El siguiente texto apareció en la revista Gradiva Vol. IV, No. 2 del año 1990. Su autor Ignacio Martín Baró, trabajaba en el Departamento de Psicología y Educación de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, y fue uno de los seis jesuitas asesinados en El Salvador en noviembre de 1989.  La versión que se presenta es una traducción del inglés según aparece en Int. Journal of Mental Health, Vol. 18 No. 1 de 1989.
Se publicó en Gradiva por solicitud del Dr. Martín Gittelman, como una forma de difundir las ideas de Ignacio Martín Baró.
Dos imágenes de El Salvador
De acuerdo con la imagen difundida por los informantes del Gobierno de los Estados Unidos, El Salvador representa el mejor ejemplo de “las nuevas democracias latinoamericanas” que han emergido durante la última década, particularmente en la región centroamericana, con la excepc ión de Nicaragua. Para fundamentar esta afirmación, se puntualiza lo siguiente:

  1. El gobierno Salvadoreño se escogió en elecciones libre, de acuerdo con la constitución democrática.
  2. Existe un respeto creciente por los derechos humanos entre la población del país. De acuerdo con el Gobierno de los Estados Unidos los rebeldes cometen el 80 por ciento de las violaciones a los derechos humanos que siguen ocurriendo.
  3. El ejército salvadoreño se vuelve cada vez más profesional y sometido al control civil.
  4. Aunque sigue habiendo algunos problemas, por ejemplo en el funcionamiento del sistema judicial, en gran medida ello se debe atribuir a la situación creada por grupos marxistas-leninistas que llevan a cabo terrorismo violento apoyados por Cuba y Nicaragua.

Desafortunadamente eta imagen del país refleja poco si no es que nada de la situación real de El Salvador. El carácter democrático de un gobierno no depende, por lo menos exclusivamente, de la forma en que se elige, sino más bien de las fuerzas que determinan esta conducta cotidiana. Un hecho verificable es que en términos de las políticas básicas de El Salvador, los temores de de Norteamérica por la “seguridad nacional” cuentan más que la mayoría de las necesidades básicas de la población salvadoreña. Nunca pensaría un salvadoreño que el gobierno de Duarte pudiera tener control significativo sobre las fuerzas armadas salvadoreñas: este es simplemente el resultado de la experiencia diaria que tienen los salvadoreños de quién  está a cargo ahí. A fin de cuentas, el hecho de atribuir a los rebeldes la mayoría de las violaciones a los derechos humanos no exime al  gobierno de compartir la responsabilidad. Lo que es más, dicha atribución constituye una fuerte distorsión de la evidencia, como los observadores independientes han puesto en claro (1-4).
¿Cuál es entonces la realidad de El Salvador? En vez de hacer afirmaciones “genéricas”, se presentan a continuación una serie de hechos cotidianos directamente relacionados con la salud mental que revelan una realidad salvadoreña muy diferente a la mencionada.
Vamos a considerar una pequeña comunidad en el departamento de Chalatenango, situado al norte del país. Es una de las zonas más conflictivas efectivamente controladas por los insurgentes del FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) por un período prolongado del año. Los residentes son algunas docenas de familias campesinas muy pobres: los viejos, algunos hombres adultos, mujeres y niños; no hay jóvenes.
Periódicamente el ejército lleva a cabo operaciones militares que afectan a esta pequeña población e inclusive destruyen casas y cosechas. Cada vez que empieza una operación, la gente se refugia en sus hogares, presentando una serie de síntomas psicosomáticos: temblor generalizado del cuerpo, debilidad muscular, diarrea. . . Se escogió a una pareja de ancianos desde que comenzó la guerra para que se escondieran en un “tatú” o refugio, en cada ocasión que iniciaba una operación o cuando las fuerzas armadas se acercaban a la zona. El resultado fue que la mera noticia de que habría una operación, provocaba que el marido manifestara lo que todo el pueblo denominaba como “el dolor”: calambres intestinales severos, dolor de cabeza explosivo y debilidad general que imposibilita la marcha.
En el refugio de San José Calle Real, situado en las afueras de El Salvador, se llevó a cabo un breve estudio en 1987 donde se encontró que entre 250 personas de diferentes edades, (36% de los refugiados en ese lugar, la presencia del ejército en la vecindad del refugio era suficiente para provocar miedo al 87% de los sujetos entrevistados; 75% sintieron aceleración del pulso y 64% se vieron invadidos por un temblor corporal generalizado (5 p. 12-13).
