Por: Regina Zorrilla
“Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo
Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño”
Mercedes Sosa
Por muchos años, la sexualidad femenina ha sido EL tema “tabú” que ha formado parte de la historia de las mujeres, quienes con dolor, miedo y soledad han vivido historias de transgresión médica, psiquiátrica y psicológica al buscar aliviar síntomas incomprendidos y poco estudiados.
A partir de esto es que comienzo con mi investigación sobre la menopausia cuando durante una sesión la paciente a quién llamaremos Margarita de 52 años, menciona que tenía 3 meses que había dejado de menstruar y los “bochornos” habían acrecentado incluso siendo época de invierno en la Ciudad de México. Al intentar hablarle sobre los duelos que esta nueva etapa conllevaría su respuesta fue clara y concisa “Regina, perdóname, pero es que no tienes ni idea lo que esto significa. Tú que eres joven, no lo entenderás hasta que estes en esta etapa, yo ya soy vieja”. Margarita había hablado con la verdad, yo no tenía ni idea en que laberinto me metía al hablar de menopausia, pero sabía que en mi casa este evento había sido catastrófico. Recuerdo escuchar que se hablaba de cómo mi abuela vivió cambios abruptos de personalidad, recuerdo los cambios de humor de mi mamá coincidentes a mi adolescencia, recuerdo los bochornos famosos de mis tías, el miedo de algunas al saber que su cuerpo cambiaría, la incertidumbre sobre el consumo de hormonas sustitutivas pero por sobre todas esas historias, recuerdo al resto del mundo alejarse de ellas, alejarse de aquellas mujeres “menopaúsicas”, mujeres incomprendidas, agredidas por los médicos, aisladas y en su mayoría, viviendo este proceso desde la soledad. Sin embargo, si algo hemos aprendido aquí, es que no tenemos que vivir en carne propia los que viven nuestros pacientes para poder escucharles, acompañarles e informarnos si es necesario.
Este texto surge como resultado de investigación y a modo de la propia elaboración, de la feminidad, de lo que significa ser mujer particularmente en esta etapa de la vida en la cual el cese de la menstruación marca el inicio de una nueva etapa de la sexualidad femenina.
Para comenzar, me parece importante retomar un recorrido histórico que nos brinde una visión clara de lo que ha sido la menopausia en diferentes contextos. Andrés Domingo (2022) nos recuerda que, durante la Grecia antigua, Hipócrates consideraba que el exceso de sangre era un peligro para el cuerpo humano, así que, durante la menstruación, el cuerpo se permitía eliminar aquellas toxinas, sin embargo, la mujer postmenopáusica se excluía de la sociedad debido al veneno que su cuerpo contenía. Esta teoría retentiva, justifico muchos tratamientos médicos destinados a liberar aquel veneno, tales como la aplicación de sanguijuelas en los genitales o cortes en las venas que producían hemorragias.
Poco a poco el concepto fue evolucionado hasta que alrededor del siglo XIX De Gardenne describe el “Síndrome de la menopausia” como los trastornos que acompañan al cese de la regla, los síntomas físicos y algunos emocionales. Durante todo este siglo, la menopausia fue delimitada como una patología o enfermedad causada por las imprudencias sexuales previas.
Más adelante durante el siglo XX, poco a poco se fue descubriendo la relación entre la función ovárica y el cese de la menstruación, sin embargo y como bien sabemos por nuestro querido Freud, la menopausia se asociaba a efectos negativos como la inestabilidad emocional, las neurastenias, la irritabilidad y excitabilidad.
