Participación de Irvin Camacho Delgado en el portal Vivircondiabetes.net
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La salida de un hijo del hogar cuando éste ha alcanzado la suficiente madurez e independencia, ciertamente, es motivo de orgullo para los padres. Sin embargo, también implica un cambio; es decir, la pérdida de una condición que se había mantenido por un largo tiempo, como cuando termina una relación significativa o fallece un ser querido, por lo tanto, puede provocar sentimientos de soledad y tristeza. No obstante, si la partida de un hijo no significa el fin de la relación con él, ni mucho menos equivale a su muerte, ¿por qué se producen estos sentimientos de pérdida?
Algunas madres, al atravesar este período, mencionan sentir una gran añoranza por aquellos días en que la crianza de los hijos era su principal actividad y por el sentido de propósito que esto les daba a sus vidas. Erik Erikson, psicoanalista cuya obra aborda las crisis que enfrentamos a lo largo de los diferentes períodos de nuestras vidas, propuso que en la adultez media, más o menos entre los 40 y 65 años, la necesidad más grande que se tiene es la de tener la convicción de que se está creando, de que se es útil, y que esto puede lograrse, en gran medida, a través de la crianza de los hijos o mediante actividades que beneficien a los demás.
En ese sentido, la pérdida que se enfrenta cuando los hijos se van del hogar es la del rol de cuidador y de las satisfacciones que brinda de sentirse útil y creador de algo importante. Cabe mencionar que las mujeres son particularmente vulnerables a ello, dado que la maternidad es vista como el rol principal de la mujer, tanto por amas de casa como por mujeres que trabajan fuera, y puede llegar a ser el  rol principal y de mayor  responsabilidad durante un promedio de 20 años.
La importancia que tiene este papel es tal, que su pérdida puede desencadenar un proceso de duelo, por lo que es normal sentirse triste y con un empobrecimiento de la autoestima, especialmente durante los primeros días, donde también puede haber fatiga, falta o exceso de apetito y dificultades para dormir o para levantarse de la cama. Esta es una reacción natural ante cualquier pérdida importante la cual va disminuyendo, poco a poco, con el paso del tiempo. Esto significa que es parte del proceso sentir estas emociones, aunque es importante retomar nuevamente las actividades conforme este período llega a su fin.
El proceso de duelo, el pasar de ser una madre activa a una madre independiente, puede tomar desde seis meses hasta de un año y medio a dos años, por lo que es importante tener una actitud amable consigo mismo y las expectativas que se tienen del proceso. No obstante, esto se vuelve un problema en el momento en que, después de este lapso, se tiene la impresión de que estos sentimientos no mejoran y que se están convirtiendo en un obstáculo para poder seguir desarrollándose en la vida y para conservar vínculos significativos con amigos, familiares o la pareja. Es en ese momento en que se vuelve importante acudir con un profesional, pues puede haber toda una serie de factores detrás que impidan el progreso del trabajo de duelo.
Lo que se puede esperar, una vez que se ha atravesado esta etapa, es el poder disfrutar la convicción de que se concluyó con éxito la labor de criar a los hijos, así como del bienestar de poder contar con la disposición para disfrutar de los vínculos y otras áreas de desenvolvimiento en la vida personal.