Compartimos un texto del Dr. Joseph Simo, publicado en la Revista Gradiva Vol. V, No.1 del año 1991.
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La lectura de un texto como ‘Theaters of the Body’ presenta una dificultad epistemólógica particular al lector americano (e imagino que a numerosos lectores mexicanos) que no sea familiar con la epistemología francesa.  Aunque nacida en Nueva Zelanda, y aunque hubiera dado sus primeros pasos psicoanalíticos en Londres, considero a Joyce McDougall, una amiga muy querida, una parte integral, y una parte muy importante del paisaje psicoanalítico francés contemporáneo.
Es una tendencia natural en mí, habiendo vivido en los tres países en épocas diferentes de mi vida, el comparar la diferente evolución del  discurso psicoanalítico en Inglaterra, los Estados Unidos y en Francia. La tradición intelectual norteamericana, profundamente en raizada en el positivismo empiricista Anglosajón de Bacón, Locke y Hume, y la tradición racionalista Francesa, enraizada en la epistemología Cartesiana, debían producir, me parece, paisajes epistemológicos diferentes cuando tratan de abordar el mismo sujeto.
Una diferencia interesante a notar es que el pensamiento psicoanalítico,  en Inglaterra como en los Estados Unidos, no está enraizado en tradiciones intelectuales locales. Es un cuerpo de pensamiento de Freud y de sus seguidores, que capta la atención de un puñado de miembros de la ‘inteligencia’  local:  Putnam y Brill en los Estados Unidos Jones y Strachey en Inglaterra. Es esta minoría, la que va a facilitar la llegada de los analistas europeos continentales, o a través de “contratos” (i.e. la llegada de M. Klein a Londres), o a través del exilio masivo de psicoanalistas, forzado por la emergencia del Nazismo.
Así pues, en Inglaterra, después de la muerte de Freud (e incluso antes) el discurso psicoanalítico se caracteriza por la controversia entre Anna Freud y Melanie Klein (ambas vienesas) y entre sus seguidores y detractores. Incluso el llamado ‘Grupo Medio’ ( middle group) se definirá a  través de su neutralidad en la controversia.
En los Estados Unidos, una sociedad de emigrantes, el producto “local” más conocido ‘Ego Psychology’ (Psicología del Yo) es el producto de emigrado Europeos (Hartmann, Kris y Loewenstein ). Algunos autores, Lacan por ejemplo, verán a Hartmann –el autor más importante de la Psicología del Yo- Dominio que era amenazado por la tendencia Kleniana, muy fuerte no tan sólo en Inglaterra sino también  en Sudamérica, que constituye un grupo muy numeroso de psicoanalistas.
La mayor parte de controversias norteamericanas son el producto del pensamiento de “emigrantes”; de los “culturalistas” (Erich Fromm), al “Lay analysis” (Theodor Reik), pasando por las diferentes teorías sobre el Narcisismo (Heinz Kohut contra Otto Kernberg . Podemos definir los Estados Unidos, psicoanalíticamente, como un campo de batalla donde generales “teóricos” tratan de ganar terreno; de Otto Rank a los Freudo-marxistas (Herbert Marcuse),  pasando por los bio-energéticos de Wilhelm Reich. Territorio pues ‘colonizado’ por el psicoanálisis, más que campo que haya desarrollado una tendencia teórica propia. Aunque me parece importante el señalar que la corriente “tecnológica” que representa la Psicología del Yo (reparar, manejar, restaurar aspectos del Yo), aunque fuera producida por teóricos extranjeros, se acopla muy bien al espíritu pragmático y antifilosófico del capitalismo norteamericano.
La situación es muy diferente en Francia en donde siglos de una tradición racionalista, filosófica y especulativa, ofrecerá una tierra muy fértil en donde el discurso psicoanalítico va a poder crecer y desarrollarse. Fue a París a donde se dirigió el joven Freud para familiarizarse con el trabajo de los grandes señores de la histeria: Charcot, Janet y Bernheim. Y es en París todavía donde se encuentran una plétora de pensadores psicoanalíticos contemporáneos (algunos ya muertos en persona, pero no en influencia): Lagache, Laplanche, Pontalis, Green, Levobici, McDougall, Chasseguet-Smirguel, Grumberg, Devereux, M’Uzan, Anzieu, Fedida, Aulagnier, para nombrar a algunos de los más importantes y, evidentemente, Jaques Lacan.
