El siguiente trabajo del Dr. Avelino Gaitán González fue leído en el ciclo de conferencias “Vicisitudes Psicodinámicas de la Sexualidad”, organizado por la Sociedad Psicoanalítica de México en febrero de 1989 y forma parte de nuestra Antología Gradiva.

 
La reproducción es una capacidad que caracteriza y define  la materia viva. Los primeros organismos unicelulares, para reproducirse, hicieron uno de diversos procesos metabólicos que transforman el material inorgánico del ambiente en compuestos y estructuras celulares, los cuales se acumulan y organizan dentro de la membrana y son finalmente liberados por – bipartición o por gemación-, una vez que se han constituido dos células idénticas entre sí en tanto el material contenido en cada una de ellas no sufrió ninguna modificación, las posibilidades de evolución en este tipo de reproducción asexual son  muy limitadas.
Hace ya muchos millones de años que por primera vez dos organismos unicelulares intercambiaron material cromosómico dando por resultado un tercer organismo, muy similar a ambas células progenitoras pero no idéntico; a este tipo de reproducción en la que el intercambio de material genético es un prerrequisito indispensable para la creación de un nuevo ser, se le denomina reproducción sexual y a diferencia de la asexual, las posibilidades evolutivas resultantes de la combinación de cromosomas son mucho más amplias, lo que en todos estos milenios ha dado lugar a la inmensa variedad de especies vivas que han poblado y pueblan nuestro planeta.
Una vez constituidos los primeros organismos multicelulares como resultado del proceso evolutivo y el intercambio genético, poco a poco se fueron diferenciando grupos celulares con funciones específicas como la alimentación, la excreción, la reproducción, etc.; dando lugar a órganos encargados de realizar dichas funciones, órganos que son iguales para todos los individuos de la misma especie, excepto aquellos encargados de la reproducción en las especies en que se han diferenciado dos sexos distintos.
Por cierto que, aunque en esencia sea lo mismo, resulta difícil comparar la sexualidad humana con la de los organismos unicelulares en tanto somos infinitamente más complejos que estos últimos y por tanto la función reproductora depende de muchas más variables, como por ejemplo el desarrollo de la corteza cerebral que nos ha permitido separar por completo la actividad sexual de la función reproductora sin necesidad de recurrir a la abstinencia ni a prácticas masturbatorias u homosexuales.
Parafraseando a Freud diría que para comprender la sexualidad humana es necesario considerar la existencia de una “serie complementaria”, que incluye factores de tipo constitucional –biológicos-, que asociados a las particulares experiencias de cada sujeto, especialmente durante los primeros años de su vida, dan por resultado una determinada organización del aparato mental, característica y única, que constituye su identidad y que determina su conducta.
Si por vicisitudes entendemos cualesquiera situaciones que implican un cambio en el transcurso de los acontecimientos, debido a la contraposición de dos o más tendencias, resulta pues que para entender las relacionadas con la identidad sexual es necesario hacer una revisión somera de los aspectos biológicos y psicológicos de la sexualidad así como del concepto de identidad, teniendo en mente que nos estamos refiriendo a procesos dinámicos interrelacionados.
El ser humano cuenta con 23 partes de cromosomas, de los cuales un par determina las características sexuales. Debido a la forma que presentan estos dos cromosomas cuando son observados al microscopio durante la meiosis se les ha denominado, a uno X, y al otro, Y. Cuando se presenta la combinación “XY” da lugar a un varón mientras que la fórmula “XX” da lugar a una hembra. La presencia de dos Y es imposible pues el óvulo no tiene tal cromosoma. Se pueden dar combinaciones anómalas como el síndrome de Klinefelter (XXY) o el de Tumer (X0) que dan lugar, además de otras alteraciones, a genitales ambiguos en el primer caso y a hipodesarrollo sexual en el segundo. Un producto con ausencia de cromosoma X (Y0) no es viable, ya que el cromosoma X resulta indispensable también para los proceso de coagulación sanguínea.
Así pues, el sexo del ser humano queda determinado en el momento de la fecundación y ya para la cuarta semana de desarrollo embrionario pueden reconocerse estructuras gonadales aún indiferenciadas, con túbulos genitales idénticos para el varón o la hembra; alrededor de la séptima semana el desarrollo testicular da lugar a una retracción de los túbulos femeninos, o en su caso, el desarrollo ovárico de lugar a la desaparición de los túbulos masculinos.
Se han dado casos excepcionales en los cuales persisten los componentes de ambos sexos, resultando un ovotestis o bien un ovario y un testículo que se desarrollan de modo independiente, dando lugar al hermafroditismo verdadero, con inadecuación gonadal, esterilidad, genitales externos ambiguos e identidad sexual confusa.
Hasta el séptimo mes de desarrollo embrionario los genitales externos son idénticos en ambos sexos. Si aparecen los andrógenos darán lugar a un desarrollo masculino; si faltan, el fenotipo será femenino aunque el genotipo sea masculino; por otro lado, la presencia de un exceso de hormonas masculinas durante la gestación de un producto femenino, produce una virilización de los genitales cuya severidad es mayor mientras más tempranamente se haya presentado el desbalance hormonal. A este tipo de trastornos se les denomina pseudo-hermafroditismo y las repercusiones que tienen en la ulterior adquisición de la identidad sexual dependen del grado de alteración morfológica, de la oportunidad con que se realice el diagnóstico y se instale el tratamiento oportuno, así como del sexo que se le asigne al recién nacido.
En el testículo del varón, las células de Leydig liberan andrógenos durante los primeros seis meses posteriores al nacimiento, permaneciendo después inactivas hasta la edad prepuberal (10-13  años) en que las cifras de andrógenos inician un ascenso hasta alcanzar su máximo entre los 18-20 años. La producción ovárica de estrógenos sigue la misma pauta, si bien en promedio la reactivación de la función gonadal se da alrededor de año y medio antes en la mujer que en el varón.
La adecuada producción hormonal durante los primeros meses es de una importancia crucial para el desarrollo de la personalidad, particularmente en lo que se refiere a identidad sexual; Lief (1982), siguiendo la línea de Money y Ehrhardt (1972) dice: “Las secreciones testiculares (o su ausencia) programan los patrones de organización cerebral, con las consiguientes conductas sexuales posteriores”
En el momento mismo del nacimiento se define al infantil sujeto como hombre o como mujer en función (la mayoría de las veces) del aspecto de sus genitales externos. No es raro escuchar comentarios del siguiente tenor en los cuneros de los hospitales: “mira que fuerte se ve mi hijo”, o bien, “que linda y delicada se ve la nena”. Este tipo de manifestaciones espontáneas denotan cómo los padres les atribuyen a sus hijos, de inmediato, aquellas características que según los modelos de identidad prevalentes en el ámbito familiar, son inherentes al sexo del recién nacido, ofreciéndoles así, de manera inconsciente, patrones de conducta con los cuales identificarse.
En  cuanto  la estructura del aparato mental, podemos considerar, como postula Hartmann, que el ser humano nace con una matriz indiferenciada que habrá de desarrollarse a partir de su dotación biológica y en función de los estímulos que reciba, tanto del mundo externo como del interno; hasta llegar a constituirse las tres grandes estructuras del aparato mental: ello (id), yo (ego), superyó (super-ego); magistralmente descritas por Freud en El yo y el ello.
Durante el “período indiferenciado primario”  del aparato mental al que Mahler se refiere como “etapa de autismo” infantil, el ser humano se encuentra totalmente desvalido; inciden en él innumerables estímulos que es incapaz de controlar. No está en condiciones de trasladarse voluntariamente ni de distinguir entre la multitud de estímulos que le acosan. Se puede suponer que carece de una conciencia clara y que posee, cuanto más, una sensibilidad indiferenciada al placer y al dolor, al aumento y a la disminución de tensión. Fenichel (1966), quien al igual que Freud denomina a esta etapa “período de narcisismo primario” dice:

