Identidad y Migración: partir es morir un poco
Autor: Marina Meyer

La capacidad para sentirse uno mismo a través, y a pesar, de los cambios, es una de las definiciones que, en su aparente simplicidad, mejor definen el sentimiento de identidad. Se trata de una sensación de mismidad y continuidad interiores, es decir que uno sabe y siente quién es realmente, de forma continua, sin importar las circunstancias. Para Erikson, la identidad es la suma de las identificaciones con las personas cercanas y significativas de la infancia, de las aptitudes desarrolladas a partir de lo innato y de las oportunidades que brinda el entorno socio-cultural. La identidad se consolida idealmente en la adolescencia, aunque se sigue modificando y desarrollando a lo largo de toda la vida del individuo. Es cuando el sentimiento de identidad es frágil o está en formación (como en la adolescencia) que se pone un gran énfasis en pertenecer a un grupo, ya sea a través de modas, actitudes, estilos, o preferencias musicales… Es una forma de ir buscando una identidad propia a través de los demás. Si ésta etapa, y las anteriores, se resuelven exitosamente el individuo podrá sentirse único y distinto de los demás, reconociendo también su pertenencia a un grupo social, resaltando los aspectos que comparten y tienen en común. Sin embargo, aún una vez establecido el sentimiento de identidad, existen cambios, transformaciones y crisis que ponen en riesgo su estabilidad. Uno de los mayores retos para el sentimiento de identidad es el fenómeno migratorio; fenómeno que en la actualidad no deja de aumentar en el mundo entero, y particularmente en México.

La migración es un cambio, pero un cambio que lleva consigo una infinidad de modificaciones. Es un cambio drástico y masivo, que pone en riesgo el sentimiento de identidad[1], puede reforzarlo y enriquecerlo, pero también puede lastimarlo. Un cambio siempre implica una pérdida, y la pérdida, un duelo; el duelo puede ser resuelto de forma satisfactoria e incluso llevar al enriquecimiento y fortalecimiento de la identidad, pero en caso de que el duelo sea patológico y no se resuelva, dejará secuelas importantes en la identidad limitando las capacidades individuales. De esta forma, la historia de duelos y pérdidas de un sujeto puede ayudarnos a pronosticar la forma en la que se enfrentará a los desafíos de una experiencia migratoria. Y es que cuando alguien emigra la pérdida es masiva, deja atrás personas cercanas, objetos significativos, lugares, idioma, cultura, costumbres, clima, e incluso con frecuencia su profesión, así como su medio social o económico. Es un terremoto emocional; al separarse de todo lo mencionado la persona se expone no sólo a la pérdida concreta de cosas y de relaciones sino también a la sensación de estar perdiendo partes propias internas, tal y como sucede con la muerte de un ser querido cuando sentimos que una parte nuestra murió con él. De ahí la frase de “partir es morir un poco”… algo muere cuando nos vamos, se parte al partir. Una forma de no elaborar el duelo por lo que dejamos atrás es negando y olvidando todo lo pasado, o  por otro lado quedándonos identificados con lo que ya no es, extrañando continuamente y hundidos en la nostalgia y la depresión.

Además de los antecedentes individuales y de la historia personal que van a influir irremediablemente en la forma en la que se enfrente un cambio de ésta índole, las consecuencias dependen también del tipo de migración, voluntaria o forzada. En el caso de la migración forzada se encuentran los casos de guerra y/o de persecución religiosa o política, que dan como resultado el exilio. Entonces, la angustia generalmente será de tipo paranoide, en dónde el individuo está constantemente en estado de alerta y con la sensación de que el peligro es inminente. Cuando la migración es voluntaria habrá una tendencia hacia los sentimientos de culpa por haber abandonado el país de origen, y también la presencia de ansiedad de tipo depresivo por la pérdida y el duelo. Por supuesto, se pueden combinar ambas posibilidades, como es el caso de los mexicanos que emigran hacia Estados Unidos: la partida es voluntaria pero forzada por la situación socio-económica del país. Otra de las consecuencias de la migración sobre la identidad es la imagen que se guarda del país de origen y la que se crea del otro país, ambos pueden ser idealizados o devaluados según las características de cada individuo y de su situación.

Es frecuente hablar de la migración como un fenómeno que se da entre dos países, pero lo que hemos planteado hasta aquí es igualmente aplicable al abandono del campo por la ciudad; estos inmigrantes sufren cambios muy similares, incluso según las provincias el idioma suele ser otro, y las consecuencias pueden ser tanto o más complicadas ya que el sentimiento es ambiguo: simultáneamente es y no es el país de origen.