Lacan, una figura controversial, muy poco conocida en los Estados Unidos, o conocida tan sólo por su métodos clínicos nada ortodoxos, como el dar la misma hora a diferentes pacientes que tenían que esperar, juntos, a ser llamados. O sus sesiones cortas, durando a veces tan solo un par de minutos. O su decisión de aceptar como analistas practicantes a pacientes, sin ningún tipo de formación teórica, después de un periodo de análisis, cuando instituyó la llamada “pase” (es curioso que esta práctica tiene sentido dentro del marco del pensamiento de Lacan y de su “vuelta a Freud” (retour a Freud), ya que esto es  lo mismo que Freud hacía con algunos de sus analistas). En cualquier daso Lacan ha constituido un centro de atracción en el discurso psicoanalítico francés dado el:
a)      Su localización en el centro causal de escisiones en el movimiento psicoanalítico francés, y
b)      La fascinación e influencia que su palabra (ya que la enseñanza de Lacan fue, en su mayoría, oral; en sus famosos seminarios ha tenido en el discurso psicoanalítico francés.
Lacan estuvo al centro de la escisión de 1953 de la Société Psychanalytique de París, creado en 1926. Escisión producida por la tensión entre Lacan y Sacha Nacht (y también Lagache). Es interesante el notar que ambos Lacan y Nacht fueron analizados por Loewenstein. Podemos especular pues  sobre cómo y cuánto su análisis y lo que quedó por analizar del campo transferencial/contratransferencial, incluyó en la evolución de Lacan como analista ‘rebelde’ (uno de los “enemigos” teóricos que Lacan atacaba y que decidió su “Retour a Freud” Era precisamente la Ego psychology americana, de la que Loewenstein –su analista- era uno de los representantes más importantes). Esta escisión verá la creación de la Société Francaise de Psychoanalyse que también va a escindirse en 1964, entre los ‘Lacanianos’ que seguirán a Lacan y formarán l’Ecole Freudienne de París y los que se quedan. Esta escisión tuvo lugar cuando la International Psychoanalhytic Association pidió, como precio de admisión de la S.F.P. a la I:P:A: , la exclusión de Lacan y de Francoise Dolto como maestros y analistas didactas. En 1967 la proposición de Lacan de eliminar el entrenamiento formalizado y de establecer la “passe”, va a producir una nueva escisión. En  1969 un número considerable de miembros influyentes de la E.F.P. formaron el Quantriéme Groupe, dirigido teóricamente hasta su muerte reciente en 1990 por Piera Aulagnier. En 1980, el mismo Lacan va a disolver L’Ecole Freudienne de París y un número de grupúsculos unos doce, se forman como consecuencia de esta disolución.
Un hombre controversial, clínicamente mucho más que controversial, y evidentemente un epistemólogo brillante y un orador fascinante, Lacan ha estado en el centro del discurso psicoanalítico francés. Con esto no quiero insinuar que los franceses lo hayan seguido ni masivamente, ni mayoritariamente. Lo que quiero decir es que sus postulados y conceptos han generado gran cantidad de discusiones y han avanzado incluso el pensamiento de sus detractores.
Entre estos conceptos semionales que Lacan repensó, se encuentra el concepto de “forclusión”, repudio (en alemán “Verwerfung”).
Es interesante el notar que McDougall, a pesar de atribuir una importancia capital el mecanismo de repudio en la formación del síndrome psicosomático, va directamente a Freud (1918) (p. 9 en McDougall) y otra vez a Freud (1911b, 1915ª, 1924, 1938ª, 1938b) (p. 102 en McDougall) en su descripción de la evolución histórica del concepto.
