El siguiente texto del Dr. Roberto Gaitán González fue presentado en la Sociedad Psicoanalítica de México en julio de 1981 y publicado ese mismo año en la revista GRADIVA No.1 Enero-Abril Volumen II.
 

Todos los hombres en algún  momento de su vida, se sienten solos;

y más: todos los hombres están solos”

Octavio Paz

 
EL “SENTIMIENTO DE SOLEDAD”, ESE SENTIRSE solo, desprendido del mundo, ajeno a sí mismo, es decir separado de sí. Se da en cualquier raza, cultura, persona y época y puede llegar a constituir una sensación sumamente dolorosa.
La soledad, sin embargo, también puede en ocasiones ser buscada y deseada –siempre que se la considere transitoria y volitivamente obtenida y abandonada- en la medida que represente un reencuentro tranquilizante con uno mismo, un comprobar la integridad del self y obtener satisfacción de esa comprobación.
A pesar del hecho, clínicamente comprobable, de que la soledad sea en ocasiones deseada, se la relaciona más a menudo, con una experiencia desorganizadora y dolorosa; así, incluso Freud en “Obsesiones y Fobias” (1894) señala: “…Fobias comunes, un miedo exagerado a cosas que en mayor o menor grado todo el mundo detesta o teme, como la noche, la soledad, la muerte, la enfermedad, los peligros en general, las serpientes, etc…” El reconocer el miedo a la soledad como un fenómeno generalizado tiene la significación de que se presenta independientemente de la estructura caracterológica o psicopatología principal que posea cualquier persona. Es indudable que el temor a la soledad se convertirá en “sentimiento de soledad” con mayor o menor frecuencia e intensidad en función del tipo de organización caracterológica y conflictiva básica de cada individuo. Sus manifestaciones serán más o menos aparatosas; los movimientos defensivos del Yo para evitar la aparición del “sentimiento” serán más o menos integrados, pero siempre que exista el sentimiento de soledad los contenidos inconscientes así como la conflictiva implícita serán iguales para todos.
Considero importante subrayar la diferencia conceptual que, pienso existe entre: Miedo a la Soledad y Sentimiento de soledad. El primero está filogenética y ontogenéticamente determinado y tiene la función de servir de disparador y motor para que el ser humano utilice sus aparatos de autonomía primaria, desarrolle sus potencialidades, refuerce sus sistemas defensivos y elabore aparatos de autonomía secundaria que le permitan sobrevivir como  individuo; (con todas las connotaciones que la palabra “individuo” tiene). Por otra parte, el miedo a la soledad hace que el individuo busque la cercanía de otros objetos lo cual favorece que establezca las relaciones de objeto necesarias para poder preservar la especie.  El miedo a la soledad es un elemento más de los descritos en la teoría psicoanalítica, de aquellos que propician el desarrollo de las capacidades yoicas; cuando se alcanza el fin anterior pasa, el miedo a la soledad, a ser un temor potencial, inconsciente, que no surge por la ausencia transitoria de objetos en la realidad.
El sentimiento de soledad, en cambio, muestra que el individuo no ha logrado realizar ese desarrollo psíquico o bien que, por algún motivo, está sufriendo una regresión a la fase de desarrollo en que el miedo a la soledad hizo indispensable acudir al apoyo del Yo auxiliar de la madre para evitar la angustia y depresión  que implica la soledad y su amenaza vivida en aquel momento como real. Cualquiera que sea el caso –la falta de progresión o la regresión- el sentimiento  de soledad tiene la característica de un síntoma y en la mayoría de los casos su presencia implica patología.
