Por: Juliana Rico
Cuando pensamos en “infidelidad” pensamos en una pareja. La infidelidad se da cuando dentro de la pareja uno de los integrantes, rompe o incumple los pactos de comportamiento que fueron acordados ya sea de manera explicita o implícita. Para el propósito de este trabajo, asumiremos que parte de estos acuerdos es la monogamia.
La infidelidad es más común de lo que a muchos nos gustaría pensar y hay muchos factores que influyen para que esto suceda. El periódico “El País” (2025) publicó un artículo recientemente sobre los comportamientos que se consideran como infidelidad de acuerdo al CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas). En esta encuesta se considera como infidelidad a actitudes como: enamorarse de otra persona aunque no mantenga relaciones sexuales con ella; dar un beso en los labios a otra persona; mantener conversaciones subidas de tono con otra persona a través de mensajes, teléfono o redes sociales; tener relaciones sexuales a través de las redes sociales sin contacto presencial; tener relaciones sexuales con una persona a la que se paga; tener una relación sexual ocasional con otra persona; y mantener una relación afectiva y sexual con otra persona.
Así mismo, “El Universal” (Galván, G., 2024) publicó un articulo en el que dice que México es el tercer lugar con más infieles, con Brasil y Colombia en primer y segundo lugar. Este artículo explica algunas razones por las que las personas son infieles, las principales son las siguientes: el 39% dijo ser infiel por atracción sexual, el 32% lo hace por “salir de la rutina”, el 26% para cumplir fantasías y un 3% se declaró infiel por no sentirse a gusto con su pareja.
En Comprende la Infidelidad de la mano de los expertos (2013), enlistan el “top 10 de la infidelidad”, siendo los siguientes: 1. Falta de tiempo para entablar una comunicación asertiva. 2. Desconocimiento de las características propias del género. 3. La falta de respeto y la relajación del buen trato. 4. La intolerancia a las ideas y al actuar del otro. 5. La falta de comunicación y los tabús. 6. La rutina y carencia de variedad. 7. Los problemas económicos. 8. El desamor. 9. Desconocimiento a los cambios naturales físicos y mentales. 10. El ambiente social.
La infidelidad como síntoma en la pareja
En el psicoanálisis, la infidelidad no debe ser vista únicamente como un acto de traición, sino como un síntoma de la estructura vincular de la pareja. Desde la teoría freudiana los síntomas surgen como formaciones de compromiso entre deseos inconscientes y las fuerzas represoras del yo y el superyó (Freud, 1996). En este sentido, la infidelidad puede ser entendida como una manifestación sintomática de un conflicto psíquico subyacente.
La infidelidad no es solo un acto consciente, sino una manifestación inconsciente de conflictos individuales y del vínculo. Freud (1914), en Introducción al narcisismo, plantea que “ciertas personas, señaladamente aquellas cuyo desarrollo libidinal experimentó una perturbación, no eligen su posterior objeto de amor según el modelo de la madre, sino según el de su propia persona propia. Manifiestamente se buscan a sí mismos como objeto de amor, exhiben el tipo de elección de objeto que ha de llamarse narcisista”. (p. 85) Esto sugiere que la infidelidad pudiera surgir cuando la pareja deja de cumplir esta función especular, generando una crisis narcisista. La búsqueda de un amante puede representar un intento de restaurar una imagen idealizada de sí mismo, proyectada en el otro.
La elección de pareja está fuertemente condicionada por procesos inconscientes, más que por decisiones conscientes. Buscamos en el otro una persona que nos complemente y refleje aspectos de nuestra propia identidad, lo que nos permite reafirmarnos y descubrir facetas desconocidas de nosotros mismos. Por ello, nuestros vínculos afectivos están marcados en gran medida por estos factores inconscientes.
