Juan Pablo Quibrera 

A lo largo de la historia del psicoanálisis, el tema de los afectos ha sido controversial e incluso enigmático. Se han dado discusiones teóricas y clínicas sobre el lugar de los afectos, su importancia en el desarrollo infantil, y sus formas de expresión. Cuando Freud comenzó su etapa propiamente psicoanalítica, le otorgó un papel clave en cuanto a la formación de síntomas. Esto lo seguimos pensando desde el punto de vista dinámico dentro de la metapsicología: damos por hecho que una experiencia/fantasía está siempre cargada de afecto(s), los cuales pueden resultar tan amenazantes que levantan una resistencia (contracatexia), se ponen en marcha mecanismos de defensa y por lo tanto la pulsión (afecto) tiene un destino disfrazado, escondido, que deja huellas para que el analista interprete. Ahora bien, habiendo dicho que el afecto es una pieza central de nuestro quehacer psicoanalítico de todos los días con cualquier paciente, me propongo en este breve ensayo hablar en concreto del humor y la risa, especialmente cuáles pueden ser sus implicaciones dentro del consultorio. 

De antemano, pienso que el entrenamiento psicoanalítico nos plantea una tarea sumamente complicada ya que busca balancear destrezas teóricas y clínicas, pero también se pone en juego la persona del psicoanalista mismo. A diferencia de otras profesiones, el psicoanalista no puede disociar del todo su trabajo de su persona, y aunque son dos aspectos distintos que no se mezclan ni contaminan, comparten la misma fuente. El analista aprende una serie de conceptos, actividades y formas de funcionar, pero éstas se construyen sobre la fundación de su personalidad. Las destrezas del oficio se van volviendo más integradas al yo con el paso del tiempo, como sucede cuando adquirimos nuevas capacidades, y esos primeros pasos se empiezan a dar durante la formación psicoanalítica. Para ello, se cuenta con múltiples figuras de identificación: analista didacta, supervisores, maestros y colegas. Todos ellos nos van prestando aspectos de sus propios bagajes personales, educativos, culturales y formas de pensar psicoanalíticamente (creo que esta es una de las ganancias del modelo de formación de Eitington). Vamos adquiriendo un crisol de identificaciones que nos acompañarán el resto de la vida, aunque la identidad psicoanalítica se construya eternamente. Un ejemplo de esto es la figura internalizada llamada el supervisor interno según Patrick Casement, una especie de figura conformada por introyectos y funciones de auto-observación, al cual el analista puede recurrir como si fuera una isla de contemplación intelectual (Casement, 1985, p. 54).

En mi experiencia personal, considero que el sentido del humor y la capacidad de reír son un sello distintivo de ciertos supervisores, maestros y figuras de identificación cercanas, incluso un distintivo de esta institución, y por lo tanto quisiera ahondar en el tema de su uso clínico.

Así como todos vamos desarrollando un supervisor interno, conformado por identificaciones con objetos pero también por identificaciones orbitales y satelitales del superyó, propongo la idea de que los candidatos a psicoanalista deben desarrollar también un “dramaturgo interno”, con esto me refiero a una función creativa y dramática, que permite leer los guiones inconscientes de cada sesión. Las metáforas de teatro han sido usadas ya en psicoanálisis, por ejemplo pensemos en los títulos de los libros de Joyce McDougall, Teatros del cuerpo o Teatros de la mente. La idea es que el paciente escenifica aspectos de un drama psíquico interno sobre su propio cuerpo, como un lienzo. Yo propongo que entonces el buen analista debe ser un intérprete de arte, que aprenda el oficio de apreciar las pinceladas con las que pinta la mente del paciente, o sepa leer los guiones inconscientes. Cada sueño, cada síntoma, cada lapsus, cada chiste, y cada sesión, tienen un guion teatral oculto e inconsciente, lleno de personajes (objetos) y libretos (fantasías y relaciones). 

Ya Freud, cuando hablaba de los chistes y su relación con lo inconsciente, ligaba el sentido de humor con la sorpresa. Para Freud (1919), los buenos chistes tienen un componente ominoso. Lo ominoso tiene que ver con el desconcierto producido con algo que no es familiar, pero tiene muchos elementos de cosas que sí reconocemos. En alemán, la palabra es unheimlich, que precisamente es lo opuesto a lo familiar o doméstico; “desde luego, no todo lo nuevo y no familiar es terrorífico; el nexo no es susceptible de inversión. Sólo puede decirse que lo novedoso se vuelve fácilmente terrorífico y ominoso; algo de lo novedoso es ominoso, pero no todo.”

Lo ominoso es un componente del humor que hay que tomar en cuenta porque nos ayuda a pensar en su utilidad como herramienta interpretativa del analista. El humor nos remite al mundo inconsciente, ya que lo ominoso está ligado con una verdad demasiado terrorífica que tuvo que ser negada/reprimida, y cuando nos topamos con ella se produce la angustia (Quinodoz, 2005). Entonces, diríamos que todo lo ominoso está ligado a angustias de la primera infancia: angustias de muerte, desintegración, de pérdida del objeto y de su amor, etc., (Radchik, 2019); es decir, todo aquello que tiene que ver con el desarrollo psicosexual temprano. Si tomamos la línea de Melanie Klein, podríamos pensar que todo lo que suscita la sensación de lo siniestro remite a fantasías inconscientes primarias con objetos parciales y con la pareja combinada en el complejo de Edipo temprano.

