Este escrito de la Dra. Amapola González de Gaitán forma parte del Gradiva Vol. I, No. 1, año 1980.

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El concepto de identificación ha sido repetido tema de estudio en el campo psicoanalítico. Ya Freud en 1914, en “Introducción al Narcisismo” planteó bases metapsicológicas sobre este punto. En 1917 en “Duelo y Melancolía” al referirse a ciertos aspectos del duelo normal y del patológico da señalada importancia al papel que juega la identificación con el objeto. En 1921 en “Psicología de Grupo y el Análisis del Yo” habla del origen y las vicisitudes de la identificación. En 1923 en “El Yo y el Ello” se extiende con los conceptos de defusión instintiva y ambivalencia.

La búsqueda de una definición adecuada para la ‘identificación’ ha sido acuciosa, Greenson (1952) hace un compendio de las aportaciones de Freud, Glober, Fenichel, Hartmann, Kris y Loewenstein, Jacobson y Hendrik a fin de desglosar algunos puntos que pudieran resultar confusos. Así aclara que ‘incorporación’ es un término utilizado para nominar a la actividad instintiva que tiene por objeto tomar una parte del mundo externo, introducirla en la boca, tragarla y así hacerla parte del self físico; se busca la satisfacción sin atender al objeto en sí. ‘Introyeccción’ es el fenómeno psíquico paralelo a la incorporación, inicialmente está al servicio de los instintos, más tarde puede ser utilizada con propósitos defensivos. Sin embargo ‘identificación’ es un concepto mucho más complejo donde si bien la introyección juega un papel preponderante también hay otros mecanismos. Puede ocurrir pues la introyección sin que llegue a alcanzarse la identificación.

Schecter, define el proceso de identificación como “los medios mediante los cuales parte de la estructura psíquica de una persona tiende a pasar a ser como la de otra con quien se está relacionando emocionalmente en forma significativa”1 y a las identificaciones como “. . .estructuras psíquicas relativamente estables consideradas como las resultantes, los logros, por decirlo así, de los procesos de identificación. El mismo término puede pues referirse por un lado a una estructura y por el otro a un complejo de procesos. . .”1 y aclara que usa aquí el término de estructura en el sentido de ‘organización mental’.

Ahora bien, las identificaciones constituyen uno de los puntales sobre los que se basa la identidad de un individuo. Y al hablar de identidad aparece de nuevo la necesidad de un intento de definición. Así Erikson, quien hizo uno de los más detallados estudios con respecto a identidad, habla de identidad del yo, relacionada con el aspecto social cuando destaca la importancia de compartir en forma continuada una carácter esencial con otros, menciona un sentido consciente de identidad individual y una tendencia inconsciente hacia una continuidad de carácter personal así como un criterio para la síntesis yoica.

Greenacre, citado por Grinberg L. Y Grinberg R. (1966) acentúa las semejanzas consigo mismo y las diferencias específicas con respecto al objeto, que se obtienen por comparación y contraste con los demás. Lichtenstein, también citado por Grinberg L. y Grinberg R., pone énfasis en el aspecto temporal y la continuidad de cada ser. Mahler (1958), al estudiar la relación madre e hijo refiere algunos aspectos según los cuales el hecho de que la madre sirva como solución buffer frente a los estímulos internos y externos difíciles de tolerar favorece el establecimiento del sentimiento de identidad.

Al referirse a identidad se está pues implicando una definición del individuo con respecto a su mundo interno y al externo. Esto, que sería un concepto espacial ha de abarcar también la idea tiempo, es decir las variantes de esta identidad a lo largo de la vida del sujeto. De todas maneras es indiscutible que para el desarrollo de la identidad y, por ende, la expresión de modalidad de funcionamiento del aparato mental y la conducta resultante de una persona, es un capítulo muy esencial el de los modelos de identificación que se le hayan ofrecido.

El tema es muy amplio, en el presente trabajo sólo se intenta establecer algunas relaciones entre las identificaciones –en particular las contradictorias- que el medio ofrece al individuo y ciertos aspectos del manejo que éste hace de la agresión. Es preciso asentar lo anterior muy específicamente ya que un esquema ultrasimplificado como el que se dará aquí podría dar la impresión de que desdeña las demás variantes que integran el complejo edificio de lamente de un sujeto.

Y al hablar de agresión nos hallamos ante otro concepto que manejamos a diario sin tener una delimitación perfectamente clara y precisa. No obstante sabemos que se evidencia en la conducta y que aparece muchas veces íntimamente ligada con manifestaciones destructivas. Waelder (1964) clasifica a la agresividad en varias clases desde el punto de vista genético: una como producto secundario de las actividades del yo tendientes a la autoconservación o a la autoexpansión, otra reactiva ante la provocación, y una tercera que se manifiesta en forma de destructividad esencial. Freud llamó a la fuerza instintiva que da lugar a tal impulso destructivo: ‘instinto de muerte’, en oposición al ‘instinto de vida’ que da lugar al impulso erótico.

Ahora bien, con respecto que se haga al manejo que se haga de la agresión, independientemente que sea ésta al servicio de la libido, o reactiva o puramente esencial –para emplear los términos de Waelder- dependerá del desarrollo de los aparatos yoicos encargados de tal manejo y de las posibilidades de modalidad de descarga que el mundo externo le ofrezca al individuo. Las estructuras yoica y superyoica se habrán desarrollado en función del equipo genético del sujeto y las experiencias a que éste haya estado  sometido. Con respecto al mundo externo cobra especial importancia la comunidad, en general, y la familia en particular.

En todos los casos la descarga se llevará a cabo por uno de los dos canales: fantasía o bien acción motora.

1)      Fantasía (descarga de poco monto de catexis) – consciente e inconsciente

2)      Acción motora (descarga de mayor monto de catexis) – Es consciente que se está descargando agresión – sobre objetos externos.

Es inconsciente que se está descargado agresión – Sobre objetos internos o sea sobre partes del sujeto.

Para estudiar las repercusiones que sobre las posibilidades de manejo de la agresión tienen las identificaciones, es preciso desglosar la calidad conflictiva de éstas. Ahora bien, los modelos de identificación han de provenir, por definición, del mundo externo. En consecuencia, estarán dados en su mayor parte por las figuras significativas para el sujeto, o sea a las que esté ligado por un alto contenido afectivo y que serán en lugar preponderante las de los padres o quienes funjan como tales. También cobran importancia los otros individuos de la constelación familiar así como las personas e instituciones con representación en el ambiente y en  el sistema de valores donde el individuo se desarrolló y se desenvuelve en la actualidad.