El deseo inconsciente juega un papel central en la selección de la pareja. De este modo, nuestra atracción hacia ciertos tipos de personas no es casual, sino que se configura a lo largo de nuestra historia personal. Sin embargo, cuando este ideal de pareja adquiere un carácter patológico, puede dar lugar a vínculos perjudiciales y generar sufrimiento. Algunas personas, por ejemplo, repiten patrones de relación con individuos violentos, posesivos o celosos, exponiéndose así a riesgos emocionales significativos (p. 111) (ETM., 2013).
Por otro lado, en Más allá del principio del placer (1920), Freud introduce la teoría de las pulsiones. Mientras que Eros impulsa la unión y la búsqueda de placer, Tánatos se manifiesta en tendencias destructivas y compulsiones de repetición. Según Freud, la meta de toda vida es la muerte (p. 47), lo que implica que ciertas conductas aparentemente placenteras, como la infidelidad, pueden estar motivadas por un deseo inconsciente de destrucción del vínculo amoroso. Así, algunos sujetos pueden verse atrapados en una compulsión a la repetición, involucrándose reiteradamente en relaciones extramatrimoniales sin plena conciencia del motivo.
Desde esta óptica, la infidelidad no solo puede responder a un deseo de revitalizar la pasión, sino también a una pulsión de muerte que impulsa al sujeto a repetir patrones disfuncionales o sabotear su estabilidad emocional. Freud (1920) señala que los neuróticos tienden a revivir en la transferencia aquellas experiencias no deseadas y situaciones emocionales dolorosas, reproduciéndolas con notable precisión. Aunque estas vivencias no fueron fuente de placer en su momento, parecería que hoy podrían generar menos malestar si se recordaran o aparecieran en sueños, en lugar de repetirse como nuevas experiencias. Sin embargo, esto responde a la acción de pulsiones que, si bien estaban dirigidas a la satisfacción, no lograron su propósito y solo produjeron displacer. Aun así, la vivencia se repite insistentemente, como si una compulsión interna obligara a ello. (p. 21). Lo que explicaría por qué algunas personas reinciden en la infidelidad pese al sufrimiento que esta les genera. En este sentido, la traición amorosa no puede reducirse a una simple decisión consciente, sino que debe ser comprendida como una expresión de deseos reprimidos y conflictos psíquicos inconscientes que emergen en la vida amorosa.
La dinámica vincular de la infidelidad
La infidelidad no puede ser entendida únicamente como un acto individual, sino que debe analizarse dentro del entramado vincular de la pareja. Desde el psicoanálisis vincular, la relación de pareja se construye a partir de identificaciones, transferencias y proyecciones mutuas, lo que implica que los actos de uno de los miembros tienen resonancias inconscientes en el otro (Puget & Berenstein, 1997). En este sentido, la infidelidad no es solo una transgresión de un acuerdo explícito o implícito, sino también la manifestación de una fractura en la dinámica inconsciente que sostiene el vínculo.
Pichon-Rivière (1971) sostiene que todo grupo, incluida la pareja, desarrolla un funcionamiento estructurado por ansiedades básicas y por mecanismos defensivos compartidos. En este marco, la infidelidad puede surgir como un síntoma vincular, una expresión de conflictos no elaborados dentro de la relación. El acto de traición amorosa no es solo un deseo individual reprimido que encuentra una vía de escape, sino que puede responder a tensiones latentes que afectan a ambos miembros de la pareja.
Por su parte, Kaës (2005) introduce el concepto de pactos denegativos, acuerdos inconscientes que sostienen ciertos silencios dentro del vínculo. La pareja, para mantener su equilibrio, puede construir estos pactos en los que aspectos conflictivos de la relación son negados o no verbalizados. La infidelidad puede interpretarse como una irrupción que rompe este equilibrio, al hacer evidente lo que se buscaba mantener en la sombra. En palabras de Kaës, “el pacto denegativo sostiene una ficción necesaria para la cohesión del vínculo, pero cuando se rompe, emergen las angustias y los conflictos reprimidos” (p. 67).
