Este texto de la Dra. Cora Ann Dobbs de Fierro, es la segunda parte de los trabajos leídos durante el IV Congreso Nacional de la Sociedad Psicoanalítica de México, realizado en la Ciudad de México el 18 de octubre de 1980; y fue publicado en el Gradiva número 3, Vol. I del mismo año.
La primera parte puede leerse en este enlace:

El manejo defectuoso de la agresión intrafamiliar toma muchas formas, en este trabajo, intentaré describir el efecto que puede tener el nombre o el apodo con que se acostumbra llamar a un niño en su desarrollo. El nombre o apodo es una forma de apelación repetitiva que afecta al sistema-niño, en el sistema-familia, este efecto puede ser positivo o negativo. Primero daré una historia clínica del caso que ilustra nuestro tema, luego citaré tres posturas teóricas sobre el desarrollo infantil. En tercer lugar presentaré una discusión del tema para finalizar con algunas conclusiones tentativas.
Una definición de nombre es la palabra que se da a persona o cosa determinada para distinguirla de las demás de su especie o clase. El apodo es el nombre que suele darse a una persona tomado de sus defectos corporales o de alguna otra circunstancia. El nombre diferencia a una persona de las demás y el apodo viene siendo de acuerdo a esta definición un nombre que se da después en base a múltiples circunstancias y tiene una connotación de burla agresiva o afectuosa según el caso.
En esta historia clínica el apodo representa toda una constelación de actitudes familiares con un efecto desconcertante como veremos a continuación.
El motivo de consulta que me puso en contacto con Pepe fue su reacción incontrolable frente a su educadora y a sus compañeros de la sección de maternales en una guardería de provincia. Esta reacción consistía en golpes, rasguños, mordidas y patadas pero hubo una importante diferencia cuando me llamaron; se había subido al barandal del patio a cuatro patas y haciendo gestos felinos se rehusaba a bajar. El factor de emergencia era que parecía no percatarse que corría el riesgo de caer de 6 mts. de altura al patio.
Pepe, un niño de 3 y medio años, de constitución mediana, baja estatura para su edad, rostro simpático, ojos grandes y vivos, facciones finas y pelo castaño lacio y corto; provenía de una familia de clase media y vivía con sus padres y un hermano 2 años mayor que él. Ambos padres trabajaban, él de ingeniero en una dependencia de gobierno y ella de secretaria. Ambos niños asistían a la guardería. El mayor estaba en kínder y Pepe en 1º. De maternales.
La Historia Personal de Pepe muestra lo siguiente: durante el embarazo su madre sentía muchas presiones provenientes del trabajo, la situación económica y las tensiones intrafamiliares. Hubo sentimientos de rechazo al embarazo por las incomodidades que representaba otro niño. El parto fue a término con complicaciones perinatales provocadas por habérsele enredado el cordón umbilical. La alimentación fue mixta y sólo biberón a los 3 meses cuando ingresó a la guardería. Su desarrollo psicomotor fue normal pero la adquisición de lenguaje fue tardía aunque la bipedestación precoz. Siendo un niño “coliquiento y berrinchudo” se empezó a conocer en la guardería por estas características, desde que lo llevaban en la mañana peleaba y agredía físicamente a los que lo rodeaban. Su angustia de separación era notoria reaccionaba en forma masiva, desorganizada y agresiva. Las demostraciones de afecto eran dirigidas predominantemente hacia su madre y la relación con su padre y su hermano eran bruscas consistiendo en golpes, patadas y manazos, todo esto en son de juego. Estos juegos favorecieron en Pepe una conducta de agresión generalizada que se manifestaba con la mínima provocación. En el aula mostraba hiperactividad, ya que poca satisfacción le producía el aprendizaje. Necesitaba estar molestando a los otros niños. Se comunicaba en un lenguaje físico y de acción. Este diálogo era a base de golpes, carreras y llanto. Cuando su maestra se enojaba recurría a la seducción para calmarla y así nuevamente repetir el ciclo de agresión-seducción.  En su casa también porque  no sabían cómo tratarlo cuando reaccionaba así.