Usulután es un área de la parte sureste del país, con dos regiones diferentes: una costera, rica en producción algodonera, y la más montañosa, con regiones en que se cultiva café. En esta zona existe la presencia permanente del FMLN y las fuerzas armadas llevan a cabo continuas operaciones contra-insurgentes.
A través de una serie de encuestas, hemos podido juntar evidencia clara de que sistemáticamente los soldados del gobierno cometen abusos sexuales con las mujeres “campesinas” de la zona. Una de ellas nos dijo que para evitar las violaciones masivas constantes, “las más listas de estas mujeres” recurren a la protección de algún soldado u oficial, prostituyéndose a él para que las proteja de los otros soldados. De acuerdo con nuestra información, esa es una práctica común entre miembros de las fuerzas armadas, del gobierno, más no entre los del FMLN.
En una recopilación de opiniones efectuada en Febrero de 1988, se pidió a los “campesinos” que señalaran las causas de la guerra que ellos consideraban. De los entrevistados que se habían mostrado muy libres hasta ese momentos, 59.1% mostraron temor y respondieron que no sabían nada sobre eso (6). Incluso cuando se les mostraron resultados obvios de la guerra –cosechas incendiadas, marcas de balas o bombas en sus casas-, insistieron en su ignorancia; dijeron que aquello pasaba cuando no estaba en su hogar. Aunque el miedo ha disminuido en los últimos años entre la población del área urbana de San Salvador, es claro que sigue prevaleciente entre los “campesinos”, aún en aquellos que viven en zonas menos conflictivas de país.
El número de masacres de civiles por soldados que parte o que estuvieron antes, que echan granadas a una casa, en un camión ó en medio de un salón de baile, ha aumentado. Quienes cometen estos actos, frecuentemente están ebrios. Sus motivos suelen ser fuerza o “autoridad”- En la última semana de Febrero de 1988 la prensa reportó cuando menos cuatro de esos casos.
En un proyecto de investigación conducido entre Abril y Mayo de 1987 tratamos de replicar algunos estudios norteamericanos sobre la formación del concepto de clase social (7). Más de 200 niños de varias edades, pertenecientes a diversos sectores sociales, fueron entrevistados. Una de las preguntas era: ¿Qué tendría que pasar para que no hubiera gente pobre?, varios de los niños de los sectores socioeconómicos elevados respondieron “Matarlos a todos”. Es claro que esta información puede interpretarse de varias maneras y el estudio no ha sido concluido, pero las investigaciones estadounidenses nunca han reportado este tipo de respuestas.
Se debe agregar que algunos sectores de la sociedad salvadoreña proponen como solución a la guerra civil la eliminación de “todos los subversivos”, al estilo de los asesinatos en masa que ocurrieron en el país en 1932 para “obtener de esa forma otros cincuenta años de paz”.
Estos cuatro ejemplos presentan una imagen de El Salvador que difiere en mucho de aquella de los reportes oficiales. Más aún, señalan una marco de trabajo social y político sin el cual es imposible entender los problemas tanto de los salvadoreños que permanecen en el país como de los que buscan refugio fuera de él. Tres características pueden ser útiles para definir esa realidad.

  1. Ante todo, esta es una sociedad que mas que pobre está empobrecida. Una sociedad que no sólo está dividida sino violentamente destruida. Es una sociedad en la que casi todos los derechos humanos de las mayorías están negados estructural y sistemáticamente –derechos tales como tener un lugar donde vivir, un trabajo digno o un escuela para educa a los hijos (8)-. Esta situación demuestra lo arbitrario e ilusorio que puede resultar distinguir entre refugiados “políticos” y “económicos”: Exigir el cumplimiento de las necesidades básicas para las mayorías pobres en El Salvador es una proposición “subversiva” en sí misma, pues ataca las bases del sistema discriminatorio.
  2. Las fuerzas armadas del gobierno todavía representan para la mayoría de los salvadoreños una fuerza abusiva y terrorista, una “autoridad” arbitraria y omnipotente y son la expresión de un sistema organizado para cubrir las necesidades de una minoría de 10 ó 15% de la población. No se tiene el propósito de negar con esto los mejoramientos parciales que tiene el Ejército Salvadoreño desde 1984, tanto en su actuación técnica como en sus relaciones con la población civil. Sin embargo, las fuerzas armadas en El Salvador aún son una institución más allá de la ley. El hecho de que sus miembros respeten los derechos de la gente o no, depende de la discreción de sus intereses colectivos, y peor aún, del entendimiento, casi siempre reducido, que tienen los oficiales locales o soldados comunes (“las autoridades”) para cada situación.