Puget y Berenstein (1997) plantean que la pareja se organiza en torno a una fantasía compartida, una construcción inconsciente que sostiene la identidad del vínculo. Cuando esta fantasía se fractura —ya sea por cambios en la vida de los miembros, crisis personales o desencuentros afectivos—, pueden aparecer actos disruptivos como la infidelidad. Según los autores, “las crisis en la pareja surgen cuando la escena compartida pierde consistencia y cada sujeto se ve confrontado a lo que intentaba negar en sí mismo” (p. 112). Así, la infidelidad no es solo una búsqueda externa de satisfacción, sino un acto que evidencia una crisis en la configuración psíquica del vínculo.
La herida narcisista y el impacto en la identidad relacional
La infidelidad no solo representa una ruptura en la confianza de la pareja, sino que también genera una profunda herida narcisista en la persona traicionada. Desde una perspectiva psicoanalítica, Freud (1914) plantea que el narcisismo está estrechamente ligado al ideal del yo, es decir, a la imagen que el sujeto construye de sí mismo y que es confirmada o puesta en cuestión en sus relaciones amorosas. Según Freud, “no nos asombraría que nos estuviera deparado hallar una instancia psíquica particular cuyo cometido fuese velar por el aseguramiento de la satisfacción narcisista proveniente del ideal del yo, y con ese propósito observarse de manera continua al yo actual midiéndolo con el ideal” (p. 92). Lo que significa que cuando ocurre la infidelidad, el sujeto traicionado no solo siente la pérdida del otro, sino que su propia imagen se ve amenazada. La traición amorosa puede generar dudas sobre la propia valía, activar sentimientos de insuficiencia y provocar un cuestionamiento profundo de la identidad.
Desde otra perspectiva, André Green (1993) analiza cómo las heridas narcisistas pueden activar mecanismos de defensa intensos, como la negación o la retaliación. Según el autor, cuando el narcisismo es golpeado de manera brutal, el sujeto puede oscilar entre la parálisis emocional y la necesidad de una respuesta agresiva (p. 56). En este sentido, la persona que sufre una infidelidad puede reaccionar negando la realidad del engaño para evitar la desintegración psíquica o, por el contrario, buscar una revancha como una forma de restaurar su autoestima. Green también distingue entre un narcisismo de vida, que impulsa al sujeto a reconstruirse tras la herida, y un narcisismo de muerte, que puede llevar a la repetición del dolor o a la destrucción de vínculos como respuesta al daño recibido.
Otto Kernberg (1995), en su estudio sobre el amor y la agresión, sostiene que la traición amorosa activa respuestas emocionales intensas, en las que el amor y el odio pueden entremezclarse. Según el autor, la humillación narcisista que implica la infidelidad puede desencadenar una agresividad que, en algunos casos, se expresa de manera directa en la pareja, pero en otros se vuelve contra el propio sujeto, generando síntomas depresivos o destructivos (p. 134). De este modo, el impacto de la infidelidad no solo se traduce en un conflicto con el otro, sino que puede derivar en una crisis interna en la que la identidad, la autoestima y la confianza en las relaciones se ven profundamente afectadas.
Infidelidad y deseo: entre la falta y la transgresión
El deseo y la infidelidad están intrínsecamente relacionados con la idea de falta, un concepto central en la teoría psicoanalítica del amor y el deseo. Jacques Lacan (1953-1977) plantea que el deseo nunca se satisface por completo, ya que está estructuralmente ligado a la ausencia y a la búsqueda de un objeto que siempre escapa. La infidelidad puede entenderse no solo como un acto de traición, sino como una manifestación de la imposibilidad de colmar el vacío del deseo dentro de la pareja. La búsqueda de un amante podría ser el intento de encontrar en otro aquello que la relación estable no proporciona, aunque dicho objeto del deseo siempre permanecerá inaccesible.