El fenómeno se simplificaría considerablemente si los modelos de identificación, y por ende de identidad, que se le ofrecen al individuo desde el nacimiento y a lo largo de la vida fueran lo suficientemente integrados como para enviar mensajes con trayectoria inequívocamente definida, pero en la medida en que las figuras paternas al igual que las instituciones del ambiente están sujetas a conflictos que no hay podido resolver ocurre que gran parte de sus mensajes son contradictorios y esto da lugar a que el individuo se halle en una encrucijada donde ningún camino es aceptable.

Weakland (1964) al estudiar algunas condiciones de la génesis de la esquizofrenia describe lo que él llamó la “doble ligadura” expresando que se trata de una situación en la que una persona se enfrenta a una comunicación importante que involucra un par de mensajes de diferente nivel o tipo lógico, los cuales se relacionada pero son incongruentes entre sí, hallándose esta persona imposibilitada de escapar y también de comentar estos mensajes a fin de discriminarlos, y, por otra parte sintiendo que es de vital importancia el distinguirlos con certeza para responder a ellos adecuadamente. Concluye que la víctima pronto aprende esto y lo maneja respondiendo a su vez con mensajes incongruentes o respondiendo a todas y cada una de las comunicaciones que recibe como si fueran  incongruentes.

En los casos estudiados por Weakland se trata de que el individuo está siendo bombardeado por mensajes repetitivamente contradictorios en los que se plantean demandas antagónicas acerca de actos que han de ejecutar en forma más o menos inmediata.

En las identificaciones contradictorias tales exigencias que se contraponen se refieren a grupos de mansajes que abarcan ya todo un sistema de valores y normas de conducta en un campo definido dejando atrás áreas saneadas de esta conflictiva contradictoria o, al menos ,sometidas a menor presión. Así el sujeto no se halla imposibilitado de ir desarrollando sus estructuras yoica y superyoica en mayor o menor grado si bien éstas tendrán barreras en lo que toque al grupo de normas correspondientes a la identificación contradictoria en cuestión.

Cuando los modelos de identificación que se le ofrecen se contraponen solamente en el sentido de que una figura representativa, por ejemplo la madre, le aporta una posibilidad de identificación que se opone a la que le está suministrando otra figura igualmente significativa, por ejemplo el padre, el individuo encarará, por supuesto, un problema de lealtad en el cual elegir la ruta trazada por uno de los dos significa rechazar al otro.

Pero hay todavía otro situación que aparece como más irresoluble, es decir, como una verdadera encrucijada, y es la que se le plantea cuando una misma figura da los mensajes en forma de pares simultáneos de signo contrario y de igual valor absoluto si bien uno suele ser consciente, y por lo tanto manifestado en forma explícita, y el otro inconsciente, con manifestaciones implícitas. Se trata pues de un juego de identificaciones contradictorias. En este caso no hay posibilidad alguna de elección libre de conflicto ya que el identificarse con cualquiera de las dos versiones implica desdeñar la opuesta, esto es que, hágase lo que se haga, no hay forma de satisfacer las demandas de ninguno de los dos padres.

Pongamos, a modo de ilustración, una situación concreta que, por otra parte es la que aparece manifiesta en dos de los casos clínicos que se citarán como breves ejemplos en el presente trabajo. Se trata de identificaciones contradictorias que se le suministran a un individuo refiriéndolas a todo un sistema de valores y normas de conducta correspondiente a un grupo étnico determinado. Las familias de estos pacientes centran todo el sistema alrededor de lo que han tomado como un símbolo “la religión” si bien, por ser éste un concepto que se adquiere tardíamente en el desarrollo del individuo no puede haber sido determinante para la formación del carácter ni del caso más particular estudiado aquí que es el manejo de la agresión. Pero en la medida en que la religión ha sido elegida por los padres de estos pacientes para representar el conjunto de las identificaciones conflictivas se llega a las que lo son más, es decir a las contradictorias. Así pues, en un individuo cuyos padres hagan énfasis en el hecho de pertenecer a una determinada religión, si ambos padres son miembros de ella en forma monolítica, es decir sin que les quepa duda alguna de que ésa y ninguna otra es su religión, el hijo tendrá varias posibilidades de identificarse con respecto a religiosidad.

1)      Identificarse positivamente con los padres y sentir que en materia religiosa las ideas de ellos son las únicas que corresponden. La actitud de los padres hacia él será aprobatoria. Puede tener esta identificación en forma genuinamente no conflictiva. Pero si los padres son vividos por el individuo como persecutorios en cualquiera de sus manifestaciones –explícitas o implícitas- puede haber sido adoptada tal identificación en forma genuinamente no conflictiva. Pero si los padres son vividos por el individuo como persecutorios en cualquiera de sus manifestaciones –explícitas o implícitas- puede haber sido adoptada tal identificación como parte de un sometimiento a ellos, en este caso el individuo presentará toda la cohorte de síntomas y signos correspondientes al cuadro. En lo que se refiere a la descarga de la agresión se incrementará el área de las fantasías, sobre todo las inconscientes a que el ataque al objeto, amado y  odiado ha sido reprimido. En la conducta motora respecto al objeto externo tal vez se produzca una idealización con la agresión que lleva esto implícito. En la conducta motora contra el sujeto aparecerán rasgos destructivos más o menos encubiertos.

2)      Identificarse negativamente, o sea rechazar de plano esa religión e incluso, en ocasiones, adoptar una religión rival. La actitud de los padres será reprobatoria. En este caso el superyó se hará cargo de las descargas agresivas contra el self mediante el inconsciente sentimiento de culpa que tal actitud acarrea. La agresión dirigida contra los objetos ya se ha cumplido manifiestamente en la conducta motora.

3)      Establecer una transacción entre las dos posiciones a nivel de ser más tibio y menos unilateral que los padres. Esta transacción puede estar correspondiendo a conflicto con las figuras paternas o no ser así sino simplemente el resultado de una integración del estímulo paterno con otros estímulos externos que estén dando lugar a una concepción diferente de los valores. Los padres aprobarán o no esta actitud en función de su propia capacidad de tolerancia para las mutaciones. En caso de corresponder a una integración se estará haciendo un manejo más sublimado de la agresión.