Es evidente que en una terapia psicoanalítica se intentará que aquellos pacientes en quienes el sentimiento de soledad surge como algo terrorífico, aniquilador, pueda desarrollar las estructuras necesarias para tener la capacidad de estar solos, y que: cuanto mayor es el sentimiento de soledad –o el miedo a él- más parciales son las relaciones de objeto; las personas con mayor capacidad para estar solas tienen, lógicamente, relaciones de objeto más completas. Al hablar del sentimiento de soledad como un dato de patología excluyo el caso de la situación objetiva de verse privado de compañía externa por tiempo prolongado; parafraseando a M. Klein (1959) resaltaré que me refiero: “…a la sensación interna de soledad, a la sensación de estar solo sean cuales fueren las circunstancias externas, al sentirse solo incluso cuando se está rodeado de amigos o se recibe afecto…”
Freud en “Inhibición, Síntoma y Angustia” (1926) relacionó la masturbación con la soledad y dijo:  “…Totalmente inequívoca aún sin la regresión infantil, en la fobia de la soledad, que en el fondo trata de evitar la tentación de la masturbación solitaria…”. Mi experiencia con pacientes que sufren por tener el sentimiento de soledad, coincide con la observación de Freud en el sentido de que generalmente se masturban de manera compulsiva, sin embargo difiero de la inferencia de que la fobia a la soledad es resultado del temor a verse invadido por un incremento de pulsiones sexuales que lleve al paciente a masturbarse y que este acto, al aumentar el sentimiento de culpa, le impida disfrutar de las relaciones de objeto. En mi opinión el sentimiento de soledad no puede ser explicado utilizando solamente el punto de vista dinámico, tiene raíces más complejas que deben ser tomadas en cuenta.
Debo agregar que, en mi experiencia, los pacientes que presentan el sentimiento de soledad no solamente se masturbaban; efectúan además en mayor grado otras actividades también compulsivamente como son: comer, presentar algún tipo de adicción (drogas, alcohol, tabaquismo, etc.), abandonos repetidos de trabajos o realizar su actividad laboral en forma compulsiva, convirtiéndose en verdaderos “adictos del trabajo”; las relaciones sexuales o bien son promiscuas o presentan la característica de que el paciente se siente obligado a realizar el coito innumerables  veces en cada ocasión que está con la pareja. Pretenden encontrar la anhelada satisfacción en todas las situaciones que el desarrollo infantil ofrece como potencialmente satisfactorias, el principio del placer predomina en esos momentos y se busca obtenerlo –en forma narcisista- mediante la reactivación de las distintas zonas erógenas o sus derivados simbólicos. Sin embargo, en la medida en que existen fijaciones orales importantes, la modalidad oral de manejo del mundo externo condiciona que su voracidad no tenga límites y por lo mismo nunca estén satisfechos.
Simultáneamente, las distintas actividades compulsivas que se efectúan como un intento defensivo para combatir el sentimiento de soledad mediante la obtención de placer, incrementan el sentimiento de culpa persecutoria, generándose así la fantasía paranoide de que los objetos al conocer esas actividades rechazarán al sujeto condenándolo al peor de los sufrimientos: en su opinión, la soledad. No olvidemos que para el aparato mental, el hecho de que las imagos internalizadas en el Superyó, (en estos casos disociadas en: idealizadas y persecutorias) “conozcan” los deseos del Ello, es suficiente para producir el castigo, de ahí que el paciente que se siente solo espere el abandono de objetos reales en la medida que efectúa sobre ellos una identificación proyectiva de imagos internalizadas en los primeros años de vida.
El paciente que se siente solo, se percibe escindido, con una imago de sí-mismo débil, impotente para controlar sus pulsiones instintivas por este hecho, y merecedor del abandono de los objetos. Inhibido, desesperado y desesperanzado;  pero al mismo tiempo, posee otra imago de sí-mismo, la de estar fusionado con el objeto idealizado, ser aceptado y querido por él ya que tiene en esos momentos el control de sus pulsiones. Esta representación mental es el resultado de haber logrado identificarse con funciones de los objetos aliándose así con las imagos idealizadas, con lo cual alcanza y comparte la omnipotencia de éstas, apareciendo una actitud similar a la maniaca.