  3. La población salvadoreña está siendo sistemáticamente destruida por la guerra, que ha devastado al país por ocho años y según calculan los informantes militares estadounidenses puede durar ocho años más.

Obviamente, una parte fundamental de esta destrucción es el número de víctimas: la cantidad de muertos derivados del conflicto durante estos últimos años se estima que llega a cerca de sesenta mil (9). Es difícil precisar el número de heridos aunque se sabe que en el combate militar por lo general existen cuando menos tres heridos por cada fallecido.
Pero lo que me interesa enfatizar aquí no es tanto la destrucción física sino la psicosocial. Como ilustré anteriormente, el impacto de la guerra salvadoreña va desde el tipo de deterioro orgánico que se manifiesta en sintomatología psicosomática, hasta la criminalización aberrante de mentes infantiles y la desarticulación de relaciones sociales cuando se someten al abuso y violencia de aquellos que tienen el poder en sus manos.
La Guerra Salvadoreña
Todas las guerras son una forma de resolver un conflicto entre grupos. Se caracterizan por recurrir a la violencia en un intento de destruir o dominar a su rival. Los estudios psicológicos sobe la guerra tienden a concentrarse en dos áreas predominantes: Un busca mejorar la eficiencia de las acciones militares centrándose en aquellos elementos que contribuyen al esfuerzo de la guerra, lo que se llama “lucha psicológica”; la otra se adentra en las consecuencias psicológicas de la guerra y se dirige hacia la prevención y el tratamiento.
Hay sin embargo, un aspecto e la guerra que es de gran importancia y debe ser analizado por la psicología social: su forma de definir todo lo que es social. Por su dinamia, la guerra tiende a volverse el fenómeno más circundante de la situación del país, el proceso dominante hacia el cual se subordinan los otros procesos sociales, económicos, políticos y culturales, y que directa o indirectamente afecta a todos los miembros de una sociedad.
Pero esta misma cualidad absorbente de la guerra puede llevar a la ignorancia de las distintas formas en que afecta a grupos e individuos: lo que para algunos representa ruina es gran negocio y aquello que acerca a algunos a la muerte abre a otros la posibilidad de una nueva vida. Lo que sufren en carne propia el campesino por la guerra es una cosa; lo que la clase media urbana contempla en la televisión es otra distinta. En El Salvador aquellos que van a los campos de batalla son generalmente los pobres, los hijos de los “campesinos” o los urbanos de pocos recursos, no los hijos de los dueños de las fábricas o profesionistas.
Desde una perspectiva psicosocial, la guerra civil salvadoreña estaba marcada en 1984 por tres características fundamentales: 1) Violencia, que dirige los mejores recursos de cada parte hacia la destrucción del rival; 2) Polarización social, esto es, el desplazamiento de grupos hacia extremos contrarios, lo que da como resultado una rigidización de sus posiciones ideológicas respectivas  la aplicación de presión sobre cada uno para alinearlas a “nosotros” o “ellos”; 3) La mentira institucional, que involucra efectos como distorsión de los propósitos institucionales y pantallas ideológicas sobre la realidad social. (10)
Fundamentalmente, esta caracterización psicosocial de la guerra salvadoreña se mantuvo verídica en 1988.  Pero la situación de la guerra, de hecho, aún no ha cambiado sustancialmente a pesar de la sangre derramada, los cientos de millones de dólares invertidos por los Estados Unidos; la destrucción y el sufrimiento son una indicación de que la guerra está mal conducida o no es la solución al conflicto. Así, parece necesario examinar las variaciones que las tres características psicosociales del conflicto civil salvadoreño han asumido mientras la guerra continúa, como si el eje IV del DSM III (11) concerniente a precipitantes situacionales y psicosociales de problemas mentales se tomara en cuenta seriamente.
Polarización Social:
En 1984, el grado de polarización de la población  salvadoreña parecía haber alcanzado un tope y podían observarse señales significativas de despolarización, esto es, esfuerzos conscientes de ciertos grupos y sectores para disociarse a sí mismos de cualesquiera de las partes (10, p. 507). Los procesos de polarización y despolarización no son uniformes ni mecánicos. Por el contrario, están muy relacionados con el progreso de la actividad militar y con la evolución de la situación política misma. En este sentido, desde 1984 hasta la fecha se han podido observar varios procesos importantes. El más significativo es probablemente el resurgimiento de movimientos masivos con claras preferencias por la posición del FMLN.