4)      Adoptar una identificación oscilante que va del si al no, por ejemplo ostentar aspectos de gran religiosidad o bien dar, en unos momentos, gran hegemonía a la religión de los padres y conceder en otros la supremacía absoluta a una religión rival. Esta conducta creará desconcierto e insatisfacción en los padres alternándose las actitudes aprobatorias hacia el sujeto con las reprobatorias. La agresión del sujeto estará manejándose mediante el sistema de ataque-reparación, como una forma de mantener a los objetos distantes pero sin perderlos del todo. Con respecto a la identidad del individuo ésta aparece imprecisa y si bien la culpa quizá no sea muy intensa, tampoco se obtiene completa satisfacción.

Es preciso aclarar que cuando se emplean los vocablos ‘positivo’ o ‘negativo’ no se les está confiriendo, en este contexto, calidad alguna de bueno o malo ni adecuado o inadecuado sino que se le da simplemente una concepción que pudiera ser parecida a la algebraica en el sentido de que la identificación positiva sería la que condujera a una identidad del mismo signo que la que se la ofrece –en este caso adoptar incondicionalmente la religión de los padres- y negativa aquella que diera lugar a identidad de signo contrario –rechazar totalmente esa religión-. Y para seguir las expresiones en términos algebraicos la identificación oscilante sería la que en unos aspectos apareciera como positiva y en otro como negativa.

Supongamos ahora que el individuo se encuentra con que el padre pertenece a una religión y la madre a otra y ambos afirman que la suya es la adecuada. Aquí las diversas variantes podrían ser:

1)      Identificarse positivamente con uno y negativamente con el otro. Recibirá beneplácito del padre con quien adoptó el mismo signo y reproche del otro. El serio problema de lealtad que se le plantea hace que se genere gran cantidad de sentimientos de culpa, la cual se manifestará en un volcar la agresión contra el sujeto y, parcialmente en agredir en otros campos al padre con el cual se hizo la identificación positiva.

2)      Transar con ambos padres en términos de aparecer neutral; ni en pro ni en contra de ninguna de las dos religiones. Los padres mostrarán  sólo una desaprobación parcial hacia la conducta del hijo. Esta conducta quizá sea la menos conflictiva respecto al sentimiento de culpa, es decir, de la agresión descargada sobre el sujeto, pero se paga con una sensación de empobrecimiento, con respecto a la identidad, que se manifiesta por la convicción de estar invadido por la cobardía y la tibieza. La descarga por el canal de las fantasías estará incrementada.

3)      Optar por la identificación oscilante con lo cual en unos aspectos participa el individuo del contexto de la religión paterna y en otro de la materna. Los dos padres alternarán los reproches y el beneplácito. Esta manipulación de los objetos externos si bien disminuye en un plazo el monto de sentimiento de culpabilidad con respecto a cada uno de los miembros de la pareja parental, queda en cambio en otro incrementado porque se está volcando alternativamente sobre ambos aunque atenuada por sus intentos de reparación.

No estamos valorando el caso en que uno de los padres o ambos aparezcan neutro con respecto a una identidad determinada, lo cual, en nuestro ejemplo se traduciría en que se muestren indiferentes en materia religiosa o que ni siquiera tal tema surja como punto de interés o inclusive que se desconozca la existencia de él. Para proseguir con el símil del álgebra eso equivaldría al cero, pero al cero que representa a la nada. Es decir, ese padre o padres no estarán dando patrón alguno de identificación con respecto a religiones como no fuera el mensaje de que carecen de importancia y significación.

Ahora bien, situémonos en aquella posibilidad que es más frecuente de lo que podría pensarse y que es la que principalmente resulta significativa para el estudio que se está haciendo en este trabajo, es decir allí donde se da el caso de que un mismo padre ofrezca un par simultáneo de identificaciones de igual intensidad y de signo contrario.

Para seguir con el tema elegido, pensemos en un individuo cuyo padre ostenta la religión A, pero la madre no es de esa religión aún cuando transija con ella y acepte sus valores. Ambos se han puesto de acuerdo y le exigen al sujeto no sólo que se integre a esa religión sino aún más, que al elegir pareja lo haga con alguien perteneciente a la misma disciplina.

Estos padres le están ofreciendo, cada uno por separado, un juego de identificaciones contradictorias.

Así, el padre le está dando a la vez dos modelos incompatibles, de identidad.

Modelo explícito consciente:

1)      Yo soy de esta religión.

2)      Quiero que seas como yo.

3)      Para ser como yo necesitas ser de esta religión y para serle leal es preciso que escojas compañero(a) dentro de él.

 

Modelo implícito, inconsciente:

La tercera demanda se transforma en

4)      Para ser como yo es preciso que, como yo hice, elijas compañero(a) fuera de la religión.

En el modelo explícito consciente el padre está identificándose a su vez con el hijo y así, al exigirle que busque pareja dentro de su religión está tratando de acallar por medio del hijo, a su propio superyó persecutorio reparando al objeto que siente haber dañado –los valores de su grupo étnico- cuando buscó compañera  fuera de él. Por supuesto, que este padre está pregonando que se casó fuera del grupo como unan forma de agredirlo, o sea que les tenía hostilidad a sus objetos cercanos externos.

En el modelo implícito la identificación implica exigirle al hijo que se alíe con el ello del padre, desafiando al superyó.

Por su parte la madre le da, a su vez, el siguiente mensaje contradictorio respecto a identificación.

1)      Estoy de acuerdo en que seas como tu padre te exige y por lo tanto que elijas compañero(a) que sea de esta religión ya que ese compañero(a) es lo único aceptable.

2)      Yo no soy de esa religión, luego si rechazas personas como yo, estás implicando que yo soy rechazable, o sea que me rechazas a mí.