“Es sabido, y ha dado ya mucho que lamentar a los hombres, que el carácter de las mujeres suele cambiar singularmente al sobrevenir de la menopausia y poner un término a su función genital. Se hacen regañonas, impertinentes y obstinadas, mezquinas y avaras, mostrando por tanto rasgos sádicos y eróticos anales, antes ajenos a su carácter” (Freud, 1913, p. 1742)
Conforme pasaron los años, la industria farmacéutica llegó y consigo la utilización excesiva de las hormonas, la menopausia se volvió un nuevo mercado que exigía la eliminación de los síntomas y la sobre medicación de aquellas mujeres que mostrar cualquier cambio que perturbara el orden social. Es por eso por lo que, gracias al movimiento feminista, se ha abierto la investigación a que se desmitifique este suceso y se viva como un cambio más en el cuerpo y no como una patología. Asimismo, se busca que no solo haya una mirada más compasiva y completa de aquel cambio transformador si no que existan nuevos espacios de apoyo que favorezcan a la salud física y emocional de las mujeres.
Como resultado de este nuevo devenir de la menopausia se ha definido según Parra Toledo (2019) como la etapa fisiológica por la que atraviesan todas las mujeres entre 45 y 50 años, en el que sucede el último periodo menstrual ocasionado por la falta de óvulos contenido en los ovarios y la falta de estrógenos, ocasionando el fin de la fertilidad. Este suceso puede estar compuesto por etapas previas y posteriores en las que existen cambios hormonales, irregularidad en ciclos, todas englobadas en el “climaterio”. Muchas veces estos sucesos, antropológicamente, se han descritos a la par de otros procesos socioculturales tales como cese de sexualidad, jubilación o síndrome del nido vacío.
Dentro de los síntomas físicos más comunes del climaterio están sofocos, alteraciones en el ciclo menstrual hasta llegar el cese de este, atrofia vulvovaginal (resequedad) y en algunos casos durante la posmenopausia se observan síntomas de osteoporosis. En cuanto a los síntomas más subjetivos y en cuales hoy nos enfocaremos un poco en este texto son los síntomas psicológicos o emocionales, algunos mencionados como irritabilidad, insomnio, tristeza o melancolía. (Andrés Domingo, 2022)
Tan solo en esta breve introducción podemos pensar en los retos que puede conllevar este suceso, sin embargo, el día de hoy comenzaremos a pensar cuales son aquellas transformaciones psíquicas que pueden ser reditadas durante la menopausia.
1. El Cuerpo Femenino
Para pensar en una mujer de 50 años que está viviendo la menopausia, es necesario irnos a los inicios de la construcción de aquel cuerpo que en ese momento se encontrará en transición, retomando nada más que el aquel vínculo inicial con la madre.
Según McDougall (1996) en su teoría del soma propuesta en “Teatros del Cuerpo”, en la cual menciona que la vida psíquica comienza con una fusión que conduce a que sólo existe un cuerpo y una psique para dos personas y que aquella constituye una unidad indivisible. Es así como el bebé reconoce a una “madre-universo”, omnipotente, que evita cualquier frustración al bebé, calma sus necesidad y angustias. Esto conforma un primer plano de aquel Yo que más adelante vivirá a través del cuerpo nuevas identificaciones. Asimismo, Lerma (2025) nos recuerda que aquel cuerpo nos proporcionará pertenencia, así como una infinidad de maneras de volcar contenidos inconscientes y a momentos apalabrarse como material consciente.
Más adelante, retomando a Melanie Klein, ante esta madre omnipotente, se compagina lo que serán las primeras fantasías sobre la fertilidad que contiene la madre y que de alguna manera introyecta la niña. Melanie Klein en Psicoanálisis de Niños (1975) , nos habla de un complejo de Edipo más temprano y primitivo, en el que al retirarle la madre el pecho nutricio y privarle de aquella satisfacción infinita, al igual que no otorgarle el pene del padre, aumentan los sentimientos de odio hacia la madre. Es importante que aquí hagamos una distinción con Freud, ya que él menciona que el complejo de Edipo comienza con la aceptación de la falta de falo, complejo de castración, lo cual nos habla de un deseo profundo de la niña de poseer un pene propio como atributo de masculinidad y poder. Sin embargo, Klein difiere y menciona que la intención es incorporar el pene como parte de la gratificación oral. A esto le agregamos parte de la teoría sexual inconsciente en la que menciona que al ser la madre quien ha incorporado el pene del padre, se intensifica la envidia. Esto será la base de las angustias más primitivas de la niña, las cuales podrán ser disminuidas a través de la gratificación libidinal de sus distintas zonas erógenas, disminuyendo las tendencias agresivas y con ello su ansiedad.