Sin embargo, el esfuerzo consciente de polarizar y llevar a las organizaciones más allá de las demandas laborales hacia posiciones más conscientes políticas, radicales y hasta violentas, ha producido una nueva reducción en el movimiento. Algunos han renunciado por sentir que les falta la fuerza para entrar en esta dinamia o por temor a una repetición del movimiento represivo de 1981-82. Del lado de gobierno las fuerzas armadas han iniciado muchos planes de contrainsurgencia y tienen la llamada “guerra psicosocial” entre sus ingredientes esenciales. Estos planes han vislumbrado expresamente obtener “los corazones y mentes” de la población civil, crear mayores obstáculos para los rebeldes bajo la forma de presentarlos como terroristas comunes y enemigos de la gente.
Se ha hecho un esfuerzo concertado no sólo para mantener la polarización social sino para extenderla y profundizarla. Ambas partes han tratado más de enfatizar puntos de antagonismo que de alcanzar acuerdos posibles, explotando fuentes de resentimiento y odio intergrupales, para lograr ese objetivo. Cada grupo ha presenta al otro como la encarnación del diablo, como “el enemigo” que debe ser eliminado. La propaganda del gobierno es más contradictoria en este aspecto que la del FMLN debido tanto a su volumen e intensidad  (incomparablemente mayor) como a su distorsión del lenguaje.
El nivel de polarización social que prevalece actualmente en el país es probablemente menor que aquel de los primeros años de guerra civil.  Algunos espacios políticos se han abierto a pesar de lo malo de la situación, por fatiga y razón, desilusión ante una intervención militar y necesidades cotidianas de sobrellevarse, o presión internacional y la emergencia de varias opciones. Algunas personas se están atreviendo a aprovechar estos espacios para construir puentes y vislumbrar nuevos horizontes. El “debate nacional” auspiciado por la Iglesia Católica en agosto de 1988 que juntó a 60 grupos sociales significativos (universidades, sindicatos, asociaciones profesionales y otras) y llegó a arreglos fundamentales sobre cómo dar fin a la guerra, ha sido el mejor ejemplo de los esfuerzos para lograr la reconciliación social (12). . .
La cantidad de recursos requeridos para mantener la polarización social es ciertamente una indicación de que la resistencia de la gente salvadoreña crece ante el intento de resolver el conflicto por medios militares. Sin embargo, los resultados de esta resistencia no son completamente positivos, pues la resistencia aparece bajo la forma de inhibición o escepticismo, lo cual no es necesariamente constructivo social y personalmente.
A pesar de que el nivel de polarización social ha tendido a disminuir y se desarrolla una resistencia popular que es sorda a todos los esfuerzos para radicalizar el conflicto, las campañas de polarización mantienen al país en una atmósfera de tensión. Esta no es sólo militar sino también psicosocial: los hechos son ideologizados, la gente se endemonia y el uso de los espacios políticos que se han abierto, se criminaliza; todo ello conduce a un estancamiento aparente de la confrontación social y a una mayor dificultad para tratar de establecer espacios de interacción de varios grupos sociales respecto a los objetivos que comparten.
La mentira institucional:
El ocultamiento de la realidad es todavía una de las características fundamentales de la guerra salvadoreña y asume varias formas:

  1. Ante todo, el objetivo es crear una versión oficial de los hechos, una “historia oficial” que ignora aspectos cruciales de la realidad, distorsiona otros y hasta falsifica o inventa algunos más. Esta historia oficial se impone por medio de propaganda intensa y agresiva y la apoyan las más altas posiciones oficiales. Por ejemplo, el presidente de la Comisión no Gubernamental de los Derechos Humanos, Heriberto Anaya Sanabria.
  2. Cuando por alguna razón existen hechos que salen a la luz y contradicen directamente “la historia oficial”, se les “acordona”, se impone un silencio que los relega a un olvido rápido o a un pasado que se suplanta por la evolución de los eventos. En este silencio ocultador participan las continuas violaciones a los derechos humanos que llevan a cabo miembros de las fuerzas armadas.
  3. Las afirmaciones públicas sobre la realidad nacional, el reporte de las violaciones a los derechos humanos y sobre todo el desenmascaramiento de la historia oficial, de la mentira institucionalizada, se consideran actividades “subversivas” y de hecho lo son pues subvierten el orden de la mentira establecida. Entonces llegamos a la paradoja de que aquel que se atreve a citar la realidad o reportar abusos, se vuelve con ello un culpable de la justicia. Lo que parece importante no es si los hechos son verídicos o no lo cuál siempre se niega a-priori; lo importante es que son dichos. No son los actos lo que cuentan sino las imágenes.