Sin embargo en su prestigioso “Vocabulaire de la Psychoanalyse”, Laplanche y Pontalis escriben: “Forclusión: término introducido por Jacques Lacan: mecanismo específico que se encuentra en el origen del fenómeno psicótico; consiste en un rechazo primordial de un “significante” fundamental (por ejemplo: el falo en tanto que significante del complejo de castración) y su expulsión del universo simbólico del sujeto.
El repudio se diferencia de la represión en dos sentidos:
1Los significantes repudiados no se integran en el inconsciente del sujeto:
2 No vuelven “del interior”, sino que reaparecen en lo real particularmente en el fenómeno alucinatorio” (pp. 163-64). (mi traducción).
A esta definición siguen tres páginas de comentario.
De vuelta a McDougall: “Los fenómenos psicosomáticos observables en la situación psicoanalítica engendran inevitablemente conceptos diferentes de los que emergen de los campos de investigación de la neurología, incluso cuando la población de pacientes es similar, dado el que estas ciencias operan con teorías de causalidad diferentes (McDougall, 1982ª, Capítulo 7). El psicoanálisis como ciencia se centra en la significación (y en particular en la significación de las relaciones), la lógica que lo sostiene es la lógica del lenguaje.  Tratando de conceptualizar la relación de mente-cuerpo fuera de la órbita del lenguaje debemos formular por lo menos una cuestión pivotal: ¿Qué mecanismos de defensa puede utilizar la psique infantil para protegerse contra el retorno de experiencias traumáticas tempranas y la reexperiencia de la angustia que las acompañan, angustia que puede que sea intolerable para el individuo?”
Me referí  en capítulos anteriores a la importancia que tiene en mi opinión el mecanismo arcaico (como lo detalló Freud) de “echar” totalmente o de “repudiación de la psique”…Freud consideraba la capacidad de la psique de echar completamente de lo consciente una experiencia (en vez de guardarla en forma de represión) el ser una manifestación psicótica típica” (p.101-102). A este párrafo sigue una cita del caso Schreber (un ‘monumento’ Lacaniano como ejemplo de rupudiación del “Nombre del Padre”), en el que McDougall demuestra su completa metabolización y dominio teórico de la epistemología lacaniana. Sigue luego como en otros casos de teóricos franceses, una formulación original que va más allá de las formulaciones Lacanianas, del punto de vista teórico, y que se apoya sólidamente en la experiencia clínica:
“De acuerdo con mi experiencia clínica, quisiera sugerir que esta capacidad de repudiar ciertas percepciones, pensamientos, fantasías, y otros acontecimientos psicológicos (movilizados con frecuencia por acontecimientos actuales en el mundo externo) opera en la regresión del adulto a respuestas psicosomáticas, en vez de respuestas psicológicas, al conflicto y el dolor psicológico. Existe una disociación entre palabra -presentaciones y cosa-presentaciones, así las señales corporales de ansiedad (es decir, el polo somático del efecto) se equipara a una cosa-presentación, separada de la palabra-representación que daría significado a la experiencia. (Hay que recordar que el infante experiencia su cuerpo como un objeto que pertenece al mundo externo.) La exploración de las razones históricas de la escisión cuerpo-mente o cosa-palabra, abre la puerta a numerosas conjeturas hipotéticas sobre las transacciones más tempranas entre la madre y el infante. A pesar de que tal vez nunca sepamos lo que aconteció actualmente, podemos presenciar la forma en que la versión del niño de estas transacciones se mantiene intacta en la manera de pensar (o no pensar) y de funcionar (o de funcionar) del adulto, en respuesta a las circunstancias de la vida diaria”. (pp. 102-103). (mi traducción).
Seguidamente McDougall se refiere a su concepto neologista de ‘desafectación’ (disaffectation”) que sugiere metafóricamente que algunos individuos están “psicológicamente separados de sus emociones y realmente puede haber ‘perdido’ la capacidad de mantenerse en contacto con su realidad psíquica”. (p. 103).