Desde otra perspectiva, Françoise Dolto (1984) destaca la importancia del inconsciente en la elección de pareja y su relación con la infidelidad. Para Dolto, el deseo amoroso está influenciado por las primeras experiencias de amor y pérdida, que condicionan la forma en que el sujeto se vincula en la adultez (p. 112). En este sentido, la infidelidad podría estar vinculada con experiencias tempranas de frustración o con la necesidad de revivir dinámicas infantiles no resueltas. Si la pareja estable deja de cumplir con ciertas funciones imaginarias que el sujeto le atribuyó, la infidelidad puede aparecer como un intento de restaurar ese deseo primario insatisfecho.
Colette Soler (1998) retoma el pensamiento lacaniano y analiza cómo el deseo femenino y masculino operan de manera distinta, lo que puede influir en las dinámicas de la infidelidad. Según la autora, el deseo femenino no está dirigido a un objeto concreto, sino a la existencia misma del deseo del otro (p. 67), mientras que en los hombres la infidelidad suele responder a una búsqueda más ligada a la afirmación fálica. Esto sugiere que la traición amorosa puede ser una forma de lidiar con la falta estructural del deseo, aunque las razones y manifestaciones puedan diferir según la subjetividad del sujeto.
Martini (2004) parece estar de acuerdo con esta autora, en su trabajo “La función de los amantes” dice: “los amantes permiten reafirmar la virilidad en el varón y el sentido de feminidad en la mujer. Se observa que por lo regular el objeto se idealiza, pero acababa siento un personaje devaluado al que se usa para descargar la agresión.”
En cualquier caso, la infidelidad no puede reducirse únicamente a un deseo de transgresión o novedad, sino que debe comprenderse dentro del entramado psíquico de la falta y la imposibilidad de alcanzar la plenitud del deseo.
El papel del terapeuta en la resignificación de la infidelidad
En un proceso terapéutico, la infidelidad no debe ser abordada desde una perspectiva moralizante, sino como un evento con el potencial de generar transformación en la pareja o en el individuo que ha sido afectado. Desde el psicoanálisis, el terapeuta debe facilitar la resignificación del evento, permitiendo que emerjan sus dimensiones inconscientes y ayudando a los pacientes a integrar la experiencia de manera que no solo genere sufrimiento, sino también crecimiento.
Donald Winnicott (1971) introduce el concepto de espacio transicional, un territorio intermedio entre la realidad interna y la externa donde el sujeto puede elaborar sus experiencias y dotarlas de nuevos significados. En este sentido, la terapia puede convertirse en un espacio transicional en el que la pareja o el individuo logren procesar la infidelidad sin quedar atrapados en la repetición del dolor o en la necesidad de una reparación imposible. Winnicott sostiene que la capacidad de jugar es un signo de salud psíquica (p. 96), lo que implica que, en el contexto terapéutico, es fundamental crear un ambiente que permita explorar nuevas formas de relacionarse y resignificar lo sucedido sin quedar fijado en el resentimiento o la culpa.
Por otro lado, David Maldavsky (2005) propone herramientas psicoanalíticas específicas para trabajar la infidelidad en la terapia de pareja. Según el autor, el engaño amoroso no solo refleja conflictos individuales, sino que también expresa dinámicas inconscientes dentro de la pareja (p. 78). Desde esta perspectiva, el terapeuta debe ayudar a los pacientes a comprender la función que ha tenido la infidelidad dentro del vínculo, explorando sus causas profundas sin reducirla únicamente a una falta ética o un acto de deslealtad. Además, Maldavsky señala que el trabajo terapéutico debe apuntar a la simbolización del evento, evitando que se convierta en un punto de fijación traumática que impida la evolución de la pareja o del sujeto traicionado.