El sujeto entonces se esfuerza por mantener lo que considera “la imagen que el mundo tiene de él”. –que en rigor corresponde a su Ideal del Yo- trata de ocultar lo que piensa son sus lacras (su “otro” self) e intenta realizar todo aquello que a su juicio satisface demandas o deseos de los objetos; en la medida que cree lograrlo se siente aceptado y querido; vana ilusión ya que esta conducta, esta seudoidentidad, no hace más que reforzar la otra representación de sí-mismo en la cual se considera hipócrita frente al mundo, sometido por tener que gratificarlo sin recibir –o siendo incapaz de valorar- los aportes libidinales y refuerzos narcisistas que a cambio de su conducta espera.
La conducta que describo, el tipo de movimientos catexiales intrapsíquicos, el considerar básica una fijación narcisista, el ubicar como situación conflictiva nodular la amenaza de pérdida de objetos y el vivenciar a los objetos como divididos en idealizados y persecutorios con su corolario inevitable: la ambivalencia, si bien implica usar los mismos argumentos que Freud (1917) utilizó para describir y explicar la depresión y la manía, me resisto, por el momento, a considerar puramente maníaca lo que describo como una de las seudoidentidades del paciente que se siente solo en la medida que no descubro el ataque al objeto, la elación, ni la falta de angustia, si no es, en todo caso, en los momentos en que realiza la conducta que anteriormente catalogué de compulsiva. Estos pacientes, en el momento de hiperactividad, de transformar en activos sus deseos pasivos, adoptan conductas con las que pretenden lograr el amor del objeto, tratan de darle satisfacción. Su angustia es, en primer lugar, por el objeto; sólo después surge la rabia y la frustración porque éste no valora en su exacta magnitud el esfuerzo del sujeto y es por ello por lo que los mecanismos narcisistas son utilizados nuevamente en forma hipertrofiada.
Siempre que detectemos la presencia de imagos escindidas, encontraremos que la representación mental del sí-mismo en el sujeto, está a su vez escindida; de la misma forma que siempre que encontremos en un individuo una representación mental del sí-mismo integrada, implicará la existencia de imagos internalizadas no disociadas. De ahí la afirmación de que a mayor capacidad de estar solo más totales son las relaciones de objeto; la capacidad de estar solo, resulta de la existencia en el aparato psíquico de una representación mental del self integrada y de objetos totales internalizados. De obtener el resultado utópico, o sea, una estructura donde están integrados el Ideal del Yo y el Superyó, las órdenes superyoicas perderán su matiz coercitivo al transformarse en un ideal que se desea alcanzar, como señala E. Torres (1980)  y los ideales no tendrán la característica de idealizaciones.
Resta por mencionar un lamento más, que pienso aparece en los pacientes que se sienten solos y es su queja constante, en el sentido de ser incapaces para comunicarse, para dar catexis de palabra a lo que sienten y poder describir así su mundo interno. Son pacientes que no toleran el silencio, pero no tienen palabras para expresar sus ideas, resultando discursos en que intentan suplir las palabras descriptivas, que engloban conceptos y tienen significado definido; con un lenguaje escatológico, donde las palabras altisonantes fluyen tan frecuentes en contextos tan distintos que pierden su característica de significantes para convertirse en “pantallas verbales” que ocultan el vacío y las lagunas en sus pensamientos. Otra situación que encontré en este tipo de personas corresponde a un esfuerzo en el cual, al intentar describir sus sensaciones utilizan palabras con significados distintos, teniendo la convicción consciente de que son sinónimos. En ambos casos el resultado que obtienen  es el de no ser comprendidos por el objeto, ser mal interpretados y en última instancia permanecer solo con su mundo interno. Utilizando una frase de Alejo Carpentier en “El Siglo de las Luces”, el problema de estos pacientes es que: “las palabras están divorciadas de los pensamientos”.