Puesto que nuestras entrevistas llevaban como objeto investigar la reacción de Pepe descubrimos que tuvo que hacer uso de la violencia para defenderse del hermano mayor ganándose así el apodo de “Tigre” y en las peleas entre los hermanos este apodo salió a relucir como un comentario de la madre y luego como un apodo que utilizaba con diferentes fines y en forma contradictoria. Por la madre para reprocharle su conducta agresiva y deshumanizarlo; por el padre para animarlo a defenderse y con orgullo para mostrar su fuerza y bravura pero también para agredirlo en juegos demasiado desiguales azuzándolo. Ambos lo utilizaban para describir su conducta a los demás que lejos de ignorar el apodo a veces reaccionaban con aprobación, a veces con desaprobación, pero siempre reforzaban en Pepe una identidad deshumanizada o sea la de un “Tigre”. El “Tigre” salía cuando necesitaba defenderse, cuando el niño no lograba lo que el Tigre podía lograr.
La impresión diagnóstica era de depresión. Empleaba los mecanismos de agresión, introyección y proyección volcando así la agresión contra sí mismo, su pensamiento era mágico y primitivo, y su superyo arcaico.
Tratamiento:
 Antes de las entrevistas exploratorias con la madre planeé ver a Pepe dos veces por semana en sesiones de media hora en el consultorio de la Guardería. El se rehusaba a acudir, era necesario forzarlo porque prefería quedarse con sus compañeros aunque con estos sólo peleaba. Al ver su oposición decidí iniciar las entrevistas con la madre y con la educadora una vez a la semana para que pudiera entender lo que pasaba. En estas sesiones descubrí lo del apodo, también fue posible investigar el manejo familiar y escolar. Empezamos por eliminar el apodo por la confusión que esto le causaba y hubo una reacción favorable reportada por la madre quien fue entendiendo  lo importante que era poner límites a los juegos agresivos entre el padre y sus hijos. La educadora también empezó a cambiar de actitud frente a Pepe poniendo límites claros y poco a poco así se redujeron las escenas agresivas lo cual le permitió empezar a sentir un poco de satisfacción en sus actividades escolares. El primer dibujo de Pepe fue como un premio a nuestros esfuerzos ya que sólo hacía garabatos.
El siguiente paso fue insistir en que Pepe viniera al consultorio lo cual se logró y así aunque sólo toleraba contacto muy imitado entre 5 y 10 minutos. Empezó a hablar, a dibujar, a jugar con tranquilidad. Iban prolongándose la duración de las sesiones hasta que toleraba media hora. De repente tenía sobresaltos y arranques gritando y amenazando con pegarme, pero cada vez menos y más controlables.Un día vino Pepe a su sesión y me anunció que prefería continuar haciendo un trabajo. Esto me indicó el inicio de su adaptación a la comunidad escolar. Siguió acudiendo hasta que ya no fue necesario. La satisfacción que experimentamos todos fue enorme y considero que esta intervención contribuyó al desarrollo de Pepe y a un cambio importante en las actitudes de la familia. El apodo con el que solían dirigirse a él contenía un mensaje de agresión, falta de límites, confusión y destructividad inconsciente. Revisemos lo que nos dicen algunas autoridades del psicoanálisis y de la psicología del Yo sobre este fenómeno.
Freud (1921) nos dice que una identificación significa que se ha establecido el primer lazo amoroso y que cuando el niño piensa, yo quiero ser como “ese caballero” refiriéndose a su padre, nos está indicando no sólo que lo acepta sino que la relación lo ha llevado al punto de querer ser como él, lo cual nos indica que quiere a su padre. Este movimiento interno se inicia desde la sonrisa y ya específicamente  a la edad de dos años y concluye a los 5 aproximadamente. Pepe no vivía entre Tigres, y su identidad parcial involuntaria, o introyecto, lo llevaba a reaccionar en el primer movimiento de una identificación o sea cuando actúa lo que cree que sus padres esperan de él para lograr su amor, y sobrevivir en una ambiente hostil, Freud menciona que se utilizan dos mecanismos de defensa el de agresión e introyección, es evidente lo parcial en nuestro caso de estos mecanismos. El amor enriquece el yo con propiedades del objeto aquí lo empobreció. Si Pepe en efecto se estaba identificando con su padre esta identificación era peligrosa.
Melanie Klein (1949) en su descripción de la posición esquizoparanoide y depresiva, indicaría que Pepe está en una posición esquizo-paranoide donde predomina la negación, fantasías de omnipotencia, actividad maniaca y proyección de objetos malos introyectados y una negación de los objetos externos. Ciertamente la descripción de esta posición concuerda con la conducta de Pepe que lo alejaba cada vez más de la realidad.