Así, la infidelidad puede representar un punto de inflexión, no necesariamente como un final, sino como una posibilidad de transformación. El proceso terapéutico no busca restablecer el estado previo a la traición, sino ayudar a la pareja o al individuo a construir un nuevo sentido de sí mismos y del vínculo. En este proceso, el acompañamiento profesional es clave para evitar respuestas impulsivas y promover una mayor comprensión de las motivaciones inconscientes involucradas en el acto infiel y en sus efectos emocionales.
El papel de la simbolización en la resignificación de la infidelidad
Julia Kristeva (1983), en Historias de amor, retoma la importancia del proceso de simbolización en la elaboración de las crisis afectivas. Según la autora, la infidelidad puede generar un vacío de sentido, en el que el sujeto se enfrenta a una herida narcisista que amenaza su identidad amorosa. Kristeva señala que cuando el dolor no encuentra palabras ni representación, se corre el riesgo de la repetición sintomática o de la inhibición afectiva (p. 62). Es decir, si el sujeto no logra dar un significado a la infidelidad, esta puede convertirse en un trauma que obstaculice la capacidad de confiar y amar en el futuro. Desde la terapia, la labor del analista es facilitar la simbolización, ayudando a que el paciente transforme su experiencia en un relato que le permita resignificar su lugar en la relación y en su propia historia subjetiva.
A modo de conclusión y reflexión final, es importante que en este proceso de transformación, el terapeuta debe adoptar una posición de escucha y de neutralidad, evitando respuestas moralizantes que refuercen la culpa o el castigo. Más bien, el objetivo es comprender la función inconsciente de la infidelidad en la historia de la pareja o del individuo, permitiendo que se abran nuevos caminos para la reconstrucción vincular o para la resignificación de la identidad afectiva del sujeto. A partir del trabajo terapéutico, la crisis puede ser vivida no solo como una herida, sino también como una oportunidad para el cambio y la evolución emocional.
La infidelidad, desde una perspectiva psicoanalítica, no puede reducirse a un acto de traición o mera transgresión de normas sociales. Más bien, debe comprenderse como una manifestación de conflictos inconscientes, tanto individuales como vinculares, que revelan tensiones latentes dentro del psiquismo y de la relación de pareja. Como síntoma, la infidelidad pone en juego deseos reprimidos, pulsiones en conflicto y ansiedades narcisistas, al tiempo que evidencia fallas en los pactos inconscientes que sostienen el vínculo amoroso.
Desde el punto de vista clínico, el abordaje de la infidelidad requiere un encuadre que evite reduccionismos morales o explicaciones lineales. En terapia de pareja o individual, el analista debe facilitar la exploración de los significados inconscientes del acto infiel, promoviendo su simbolización y evitando que se convierta en un punto de fijación traumática. La contratransferencia juega aquí un papel fundamental: los terapeutas pueden verse confrontados con sus propios valores, historias personales y fantasías inconscientes respecto a la fidelidad y la traición. Es crucial reconocer y trabajar estas resonancias para evitar respuestas normativas o sesgadas que interfieran con el proceso analítico.
En términos de investigación, futuras líneas podrían profundizar en la intersección entre infidelidad y narcisismo, explorando cómo las heridas en la imagen del yo influyen en la repetición de estos actos. Asimismo, sería relevante indagar la relación entre los pactos denegativos y la estructuración del deseo en la pareja, así como en el papel de la compulsión a la repetición en la reincidencia en relaciones extramatrimoniales.
Finalmente, más allá del dolor y la crisis que genera, la infidelidad puede ser entendida como una oportunidad de transformación. En el espacio terapéutico, no solo se trata de elaborar el duelo por la fractura en la confianza, sino de resignificar la experiencia, promoviendo una mayor comprensión del deseo, del vínculo y de las dinámicas inconscientes que han conducido a la traición. Así, lejos de ser un simple fracaso relacional, la infidelidad puede convertirse en un punto de inflexión hacia una reconstrucción más auténtica del lazo amoroso o de la subjetividad de cada miembro de la pareja.
Bibliografía
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- Imagen: Pexels/Barnabas Sani