Precisamente las funciones que más tarde formarán y el yo y la conciencia son las que aún no se han desarrollado: la <aprehensión> del mundo externo (percepción), el dominio del aparato motor (motilidad) y la capacidad de fijar la tensión mediante contracatexis.
En los primeros vestigios de conciencia no hay una distinción entre yo y no-yo, sino entre mayor o menor tensión. En este momento el relajamiento es cosa inseparable de la pérdida de conciencia. Si fuera posible que toda la necesidad se viera inmediatamente satisfecha,probablemente no llegaría a crearse nunca un concepto de realidad.
El origen del yo y el origen del sentido de la realidad no son más que dos aspectos de una misma etapa del desarrollo. Esto se halla implícito en la definición del yo como aquella parte de la psique que maneja la realidad. El concepto de realidad crea también el concepto del yo. Somos individuos en la medida que nos sentimos separados y distintos de los demás.
En la creación [del concepto] de la realidad, la idea del propio cuerpo desempeña un papel muy especial. Al comienzo no existe más que la percepción de una tensión, es decir, de “algo interior”. Más adelante, cuando se advierte que existe un objeto destinado a aplacar esa tensión, es decir, tenemos un “un algo exterior”. El cuerpo propio constituye las dos cosas a la vez. A causa de la concurrencia de las sensaciones táctiles externas y los datos sensoriales internos, el cuerpo se transforma en algo diferente del resto del mundo y se hace posible distinguir entre lo que es uno mismo [self] y lo que no es uno mismo. La suma de las representaciones psíquicas del cuerpo y de sus órganos, la llamada imagen corporal, constituye la idea del yo [como opuesto del no-yo] y tiene una importancia fundamental para la ulterior formación del “yo propiamente dicho” [es decir de la identidad].