A continuación, discutiré algunos usos, según mi opinión, que se le pueden dar a la risa y al humor en el marco del vínculo analítico. 

El humor puede funcionar como una manera elemental y primitiva de conexión con el otro; se puede usar para establecer rapport con el paciente y acceder directamente al afecto, lo cual es sumamente importante en pacientes con estructuras rigidizadas de pensamiento, desde neurosis donde predominan defensas anales obsesivas (racionalización, intelectualización), hasta tipos de carácter de distinto funcionamiento donde se usa la mente para no sentir. El humor y la risa también son descargas de tensión, implican liberaciones de neurotransmisores que pueden ser útiles con pacientes ansiosos (esto es útil con muchos pacientes, si pensamos la ansiedad como un síndrome que se puede presentar en variedad de cuadros y trastornos). En general, cuando reímos con otra persona nos sentimos más bienvenidos, comprendidos, escuchados, y nos remite inconscientemente a las primeras verbalizaciones y cantos con la madre de la etapa oral. 

El humor sirve también para señalar e interpretar aspectos del carácter: en pacientes típicamente conocidos como pacientes “sanos”, de organización alta, que acuden a consulta por problemas caracterológicos o desafíos de vida, el humor nos permite formular interpretaciones en un lenguaje lo suficientemente afectivo y aterrizado al paciente. Estas son las interpretaciones de resistencias caracterológicas y de partes egosintónicas que “duelen” al paciente, pueden ser sentidas como estocadas o “ganchos al hígado” (por eso al hacerlas hay que rescatar el vínculo y recordarle al paciente el objetivo del análisis) – estas interpretaciones deben tener fuerza, es decir, deben tener intensidad afectiva, y al darles un toque de humor el paciente puede recibirlas mejor, ya que, recordemos, un paciente enojado vive las palabras del analista a nivel de objetos persecutorios y no recibe nada, sino que sólo se defiende.

¿Por qué el humor puede darle fuerza a las interpretaciones? Tiene una explicación científica. En su nuevo libro The Hidden Spring: A Journey to the Source of Consciousness, Mark Solms (2021) acaba de publicar el hallazgo de que varias estructuras del tallo cerebral, el cual es concebido como la parte más primitiva, autónoma y vegetativa del sistema nervioso, son en realidad las responsables de sentir afectos y son la fuente de la conciencia humana. Estas estructuras del tallo cerebral tienen cuerpos neuronales cuyos axones son tan largos que se conectan con la corteza prefrontal, por eso los humanos a diferencia de otros animales, podemos tener conciencia de conciencia y podemos soñar. Esta parte del tallo cerebral corresponde a los “deseos inconscientes” que había inferido Freud, y que al dormir, como la corteza prefrontal se duerme, se ponen en escena las percepciones encriptadas por el tallo cerebral. Las neurociencias confirmaron las hipótesis de Freud más de cien años después. Esto también aclara que cuando un psicoanalista hace intervenciones que sólo tienen contenido de ideas pero no de afecto, sólo se ataca al córtex frontal y por lo tanto no tienen tanto alcance neuronal. Si nuestras intervenciones se cargan además de afecto, y de vínculo, los aprendizajes terapéuticos se graban en la memoria de forma privilegiada. Esto se puede llevar a cabo modulando el tono de voz, inflexiones vocales, utilizando lenguaje que es accesible al paciente, cotidiano y aterrizado.

Pienso que cierto uso del humor, incluso en el fraseo de sus intervenciones, fomenta que el analista sea percibido como un objeto humano, con fallas. Esto es importante para atemperar ciertas resistencias a la transferencia y para promover una relación total con el objeto. Siguiendo la línea de Donald Winnicott, la madre suficientemente buena es una que presenta fallas y aun así es capaz de brindar un adecuado sostén/maternaje; el buen analista se permitiría ser humano y fallido, contrario al analista narcisista y rígido que cuida que todas sus intervenciones sean intelectualmente poderosas y jerárquicas. Pienso que el análisis siempre debe ser asimétrico para que se dé la transferencia, pero hay que permitir que emerjan los elementos Beta (incluidas contraresistencias y actings-out), no para que sucedan, pero para que se promueva la función alpha. El analista que quiere ser capaz de metabolizar todo se está identificando con un superyó (ideal del yo analítico) rígido; esto le quita vitalidad, ya no hay gesto espontáneo, y el analista no es introyectado por el paciente porque es percibido como un objeto muerto o artificial, paranoide. 