En las manifestaciones psicosomáticas la destrucción física es real, pero los síntomas no revelan ni una estructura neurótica ni una estructura psicótica. La ‘significación’ del síntoma pertenece al orden pre-simbólico y, por lo tanto, escapa a la palabra. “Mientras que el pensamiento psicótico puede conceptuarse como un uso hinchado desilusional del lenguaje, utilizado con frecuencia para llenar espacios de un vacío aterrador (Montgrain, 1987), el proceso del pensamiento del individuo que sufre psicosomáticamente parece haber vaciado el lenguaje de su significado emocional (McDougall, 1982ª). En los estados psicosomáticos, el CUERPO parece comportarse de manera ‘delirante’ con frecuencia ULTRAFUNCIONANDO excesivamente (en contraste con las INHIBICIONES de las funciones corporales discutidas anteriormente) hasta llegar a un grado tal, que ya parece no tener sentido fisiológicamente. Uno se siente tentado de decir que el cuerpo se ha vuelto loco” (p. 18). (mi traducción).
Vemos pues que McDougall sugiere la idea post-lacaniana de que el “discurso” psicosomático es un lenguaje pre-simbólico: un lenguaje sin lenguaje, ya que es el cuerpo el que “habla”. Así como el mimo sustituye la palabra hablada pero el gesto significativo pero mudo, el síntoma psicomático es el  “mimo del inconsciente”. Es el cuerpo, a través del “gesto psicosomático”, el que nos “habla” de angustias y de terrores de intensidad psicosomáticas, que no pueden expresarse verbalmente, que no pueden alcanzar el nivel de lo simbólico.
La idea de un orden simbólico que estructura la realidad interhumana fue introducida en las ciencias sociales por Claude Levi-Strauss. Esa idea fue moldeada a partir de la Lingüística estructural de Ferdinand de Saussure, cuya tesis (1955) consiste en afirmar que el significante lingüístico, cuando aislado, no tiene ningún vínculo intrínseco con el significado: el significante puede tan sólo referirse a un significado cuando forma parte de un sistema de significación. Levi-Strauss extendió el concepto estructuralista al estudio de formas culturales y describió la estructura social como un sistema simbólico, Toda cultura puede ser conceptualizada como un conjunto de sistemas simbólicos; entre los más importantes se encuentran el lenguaje, las estructuras de parentesco, las relaciones económicas, el arte, la ciencia y la religión.
La introducción del orden simbólico en el psicoanálisis por Lacan, parece tener función doble:
a)      El comparar la estructura del inconsciente con la estructura  del lenguaje y el aplicar a este inconsciente el método de análisis que ha tenido éxito en la lingüística (uno de sus objetivos era el formular lo que él llamó el “matema” del Psicoanálisis una fórmula matemático-lingüística fundamental).
b)      El subrayar que el ser humano entra a formar parte de un sistema de significados pre-existentes. Así pues, Lacan habló del “Nombre del Padre” como de una instancia que no puede reducidrse a cualquier forma que puedan tomar tanto el padre ‘real’ como el padre ‘imaginario’. El Nombre del Padre es una instancia que promulga la Ley en la que descansa el orden simbólico.
Para Lacan, el hombre ES lenguaje, ya que estructura su mundo a través de significantes, es decir a través de un modelo lingüístico. De los tres “Ordenes” que describe, el Real, el Imaginario y el Simbólico, el orden Real, la cosa en sí no puede conocerse. En este aspecto Lacan es el heredero de los fenomenólogos. Las necesidades son reales, pero tan sólo llegamos a conocerlas representadas por el Deseo. P rimero como imagen, más tarde como palabra.
El universo de las imágenes, de la fantasía, del cumplimiento del Deseo es el Orden del Imaginario.  Es el orden que domina el período Pre-Edípico.
El paso definitivo al Orden Simbólico, el universo del lenguaje y de la significación, de la LEY (el significante del Nombre del Padre) y de las instituciones (en el sentido estructuralista de Levi-Strauss), se efectúa a través de la crisis Edípica y de su resolución.