En esta situación, el individuo no tiene forma alguna de satisfacer a ninguno de los dos padres, haga lo que haga, lo cual le causa angustia y rencor. En tales términos optará por alguna de estas actitudes:

1)      Tomar la identificación explícita que se le ofrece. Los padres le otorgarán un aparente beneplácito pero inconscientemente le darán claros mensajes de su descontento por rechazar lo que ellos actuaron aún cuando haya aceptado lo que ellos manifiestan que consideran adecuado. El sujeto tomará represalias de esta situación en la que se siente sometido convirtiéndose en perseguidor de sus padres exigiéndoles en forma tiránica el cumplimiento estricto de las normas de vida que a él le impusieron o sea desempeñando el papel de superyó persecutorio de ellos. La agresión se descargará así contra el objeto externo.

2)      Adoptar la identificación implícita. Es decir, hacer lo que el padre hizo no lo que dice que de hacerse. Recibirá un rechazo manifiesto y se le tachará de repudiar los valores paternos. Es decir que se volcará sobre él toda la superyoica culpa. En estas condiciones es muy probable que absorba esa culpa y la descargue contra sí mismo.

3)      Paralizarse más o menos completamente, es decir, nulificarse adquiriendo una identificación cero puesto que cualquiera de las dos contrarias que eligiera lo situaría en términos conflictivo con el padre en cuestión ya que implicaría rechazar a la otra de ese mismo padre. Ahora bien, este cero no es el de la nada, o sea el que representaría algo que no tiene significación en la vida, y por lo tanto no nos preocupa, sino que es el cero que indica el anular toda posibilidad de actuación porque se están ejerciendo dos fuerzas de la misma intensidad y sentido opuesto sobre el mismo punto, o sea, el interjuego de un (- X + X) que resulta en cero. El sujeto aquí sería la persona que aparece sin criterio alguno pero no porque realmente carezca de él o le sea indiferente sino porque expresarlo representaría el peligro de la pérdida de objeto. Puede que llegue a ser capaz de verbalizar un yo ideal con respecto a identidad pero no podrá ejecutarlo en forma de conducta motora. Es una forma atenuada de suicidio donde es obvio que la agresión ha resultado inmanejable en niveles aceptablemente adaptativos.

4)      Rebelarse en términos de pretender una destrucción absoluta y total de todo lo que representa identificación con los padres en cuestión. Al percatarse de que no puede cumplir con ninguna de las identificaciones que se le están ofreciendo (y a menudo exigiendo) sin aparecer de todas formas como agresor, al constatar que se le niega la posibilidad de satisfacer a figuras que le son tan importantes, se siente acorralado y no ve más salida que eliminar tales identificaciones inoperantes. Está lleno de rabia y necesita actuarla destruyendo el sistema establecido que no le sirve y que además lo agrede. Aquí la agresión se vuelca contra el objeto externo  bajo la forma más o menos atenuada de asesinato de éste.

Ahora bien cada una de las posibilidades de manejo de la agresión mencionadas será efectuada, como se dijo al principio de la exposición, en distintos niveles de integración que estarán en función directa con el desarrollo de las estructuras yoica y superyoica y de las modalidades de descarga que el mundo externo permita. Sólo en muy contadas ocasiones se presentará una de estas alternativas como única con exclusión absoluta de las otras. En la mayoría de los casos se dará como situación predominante una de ellas pero aparecerán, en mayor o menor escala, las otras también.

Además huelga decir, que la relación con las figuras significativas en modo alguno se limita al aspecto de las identificaciones y que aun éstas dependerán en mucho del manejo que las figuras parentales hagan a su vez de la propia agresión. Así, en los casos en que estas figuras sean particularmente destructivas serás mucho más difícil encontrar canales de descarga de la agresión que representen un plano adaptativo con respecto al mundo interno y al externo. Y no solo eso, sino que un grado elevado de destructividad en las figuras parentales habrá hecho imposible, ya desde las épocas más tempranas, el desarrollo del yo, así como del superyó, necesarios para disponer de aparatos con que afrontar un manejo adecuado de la agresión. Los casos ya más extremos de destructividad paterna serán aquellos cuyos cuadros filicidas describe Rascovsky (1979) y los que estudia Feder (1969) en donde las fantasías filicidas se remontan a épocas incluso preconceptivas. Aquí se hará insalvable la defusión de las manifestaciones eróticas y las destructivas que el individuo experimenta, y estando las primera empobrecidas, al balance cuantitativo será a favor de las segundas.

 

OBSERVACIONES CLINICAS

En tres pacientes, los cuales aunque lógicamente presentan divergencias entre sí, tiene en común conflictos relacionados con identificaciones contradictorias, uno de ellos intentó seguir el modelo explícito dado por los padres, otro adoptó el implícito, el tercero se paralizó en su identidad si bien con un gran incremento de las fantasías dirigidas a darle cuerpo a un yo ideal pero con incapacidad para realizarlo en la conducta.

Primer caso

L, una mujer de 24 años, bien parecida, casada hacia cinco, inició tratamiento en la convicción de que lo hacía a fin de resolver determinadas situaciones matrimoniales que ya no podía tolerar más y que ella atribuía a la conflictiva del marido pero tenía la esperanza de que a través del análisis propio podría capacitase para entender y manejar los problema del esposo y así salvar las dificultades conyugales.

Esta negación de su propia conflictiva se superó, no obstante, en un lapso relativamente corto y la paciente demostró una buena capacidad de insight.

El padre de L, un próspero hombre de negocios, pertenece a un grupo étnico muy cohesivo el cual presenta normas de conducta altamente codificadas y donde cobra especial importancia el rechazo de exogamia fuera del grupo. El padre aparentemente valora en alto grado todo lo relativo a esta situación grupal y aun cuando no demuestra gran religiosidad si insiste en que sus hijos se incorporen a su religión y costumbre, tema que se repite invariablemente en las conversaciones cotidianas. No obstante eligió compañera fuera de su grupo. Así, la madre de L proviene de un contexto étnico diferente al del padre.

L cree tener indicios en el sentido de que los padres conservaron secreta su unión durante varios años, aun cuando un hermano mayor y ella misma ya habían nacido. Sin embargo los recuerdos infantiles de L ya se refieren a una situación matrimonial establecida de los padres en la cual aparece el padre como figura directriz que toma las resoluciones y define los valores y la madre como la figura irritable, exigente y quejumbrosa contra las actitudes del padre pero que en lo formal las apoya.