Entonces, desde Bion, creo que el humor podría ser parte de la alfabetización de elementos Beta. ¿Cuántas veces no hemos escuchado que el que puede reír, vive mejor? Poderse reír de uno mismo, de su carácter, de sus angustias, de su historia y del drama que cada uno vive, hace que nos liguemos a la pulsión de vida, y que podamos sentir el alivio de estar castrados; es decir, que somos sólo uno más del montón. (En palabras más cotidianas del consultorio, cuando se le interpreta a pacientes en la línea de “Bájale, tampoco eres omnipotente, no eres tan importante”)

Hasta aquí, parece ser que estoy queriendo vender el humor y la risa y la comedia como si fueran el elixir mágico, la panacea, el máximo recurso. Y no, no todo es miel sobre hojuelas. El uso del humor tiene sus riesgos.

Puede fomentar resistencias por parte del paciente, tanto caracterológicas como a la transferencia misma. Puede resultar en contra-resistencias por parte del terapeuta, por ejemplo, para defenderse de contenidos Beta amenazantes del material del paciente, el analista podría usar el humor sin darse cuenta para negar, disociando la parte “cómica” de la angustiante. Este sería el mecanismo maníaco del control y triunfo ante el objeto. Los analistas que tienen personalidades hipomaníacas o negadoras deben ser especialmente conscientes del uso de estas defensas, que pueden ser puntos ciegos. 

El analista puede usar el humor para defenderse de la transferencia, de la seducción del paciente, o de aquello de lo que sea depositario, que puede atacar el narcisismo del psicoanalista, como ya dije anteriormente, y hacerlo recurrir a chistes o burlas. 

Cuando el analista usa el humor como defensa o contra-resistencia, y el paciente también tiene características negadoras o de corte hipomaníaco, ambos corren peligro de tener un baluarte, un punto ciego, de compartir una especie de convivio de chistes donde nadie trabaja ni interpreta (y se entra en un vínculo disfrutable pero no productivo al análisis). Aun así considero que un buen analista debería de poder permitirse divertirse, bromear, hacer chistes y sorprenderse con su paciente; no temer a ser seducido, sino aguantar todo aquello que surja en el vínculo dentro de los límites del trabajo. Evidentemente surge la pregunta: ¿qué tanto es tantito? Recordemos que Bion proponía el uso de una tabla al finalizar las sesiones, para el analista poder volver a pensar y aprender de su experiencia. Aunque ya no usemos así esa tabla, creo que el mensaje es: durante la sesión, estar sin memoria ni deseo, permitir el despliegue de la espontaneidad, el reverie, alfa y beta, para poder después elaborar. 

Otro peligro de usar el humor es que el paciente se pueda sentir seducido, recordemos que la risa tiene un componente sexual, ya que deriva de la excitación del cuerpo, y ciertos pacientes en ciertos momentos transferenciales podrían estar amenazados de que el cuerpo del analista se excite, sobre todo teniendo en cuenta rasgos paranoides. 

A veces el analista puede ser sarcástico o burlón, a veces esto logra darle fuerza a interpretaciones o señalamientos (como las de carácter, que ya mencioné), pero sabemos que el timing y los modos son todo; si el paciente no está en sintonía, puede ser amenazado, despertando temores de castración, humillación, o miedo. Un analista cuyo carácter suele ser sarcástico deberá estar al pendiente de que sus pacientes no sigan un patrón de sentirse sometidos a él, aleccionados, o masoquistas. 

El tema del humor y la risa nos recuerda que un análisis limpio y puro es imposible, y si llegara a existir, sería un mal análisis, una actuación narcisista de la falsedad de un pseudo-analista (sería el self falso analítico, que tristemente, me parece bastante común). Como decía Bion con su tabla, el camino del narcisismo es exactamente inverso al camino hacia la verdad.

Como conclusión: en gustos se rompen géneros. Los analistas son personas con bagajes únicos e irrepetibles, cada uno tiene su estilo de ser y de interpretar. No debemos temer de ser cautelosos, debemos confiar en los aprendizajes y en las identificaciones, trabajar duramente en nuestro análisis didáctico personal y nunca dejar de supervisar (con maestros o colegas), debemos estar en constante construcción y tratar de no perder la vitalidad que nos llevó a estudiar psicoanálisis en primer lugar. Hay que cuidar que nuestro trabajo sea bien hecho, sobre todo ético, pero más que nada cálido y humano; para que los pacientes puedan re-editar y resolver, tenemos que dejar que nos usen, hay que ser objetos disponibles a través de quienes ellos se escuchen y transformen. 

Bibliografía

  • Casement, P. (1985) Aprender del paciente. Buenos Aires: Amorrortu. 
  • Freud, S. (1919) Lo ominoso. En Obras Completas. Argentina: Amorrortu. Tomo XVII.
  • Quinodoz, J. (2005) Reading Freud: A chronological exploration of Freud’s writings. Londres: Routledge.
  • Radchik, A. (2019) Mapas de lo inconsciente. México: Editores de Textos Mexicanos. 
  • Solms, M. (2021) The Hidden Spring: A Journey to the Source of Consciousness. Estados Unidos: Norton.