 
Durante los primeros meses de vida y en tanto no se haya consolidado en el yo –aunque en forma rudimentaria- una imagen corporal propia y separada del cuerpo de la madre, las experiencias,, placenteras o desagradables van dejando en el aparato mental, huellas mnémicas que poco a poco se organizan, vinculadas a la representación mental de la zona del cuerpo principalmente involucrada en la excitación o en la descarga, constituyendo lo que podríamos llamar las unidades fundamentales del sentido de identidad, integradas por la imago del sí-mismo-objeto y una determinada carga efectiva.
Conforme el desarrollo avanza, poco a poco se van agrupando estas unidades fundamentales en función, principalmente, del efecto con que estén revestidas consolidándose las primeras representaciones mentales del sí-mismo que, como ya dijimos, se vivencia como fusionado al objeto (madre). Por representarlo en forma esquemática podríamos decir que las experiencias placenteras, aquella en que predomine la libido, crearán  una imago del self-objeto “buena”, mientras que las experiencias displacenteras en las que predomine la agresión o el instinto de muerte, darán por resultado un imago del self-objeto “mala”.
Para que el desarrollo pueda proseguir es necesario que la suma de las experiencias “buenas” supere y neutralice a las “malas”, ya que lo contrario, en el supuesto de que no implique la aniquilación del sujeto, da por resultado la incapacidad de fusionar las imagos “malas” con las  “buenas” y, por lo tanto, impide la consolidación de la identidad como individuo íntegro.
En el desarrollo de prácticamente todos los individuos se puede observar la existencia de algunos puntos de fijación, debido a la función sintética del yo, se integran dentro de la estructura de la personalidad modulando la identidad.  Mientras más extensa sea la fijación en cuanto a la cantidad de funciones yoícas que se vean involucradas y mientras más arcaico sea el punto predominante de fijación, más severa será la patología resultante.
La máxima expresión de la sexualidad humana es el coito; el adulto sano reedita en éste, bajo la forma de excitación preliminar, todas aquellas formas de gratificación erótica que prevalecieron en las distintas etapas de su desarrollo, supeditándolas al fin de obtener la descarga orgástica durante el coito; para lograr esto, es necesario que previamente haya predominando lo libidinal sobre lo agresivo y que la descarga de la pulsión agresiva esté al servicio de la obtención de una relación objetal y de coito libidinales.  Amapola González y Rosalba Bueno (1980) desarrollan magistralmente este tema, ofreciéndonos en forma resumida algunas de las manifestaciones más significativas durante el coito de las fijaciones  a etapas tempranas del desarrollo.
Antes de continuar es ya impostergable revisar la definición al del concepto de identidad, que se refiere en particular a la claridad de las fronteras del sí-mismo físico y mental y a la capacidad de experimentarlo como algo que tiene continuidad y mismidad. Erikson (1953, 1963) destaca la importancia de compartir en forma continuada un carácter esencial con otros, menciona un sentido consciente de identidad individual y una tendencia inconsciente hacia una continuidad de carácter personal, así como un criterio para la síntesis yoica
Greenacre, citado por Grinberg L. y Grinberg R. (1966) acentúa las semejanzas consigo mismo y las diferencias específicas con respecto al objeto, que se obtienen por comparación y contraste con los demás. Lichtenstein, también citado por los Grinberg hace énfasis en el aspecto temporal y la continuidad de cada ser.