No obstante, la madre nunca aceptó incorporarse a la religión del padre ni pasar por los rituales necesarios para ser considerada como un miembro del grupo étnico de él a pesar de que ella tampoco es particularmente devota de su propia religión y de que parecen serle indiferentes los valores de su grupo de origen. Ambos padres sostienen explícitamente que dejan a sus hijos en libertad de elegir entre las dos religiones, pero también  ambos hablan de continuo acerca de que lo único aceptable es que se adopte la del padre, es más, éste ha expresado múltiples veces que se sentiría rechazado por los hijos si estos no se incorporaran a su religión o si eligieran pareja fuera de su grupo.

Junto con todo lo anterior, ha sido también tema repetitivo familiar el puntualizar que a causa de no haber querido la madre adoptar formalmente la religión del padre, los miembros de la comunidad de éste sólo aceptan en forma parcial a L y sus hermanos y que siempre hay un substrato de rechazo sutil pero efectivo contra ellos. La conversación suele terminar manifestando la madre que a pesar de su repugnancia estaría dispuesta a “sacrificarse en pro de los hijos” sometiéndose por fin a los rituales necesarios, a lo cual el padre responde que de ninguna manera estimaría justo que ella hiciera tal “sacrificio”.

Es obvio que el origen del conflicto de cada uno de estos padres radica en situaciones mucho mas primigenias de lo que serían la religión y los valores grupales, pero en la medida en que los conflictos no resuelto se expresan en la conducta y ésta ha de ejercerse tanto con respecto a las instituciones primarias como a las secundarias, si esta últimas se presentan es especial para que sobre ellas se proyecten las angustias se verán recargadas con toda la problemática del sujeto.

Esta situación que siempre existió en el hogar de los padres de L no había hecho crisis sino hasta que los hijos llegaron a la edad de definir una identidad precisa personal, individuada, del núcleo familiar.

L, al entrar en la adolescencia, fase en que se hace imperativa la adopción de una identidad, se resolvió por tomar la identificación manifiesta que el padre le ofrecía y de acuerdo con ello empezó a frecuentar más a las gentes del grupo paterno. A los 19 años se casó con un joven de ese contexto, el matrimonio se realizó dentro de la religión paterna que, por descontado, era la misma que la del marido, y L previamente cumplió con los requisitos exigidos para pertenecer a esa religión y a esa comunidad.

Por supuesto que si L resolvió tomar esa determinada alternativa de identificación y no alguna de las otras que se le ofrecían fue obedeciendo a todo el cortejo de motivaciones suscitadas por la totalidad de su dinamia. Así, en la identificación predominante en L actuaban, sin lugar a dudas, problemas edípicos arraigados sobre angustias mucho más tempranas correspondientes a las fases de separación individuación e incluso oral, pero debido a la fuerte presión ejercida por los padres respecto a identificaciones y dado el carácter contradictorio de ellas se le cerraban muchas posibilidades de que su elección fuera sublimatoria y adaptativa.

Una vez casada comenzó a cambiar la conducta manifiesta de L con respecto a sus padres. Adquirió la convicción consciente de que la madre la odiaba y buscaba destruirla. Empezó a sentir rencor contra el padre y no desaprovechaba ocasión de señalarle sistemáticamente cualquier defecto o debilidad que pudiera descubrir en la gene y en el sistema de vida de su comunidad. Con la madre trataba de eludir cualquier conversación significativa así como el menor asomo de disensión ya que tenía la convicción de que la madre buscaba destruirla y temía no poder controlar y llega incluso a la agresión física contra su madre. No se explica a el que los hermanos hubiesen comenzado a acusarla de que intentaba gobernar sus vidas queriendo imponerles normas de conducta y pretendiendo pasar por depositaria de todas las virtudes.

Lo que para L estaba resultando inconsciente es que se había identificado con el superyó persecutorio del padre y que la fantasía inconsciente de haber destruido a la madre hacia que ésta pareciera como su perseguidora.

Por otra parte los mecanismos inconscientes de L la habían llevado a aceptar por compañero a un hombre cuya conflictiva embonaba con la suya propia. El marido, carente de fortuna, mostró desde los primeros tiempos que uno de los principales incentivos que había tenido para casarse con L había sido el buscar apoyo de toda índole, pero sobre todo financiero, en el padre de ella y evidenciaba, además, una gran intolerancia para la cercanía de objeto. Al poco tiempo de casados huyó al extranjero al enterarse de que L se había embarazado y sólo accedió a regresar cuando ella fue a buscarlo y le enteró de que el embarazo estaba interrumpido, pero aun así puso como condición de retorno el recibir del padre de su esposa una fuerte suma de dinero adicional al que le había sido entregado en calidad de dote; esta segunda suma le fue entregada. Aparentemente L no se percató de la devaluación que para ella significaba aceptar semejantes condiciones, y es que eso le permitía identificarse con la madre devaluada y así en cierta forma repararla.

Posteriormente embarazó L de nuevo y esta vez sobrevino aborto espontáneo.

Más adelante ya no se permitió embarazar más pero pudo encubrir sus limitaciones proyectándolas en el marido ya que la conflictiva de él se presentaba en forma mucho más aparatosa hasta el grado de decirle  L en repetidas ocasiones: “siento que moriré en el mismo momento en que nazca un hijo mío”. Después el esposo fue espaciando los contactos genitales con L hasta abolirlos por completo y se enfurecía si ella trataba de iniciar cualquier acercamiento sexual o de cualquier otra índole (social, laboral, etc. pasaban el día él en el negocio que el padre de ella le había instalado y ella en casa de sus padres, no tenían ninguna vida social.

En este punto L inicia tratamiento psicoanalítico expresando que va en busca de una fórmula para comprender al marido ya que ella anhela tener hijos y él se lo impide.

En el curso del análisis puedo L irse percatando en la participación que tenía en toda la situación y de hasta qué punto la figura del marido le estaba sirviendo para atacar al padre y carecía de significación propia. Pasaron meses antes de que le mencionara por su nombre y en cambio hacía énfasis en llamarlo “mi esposo” a la vez que su material manifiesto inmediato demostraba lo poco que funcionaba él como tal. Pero L, al presentarle al padre toda la esterilidad emotiva del compañero que había elegido de entre la comunidad idealizada por el padre, le proclamaba a éste  su convencimiento de que la tal comunidad era un objeto malo inaceptable.