El describir el sentimiento de soledad y la cohorte sintomática ligada a él, fui adquiriendo la convicción de que es posible ubicar su génesis en una época específica del desarrollo infantil y pienso que corresponde al segundo año de vida.
Para inferir lo anterior hay diversas evidencias. La conflictiva básica manifiesta de estos pacientes es en función de la presencia o ausencia del objeto. Existe, además de vivencia interna de que en caso de que el sujeto se aleje activamente del objeto sufrirá, en retaliación de éste, la pérdida de su cariño pero, por otra parte, si no camina (y el caminar conduce indefectiblemente al alejamiento) defrauda lo que el individuo piensa son las expectativas del objeto y que en consecuencia, corre peligro de perder su estimación y cariño. Estas dos situaciones aparentemente antagónicas conducen a la persona simultáneamente ambas demandas: camina, si, pero como se mantiene simbólica e inconscientemente unido no le es posible separarse del objeto más que conservando las formas de gratificación pregenitales.
Además,  en esta etapa del desarrollo aún no adquirió la palabra, el poder simbólico de unir independientemente de la distancia física. Todavía prevalece la comunicación prevalece la comunicación  preverbal.
Por otra parte, como también se está indicando,  la deambulación y la angustia de separación –urgencia de reunión descritas por Avelino González (1967) se exacerban, no se ha abandonado el narcisismo pero la presencia de los objetos ya es percibida como indispensable. El control de los impulsos instintivos y del  propio cuerpo empieza a ser vivido como meta placentera –la fase de separación individuación de Mahler se ha iniciado- y los padres principian  a inculcarlo como norma de conducta. Es ya posible diferenciar entre Yo-No Yo, pero aún no se han integrado las imagos parentales ya que continúan con aspectos idealizados y persecutorios, el anhelo de individuarse y adquirir una identidad (en parte condicionado por el miedo a la soledad) va, poco a poco, adquiriendo importancia, pero la nostalgia por la situación simbiótica todavía es mucha.
Una relación  temprana satisfactoria con la madre, en condiciones normales: “. . . implica un estrecho contacto entre el inconsciente de la madre y el del niño; esto constituye el principio fundamental de la más plena experiencia de ser comprendido y está esencialmente vinculado a la etapa preverbal. Por gratificador que sea, en el curso de la vida futura comunicar los propios pensamientos y sentimientos a alguien con quien se congenia, subsiste el anhelo insatisfecho de una comprensión sin palabras lo cual es, en última instancia, algo similar a la primitiva relación que se tenía con la madre. Dicho anhelo contribuye al sentimiento de soledad y deriva de la vivencia depresiva de haber sufrido una pérdida irreparable”. (M. Klein, 1959).
Es un hecho conocido en psicoanálisis que el exceso de gratificación de una fase del desarrollo condiciona la fijación a pautas de conducta de dicha fase, pero que además provocará que el desafío de la siguiente etapa evolutiva sea vivenciado como excesivamente frustrador lo que tiene a su vez un especial afecto fijador.
El sujeto con sentimiento de soledad proviene de una situación simbiótica particularmente gratificante, en la que la madre se esforzó por satisfacer todas sus necesidades, con lo que la “vivencia depresiva de pérdida” es más intensa y en estas condiciones tuvo que enfrentar los desafíos de la siguiente etapa: la angustia de separación y el placer de la individuación, la primera representará para el pequeño la amenaza de ser definitivamente abandonado, la segunda la alternativa de ser, y no solo estar, con los adultos.
Avelino González en su trabajo “La urgencia de reunión como respuesta a la angustia de separación; su papel en las fobias de espacio” (1967) describe un aspecto de esta conflictiva, dice: “Yo entiendo por angustia de separación” aquel tipo especial de angustia que surge como señal de alarma n un individuo cuando se produce un cierto alejamiento –variable según los casos- de un objeto necesitado…Aunque la separación  entre sujeto y objeto puede constituir meramente un hecho accidental, desde el punto de vista del inconsciente es siempre algo significativo”.