Amapola González (1980) dice:
Al referirse a identidad se está pues implicando una definición del individuo con respecto a su mundo interno y al externo. Esto, que sería una concepto espacial, ha de abarcar también la idea tiempo, es decir las variantes de esa identidad a lo largo de la vida del sujeto.

 
Entre los puntales esenciales para la adquisición de la identidad se encuentran, junto con el esquema corporal, las identificaciones. Schecter, citado por Amapola González, define el proceso de identificación como: “Los medios mediante los cuales parte de la estructura psíquica de una persona tiende a pasar a ser como la de otra con quien se está relacionando emocionalmente en forma significativa”.
Y a las identificaciones como: “…estructuras psíquicas relativamente estables consideradas como las resultantes, los logros, por decirlo así, de los procesos de identificación.”
También fundamentales para el desarrollo del aparato mental y por consiguiente del sentido de identidad, como plantea Avelino González (1965), son los procesos de duelo en tanto uno de sus mecanismos fundamentales es la identificación. Pollock, citado y traducido por Avelino González, dice:

En El yo y el ello, Freud afirma que el carácter del yo es un precipitado de cargas de objeto abandonadas y testimonio de pasadas elecciones de objeto.  Según esto, tanto las renuncias como las frustraciones previas dieron lugar, con toda seguridad, a procesos de duelo. Si lo consideramos con un criterio tan amplio como éste, el proceso de duelo adquiere una gran  importancia puesto que, aparentemente, constituye una de las formas, asequibles al hombre más universal de adaptación y crecimiento por medio de la estructuración.

 
Según Avelino González, para Grinberg, la posibilidad de una buena integración del yo y por lo tanto de un duelo adecuado por sus objetos depende de su capacidad para elaborar con éxito sucesivos trabajos de duelo en relación con la pérdida de ciertas de sus características, impuesta  por el proceso de desarrollo o por suceso externos y concluye que: “…En última instancia será este proceso de integración del yo, por el resultado exitoso de la elaboración del duelo por sí mismo y por sus objetos, lo que permitirá el afianzamiento progresivo de la propia identidad.”
Mahler et. Al. (1975) señalan que para la obtención de una individualidad perdurable, es requisito previo la adquisición de dos niveles del sentido de identidad: el primero, la capacidad de reconocerse como una entidad separada e individual; y el segundo, el incipiente percatarse de una identidad del self (soma y psique) definida por su género. Señalan asimismo que la identidad de género en el varón se desarrolla con menos conflicto si la madre respeta y disfruta lo fálico de su hijo, particularmente en la segunda mitad del tercer año de vida.
Los términos identidad sexual e identidad de rol de género se refieren a la imago que el individuo tiene de sí-mismo en tanto masculino o femenina, en concordancia con su anatomía. Según Galenson y Roiphe (1979), el concepto de identidad definida por el género se consolida a partir de experiencias genitales que se inician muy tempranamente, probablemente en relación con la alimentación y otras experiencias de cuidado maternos. Estos autores reportan que en sus observaciones del desarrollo psicosexual infantil, a lo largo de diez años, la primera diferencia significativa identificable en ambos sexos se observa relacionada con la primera auto-estimulación genital:

En las niñas, la auto-estimulación se inicia hacia el final del primer año, e incrementa gradualmente su frecuencia hasta la mitad del segundo año, con periodos intermedios de ausencia de auto-estimulación genital. Los niños inician la auto-estimulación genital esporádica algunos meses antes que las niñas; esto es, entre los siete y los diez meses de edad y la actividad está más enfocada a los genitales, ocurre con mayor frecuencia y parece ser más intencional. En ambos sexos, bajo situaciones normales, este jugueteo genital temprano parece estar al servicio de la exploración del esquema corporal.