En sesión L citaba siempre a eta comunidad, a la que al parecer se había incorporado, con frases tales como “…entre nosotros es costumbre…” “…nosotros pensamos…” “…nosotros hacemos…” paralelamente a quejas inacabables acerca de la forma de ser y de actuar de esas gentes y a constantes aclaraciones acerca de todo lo diferente que ella se consideraba.

Pero el tema repetitivo era una lamento en el sentido de que para ella no había ubicación en este mundo, que no le era posible ni siquiera imaginarse el estar a gusto en ningún ambiente, que no era capaz de decirse a sí misma: “Tú eres de tal y cual manera” porque ignoraba como era en realidad.

L no podía visualizarse con una identidad definida porque no toleraba ninguna de las identificaciones que los padres le ofrecían, tampoco podía prescindir de ellas y no sabía encontrar otras.

Al año de análisis sus relaciones con los padres eran mucho menos hostiles. Empezó a pensar en la posibilidad de divorciarse y seis meses después lo hizo: el duelo correspondiente a esta resolución había sido elaborada de antemano así que con este acto borró de su vida al que había sido un simulacro de esposo. Desmanteló su departamento y regresó a vivir con los padres.

A los tres meses de divorciarse me comunicó su decisión de interrumpir tratamiento y salir en un largo viaje internacional, sugerido por el padre, al final del cual se quedaría residiendo un tiempo prolongado en un país donde podría convivir estrechamente con gentes de la comunidad paterna, llevaba la intención de casarse de nuevo allí.

Decía que se consideraba lo suficientemente curada ya y que no tenía pues sentido continuar el tratamiento.

No pude impedir este acting regresivo a pesar de señalarle el peligro en que estaba de repetir una mala elección de objeto y de interpretarle el significado de su fuga hacia la salud que en realidad estaba detonando su temor al afrontar en análisis, ahora sí, toda su problemática puesto que ya no disponía de su marido para proyectar en él sus partes malas, o sea, para interponerlo entre ella y yo, es decir entre su material y su yo observador. También interpreté en términos de problema edípico, mostrándole la reactivación de sus ansiedades ante la cercanía física con el padre y el temor a represalias de la madre y, en la transferencia (yo como figura madre-padre) a cercanía conmigo y a represalias mías.

Lo que no interpreté fue que no podía tolerar el afrontar su carencia de identidad, que para ella representaba individuación, a que al divorciarse había perdido la precaria identidad trabajosamente adquirida. Al suceder eso se reactivó el miedo a fusionarse en los padres por lo que necesitaba poner distancia física de por medio y además regresar a la vieja identificación (en el país lejano donde esperaba casarse).

Es decir que yo estaba interpretando en un nivel que, aún siendo cierto, no representaba el nodular del momento. Es verdad que la paciente estaba haciendo una regresión pero como Ramírez (1968) enfatiza “. . . la regresión (como entidad aislada) es sólo un concepto didáctico. . .” ya que “Un  ser humano es una totalidad en el más amplio sentido de la palabra. En todos sus momentos nos encontramos en presencia de la personalidad total; en toda situación se están sucediendo process regresivos, adaptativos y sublimatorios. . .”

Ahora bien, para valorar una situación dada, en  un corte transversal, es preciso estimar el interjuego de los diversos mecanismos y si hay uno o varios que predominan cuantitativamente catalogamos la situación como resultante, principalmente, de este mecanismo predominante aunque teniendo en cuenta que cualitativamente existen también los demás y es preciso incluirlos.

L se fue al viaje y durante unos meses todo marchó aparentemente bien, hasta el momento en que iba a iniciar el vuelo hacia el país en cuestión. Un día antes cayó en cama presa de severa lipotimia, intensa angustia e incontrolable temor a morir inmediatamente. Además tenía mucho miedo de que su madre estuviera agonizando aquí y le estuviese reprochando el no estar junto a ella. Pasaron días y ninguna atención de los médicos generales a los que llamó podía aliviarla.

L estaba en la situación que Avelino González (1962, 1964) denomina con el término de “urgencia de reunión” y que aplica a los casos en que la angustia de separación surge a consecuencia del abandono del objeto por el sujeto. L, para quien el abandonar  a la madre significaba además matarla tenía que pagar según la ley del Talión, muriendo ella misma. Aun cuando L estaba siendo presa de la urgencia de reunión el hecho es que la crisis no emergió en los países carentes de significado emotivo y si ante la inminencia de llegar al lugar donde podría retomar la identificación que implicaba un rechazo más contra la madre como consecuencia de todo el interjuego de identificaciones contradictorias. Es evidente que esto último vino a representar el refuerzo de angustia que sirvió de precipitante.

L se vio precisada a interrumpir el viaje y retornar para comprobar que sus fantasías destructivas no se habían realizado. Se puso inmediatamente en comunicación conmigo. La crisis perduró varias semanas en las que se hizo necesario un muy nutrido número de sesiones y aun necesitó la paciente llamarme por teléfono algunas veces en el curso de la noche. Además de la sintomatología descrita existía intenso insomnio y agorafobia; sólo se permitía salir de su habitación para venir a mi consultorio. Las interpretaciones acerca del manejo que estaba haciendo de la agresión abarcaban, por supuesto, tanto a su relación con los padres como a la transferencia.

No obstante, esa crisis marcó un punto de inflexión en el análisis. De ahí en adelante la curva del material tomó una nueva trayectoria en donde la progresión se va logrando paulatinamente de manera efectiva. Con respecto a identificaciones ha podido ir aceptándolas en forma genuina sin vivir ya al grupo del padre como persecutorio, lo que le permite incorporarse sin sentirse obligada a ello, asimismo puede relacionarse también con gentes del grupo de la madre y en la medida en que ha  ido disminuyendo su sentimiento de culpa y además pudo ir valorando la condición su sentimiento de culpa y además pudo ir valorando la condición culpígena del carácter de la madre, le es posible acercarse más a ella sin temor a dañarla o a ser dañada. Con el padre, también tolera el acercarse, sin miedo a ser absorbida por él. Amplió considerablemente su área laboral y, por supuesto, ya puede viajar sin angustias.