Al introyectar el pene del padre, también restablece aquella relación con la madre, es por eso por lo que aquella imago introyectada de la madre será una primera figura de “amparo” contenedora del pene, el pecho nutricio y los niños, que más adelante se pondrá en juego con la perdida de la fertilidad en la menopausia.
Es aquí donde pausamos, retomamos la investigación inicial y nos preguntamos. ¿Qué tiene que ver todo este rollo de los pechos, penes e imagos introyectados? La respuesta es todo lo que quisiéramos escuchar como psicoanalistas, si, todo se remonta a las primeras relaciones con los objetos.
En su investigación “Representación simbólica de la menopausia, subjetividad y sexualidad”, Alva Real (2019), después de entrevistar a varias mujeres que estaban viviendo este proceso de transformación, que en su mayoría mostraban rechazo ante su madre como parte de una reactualización del complejo de Edipo. Asimismo, retoma a Langer la cuál enfatiza que durante la menopausia regresa el odio reprimido hacia la madre resultado de aquella vivencia temprana del Edipo. Es por tal que sabemos cómo aquellos primeras miradas, caricias, calidez o indiferencia de la madre será no sólo la que delimite aquel cuerpo cambiante de la menopausia, si no frente al cual la mujer logre reelaborar su relación con la feminidad construida a través del Edipo.
2. Lo perdido e imposible de recuperar
Como podemos imaginarnos, o por lo menos lo que yo pude imaginarme como mujer joven al hablar con Margarita era que la menopausia es un proceso de pérdidas y duelos. Pero ¿qué se pierde?
Al retomar a Freud y su idea primera sobre el Edipo, mencionamos el complejo de castración como aquel que la niña sufre al darse cuenta de que no tiene pene, al perder y hacer tangible la falta. Sin embargo, Klein (1975) menciona que algo similar sucede con el varón al reconocerse en falta al saber que el nunca será dador de vida o quién “contenga” los niños. A partir de esto comienza a crearse una conciencia, a mi parecer no solo inconsciente sino social frente al cual crecemos como mujeres y es que somos dadoras de vida, delimitando muchas veces no solo nuestro devenir mujer si no también nuestro rol en la vida. Este ideal se reafirma con la menstruación. Helen Deutsch (1968) nos habla de cómo la primera menstruación durante la pubertad es aquel suceso esperado y temido por todas las mujeres, un periodo de expectativa lleno de fantasías, supersticiones, ideas de curación o fobia, sin embargo, menciona que son durante aquellas primeras menstruaciones que el yo narcisista da la bienvenida a la menstruación como un paso hacia el mundo adulto. Esto sumado a las características sexuales puede ayudar que se vulnere la relación con el cuerpo, representándolo finalmente como un todo. Aquí como menciona Helen Deutsch (1968) “Durante toda su vida, los individuos de ambos sexos reaccionan a las heridas de sus cuerpos de como que delata la influencia del “complejo de castración infantil”. (Deutsch, 1968 ,p.159)
¿Pero qué pasa cuando este super temido poder se acaba y solo queda aquel cuerpo “infértil”?
Durante la menopausia, es claro admitir que frente al cese de la menstruación se pierde aquella capacidad de procrear que por tantos años ha sido parte de la identidad femenina. “Frente a la perdida de esta capacidad (reproducción), ella termina su servicio hacia la especie” (Deutsch, 1971), esto a decir de Helen Deutsch puede generar una serie de reacciones ambivalentes, por una parte, alivio, por saberse librado de aquel deber, pero por otro lado un profundo duelo por la pérdida de la fertilidad, la juventud y la belleza.