 
En opinión de estos autores las diferencias cualitativas en el temprano jugueteo genital tienen un papel importante en el desarrollo de un sentido de identidad sexual, aun cuando deben ser diferenciadas de la actividad masturbatoria propiamente dicha, en la cual la estimulación genital se acompaña de sensaciones inducidas por la fantasía. De sus estudios concluyen que existe una forma temprana de angustia de castración que posteriormente se imbrica con la angustia de castración de la fase fálica; cuando es demasiado intensa se observa una falla en la definición del yo-corporal y se pueden discernir claramente los inicios de la formación de perversiones.
Entre los tres y los seis años de edad, se puede apreciar una conducta infantil con fines indudablemente sexuales que, por su semejanza con la tragedia griega se ha denominado etapa  edípica, durante ésta el niño escoge como principal satisfactor de su impulso sexual al progenitor de distinto sexo, deseando ocupar en la relación parental el lugar por la figura primaria de igual sexo al del infantil sujeto, en caso de un varón, el padre; pero,  para conseguir tal fin es necesario eliminarlo como Edipo mató a Layo. Las pulsiones y fantasías sádicas propias de la etapa anal se orientan ahora, bajo el predominio fálico hacia el padre y consecuentemente se teme la retaliación por parte de éste. Por otro lado, el padre es también un ser amado cuya ausencia podría resultar per se  en la aniquilación del sujeto. El amor al padre y la angustia de castración ponen en juego mecanismos defensivos como el desplazamiento, la proyección y las formaciones  reactivas, entre otros, con las que el niño intenta manejar el conflicto, si bien pueden con frecuencia dar lugar a fobias como en el caso de Juanito o el del hombre de los lobos, donde la regresión a etapas previas del desarrollo, secundaria a la angustia de castración, se hace evidente a través de la creación de rituales obsesivos.
Normalmente la madre no accede a las demanda sexuales de sus hijos (hacerlo indica psicosis de la madre y en la mayoría de los casos dará por resultado psicosis en el hijo), si bien es necesario que las tolere hasta cierto punto e incluso que sienta satisfacción del orgullo fálico de sus hijos varones, fomentando así su identificación con el padre. Durante la plena efervescencia edípica y debidas a la angustia de castración y a la frustración secundaria a la negativa materna de satisfacer los impulsos incestuosos, o aunque parezca paradójico, también secundarias a excesiva estimulación, se observan durante esta etapa oscilaciones en cuanto a la figura primaria que se elige como objeto sexual; por ejemplo, al verse frustrado por la madre puede volcar el impulso en el padre; o bien, la angustia de castración puede hacerse tan intensa debida a la sobre-estimulación o a una imago paterna persecutoria que hagan necesario, para aplacar al perseguidor, el recurrir a la entrega homosexual.
Si bien es normal la oscilación entre el “Edipo positivo” y el “negativo”, el predominio de éste último puede ser una manifestación de seria patología, intrafamiliar o del niño y puede servir como factor pronóstico de futuros trastornos sexuales, como inhibiciones o perversiones, dependiendo de la patología de los padres y de la etapa del desarrollo en que se haya producido la principal fijación.
La normal resolución del complejo de Edipo exige que el infantil sujeto renuncie al anhelo de recibir de la madre o el padre, según sea el caso, la gratificación de sus pulsiones sexuales. Como en todo proceso de duelo, uno de los mecanismos fundamentales para manejar la pérdida de un objeto es la identificación, así, el niño introyecta  posteriormente internaliza las imagos paternas para poder renunciar a sus objetos, sin por esto perderlos, constituyéndose así el superyó.
Freud sostenía que la principal motivación del niño para renunciar a la madre es la angustia de castración, por lo que ésta resulta ser el principal determinante de la formación del superyó. En el caso de la niña, planteaba que puesto que carece de pene y por tanto de angustia de castración, es incapaz de resolver satisfactoriamente el complejo de Edipo y por ende tendrá un superyó defectuoso. Freud también consideraba que la envidia de la niña en el pene explica el deseo de la posesión del pene del padre, deseo que, para poder ser reprimido, tiene primero que ser desplazado hacia otro objeto con el cual existe un vínculo asociativo, en éste caso, un bebé, concebido éste como la materialización dentro del vientre femenino del pene que en la fantasía se posee.
No obstante que la observación clínica ha validado –desde su publicación, hace ya un siglo- los asertos fundamentales de Freud respecto a la existencia del complejo de Edipo y respecto a su importancia en la formación de las estructuras del aparato mental, también ha demostrado los puntos en que se había equivocado, modificando la teoría en aquellos aspectos que el mismo Freud reconocía obscuros; la sexualidad femenina uno de ellos. Aunque la envidia del pene es un fenómeno clínicamente observable en la niña, suponer que el impulso femenino a ser madre deriva de la frustración y eterna desilusión con el esquema corporal por carecer de un pene, obviamente es una simplificación exagerada a la vez que una sobrevaloración del falo. Establecer, por otro lado, que la mujer tiene un superyó deficiente es incompatible con el hecho de que es precisamente la madre principal encargada de la educación infantil, si el superyó materno es deficiente, por necesidad o por identificación habrá de serlo también el de sus hijos.
Llegados a este punto conviene mencionar las contribuciones de Edith Jacobson al respecto, tal como las resumen Blanck y Blanck (1974):