Segundo Caso

Se trata de una muchacha de 17 años, M, cuya madre le indicó que iniciara tratamiento analítico a fin de que éste le ayudara a resolver los problemas de conducta fuera inadecuada pero sí la joven estuvo de acuerdo en analizarse aun cuando no consideraba que su conducta fuera inadecuada pero si deseaba –según expresó en las entrevistas iniciales- “definirse a sí misma”, “encontrar lo que quiere, en verdad hacer de su vida”, “orientarse acerca de con quién desea tener trato y con quién no”. Estos, que son anhelos generales de los adolescentes pronto se vio que en M estaban reforzados por un problema de identificaciones contradictorias.

En efecto, en este caso, al igual que en el anterior, el padre y la madre pertenecían a grupos con valores disímiles, y también como allí, no habían podido integrar constructivamente esta diversidad. No obstante aquí la madre, que había sido acérrima partidaria de la religión y valores de su grupo de origen, no sólo accedió a convertirse sino que pasó a ser, la más enardecida propagandista de las excelsitudes de su recién adquirida religión y de los nuevos valores societarios: Cuando M nació esto ya había sucedido.

La madre apareció siempre como la figura directriz y el padre como alguien de carácter débil.

El clima del hogar se M tenía los siguientes matices con respecto a identificaciones:

La madre:

1)      Insistiendo en que los hijos cumplieran con “el deber” de atender escrupulosamente a los rituales religiosos y culturales del grupo “oficial” predominante en el hogar.

2)      Contándoles, con gran dramatismo a sus hijos, en múltiples ocasiones, el de sinnúmero injusticias que hubo de padecer de ese grupo el cual, según les decía, siempre se comportó con ella en forma hostil, rechazante y aun abiertamente persecutorio.

El padre:

1)      Explicándoles que él de ninguna manera querría imponerles las normas de conducta ni la religión de su comunidad. Que eran absolutamente libres de elegir amistades y tipo de vida fuera del grupo e incluso, a la hora de escoger pareja, hacerlo como mejor les pareciera.

2)      Tachándolos de ingratos para con él y de injustos para con “todo lo que él ama” cuando frecuentan amigos o adoptan costumbres que son ajenas a su comunidad.

El par de identificaciones contradictorias que cada padre le ofreció a M está claro.

Aquí la identificación explícita que la madre ofrece es ser de la comunidad en cuestión. La implícita es no serlo.

En cuanto al padre, todavía ofrece un panorama más complejo ya que él presenta  su propia identidad explícita en el sentido de pertenecer a su comunidad y no amar ni acatar más valores que esos, y la implícita de amar y acatar valores ajenos. Pero a la vez, a sus hijos les da explícitamente normas de conducta contradictorias.

M. resolvió aceptar la identificación 2) de la madre, esto es, la implícita, y en consecuencia manifiesta odio hacia la comunidad “oficial” de la familia. Con respecto al padre aceptó también la identificación implícita, es decir, sale con muchachos del grupo de origen de la madre y sigue los valores de ese grupo.

Resultado: el padre se lamenta de la ingratitud de M. La madre se indigna ante lo que llama rebeldía y mala conducta de su hija y la acusa de no obedecer los únicos reglamentos adecuados, es decir los que ha estado imponiendo de acuerdo con la identificación 1) que suministra. Estos son los problemas de conducta por los que la madre insistió en que M iniciara tratamiento.

M defiende, con el apasionado ímpetu el adolescente, su posición, aduciendo que sólo está siguiendo legítimamente las normas de conducta explicitadas por el padre en su punto 1) y que tiene pleno derecho a odiar a quienes son gentes odiosas (punto2) de la madre). Pero esta actitud combativa y aparentemente resuelta encubre profundos sentimientos de culpa que se manifiestan en repetidas autoagresiones, una de ellas es que siendo muy bonita, cada vez que algún muchacho de su agrado la corteja desarrolla tal compulsividad a comer que se torna obesa, ante lo cual se recluye avergonzada y rechaza al muchacho. Cuando, tras una temporada de haber regularizado su alimentación recobra el peso normal, basta un pleito con la madre o una tanda de quejas del padre para que vuelva a recaer en su fijación oral que se traduce en una tan clara autoagresión como es la obesidad.

Al iniciar análisis el material manifestó de M estaba henchido de indignación ante lo que consideraba “la hipocresía” de sus padres. Mostraba muy claramente lo que Remus (1969) describe: “El adolescente cuando pone a prueba a los adultos de su ambiente. . . es capaz de perdonarlos cuando admiten sus errores, pues le enseñan una dimensión humana, pero despreciará, temerá y engañará a los adultos que se le muestren infalibles”.

Sin embargo pronto la jactancia de M cedió paso a la expresión de efectos subyacente que le producían gran monto de angustia y esto era la sensación de estar destruyendo a ambos padres. Aunque aparecía rebelándose, estaba sometiéndose a las situaciones de que era objeto por parte de ellos.

En este caso de M donde era tan importante la obtención de una identidad precisa –no sólo por tratarse una adolescente y estar en la fase del desarrollo donde cristaliza la identidad, sino por la conflictiva particular de la paciente- fue de gran ayuda para el manejo terapéutico lo que Gringber L. y Gringber R. (1966) describen: “. . . aquel aspecto de la identidad que se relaciona con las semejanzas del individuo consigo mismo y las diferencias específicas con respecto al objeto, las cuales se obtienen por comparación y contraste con los demás se establecen y consolidan gradualmente a través de la utilización del encuadre analítico y del analista como continente de todas estas características. El otro aspecto de la identidad que se refiere a las distintas representaciones del self en el tiempo estableciendo una continuidad entre ellas y dando la base al sentimiento de mismidad, es favorecido por la continuidad y regularidad de las sesiones lo cual fortalece  este sentimiento de continuidad; otro vínculo con el analista es el que se refiere a la connotación social de identidad e implica la noción de pertenencia a un grupo que en la situación analítica es el constituido por la pareja paciente-analista que reproduce el primer vínculo grupal madre-hijo. A este respecto la incorporación del padre que en la situación analítica estaría dada por la doble connotación transferencial materna-paterna del analista amplía los límites grupales”.