Alva Real (2019) menciona que esta pérdida de la fertilidad también es revivida como aquella castración simbólica previamente mencionada y reformulada hacia el nuevo cuerpo, el cual poco a poco comienza a perder los atributos femeninos llenos de potencia que podían ser percibidos con orgullo. Muchas mujeres pueden vivir angustia frente a esta pérdida de la imagen corporal, aflorando viejas huellas sobre el propio cuerpo.
Asimismo, frente a lo inconsciente debemos añadir lo social y cultural que representa el envejecimiento del cuerpo femenino. Alva Real(2019) nos menciona que esta pérdida puede equipararse al arquetipo de “la bruja”, aquella figura acusada, sin poder, “mujer vieja y sin capacidad procreadora”.
Frente a esto surge un proceso complejo de duelo. Sin intenciones de meterme la pata sola, considero importante retomar algunos aspectos básicos de la descripción de duelo de Grinberg. “El concepto de duelo implica todo un proceso dinámico complejo que involucra a la personalidad total de individuo y abarca, de un modo consciente e inconsciente, todas las funciones del yo, sus actitudes, defensas y, en particular, las relaciones con los demás” (Grinberg, 1963)
Asimismo, sabemos que, dentro de esta dinámica compleja, existe un proceso de retracción de la libido del objeto perdido, con la intención de que más adelante ésta pueda ser puesta en nuevos objetos. Cuando ésta, es una perdida real y amenaza al yo con angustia, lo que ayudará a vencer la perdida es haber establecido una primera buena imagen de la madre dentro de sí mismo (Grinberg, 1963)
Ahí mismo en la recopilación de Grinberg (1963) retoma como dentro de la elaboración de duelo Bowlby (1962) propone 3 fases importantes. En la primera existe una urgencia por recuperar el objeto perdido; llega el llanto, la rabia, los intentos maniacos resultados de la urgencia. Después el individuo asume una serie de decepciones junto con la desesperación y desorganización, aquí llegaría la depresión y tristeza, soltando viejos conceptos del objeto perdido y formulando nuevos. Por último, en la tercera fase, se espera que el individuo logre tolerar esa depresión o tristeza.
Sin embargo, este proceso del duelo puede llegar a complicarse al ser esta pérdida una perdida del propio Self y no de un objeto externo. “Todo ataque al cuerpo (enfermedad somática, trauma físico o vivencia hipocondriaca) es vivenciado como un ataque al self y a su identidad” (Grinberg, 1963, p. 174). Frente a esto, Grinberg (1963) propone que durante el análisis se busque que se revivan aquellas partes del desarrollo temprano para que se pueda volver a introyectar los aspectos buenos del Yo que permitan el proceso de asimilación.
Asimismo, este proceso de elaboración permitirá que él se consolide el sentimiento de identidad que ya no solo permitirá la aceptación de las perdida infantiles del self, sino también de los aspectos regresivos que bloquean del desarrollo adulto. (Grinberg, 1963)
“Vivir implica necesariamente pasar por una sucesión de duelos. El crecimiento en sí, el pasaje de una etapa a otra, involucran perdida de ciertas actitudes, modalidades y relaciones que, aunque son sustituidas por otras más evolucionadas, impactan al yo como procesos de duelo que no siempre son suficientemente elaborados “(Grinberg, 1963, p. 170)
3. Todo pasa y todo queda
Así cómo brevemente se ha mencionado antes, la mirada desde la cual observamos la menopausia puede verse de diferentes colores, con tintes ambivalentes y a momentos caóticos, sin embargo, la llegada del climaterio no siempre significa tragedia. Andrés Domingo (2022) nos habla de diferentes perspectivas alrededor del mundo sobre las mujeres en esta etapa de la vida. En Oriente (Bali, Samoa y Nueva Guinea) las mujeres adquieren igualdad social frente a los hombres una vez que llega la menopausia. Mencionan que, en la cultura islámica, el cese de la menstruación les permite dejar de usar velo y participar en la vida pública. Asimismo, estudios antropológicos nos hablan de las culturas poligámicas en las que la mujer debía alejarse durante la menstruación ya que ésta era consideraba sucia e impura, al igual que durante la etapa fértil debían utilizar velo. Al estudiarse 483 mujeres en la posmenopausia se observaba que no se manifestaban los síntomas psicológicos típicos de las sociedades occidentales. Algo similar sucedía con los indios Mohawe, los cuales veneraban la edad avanzada de las mujeres, buscando en ellas experiencia sexual.