Desde aproximadamente los dos años de edad y hasta el establecimiento del superyó, heredero de Edipo, el desarrollo del niño y de la niña toman caminos divergentes. Esta divergencia es impulsada por el descubrimiento de la diferencia sexual. Para la niña, la prueba de realidad no favorece una identificación continuada con el padre. El superyó del niño, construido con las identificaciones maternas desde los primeros meses de vida, continúa adquiriendo, durante el resto de la infancia, identificaciones derivadas de la fuerza y el poder paternos, valores que, en opinión de Jacobson, se adquieren en la fase anal…
…Los postulados de Freud respecto a la resolución del conflicto edípico y el establecimiento del superyó no explican la  forma en que esto es logrado por la niña. Si la amenaza de castración impulsa tal desarrollo en el niño, ¿qué es lo que provee la fuerza impulsora para el desarrollode la niña?
…Jacobson rescata la teoría freudiana de uno de sus más atroces errores, primero al demostrar que es el amor, no el temor, quien sustenta el desarrollo en ambos sexos; segundo, al describir el desarrollo del superyó en la niña.
Al igual que en el varón,  la niña en la etapa anal también se identifica con la fuerza paterna. Tanto el niño como la niña, experimentan un choque severo con el reconocimiento de la diferencia sexual. El niño se recupera más fácilmente que la niña si la madre pre-edípica no ha sido demasiado frustradora, ya que su amor edípico lo recompensa en la capacidad de amar.
Sin embargo, si la madre pre-edípica ha sido frustradora, puede haber una desilusión demasiado rápida y se puede volver hacia el padre como objeto de amor, lo que resulta en una forma bastante común de homosexualidad. La niña no se recupera tan rápidamente del shock de la castración. Debido a éste, ella devalúa al self y al objeto materno, recurre a la negación y desplaza la libido narcisista en la totalidad de su cuerpo en compensación por su falta de pene. En su lugar, establece un temprano ideal del yo utilizando el sistema de valores establecido en la etapa anal.
Este ideal del yo consiste en la representación de una niña limpia, ordenada, no-agresiva y asexual y se combina con la meta femenina narcisista de atractividad. De esta forma el ideal del yo femenino adquiere altos valores morales en lugar de un pene. La devaluación de la madre ocasiona que la niña voltee hacia el padre como objeto de amor, estableciendo así su heterosexualidad.