Por ejemplo, cuando el Obispo Auxiliar de San Salvador, Monseñor Rosa Chávez reportó en Febrero de 1988 que los miembros de la Primera Brigada de Infantería fueron los que perpetraron un asesinato triple con todas las características de matanza de “escuadrón  de la muerte”, las más altas autoridades civiles y militares lo clasificaron como criminal inmediatamente. Él tenía que probar su “inocencia”. Lo acusaron y no parecía que importara mucho si lo que reportó fue cierto o no.

  1. El grado de corrupción es otro elemento de falsedad que penetra cada vez más en varios organismos estatales y en los nuevos Oficiales Cristianos Democráticos. Por supuesto esto no representa una novedad histórica en la administración salvadoreña. Lo más reciente es que la corrupción ha penetrado tan profundamente en un partido que hasta hace poco se había portado con relativa honestidad y con estatutos fuertemente opuestos al uso privado de recursos públicos. El contraste devastador entre el discurso político y el comportamiento actual de los miembros del Partido Cristiana Democrático ahora en el poder, establece un nuevo nivel de falsedad.

Ello golpea aún más el contexto de extrema pobreza de la población salvadoreña en las circunstancias presentes. El juicio más favorable que puede escucharse ahora sobre los Demócratas Cristianos en el gobierno es que no se diferencias en nada de los gobiernos anteriores  a 1979, quienes tuvieron precisamente un comportamiento que favoreció el surgimiento de la guerra civil.
La violencia:
Se sabe que la violencia de guerra” en El Salvador (así como en los llamados “conflictos de baja intensidad”) tiene dos fuentes: por un lado aquella de confrontación militar abierta que involucra a los combatientes y por otro la de represión paramilitar encubierta, dirigida no hacia los combatientes sino hacia los sectores o grupos de la población que apoyan o simpatizan con los insurgentes o son sospechosos de apoyarlos o simpatizar con ellos.
La guerra salvadoreña fue caracterizada previamente por un mínimo de acciones militares abiertas y un máximo de acciones paramilitares encubiertas. Los principales instrumentos de guerra que usó el gobierno para permanecer en el poder cuando se enfrentó con el enojo popular y revolucionario fueron los “escuadrones de muerte”, más que los batallones. Sin embargo, con la prolongación de la guerra y las demandas de los Estados Unidos sobre el proyecto de contra insurgencia, esta proporción se ha invertido para El Salvador. Mientras que las confrontaciones militares adquieren importancia primordial, la represión se ha relegado a una posición menor. Desde 1984 se ha reducido el número de víctimas torturadas.
A pesar de eso se deben citar dos hechos.

  1. El número de víctimas en las confrontaciones militares, incluyendo a los heridos y los muertos, es actualmente mucho mayor que el número de víctimas por represión.
  2. La cantidad de víctimas por represión se ha reducido pero aún es mayor que antes de la guerra, cuando lo condenaban como inaceptable las organizaciones internacionales como Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos. Este cambio de la dirección de la guerra ha dado lugar al surgimiento de un fenómeno paralelo de tipo social: una orden que mantiene el terrorismo estatal ha otorgado paso a otra militar. En El Salvador se ha producido una militarización de la vida social colectiva, tanto en las zonas controladas por el gobierno como en las del FMLN (aunque existen claras diferencias entre ambas situaciones). La militarización del orden social implica cuando menos dos elementos:     a)  Los oficiales militares tienden a ocupar la mayoría de las posiciones que son vitales para el orden institucional. b) El permiso militar se convierte en el criterio de validación y de posibilidad de cualquier actividad. En otras palabras, sería difícil llevar a cabo alguna actividad o negocio a algún grado de importancia en el país sin obtener la autorización de la fuerza representativa de algún oficial militar. La vigilancia que lleva a cabo el ejército abiertamente sobre los distintos sistemas de comunicación no es otra cosa que la expresión más visible de su aumento de poder sobre el funcionamiento de la sociedad salvadoreña.

Trauma psicosocial:
Si los seres humanos son producto de la historia, entonces aquella en particular de la guerra en El Salvador seguirá teniendo repercusiones en la salud mental de sus habitantes. Aquí, el impacto se llamará trauma psicosocial.
Naturaleza del trauma psicosocial debido a la guerra:
Etimológicamente, trauma significa herida. En psicología, se acostumbra hablar de trauma al referirse a una experiencia que afecta a la persona de tal forma que le queda una herida de por vida; esto es, que la dejan con una residuo permanente de lo que ocurrió. Si uno habla de trauma, es debido a que este residuo es negativo, que la herida que está ahí marca desfavorablemente la vida de la persona.
