado de ánimo. En el artículo titulado “Listening beneath the Words: parallel processes in music and psychotherapy”, los autores proponen que nos permitamos escuchar a los pacientes de la misma manera que escuchamos música, ya que “la historia de cada paciente es tan única como una pieza musical” (Shapiro, et.al, 2017, pp. 242). Cada sesión, cada paciente y cada analista tiene su propio sonido.
La musicalidad del psicoanálisis se encuentra en la interacción musical analista-analizando, ¿en qué momentos sube cada uno el volumen de voz?, ¿por cuánto tiempo permanecen callados?, ¿cuál es la velocidad de las asociaciones y el tono de los afectos?, ¿en qué momentos hay risas, gritos, suspiros, quejidos, bostezos, silbidos, sonidos vocálicos, etc.? ¿En qué momento de la sesión los sonidos resultan menos amenazantes y más accesibles que las palabras?
Autores como Freud o Melanie Klein, mencionan la relevancia de la boca del bebé y cómo es a través de ella que el bebé experimenta placer, comienza a conocer el mundo y se vincula con él. En esta misma línea, quisiera compartir algunas aproximaciones que encontré respecto a lo auditivo en el desarrollo de la psique humana y su función vincular.
Bowlby, en su texto “El Apego y la pérdida” hace referencia a una de las primeras investigaciones relacionadas. En 1927 Hetzer y Tudor-Hart, hicieron oir a bebés distintos sonidos: fuertes, suaves, algunos producidos por la voz humana y de distintos objetos como matracas y piezas de vajilla. Desde el inicio los bebés mostraron diferentes reacciones, con los fuertes mostraron desagrado y ante los sonidos suaves se mostraron tranquilos. A partir de la tercera semana los bebés comenzaron a reaccionar de manera específica ante el sonido de la voz, comenzaban a succionar y hacer gorgoritos que aludían a una sensación de placer y, al interrumpir el sonido de la voz, comenzaban a llorar (Bowlby,1993, pp. 358-359). El interés del bebé por la voz de su madre refuerza el deseo de la mamá por seguir hablándole, este reforzamiento mutuo promueve la interacción oral y auditiva en la díada madre-hijo (Bowlby, 1993, pp-364). De igual manera las volcalilizaciones y el balbuceo del bebé contribuyen a descargar tensión y facilitan la sociabilidad (Bowlby, 1993, pp. 381). La voz de la madre, por lo general, tiene un efecto tranquilizador, de contención y regulación emocional en el niño. Un ejemplo claro es el arrullo, un momento privilegiado que fomenta el encuentro, la conexión y la sincronía del cuidador con el niño a través de estímulos auditivos, contenido rítmico, melódico y una voz cargada de líbido, dulzura y afecto. “El bebé es movilizado por la voz de su mamá lo cual genera en él una experiencia corporal estructurante cargada de significado” (Bertau, 2007, pp.143).
Didier Anzieu, psicoanalista francés, reconocido por sus aportaciones del “Yo-piel”, en su teoría destaca “la existencia precoz de un espejo sonoro o de una piel audiofónica y su función en la adquisición del aparato psíquico, de la capacidad de significar y de simbolizar” (Anzieu, 2016, pp.171).
Antes que la mirada y la sonrisa de la madre, que le nutre y le cuida, se remitan al niño una imagen de sí que le sea visualmente perceptible y que interiorice para reforzar su Sí-mismo y bosquejar su Yo, el baño melódico (la voz de la madre, sus canciones, la música que ella le hace escuchar) pone a su disposición un primer espejo sonoro que utiliza primero con sus gritos (que la voz materna tranquiliza como respuesta) y luego con sus gorjeos y finalmente con sus juegos de articulación fonemática. (Anzieu, 2016, pp. 182-183)
Voz y cuerpo son inseparables, para que exista voz debe de existir un cuerpo que la produzca y moldee según sus cualidades (Bertau, 2007, pp. 143). Es posible pensar a la voz como una extensión del cuerpo, por este motivo, uno puede escuchar la voz sin la presencia del sujeto que la evoca, por ejemplo, en el análisis a distancia y, aún así, percibir su presencia. La voz, es constitutiva de la identidad, habla de su contexto, de su historia, de sus identificaciones, es sello personal, no existen dos voces ni dos llantos iguales en el mundo. Debido a esto, resulta valioso conocer las fantasías despertadas en pacientes y analistas respecto a la voz de cada uno.