Entre más fuerte sea el sentimiento de identidad del migrante más fácil le será adaptarse a su nuevo lugar sin sentir que se vacía o se pierde. Es frecuente por ejemplo que surja el sentimiento de ya no ser de ningún lado, “ni de aquí, ni de allá”, ser un extranjero en todas partes. Este sujeto sufre una crisis de identidad, siente que no es nadie, que no pertenece a nada, y puede aislarse como una forma de protegerse de la angustia. Todos los cambios externos que genera la migración tienen un impacto directo en la realidad interna y en la percepción de sí-mismo, de la identidad. Se suele hablar más del problema de integración de los migrantes en el nuevo país, pero hay que decir que también en el país de origen se sufren las consecuencias de este tipo de migración masiva, las familias quedan partidas; muchas familias se quedan sin padre, y pueblos enteros sin jóvenes ni fuerza de trabajo.

En cuanto a la integración, mucho de su desenlace va a depender de la capacidad del individuo para conservar su sentimiento de identidad sin por tanto escudarse rígidamente en éste, así como de las condiciones externas que ofrezcan los distintos países. En el mejor de los casos, al integrarse al nuevo lugar se logra una doble identidad, tomando “lo mejor de dos mundos”; y es por lo mismo importante que se permita la doble nacionalidad (o más), autorizando así la elaboración de ésta mezcla sin sentir que se renuncia (y traiciona) a una parte u otra de la identidad. También existe el caso en dónde, ser migrante es una identidad como tal. El ser distinto, el no pertenecer, es otra forma de identidad.

Existen diversas soluciones a la crisis de identidad que se sufre cuando se emigra, algunas personas se integran y otras se aíslan en comunidades cerradas, como los barrios mexicanos y chinos, en dónde al entrar uno se siente casi de vuelta en el país de origen. Es una forma de reducir el sentimiento de pérdida y el duelo, a través principalmente de la comida y del uso de la lengua materna. Ésta situación llevada al extremo resulta en grupos enteros que a pesar de llevar décadas de vivir en un país no aprenden el idioma, ni los usos y costumbres locales. Es una forma de pretender que todo sigue igual para no tener que enfrentar el dolor del cambio.

El problema de la migración y la identidad debe ser estudiado y entendido, ya que no sólo es un fenómeno que se ha dado siempre, sino que va en aumento. Las guerras, las catástrofes y el hambre son razones que han influido desde siempre para algunos fenómenos migratorios. Actualmente, la tan citada globalización hace que sea mucho más frecuente el que uno o varios miembros de la familia vayan a vivir lejos y a su vez que gente de todo el mundo llegue a vivir cerca. Los estudios, el trabajo, la pareja, el deseo de encontrar nuevas oportunidades son las razones más frecuentes para que la gente cambie de país y de cultura. A Pesar de las dificultades, esto puede ser muy positivo y enriquecedor si se logra procesar adecuadamente, elaborando los inevitables duelos. Muchas veces un cambio, trae consigo el sentimiento de ambivalencia, puede ser bueno y malo a la vez, dar tristeza y gusto simultáneamente. En este caso no es tarea fácil, puesto que se trata de un cambio masivo y drástico que afecta el sentimiento de identidad y el estado emocional de la persona. Las pérdidas y los duelos pueden ser elaborados más fácilmente con la ayuda de una psicoterapia, ya que generalmente estos cambios no sólo remueven lo actual, sino lo que ya veníamos cargando. El hablar de estos procesos de cambios, aún cuando son mayormente positivos, aumenta las posibilidades de enriquecerse con el cambio en vez de vivirlo como pura pérdida. Esto es válido tanto para los que se van como para los que se quedan. Hablar de los duelos pasados y de los nuevos desafíos no sólo ayuda a resolver la sensación de pérdida de la identidad, sino puede reforzar y enriquecerla. Y así, aunque “partir es morir un poco” es también la oportunidad de renacer otro poco.

Bibliografía

  • Grinberg, L. Y Grinberg R. Identidad y cambio. Ed. Piados. Psicología profunda. 1980. Barcelona.
  • Erikson, H. Erik. Infancia y sociedad. Ed. Lumen-Hormé. 1993. Buenos Aires.

 

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