En general, el término “trauma psíquico” se utiliza para referir una herida particular ocasionada por una experiencia excepcional o difícil, verbigracia la muerte de una persona amada, una situación de extrema tensión o sufrimiento, un evento frustrante que influyó sobre alguna persona en particular. Un ejemplo podría ser la experiencia de un niño que presencia la muerte de sus padres en un accidente o incendio. En ocasiones, en un sentimiento análogo a la situación de El Salvador, uno habla de “trauma social” para referirse a la forma en que algunos procesos históricos pueden afectar a toda una población. Un caso sería el de los alemanes y los judíos después de la experiencia de la “solución final”.
El término “trauma psicosocial” no se usa para expresar la idea de que un efecto uniforme se produce en una población o que uno puede asumir un impacto mecánico en la gente por la experiencia de guerra. La naturaleza dialéctica del trauma psicosocial implica que la herida o daño dependen de la experiencia particular de cada sujeto, condicionada por sus antecedentes sociales y grado de participación el evento, así como otras características de la personalidad del individuo y sus experiencias (10, p. 509-511) El sufrimiento que acompaña a la guerra ofrece a algunos la oportunidad de crecer en términos humanos. El desarrollo de alguien como el arzobispo de San Salvador, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, muestra paradigmáticamente el crecimiento de una persona en proporción con el empeoramiento de la persecución y ataque en su contra. Monseñor Romero es sólo uno entre muchos otros salvadoreños a quienes la guerra ha dado la oportunidad de desarrollar virtudes humanas excepcionales de altruismo puro y amor solidario con la gente salvadoreña.
Al hablar de trauma psicosocial uno debe enfatizar otros dos aspectos que frecuentemente se olvidan: a) La herida que afecta a la gente se produjo socialmente; sus raíces se encuentran en la sociedad y no en el individuo; y b), Su misma naturaleza se nutre y mantiene con la relación entre el individuo y su medio, a través de instituciones, grupos e incluso sujetos. Estos aspectos tienen consecuencias obvias e importantes que deben considerarse cuando se trata de determinar qué es lo más adecuado para superar estos traumas.
Trauma psicosocial como deshumanización:
Joaquín Samayoa (13 p. 215) sostiene, que los cambios cognitivos y conductuales causados por la guerra traen consigo un proceso de deshumanización, que se entiende como el empobrecimiento de cuatro habilidades importantes del ser humano: a) Habilidad de pensar lúcidamente; b) Habilidad de comunicarse verazmente; c) Sensibilidad por el sufrimiento ajeno y d) Esperanza.
¿Cuáles son los cambios cognitivos y conductuales causados por la necesidad de adaptarse a la guerra que traen consigo la deshumanización?
Samayoa menciona cinco: 1) Desatención selectiva e inclinación hacia prejuicios. 2) Absolutismo, idealización y rigidez ideológica, 3) Escepticismo evasivo, 4) Defensas paranoides y 5) Odio y el deseo de venganza. Cuando se examina cómo emergen los esquemas cognitivos y conductuales y cómo se configuran, Samayoa habla de tres mecanismo posibles: a) Inseguridad por el propio destino b) Falta de propósito y hasta de significado en lo que uno hace y c) Necesidad de conectarse o pertenecer a algún grupo.
Una línea diferente de pensamiento se ha desarrollado a raíz de la experiencia psicoterapéutica de grupo en Chile conducida por Elizabeth Lira (14-18). Este grupo plantea que una situación de terrorismo de estado como lo que ocurrió en Chile cuando estaba al mando Pinochet, provoca miedo entre la población, y aunque subjetivo hasta cierto punto una sensación particular, “cuándo se produce simultáneamente en miles de personas en una sociedad, adquiere una relevancia insospechada en la conducta social y política” (16, p. 51). De acuerdo con este grupo de psicólogos existen cuatro características psicológicas principales en el proceso emergido por el miedo: 1) Sensación de vulnerabilidad. 2) estado de alerta exhacerbado. 3) Sensación de impotencia o pérdida de control sobre la propia vida y 4) Una percepción de la realidad alterada, haciendo imposible que uno pueda validar objetivamente sus propias experiencias y conocimiento.
Las teorías de Samayoa y del grupo chileno pueden considerarse complementarias; mientras una enfatiza el papel de los aspectos cognitivos y conductuales la otra pone el acento en la mediación de un elemento efectivo: miedo. De esta manera tenemos los tres componentes clásicos del análisis psicológico: conocimiento, sentimientos y comportamiento (para el cual algunos investigadores sustituyen volición).