Sin embargo, este paso al Orden Simbólico no reemplaza al Orden Imaginario. Ambos van a combinar sus respectivas propiedades para inyectar con “creaciones” subjetivas del individuo el universo de significantes del que entra a  formar parte, y que va a determinar ; su “Dasein”; su “ser” en el mundo, aquí y ahora. Esta combinación  de “creaciones” imaginarias y simbólicas, van a determinar en turno la percepción subjetiva, consciente pero sobre todo inconsciente, de ese “Dasein” específico.
La única vía de acceso al Orden Real es el lenguaje. Ambos, el Imaginario y el Simbólcio, constituyen órdenes lingüísticos.
Este concepto del Imaginario puede entenderse mejor si se sitúa en relación histórica con uno de los primeros conceptos teóricos de Lacan, el del “Estadio de Espejo” (1936). Este se refiere a una fase en la formación del sujeto humano (situada entre los seis y los dieciocho meses) en la que, aunque todavía en un estado de incoordinación motriz, el infante anticipa en un plano Imaginario la unificación y la maestría de su unidad corporal. Esto se efectúa por medio de la identificación con la Imagen del Otro, en una Gestalt total, identificación concretizada por la experiencia del percibirse por vez primera en un espejo.
La imagen especular constituye la matriz que va a determinar el desarrollo del Yo. De aquí la expresión de Lacan, tomada del “Yo es Otro” de Rimbaud; Así pues, la relación intersubjetiva, arraigada en el estadio del espejo, es una relación imaginaria y dual; caracterizada por una tensión agresiva en la que el Yo es constituído como Otro, y el Otro como un otro Yo (Alter Ego). Comparado con el esquema de desarrollo de Freud (la transición del período de auto-erotismo, que precede a la formación del Yo, al narcisismo propio), lo que Lacan llama la fantasía del Cuerpo en pedazos (Corpos Morcelé) correspondería al período de auto-erotismo, mientras que el estadio del espejo correspondería a la aparición del narcisismo primario.
El último concepto introducido por Lacan en el discurso psicoanalítico francés que voy a señalar, es el concepto del         Falo. El falo en psicoanálisis, significa la función simbólica del pene en la dialéctica intrasubjetiva e intersubjetiva, es decir,  un significado simbolizado por lo tanto distinto del “pene” cuyo término se reserva para el órgano anatómico. Lacan señaló que el falo es el “significante del Deseo”  en lo que concierne al niño/a, el “Deseo del Otro”. Así pues, en términos Lacanianos  puede ser simbolizado (y definido por consiguiente) como el falo inconsciente deseado por la madre. En su reformulación del Complejo de Edipo, Lacan puso el énfasis en la dialéctica del ser o no ser el falo, y de tenerlo o no tenerlo esta dialéctica siendo determinada por las posiciones respectivas ocupadas por  el falo en el Deseo de cada uno de los protagonistas en esta tragedia triangular.
Esta conceptualización del falo como significante del deseo, ocupa un lugar destacado en las conceptualizaciones de numerosos pensadores franceses. Así pues el capítulo 4 del libro, por ejemplo: “La Pareja Psicosomática: Madre e Hijo” puede ser difícil de comprender si no se tiene en cuenta esta formulación Lacaniana del  Deseo. En este capítulo, que me parece presentar clínicamente –con la elocuencia capaz de presentar ideas complejas en forma muy simple de la que McDougall es maestra consumada- la teoría MacDougalliana del “lenguaje psicosomático” nos habla de dos madres que tan sólo fueron vistas en consulta (no en terapia de ningún tipo). La Señora A había sufrido en los últimos tres años dos ataques severos de colitis ulcerativa,  el último requiriendo una intervención quirúrgica urgente en la que, en palabras de la ‘paciente’, “casi perdió su vida”. Los ataques siguieron inmediatamente la separación de su única hija, cuando ésta se fue a estudiar primero a la Universidad y, muy   pronto, se casó con un extranjero y se fue  a vivir fuera del país. La segunda paciente, la Señora B, explicó su caso con sus propias palabras: “He sufrido durante la mayor parte de mi vida de colitis ulcerativa crónica… Cuando Bobby (su único hijo) tenía 21 años volvió a los Estados Unidos para trabajar en un empleo con muchas posibilidades de futuro. Poco después de que marchara (de París) tuve el ataque más grave de colitis ulcerativa que he tenido en mi vida. Los doctores creían que me iba a morir y se pusieron en  contacto con mi hijo. Naturalmente él volvió inmediatamente y, milagrosamente, la hemorragia se paró dos días después!  El nunca volvió a los Estados Unidos”. (p. 76).