“La distinción entre abandonar y ser abandonado es importante porque sí  bien la angustia de separación  resultante es la misma en ambos casos, los mecanismos a que da lugar pueden diferir en forma considerable. Así, el niño que se siente abandonado por la madre trata de hacerla volver por medio del grito, del llanto, de la amenaza o de la súplica, ya sea en la fantasía consciente o inconsciente. Pero si el niño es el que se va, su primer impulso para reunirse con la madre es el de volver, el de desandar lo andado. De aquí se infiere que esta segunda forma de responder a la angustia de separación es cronológicamente posterior a la primera puesto que el niño solo puede abandonar solo después de haber aprendido a andar, es decir, a partir más o menos del primer año de edad”.
“En la misma forma que me ha parecido útil precisar las dos motivaciones de la angustia de separación, pienso que debemos restringir el uso del término “urgencia de recuperación” a esos casos en los que el sujeto busca la vuelta del objeto, y propongo el término “urgencia de reunión” para aquellos otros en los que el sujeto trata de retornar al objeto… Según esto la “urgencia de recuperación” es en esencia de carácter introyectivo y pasivo mientras que la “urgencia de reunión” es fundamentalmente proyectiva y activa”.
Avelino González describe así, varias de las motivaciones que tiene el sujeto que se siente solo para actuar como lo hace; el niño que pretende resolver su angustia buscando la vuelta de la madre al sentirse abandonado por medio del grito, del llanto, de la amenaza o de la súplica, presenta urgencia de recuperación y por ello desarrolla toda actividad de que es capaz en ese momento busca la vuelta de objeto. Esta “actividad” es la que en mi opinión, caracteriza al individuo que se siente solo, cuando predomina la percepción de si-mismo como débil, impotente, desesperado; reacciona igual que aquel niño con urgencia de recuperación, con una diferencia, lo que para el bebé era la puesta en marcha de todas sus potencialidades, para el adulto es la renuncia de sus capacidades que resulta en una actitud pasiva, sometida, autodestructiva y agresiva hacia el objeto. Tanto el niño como el adulto, en estas condiciones, sufrirán sentimientos de culpa, en la medida que la vivencia es la de haber sido abandonados por el objeto sin que exista ninguna explicación mejor que la de haber lesionado con sus descargas agresivas; “. . . ser abandonado por la madre como castigo por los ataques fantaseados perpetrados contra ella y del temor de haberla aniquilado vaciándola”. (Avelino González, 1967).
La misma línea de pensamiento se puede aplicar para explicar el modelo de conducta de la otra imago que de sí-mismo tiene el individuo que padece del sentimiento de soledad:  ésta es resultado de que el niño se fue y  trata de volver la angustia de separación provoca la urgencia de reunión; la gran diferencia que existe en este caso es que las funciones que el niño está poniendo en juego ya son, en lo formal similares a las que se esperan en el adulto, el niño ya logró una mayor individuación por el hecho de separarse, probar sus capacidades y gozar con ellas. La culpa aquí surge como consecuencia del éxito obtenido, y también por el hecho concreto de “abandonar” a la madre de quien se introyectó la omnipotencia y sobre la que probablemente, se proyectó la desvalidez; el castigo será la soledad que en retaliación se le impondrá.
La descripción del conflicto como lo hace A. González da, en mi opinión a la vivencia de ser abandonado-abandonar, la característica de un proceso que en un momento determinado, implica la coexistencia de las dos situaciones ansiógenas, lo que no dejan tan claro otros autores.  Esta descripción permite además comprender los elementos que generan el sentimiento de culpa en aquellos niños y estos adultos con sentimiento de culpa en aquellos niños y estos adultos con sentimiento de soledad.