Resulta útil, sin embargo, mencionar las limitaciones de ambos modelos. En el caso chileno es claro que el análisis se reduce a los sectores de la población que han sido el blanco de la represión de Pinochet. Serían excluídas las personas que favorecen a Pinochet, quienes en vez de sentir miedo han  obtenido frecuentemente satisfacción así como un incremento de seguridad por una política que garantiza su dominancia de clase.
El enfoque de Samayoa es más amplio y en principio se puede aplicar a todos los sectores de la población, pues cada quién se tiene que adaptar a las circunstancias históricas. Pero lo que resulta menos satisfactorio de este enfoque es precisamente el hecho de dar por sentado como papel central que ocurre la adaptación. Parecería que los grupos e individuos son externos a la situación de guerra a la que se ven obligados a adaptarse. Esto involucraría una reacción fundamental e incluso una concepción pasiva de cómo la gente enfrenta las realidades históricas. La evidencia disponible conduce a la afirmación de que los grupos e individuos juegan un papel esencialmente activo como sujetos sin importar lo alienados que puedan estar. No hay duda de que para muchos salvadoreños la guerra es algo que les es impuesto; pero para algunos de ellos es algo que ayudan a crear y desarrollar. El ver su participación en esto procesos desde una perspectiva meramente adaptativa llevaría a malos entendimientos.
Cristalización de las relaciones sociales.
Desde mi perspectiva parece que la mejor manera de entender, el trauma psicosocial que viven actualmente los habitantes de El Salvador es concebirlo como la cristalización y materialización en los individuos de las relaciones sociales de guerra que se viven en el país. Obviamente, subrayar esta proposición es un entendimiento del ser humano como producto de la historia particular que en cada caso se manifiesta en las relaciones sociales  las cuáles el individuo es una parte activa y pasiva (19). De ahí llegamos a la noción de que la naturaleza de las relaciones sociales primarias se incorporará en los individuos. El papel que juega cada uno de los elementos psíquicos; conocimiento, sentimientos y volición, deberá examinarse individualmente; en principio la totalidad del individuo es la que se ve afectada por estas experiencias de guerra. Cada persona se trastornará de acuerdo con su contexto social particular y su manera específica de participar en los proceso de guerra.
El trauma psicosocial que la gente vive lleva consigo la alienación de las relaciones sociales. La naturaleza humana de los “enemigos” se niega. Uno rechaza la posibilidad de cualquier interacción constructiva con ellos y los ve como algo que uno desea destruir. La afirmación de la personalidad misma se ve afectada por la deshumanización del otro mientras se construye dialécticamente.
Si la guerra de El Salvador se caracteriza por polarización social, la mentira constitucional y la militarización de la vida social, entonces hay que examinar cómo estos tres aspectos predominantes de las relaciones sociales se cristalizan en los individuos. No es cuestión de buscar una correlación mecánica  que objetivice lo que no son más que aspectos analizables de la realidad histórica; es una cuestión de ver cómo la especificidad de la guerra salvadoreña marca grupos e individuos, esto es, se cataliza en un trauma psicosocial. Lo que prosigue son algunas hipótesis que intentan rendir cuenta de los disturbios que se han observado, y como tal, deben estar sujetas a verificación empírica.
En primer lugar, se hipotetiza que las distintas formas de somatización constituyen los orígenes corporales de la polarización social. Ello no pretende afirmar que cada proceso de polarización necesariamente tiene sus raíces en el organismo o que todos los trastornos psicosomáticos se deben a la experiencia de polarización de la guerra, sino que la experiencia precisa de dicha polarización puede y tiene, frecuentemente sus raíces en el cuerpo mismo.
No es sorprendente entonces que los grupos e individuos con mayor propensión a vivir este tipo de trastornos sean aquellos más afectados por las tensiones de la polarización: los habitantes de lugares que son controlados por un lado o por otro, sean aquellos sometidos a un bombardeo ideológico intenso por un lado o el otro sin poder escoger por sí mismos, e incluso los que tienen en ellos la fuerza de tomar posiciones rígidas extremas a favor del grupo al que pertenecen. Los disturbios sociales corresponden a alteraciones personales y somáticas y esto puede dar lugar a formas de alienación psicótica observable en algunos jóvenes entre la población de áreas conflictivas. En segundo lugar, el clima prevalente de falsedad penetra en las bases de la identidad personal de diversas maneras. El enturbamiento de la realidad genera una disyuntura esquizoide entre experiencias subjetivas y vida social que no da lugar a la formalización validante del propio conocimiento o en  el mejor de los casos lo refiere a un círculo social muy restringido. Esta dificultad para validar la formación del aprendizaje corresponde a la sensación de inseguridad sobre lo que uno piensa y el escepticismo en relación con varias posiciones políticas y sociales.