Historias como estas encontramos alrededor del mundo en el que hoy mujeres en el climaterio son pensadas como mujeres con corazones fuertes, sabias, sensatas, con posibilidades de ejercer profesiones de sanadoras, magia y hechicería. “Las mujeres que han llegado con vida a esta etapa, superando a la muerte y las enfermedades derivadas de los procesos reproductivos, alcanzan un nuevo estatus social con ciertos privilegios similares al de los hombres que no ponen en riesgo su dominio” (Andrés Domingo, 2022, p. 71)
La adultez tardía y ni se diga la vejez, usualmente como psicoanalistas, nos paraliza. Nos cuestiona que tanto podemos ayudar al paciente a “cambiar” modos, formas o modelos que han sido reforzados por años. Y aunque la teoría alrededor de esto es escasa, menciono a Erikson (1972) y dos etapa importantes “Generatividad vs estancamiento” y la pregunta de “¿Puedo aún contribuir al mundo?”, eso se ve o se vio como hijos, trabajo, pareja, relaciones cercanas, propósito o identidad. Más adelante, “Integridad del yo vs. Desesperación”, aquella que engloba los últimos años de vida y en los que preguntas como ¿he vivido una vida plena? surgen como pilares. A mi parecer, ambas etapas surgen a partir del climaterio, aquel suceso de duelos, perdidas tangibles de la identidad y el cuerpo, relaboración de etapas infantiles, dolorosas heridas narcisistas que amenazan la integridad del yo, pero frente a las cuales surgen nuevas posibilidades de restablecer relaciones significativas, reforzando la identidad y construyendo nuevos caminos.
Sera necesario que como analistas podamos acompañar las dificultades que este proceso conlleva retomando las relaciones con los objetos primarios, la construcción de la propia identidad y sexualidad infantil y adulta, tomando en cuenta la subjetividad de cada paciente, así como posibles síntomas alternos, previas patologías o estructuras, sabiendo que aquel laberinto de preguntas es un nuevo espacio de construcción psíquica.
Bibliografía
- Andrés Domingo, (2022). Menopausia: Una mirada feminista desde el buentrato. Los Libros de la Catarata.
- Freud, (1913). La disposición a la neurosis obsesiva: Contribución al problema de la elección de neurosis. En Obras completas (Vol. 12). Editorial Amorrortu.
- Parra Toledo, J. (2019) Vivir la menopausia en La menopausia en la vida de las mujeres.
- McDougall, (1996). Teatros del cuerpo. Julián Yébenes S.A.
- Deutsch, H. (1968). La psicología de la mujer. Primera parte. Editorial Losada. Deutsch, (1971). La psicología de la mujer. Segunda parte. Editorial Losada.
- Grinberg, (1963). Culpa y depresión: estudio psicoanalítico. Buenos Aires: Editorial Paidós.
- Alva Real, G (2019) Representación simbólica de la menopausia, subjetividad y sexualidad. Cuicuilco Revista de Ciencias Antropológicas (76).
- Lerma, (2025) La piel que habitamos y el impacto con lo vincular. Sociedad psicoanalítica de México.
- Klein, (1975). El psicoanálisis de niños (Traducción de T. de Urrutia). Buenos Aires: Paidós. (Obra original publicada en 1932)
- Erikson, H. (1972). Infancia y sociedad (L. de Rueda, Trad.). Buenos Aires: Hormé. (Obra original publicada en 1950)
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