En un estudio titulado “La relevancia de la voz en el proceso psicoterapéutico: un estudio a dos voces” realizado en 2017 se entrevistó a 6 pacientes diagnosticados con trastornos depresivos y/o ansiosos y a sus 2 psicoterapeutas en un Centro de salud Familiar de Santiago de Chile. En una de las entrevistas de este estudio se rescata el siguiente fragmento de uno de los pacientes:
“Sí, es un tono de voz muy suave, un tono de voz como que apapachara*… es como… él no me puede abrazar pero en el tono de voz es como si igual dijera “yaaa” (pone sus manos en su espalda) una cosa así… es que es una voz suavecita (…) si, es que como su voz es tan suave es como que me acurrucara… yo sé que no puede dar un abrazo entonces… o sea, yo sé cuales son sus limitaciones y las mías también (…)” (Mellado, et.al. 2017, pp. 265).
En los discursos de los pacientes entrevistados se identifica que perciben la voz de sus psicoterapeutas como una extensión de su cuerpo que hace resonancia en el suyo, los pacientes refirieron sentirse “tocados” “abrazados”, “acurrucados”, “arrullados”, “sostenidos” por la voz de su psicoterapeuta (Mellado, et.al. 2017, pp. 265).
Como resultado de las entrevistas realizadas en este estudio, se identificaron tres fenómenos explicativos centrales respecto a la voz en el trabajo psicoterapéutico:
1) Las cualidades vocales activadoras de estados físico/emocionales; 2) La construcción de los roles de pacientes y psicoterapeutas a partir de ciertas características vocales y; 3) La dinámica vocal de estados alternantes en la conversación psicoterapéutica (Mellado, et. al, 2017, pp. 264).
En el análisis, nuestro cuerpo está al servicio del paciente, es posible sentir y experimentar en él aquello que al paciente no le es posible procesar. En esta misma línea, la voz del analista, al entenderla como una extensión de su cuerpo, también está al servicio de los pacientes. Didier Anzieu, en su obra mencionada anteriormente menciona:
La técnica psicoanalítica a la que yo recurro consiste en establecer la envoltura sonora que refuerza, ella misma, la envoltura táctil primaria; en mostrar al paciente que puede “tocarme” emocionalmente; en realizar los equivalentes simbólicos de los contactos táctiles desfallecientes, “tocándole” con palabras verdaderas y plenas” (Anzieu, 2016, pp.153)
Lo sonoro del consultorio es eco del clima emocional, del proceso y de la relación analítica, debido a esto, es posible realizar un “diagnóstico auditivo”, un diagnóstico que sensibilice la escucha de aquello dicho entre notas, entre tonos graves o agudos, entre inhalaciones y exhalaciones, en aquello dicho del discurso lento o atropellado, rígido o espontáneo, de los acentos y entonaciones, si destaca la duda, la exclamación, los puntos suspensivos o los puntos finales. Identificar las reacciones transferenciales y contratransferenciales que generan todas estas posibilidades es benéfico en el trabajo analítico. A través de la multivocalidad es posible reconocer cambios en el posicionamiento subjetivo del paciente y de nosotros como analistas durante el tratamiento y tener en cuenta que “No siempre lo armonioso es más sano, es preferible, a veces, una disonancia que despierte; generar una incomodidad que nos lleve a buscar otra posición, a preguntar” (Topelberg, 2005).