Ambas señoras presentaban lo que parecían haber sido relaciones totalmente simbióticas con sus madres, y un grado de separación-individuación casi inexistente, con la consiguiente incapacidad de alcanzar el periodo Edípico con un desarrollo suficiente del “pensamiento verbal junto con una imagen consolidada del cuerpo y de sus límites”. (p. 17). Esta perspectiva nos ayudará a comprender esta configuración psicológica en la que la individuación (un cuerpo = una persona) o no existe o existe en forma muy primitiva. Esta inexistencia impide la capacidad de simbolizar, con la consecuente incapacidad de ‘metabolizar’, simbólicamente, la separación. Así pues esas madres “sangran” –literalmente- cuando les “arrancan” a sus hijos-falos. Una castración “real” que no puede ser simbolizada, dados los mecanismos de repudiación descritos y empleados por ambas mujeres; así pues la castración es somatizada literalmente. El cuerpo ‘explica’ lo que no puede verbalizarse. En p. 71, McDougall dice: “Ella (la madre) proclamó esto (el hecho de que su hija era una persona muy importante en su vida) como un hecho normal hay que las madres están siempre pegadas (attached) a sus hijos”. “Mi hija es el centro de mi vida. Hasta el día que se fue de casa ella ERA mi vida…” (p.69). Este comentario lo entenderíamos, en una estructura neurótica, de manera simbólica. Es decir, significando movimientos emocionales interpersonales: las madres quieren a sus hijos, es doloroso el separarse, etc. En el caso de este tipo de paciente, el significado es literal, dada la incapacidad de procesar simbólicamente la información. Así pues, cuando el hijo o la hija se va, cuando le ‘cortan’ una parte de sí misma, la madre sangra.
Puede ser un poco extraño el que haya dedicado una buena parte de esta presentación del libro de McDougall a la obra de Lacan. Sin embargo me ha parecido esencial el señalar algunos puntos teóricos sin los cuales la comprensión del texto de McDougall sería difícil para el lector que no es familiar con los desarrollos del discurso psicoanalítico en Francia. La capacidad, extraordinaria, de McDougall de metabolizar elementos discursivos y culturales muy diversos, y de producir síntesis creativas muy personales, constituye la riqueza considerable de su discurso, al mismo tiempo que la dificultad de seguir la constitución histórica de este discurso.
Una vez clarificadas algunas de las raíces epistemológicas importantes en este texto, hay que insistir en el avance considerable que la conceptualización del mecanismo de repudio  en McDougall es un teórico mucho más accesible para el lector que el oscurantismo neologizante de Lacan. Por si esto no fuera ya suficiente, hay que añadir que las construcciones teóricas de McDougall  –contrariamente con las de Lacan- están fuertemente arraigadas en una práctica clínica constante. Práctica que provee el único campo que puede validar los resultados de la especulación teórica.

Una vez dicho todo esto, lo único que puedo añadir es aconsejar al lector que pueda leer en francés o en inglés (mientras esperamos la aparición en las librerías mexicanas de una traducción española), que se entregue al placer enorme de leer, una vez más, a esta psicoanalista que posee la rara capacidad de combinar formulaciones  teóricas profundas con una simplicidad y una elegancia, un rigor intelectual y una compasión que agradecemos enormemente en esta nuestra disciplina que tiende, desgraciadamente, a la aridez discursiva, la complicación y el oscurantismo.
BIBLIOGRAFÍA

McDougall, Joyce, “Theater of the Body”, New York & London, W.W. Norton, 1989.
 

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