 
Por masturbación se entiende la auto-estimulación volitiva, rítmica y dirigida hacia los genitales que produce placer y que se encuentra asociada a la fantasía del objeto satisfactor de necesidades. A este material fantástico se le considera como la “verdadera fantasía masturbatoria”, y aparece a partir de la subfase de consolidación de la individualidad y en los inicios de la constancia objetal, en esta etapa la masturbación genital puede pasar a ser la actividad auto-erótica primaria. Las fantasías pueden tomar cualquier dirección y estar vinculadas con cualquier zona erógena. Pueden ser fantasías relacionadas con la escena primaria y pueden implicar función genital o de las zonas oral o anal, o pueden ser fantasías de actividad o pasividad que contengan elementos de agresión y hostilidad.
Según Marcus (1979):

Las fantasías asociadas con la actividad masturbatoria, frecuentemente se entremezclan, a lo largo del desarrollo, con la sexualidad –incluyendo las experiencias sexuales interpersonales-. Aún más las fantasías conscientes y/o inconscientes que acompañan a la masturbación a partir de la infancia, contribuyen a la maduración y el desarrollo de la personalidad. La masturbación se convierte en un medio temprano de descubrirse y percatarse del propio self…En tanto  vía de descarga de la tensión y angustia asociada a conflictos, la masturbación tiene una función homeostática en el restablecimiento de un cierto grado de equilibrio psíquico.
…Durante el período edípico, la masturbación puede ser considerada como una de las fuerzas progresivas que ayudan al niño a defenderse de la tendencia constante a sufrir una regresión, ante la angustia, a niveles preedípicos previos. También provee de una forma placentera de descarga de la tensión sexual y genital, así como la satisfacción fantástica de deseos, además de reforzar el concepto de estar separado. Las fantasías del niño durante esta fase involucran a los objetos libidinales y su contenido puede estar relacionado con fantasías de éxito y conquista en la competencia con el padre del mismo sexo, pero también puede estar relacionada con sentimientos de culpa y temor a la retaliación. La masturbación, tanto en la acción  como en la fantasía, sirve para promover el proceso de individuación y para reforzar las representaciones internalizadas del sí-mismo y del objeto, uno de los desafíos fundamentales del desarrollo para esta fase. La capacidad del niño para generar placer a partir de la auto-estimulación, en tanto es una experiencia separada y distinta del placer experimentado con los cuidados maternos, favorece la capacidad del niño para amarse a sí-mismo, diferenciada del amar a la madre en tanto parte del self.

Socárides (1988) establece que la génesis de las perversiones sexuales bien puede ser el resultado de trastornos que ocurren antes de lo que generalmente se ha asumido y aceptado, esto es, en las etapas pre-edípicas:

La teoría pre-edípica del origen de la perversión descansa sobre tres pilares: el primero es la presencia de una fijación en los primeros tres años de vida durante la fase de individuación-separación; el segundo es trastorno temprano en la formación del rol de género (identidad sexual) que se encuentra en todos estos pacientes; y el tercero es la teoría de la sincronicidad de Spitz (1959).

 
Socárides propone una teoría unitaria para la génesis de las perversiones que puede ser resumida, en forma esquemática, para los varones, de la siguiente manera: en primer lugar hay que considerar la existencia de un conflicto, pre-edípico entre los seis meses y los tres años que da por resultado una falla en la progresión a través de la etapa de individuación-separación que se hace evidente por los fenómenos de fusión, el predominio de mecanismos mentales arcaicos y primitivos, desarrollo yoíco defectuoso con aumento de la agresión, trastornos en la esquematización del self corporal, particularmente del área genital y fallas en la obtención de la constancia objetal; todo esto da por  una persistencia de la identificación femenina primaria, con la consecuente alteración de la identidad definida por el género, que asociada a experiencias traumáticas específicas, dan lugar a la elección posterior de la perversión. Cuando éste ha sido el caso, el paso por la etapa edípica (entre los tres y los cinco años) se acompaña de una mayor angustia de castración, con Edipo negativo y problemas yoicas y superyoicos específicos sobre impuestos a la fijación preedípica.
Lejos de haber agotado la enumeración de todas las vicisitudes posibles en la adquisición de la identidad sexual, he de dar por terminada aquí, por motivos de espacio, mi exposición, sólo quiero hacer énfasis, una vez más, en que una de las características del sentido de identidad es la continuidad, de ahí que, aunque los pilares fundamentales queden establecidos en los primeros años de vida, la identidad del individuo continúa transformándose hasta la muerte de éste en función de los desafíos propios de cada etapa del desarrollo.
 
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