La voz en el análisis, al igual que en la música, es un instrumento y, como cualquier instrumento, hay que saber tocarlo según el efecto sonoro que se quiera producir. Saber modular la voz permite realizar interpretaciones en tonalidades precisas, establecer límites cuando sea necesario, promover la reflexión y sostener al paciente, por ejemplo, a través de la invariabilidad de la voz el analista puede transmitir que aquello que le está compartiendo el paciente no lo desorganiza (Mellado, et. al. 2017), ya que le es posible mantener el mismo ritmo el cual también puede ayudarle al paciente a organizarse puesto que una voz regulada emocionalmente es una voz capaz de regular emocionalmente a otro. Con la voz, el analista también puede comunicar neutralidad respecto a distintos temas, ideologías, preferencias, etc. y así promover la transferencia y un espacio seguro.
La función del analista propuesta en el presente trabajo de escuchar, entender la musicalidad del paciente y devolverla en experiencias pensables y simbolizables hace alusión a la función de reverie que explica Bion en su obra “Aprendiendo de la Experiencia”, la cual se refiere a la capacidad de la madre de sintonizar con las necesidades del bebé y metabolizar experiencias primitivas (sensaciones y experiencias emocionales puras) que el bebé proyecta, para así, a través de su función-alfa, metabolizar elementos beta -los sonidos- (elementos sin metabolizar), en elementos alfa, es decir, en elementos asimilados que pueden ser comprendidos y pensados (Bion, 1987).
Permitirnos escuchar la musicalidad que se produce dentro del consultorio “da acceso a un espacio experiencial implícito que subyace a las palabras” (Shapiro, et.al. 2017, pp. 242). Sumerjámonos en la música relacional que se crea con cada uno de nuestros pacientes sin importar cómo suena, escuchemos más allá de la lírica, las múltiples voces, melodías, canciones, albums, playlists, géneros musicales o instrumentos que se reproducen en cada sesión ya lo largo del tratamiento. El psicoanálisis da la posibilidad de escribir nuevas partituras y promueve que los pacientes sean dueños de su voz y compositores de su propia musicalidad.
Bibliografía
- Anzieu, (2016). El Yo-piel . (S. Vidaurrazaga, Trad.). Biblioteca Nueva. pp. 153-183.
- Bertau, M. (2009). The dynamics of dialogical self and community: Exploring the limits of the individual in the self-other relation. International Journal of Dialogical Science, 2(1), 143. Recuperado de https://ijds.lemoyne.edu/journal/2_1/pdf/IJDS.2.1.09.Bertau.pdf
- Bion, R. (1987). Aprendiendo de la experiencia (Vol. 25). Editorial Paidós.
- Bowlby, (1993). El apego y la pérdida (M. Valcárcel Avello, Trad.). Ediciones Paidós.
- Clínica Universidad de (2023). La voz. Recuperado de https://www.cun.es/diccionario-medico/terminos/voz
- Crystal, (2019). The Cambridge Encyclopedia of the English Language. Cambridge University Press, Cambridge, pp. 248.
- Mellado, A., Tomicic, A., Martínez, C., Reinoso, , & Bauer, S. (2017). La relevancia de la voz en el proceso psicoterapéutico: Un estudio a dos voces. Revista Argentina de Clínica Psicológica, 24, 261-273.
- Real Academia Española. (2024). En Diccionario de la lengua española (23.ª ed.). Recuperado de https://dle.rae.es/musicalidad?m=form
- Real Academia Española. (2019). Prosodia. En Diccionario del estudiante. Recuperado de https://rae.es/diccionario-studiante/prosodia#:~:text=Estudio%20de%20los%20rasgos%20fónicos,Tb.
- Real Academia Española. (2024). Voz. En Diccionario de la lengua española (23.ª ). Recuperado de https://dle.rae.es/voz?m=form
- Shapiro, , Marks-Tarlow, T., & Fridman, J. (2017). Listening beneath the words: Parallel processes in music and psychotherapy. American Journal of Play, 9, 242.
- Topelberg, (2005). Cuando la música nos escucha a nosotros. Página 12. Recuperado de https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-46646-2005-01-27.html
- Imagen: Pexels/Suvan Chowdhury