Mahler (1968) describe mucho más ampliamente y en detalle los acontecimientos de esta época del desarrollo al explicar las tres subfases de la individuación-separación; la salida de la simbiosis hacia la subfase de práctica, el acercamiento y la separación individuación final; señala el hecho de que el predominio del placer en el funcionamiento separado le permite al niño sobreponerse a la angustia de separación –si la simbiosis fue adecuada- y que el abandono en todo caso, puede ser percibido por el niño cuando al iniciar la subfase de acercamiento la madre no sabe interpretar las señales del infante, considerándolo  ya un individuo separado, Mahler pone el acento de la génesis de esta conflictiva en la madre; usando sus palabras: “. . . muchas madres fracasan en su iniciación porque encuentran difícil el alcanzar el balance óptimo intuitiva y naturalmente entre el dar apoyo –y al mismo tiempo saber cuándo estar únicamente disponibles y vigilar a distancia. En otras palabras, para muchas madres en nuestra cultura,  no es fácil abandonar su “conducta posesiva simbiótica” y en lugar de esto darle al niño el apoyo óptimo en un nivel verbal y emocional más alto, al mismo tiempo que le permita probar sus nuevas alas de autonomía en el segundo año de vida”. Con esta descripción Mahler explica la actitud que, de ser adoptada por la madre, impide al pequeño resolver sus sentimientos de culpa por la separación y determina que quede unido a ella.
El paciente con sentimientos de soledad presentará conductas propias de esa etapa del desarrollo que es la salida de la simbiosis, la subfase de práctica y la de acercamiento, imbricadas y con alternancias de flujo y reflujo; pero la posibilidad de una regresión más profunda habrá quedado bloqueada, ya que en caso contrario el resultado no sería un paciente  que llamase la atención por su conflictiva con la soledad, sino uno que además del sentimiento de soledad presentaría la florida ya alarmante sintomatología esquizofrénica más grave y compleja, con mucho, que la tratada en el presente trabajo.
El ubicar la fijación en las subfases mencionadas implica necesariamente que este tipo de pacientes presentará problemas de identidad.
La necesidad de mantener conscientemente idealizada a la madre para evitar el abandono impide la posibilidad de lograr la constancia de objeto; sin embargo en la medida que los grandes montantes de agresión que hay detrás de la idealización se puedan mantener inconscientes y si la madre –según la percepción también inconsciente del niño- acepta y trata de realizar el papel protector y omnipotente que espera de ella, el pequeño podrá desarrollar un gran número de potencialidades en los terrenos cognoscitivo y físico a pesar de la limitante emocional que representa la situación descrita.
Serán los niños que “no se pueden separar de mamá” pero que simultáneamente se sienten literalmente empujados por la madre para que mantengan el ritmo de desarrollo de otros niños, son los que consideran que sus éxitos son magnificados y sus fracasos minimizados por el núcleo familiar, aquellos que con sus compañeros se describen a sí mismos como recibiendo castigos enormes por faltas grandes o pequeñas, los que realizan en ocasiones verdaderas proezas intelectuales o físicas en la escuela o en clases particulares, a las que asisten “acompañados” por un objeto transicional –en el sentido que Winnicott  (1965) lo describe- o en su defecto sumamente angustiados y tratando de ocultar su angustia frente al mundo.
Los padres probablemente negarán la angustia del hijo y pensarán “que es simpático” al verlo con el objeto transicional de su elección, pero en vista de que los resultados que obtiene en las áreas que en ese momento del desarrollo (latencia) son buenos, adoptarán la actitud de esperar del pequeño resultados similares siempre, con lo que el niño se ve obligado a continuar siendo “omnipotente” para conservar el objeto que en la fantasía perdería en caso de no satisfacer sus expectativas. Se encuentra a pesar de todo estabilizado en esta situación y la conflictiva puede no hacer crisis sino hasta la adolescencia, pero entonces será inevitable. La individuación-separación postergadas y el desarrollo de una identidad estable son los desafíos, y la escisión de la imago que de sí-mismo tiene es la limitante, ya que por un lado debe luchar por mantenerla a pesar de su cualidad de escindida para evitar las fantasías de desintegración y reengolfamiento, pero esa defensa le impide continuar su desarrollo.