Heinz Hartman (1958) defina adaptación como una relación recíproca entre el organismo y su ambiente con respuestas autoplásticas y aloplásticas explicaría la conducta de Pepe como una respuesta a la agresión de su ambiente. La regresión de Pepe le permite tener su lugar aunque implique una regresión que trascienda su especie. Hartman nos habla también de la utilidad de la agresión al servicio del desarrollo para la adquisición de una identidad, en este caso como felino agresivo sobrevive tanto interna como externamente frente a un mundo que vive como aniquilante. El ambiente guardería le permite recibir la ayuda que promoverá una verdadera adaptación para superar su desadaptación.
René A. Spitz (1965) basó sus contribuciones teóricas a las alteraciones en la relación materno-infantil a partir del nacimiento. El explicaría que la reacción de Pepe tuvo su origen en la separación de su madre para ingresar a la guardería a los tres meses de edad y este acto promovió su depresión.
La fusión entre agresión y libido fue parcial afectando el desarrollo de Pepe y promoviendo una identificación con el agresor, su madre y su padre, cuando estos lo llaman “Tigre” le pegan y lo rechazan. Pero siendo “Tigre” les da la razón a sus padres. Los organizadores de Spitz como son la sonrisa, el temor a extraños, la palabra no, son imperceptibles ante esta reacción masiva. Y seguramente Spitz enfatizaría el primer año de vida como de gran importancia en la patología de Pepe y muy específicamente la separación parcial a los tres meses.
Anna Freud (1965) indica que un exceso de agresión a una edad en que dicha agresión no está fusionada con libido o defusionada de libido indica que la capacidad libidinal del niño no le permite matizar o ligar la agresión o que ha perdido esa capacidad en algún punto en el desarrollo debido a decepciones con el objeto amoroso, rechazos imaginados o reales y pérdidas de objeto. Un punto especialmente peligroso para que suceda esto es la fase anal sádica donde la agresión llega a un punto en que sólo es socialmente útil si está asociado con cantidades similares de libido.Cualquier problema emocional desliga la agresión y se convierte en pura destructividad, y volcándose contra objetos animados e inanimados así como contra sí mismo. La agresión así desencadenada favorece relaciones hostiles en vez de amistosas y sobre todo en esta forma defusionada es incontrolable, ni externamente por padres ni internamente por el yo y el superyó.
Margaret Mahler (1972) nos hace ver que hay niños que “no se involucran en la experiencia diádica, así como aquellos que pueden extraer abastecimientos psicológicos esenciales para desarrollarse en un ambiente emocionalmente pobre”. Es ella quien propone tres etapas de desarrollo llevando al niño a establecer una identidad a los cuatro años de edad. Estas fases son la autista, la simbiótica y la de separación-individuación con sus subfases de diferenciación, práctica, reacercamiento y separación-individuación propiamente dicha. En estas fases Mahler menciona la existencia de desacoplamientos que llevan al niño y a la madre a alteraciones en su relación con consecuencias diversas. Las insuficiencias en la relación, lo cual sería el caso de Pepe, no le permite separarse de su madre con una identidad clara como niño humano capaz de adaptarse al mundo.
Edith Jacobson (1971) desarrolló los conceptos del yo como estructura; el self o sí mismo, que sería la totalidad psíquica y corporal de la persona y las representaciones del self que son las representaciones inconscientes, preconscientes y conscientes mentales y corporales del self en el sistema del yo, Jacobson enfatiza que en el auge de maduración que observamos a los dos años el niño utiliza energía agresiva para logros ambiciosos. El deseo de ser parte de sus objetos disminuye, y toma su lugar el deseo de ser como ellos. Los mecanismos de introyección parcial le permiten hacer identificaciones selectivas. Así se alcanza una transacción ente sus deseos dependientes y simbióticos y los agresivos y de funcionamiento independiente. Uno de los hallazgos de Jacobson que completa la teoría Freudiana sería el hecho de que además del temor, el amor lleva al niño a terminar de resolver las últimas fases del Edipo y a establecer un superyó adecuado. Por la edad de Pepe faltaría mucho para llegar a esa fase, sin embargo quizá es el amor, aunque ambivalente a sus padres el que llevó a Pepe a aceptar la identidad de un Tigre.