Cuando se debe adoptar la falsedad como forma de vida y la gente se ve forzada a llevar una doble existencia –el caso de los que trabajan clandestinamente- el problema se agrava, no tanto porque no haya manera de formalizar y validar la propia experiencia sino por la necesidad de actuar a dos niveles diferentes, con lo que se produce una confusión ética y experiencial. Muchos terminan abandonando esa vida estresante, que frecuentemente da lugar a una devaluación de la autoimagen y sentimientos de culpa en relación con las propias convicciones y las de los camaradas. Lira y  sus colaboradores han analizado el problema de identidad derivado de la imposibilidad de organizar la vida de acuerdo con los valores políticos propios cuando éstos son contrarios al régimen establecido (14-18, 20) Finalmente, la militarización de la vida social puede crear una militarización progresiva de la mente. Una vez más, esto no involucra un efecto simple o mecánico. Hay muy pocas dudas acerca de que la violencia casi compulsiva que puede dominar las relaciones interpersonales, incluso las más íntimas y la destructividad sociopática manifestada por algunos miembros de las fuerzas armadas del momento y pasadas con la preponderancia creciente de formas militares de sentimiento, pensamiento y actuación de la vida social. El efecto más serio de esta militarización psicosocial ocurre cuando se vuelve una forma normal de ser que se transmite por el proceso de socialización, como es el caso de los niños ingenuos que sugieren matar a la gente pobre como solución para terminar con la pobreza.
Conclusión: La tarea psicosocial a mano
La prolongación indefinida de la guerra en El Salvador presupone la normalización de este tipo de relaciones sociales deshumanizadas, cuyo impacto en la gente varía desde un estrés somático hasta el rompimiento de estructuras mentales y debilitamiento de la personalidad, que no pueden encontrar forma de afirmar auténticamente su propia identidad. Es imposible entender crisis orgánicas sin la referencia de tensión polarizante. De manera similar, la inhibición sociopolítica sólo puede entenderse como resultado de la mentira institucional, o la ideología estereotípica como respuesta a la militarización de la vida social. La gente que se forma en este contexto asume una disconformidad con la vida humana, se adhieren a la ley del más fuerte (o del más violento) como criterio social y aceptan la corrupción como forma de vida, precipitando así un círculo vicioso que tiende a perpetuar la guerra objetiva y subjetivamente.
No he hecho el intento de discutir aquí formas de lidiar con este problema.  Cualquier aproximación muestra lo inadecuado de la psicoterapia, individual o grupal, entendida como un proceso de intervención psicológica. Esto no quiere decir que a la gente que sufre la devastación alienatoria de la historia de salvadoreña se le deba dejar abandonada a su destino. El punto es que la psicoterapia es insuficiente aún, en el caso de la gente misma que está involucrada.
Mientras no haya cambios en las relaciones sociales (estructurales, grupales e interpersonales) como ocurre ahora en El Salvador, el tratamiento individual de sus consecuencias es incompleto hasta en el mejor de los casos.
En El Salvador se necesita iniciar un esfuerzo intensivo de despolarizar, desmilitarizar y desideologizar el país, para curar las relaciones sociales y permitirle a la gente elaborar su historia en un contexto interpersonal de mejor tipo. Dicho en términos positivos, es necesario trabajar para establecer un nuevo marco de trabajo para coexistir, un nuevo “contrato social” que permita la interacción colectiva sin convertir las discrepancias en negaciones mutuas.  Existe una necesidad urgente de trabajar hacia un proceso de mayor sinceridad social, para aprender sobre las realidades antes de definirlas, aceptar los hechos antes de interpretarlos.

Para finalizar, se debe hacer un esfuerzo para educar con la razón y no la fuerza, para que la coexistencia se base en esfuerzos mutuamente complementarios que se empleen con el fin de resolver problemas y no en la violencia que se usa para imponer las alternativas personales.

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BIBLIOGRAFÍA

  1. Instituto de Derechos Humanos (IDHUCA) (1987) Los derechos humanos en El Salvador en 1986. San Salvador: Universidad  Centroamericana José Simeón Cañas.
  2. Instituto de  Derechos Humanos (IDHUCA) (1988) Los Derechos Humanos en el El Salvador en 1987. San Salvador: Universidad Centroamericana José Simeón Cañas.
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