El paciente hasta ese momento ha logrado, al mantener la relación la madre idealizada y apoyándose en ella;  adquirir dos de los vínculos que L y R Grinberg (1971) describen en “Identidad y Cambio” y que consideran indispensables para el desarrollo de la identidad, estos son: el vínculo de integración espacial y el vínculo de integración temporal.  Aunque de manera vicariante en algunos aspectos, esto implica (según los Grinberg) que el sujeto ha logrado integrar la relación de las distintas partes del self entre sí, incluyendo el self corporal, manteniendo su cohesión y permitiendo la comparación y contraste con los objetos;  tiende a la diferenciación self-no self, esto es a la individuación; puede manejar las relaciones entre las distintas representaciones del self en el tiempo, estableciendo una continuidad entre ellas, obteniendo la base del sentimiento de mismidad.
Pero por las mismas características del punto de apoyo con que el sujeto “pretende mover al mundo”, le es imposible desarrollar el vínculo de integración social de la identidad que está dado por la relación entre aspectos del self y aspecto de los objetos mediante los mecanismos de identificación proyectiva e introyectiva”. (Grinberg R y L. 1971). El motivo para ser incapaz de desarrollar el vínculo de integración social es claro: el adolescente utiliza ya esos mecanismos de defensa en forma masiva y selectiva con la madre idealizada; el movimiento catexial de esas defensas implica el desplome de la idealización materna, de la propia omnipotencia, de la endeble e incompleta identidad que ha adquirido, sin que este represente para el Yo aparentemente ninguna ventaja, antes al contrario, quedaría confrontado con la alternativa de ser incapaz de controlar la agresión y de ser aniquilado.
Erikson (1968) en “Identidad, Juventud y Crisis” describe la misma situación con otra fraseología, dice: “. . .es necesario diferenciar entre la identidad personal y la identidad del yo. El sentimiento consciente de tener una identidad personal se basa en dos observaciones simultáneas: la percepción de la mismidad y continuidad de la propia existencia en el tiempo y el espacio y la percepción del hecho de que otros reconocen esa mismidad y continuidad. Sin embargo lo que he denominado Identidad del Yo se refiere a algo más que al mero hecho de la existencia; es, por así decirlo, la cualidad yoica de  esta existencia. En consecuencia, la identidad del yo, en su aspecto subjetivo, es la conciencia del hecho de que hay una mismidad y una continuidad en los métodos de síntesis del yo, o sea que existe un estilo de la propia individualidad, y que este estilo coincide con la mismidad y continuidad del propio significado para otros significantes de la comunidad inmediata”.
Si usamos esta terminología, el paciente que se siente solo no desarrolló la identidad del yo; únicamente se siente significado para la madre-significante, e incluso considera que ella no lo comprende ni lo conoce por completo.
Hasta ahora he explicado porque aparece el sentimiento de soledad así como el resto de la sintomatología que lo acompaña, pero aún queda por explicar  cómo estos pacientes evitan la regresión cuando se ven confrontados a la crisis de la adolescencia; así como la forma en que utilizan inconscientemente sus síntomas para lograr una integración –en algunos casos muy adecuada en los aspectos formales- al medio en que se desenvuelven.
La adolescencia implica la necesidad de poner distancia con los objetos primarios, (los motivos ha n sido explicados por numerosos autores y no me detendré en ellos). La distancia con su connotación de pérdida no es tolerada por estos pacientes, a quienes sus objetos primarios dan el mensaje de que se independicen, adquieran responsabilidades y realicen vida de adulto; ya he dicho que estos pacientes no pueden oponerse a las indicaciones familiares por lo tanto el Yo se aplica a la tarea de resolver este problema.