J.P. Sartre (1952) expresa lo que nos conmueve de Pepe con elocuente claridad en su estudio sobre Jean Genet  y parece justo un paralelo con lo que suponemos sentía Pepe, “Querelle no se acostumbraba a la idea, nunca formulada, de ser un monstruo. Consideraba su pasado con una sonrisa irónica, espantado y afectuoso al mismo tiempo, en la medida en que ese pasado se confundía con él mismo. Un joven metamorfoseado en caimán y cuya alma aparece en los ojos, si no tiene plena consciencia de su hocico, de su enorme mandíbula, podría contemplar así su cuerpo resquebrajado, su cola gigantesca y solemne que golpea el agua o la playa o se roza con otros monstruos. . . Conocía el horror de estar solo, presa de un encantamiento inmortal en medio del mundo viviente”.
Incluí varios autores con el fin de mostrar cómo la teoría psicoanalítica nos explica cada vez con más exactitud y claridad los fenómenos psicológicos que nos desconciertan. En esta caso nos llama la atención el hecho de que un simple y aparentemente inofensivo apodo estaba cargado con la agresión de la familia hacia Pepe y también expresaba su respuesta a esta agresión. La amenaza de aniquilamiento de ese mensaje nos muestra cómo el odio y rechazo fueron depositados en un mecanismo que de no ser descubierto a tiempo podría haber llevado a Pepe a un fin trágico. La identidad de un animal feroz era para Pepe su único recurso  para ser aceptado y ocupar un lugar en la familia, se sentía muy pequeño e impotente. Vemos cómo también logra este lugar en forma similar ya fuera de la familia en la guardería, pues es en este intento de suicidio que nos anuncia su presencia, vemos pues que va generalizándose el empleo de esta identidad deshumanizada en diferentes situaciones. Insisto en que la muerte psicológica del niño tiene un paralelo en su muerte real al adoptar la identidad de un tigre y comportarse como tal sin serlo. (Algo así como sentirse superman e intentar volar). Podemos especular sobre la desesperación y apremio al que estaba sometido para rendirse frente al mundo y aceptar que sí en efecto era un animal porque sólo así sobrevive. Este ejemplo nos ilustra como los padres continúan la agresión a que fueron sometidos ellos mismos.
Vemos que la intención consciente de los padres y familiares es a veces paradójicamente cálida no cruel. Observamos que ante la presencia de un fenómeno desconocido incomodante, o trágico ya sea enfermedad, rebeldía, inhibición u otro hándicap en un ser querido, la familia reacciona con coraje por la impotencia que siente y este coraje no se neutraliza en la medida que opera en forma inconsciente. Racioanalizando dicha agresión con la explicación que el mundo externo será cruel con el hijo se anticipan a esta crueldad los propios padres. Son ellos los primeros en lograr que el niño la sienta y claro esto no prepara, más bien debilita, dejando al niño más vulnerable aún, pues el mensaje implícito es que si en la familia existe esta reacción, el mundo será aún más cruel. En ocasiones el apodo se utiliza como una expresión consciente de agresión y va acompañado de burla. Y esta voz opera en forma activa sin que exista un reconocimiento del daño que produce en el niño. Para concluir quisiera señalar la última fase de este tipo de mecanismo que es la identificación con el agresor, el sujeto toma esta identidad como propia y se agrede a sí mismo con ella cumpliendo el fin destructivo. El, es el apodo, aliándose a toda costa con sus agresores para destruirse.
Al integrar todos estos elementos tomamos una consabida postura de afirmación ante la importancia de la madre, del padre y de la interacción y relación entre ambos porque ciertamente en este caso ambos contribuían para hacer de Pepe un niño agresivo e infeliz. Sentía abandono, angustia, desesperación y rabia a una edad temprana cuando los padres son objetos importantísimos que le dan sentido a un mundo que se percibe en forma  caótica. El Staff de la Guardería ayudó a detectar la problemática y a resolverla dando un mensaje constante de afecto y límites. Por supuesto vemos también cómo es difícil para ciertas familias aprender a manejar sus relaciones con tranquilidad, calma, ternura y gozo. Vemos cómo suele predominar la agresión, el abuso de los débiles por los fuertes y la irresponsabilidad y negligencia ante los que no pueden protestar, los niños. Ver cómo innumerables autores se avocan con esperanza y convicción en una lucha contra la enfermedad mental me hace comprender la utilidad de unirnos para compartir nuestras experiencias en esta absorbente y difícil profesión.

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