Citaré a Perrotta quien detalla las condiciones que posibilitan un proceso de cambio para mostrar las características del problema, estas condiciones son: “1. La capacidad del objeto a cambiar de cambiar, de contener al agente de cambio sin ser destruido por él; 2. La necesidad de que este agente, así contenido, entre un proceso de asimilación y no en un proceso de expulsión o destrucción; 3. Que el proceso de asimilación tenga en cuenta las posibilidades latentes de cambio del objeto dentro de una magnitud compatible con su supervivencia; 4. Que el agente de cambio, además de determinar cambios por sí mismo, pongan en marcha –este sería el desiderátum- los mecanismos latentes que en el objeto tienden a cambiar espontáneamente; 5. Que el proceso tenga lugar en una marco de suficiente armonía con el medio que lo rodea como para que no sea a su vez destruido por el mismo; y 6. Que el estado final tenga suficientes puntos de contacto con el estadío original, como para que por algún medio sea claramente reconocible el vínculo entre ambos”.
Los Grinberg (1971) redondean la idea: “En todo proceso de cambio hay elementos que evolucionan y otros que permanecen estables (como si se repitieran a sí mismos). La finalidad de esta doble dinámica es permitir el cambio y evitar la desintegración del objeto total que cambia; de modo que las partes que no cambian –o que casi no se alteran- asimilan lo nuevo manteniendo la coherencia de la identidad. En otro momento, esas partes podrán cambiar ponderablemente, mientras otras quedan casi estables. Estas partes aparentemente constantes son los elementos claves que funcionan como organizadores de una multitud de otros elementos secundarios para estructurar juntos el basamento en que se genera el sentimiento de identidad”.
La escisión interna del aparato mental del sujeto que se siente solo lo ha llevado a integrar dos seudoidentidades, una que representa básicamente la fijación infantil del sujeto, pasivo, narcisista, dependiente de los objetos –básicamente de la madre idealizada- cuyas manifestaciones más claras son las compulsiones; y otra que ha logrado hasta ese momento una adaptación parcial a los cambios que el mundo que lo rodea y su propio desarrollo le han exigido.
La adolescencia con la consiguiente separación física –ahora en la realidad- de la madre, obligan al Yo a encontrar sustitutos de la relación con ella; su incapacidad –crónica ya- para relacionarse con los objetos bloquea la posibilidad de que el sustituto sea otra persona; de ahí que desarrolle las compulsiones que mencioné al principio de este trabajo, las que tendrá además de las connotaciones ya descritas el objetivo de recrear simbólicamente todas las distintas facetas de la relación madre-hijo en sus aspectos placenteros, por lo que en general encontramos actividades compulsivas que manifiestan fijaciones a las formas de gratificación que ofrecen las distintas fases del desarrollo.
Esta recreación simbólica inconsciente que se logra cada vez que se repite la compulsión, le garantiza al sujeto que –en la fantasía- no será destruido por los agentes de cambio que habrá de contener y asimilar; esta garantía resulta del hecho de que las compulsiones permiten manejar el montante de angustia que surge frente al proceso de cambio, en la medida que por su carácter repetitivo sirven de demostración al sujeto de que sigue siendo el mismo. La mismidad queda preservada.
El Yo, apoyándose entonces en la parte escindida pero constante que es la prolongación de la situación infantil podrá, sin elaborar el duelo por la pérdida de la madre ni la agresión contra ella, integrar un sinnúmero de cambios que aunque mantendrán los niveles de angustia constantemente elevados, le permitirán integrarse a la sociedad adulta. Es posible que esta sociedad incluso lo valore, pero la sensación dolorosa, la de sentirse solo, desprendido del mundo y ajeno a sí mismo, separado de sí no lo abandonará nunca… a menos que se analice.
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