Para M resultó la situación analítica como un mundo propio que le daba sensación de identidad en los aspectos citados por los Grinberg. Expresaba que el tratamiento analítico era “suyo” y ahí estaba segura de no ser invadida por los objetos externos, sobre todo por sus padres. Cuando estos desearon en varias ocasiones ponerse en contacto conmigo pudo M aceptar los parámetro del tratamiento para estas ocasiones, esto es, les expliqué a ellos y a M que para poder recibirles en entrevista era preciso que la paciente diera su aprobación y que, si bien el material de ella no se discutiría con los padres salvo en líneas muy generales y aun éstas habiéndole yo avisado a M en qué consistirían y previa su autorización; los padres estuvieron de acuerdo y las entrevistas fueron fructuosas.

Este manejo del secreto analítico no sólo llena la función ética de respetar las comunicaciones íntimas del paciente y la función terapéutica de favorecer la aparición y verbalización del material, sino que en personas que particularmente temen ser invadidas por los objetos externos, como era el caso de M, significa una protección de su identidad. Namnum en su trabajo sobre el secreto (1959) escribe: “. . . el secreto puede representar uno, varios o todos los objetos que constituyen el instrumento de descarga de los impulsos pregenitales. En este caso sin embargo, el secreto representa un intento de independencia del objeto y la conducta secreta es frecuentemente una manifestación de amor ambivalente. A pesar de este intento de independencia del objeto, el secreto en este caso permanece al servicio del instinto. Un enfoque de los aspectos no pasivos, sino activos del yo, nos muestra que el yo, por otra parte, puede utilizar el secreto para sus fines propios, independientemente de los instintos, en varias formas. Puede utilizarlo con el objeto de preserva su individualidad; de afirmar y enfatizar sus fronteras externas e impedir así la invasión del exterior. Puede utilizarlo con fines defensivos, con el objeto de afirmar y reforzar sus fronteras internas; es decir, de controlar los instintos, particularmente en tiempos de incremente de la actividad instintiva. . . “

En M se daban todas estas motivaciones. Por estar en la adolescencia se hallaba sometida a un aumento de las presiones instintivas y temía no poder manejar su agresión contra los objetos externos, el verbalizarla en la situación analítica y tener la seguridad, a través del secreto, de que el material no alcanzaría a esos objetos era una forma de protegerlos; sentía hacia ellos una fuerte ambivalencia reforzada por las identificaciones contradictorias que le ofrecían y le era de urgencia delimitar su identidad y separarla de la confusa que sus padres presentaban. Además, como Margolis (1969) señala: “. . . para mantener la igualdad interna y la continuidad es necesario sentir. . . que hay verdades básicas de sí mismo a las que nadie más tiene acceso, quien carece de eso no tiene en qué fundar su identidad. . .”

Al ir M avanzando en su análisis y empezar a poder canalizar más adaptativamente su agresión fue perdiendo el temor a destruir a sus padres y por consecuencia a ser destruida: al hallarse así más impermeable ante la agresión de los padres ya puede acercarse más a ellos sin sentirse invadida.

Siendo así le fue más fácil ir analizando las identificaciones contradictorias, separadas, desglosarlas y tomar de ellas las partes buenas para su propia identidad.

Tercer Caso

El paciente H.

Se trata de un hombre de 24 años que inicia tratamiento psicoanalítico bajo la presión de una intensa angustia.

Un año antes, estando a punto de graduarse en sus estudios profesionales y a raíz de comunicarle su novia que durante las breves semanas en que no se habían visto por estar de vacaciones, ella se había percatado de que estaba embarazada como consecuencia de las relaciones sexuales de ambos y había interrumpido el embarazo. H cayó en una grave crisis con características de esquizofrenia paranoide y hubo de ser internado en una institución psiquiátrica donde recibió tratamiento a base de fármacos durante una semana siendo externado al cabo de ese tiempo residía entonces en el país de origen de la madre, mismo en que el nació y donde tiene la ciudadanía. Al ser externado del hospital psiquiátrico se trasladó a este país a vivir con los padres que residen aquí desde hace varios años. Durante un año pudo mantener un precario equilibrio a base de hacer una vida totalmente marginal, sin ninguna actividad laboral ni de relación social ni sexual. Al cabo de este tiempo una comunicación de las autoridades de su país natal exigiéndole por presentarse para el servicio militar con altas probabilidades de ser enviado a un frente de batalla desencadenó el estado de gran angustia que le hizo buscar tratamiento.

Presentaba un aspecto personal muy desaseado. Hirsutas y largas melenas y barba, zapatos rotos y ropa en malas condiciones de higiene. El estado económico de sus padres es desahogado;  el padre es profesionista y tiene ingresos que sitúan a la familia en clase media y además el presupuesto se incrementa con importantes ayudas del abuelo materno que es un fuerte industrial.

El material manifiesto de los primeros tiempos del tratamiento de H se caracterizó por la avasalladora angustia y por una protesta vehemente de la exigencia de incorporarse al ejército. Sostenía que a las autoridades de su país no les concedió el derecho para imponerle normas de vida, si bien se lo adjudican a sí mismas abusando de la fuerza del poderío. Que además es un país dañado que preconiza unas ideas y lleva a cabo otras y, en consecuencia a él le avergüenza ser “hijo de ese país” y no quiere serlo más pero si no ha renunciado a aquella nacionalidad es porque en alguna forma no puede pasarse sin ella y la añora. Tampoco le sirve la nacionalidad del padre porque casi no conoce su país y aquí, si bien es donde ha transcurrido la mayor parte de su vida, siempre se ha sentido extranjero como extranjeros se sienten sus padres. Aseguraba que la única forma de saber “quién es él” era a través de sus ideas políticas y sociales que consistían en solidarizarse con un grupo de gentes, casi todas jóvenes, que actuaban su forma de protesta ante la “maldad” del mundo externo inmovilizándose para así constituir un “mudo reproche” de lo que ese mundo hizo de ellos. Pero H ni siguiera con ese grupo podía identificarse por completo ya que sentía estar recibiendo de continuo una información del exterior y que él no era capaz de traducirla ni de captar su mensaje ni entenderla y sin embargo sabía que le era imprescindible hacerlo ya que se trataba de algo con importancia capital y resultaba indispensable que él actuara pero no podía precisar de qué se trataba ni que debía hacer.

Desde hacía varios meses había empezado a ingerir mariguana, LSD y fármacos tranquilizantes aunque en dosis –según él- mínimas con relación a lo que otros conocidos suyos toman.

Es claro que el desencadenante de la primera crisis había tenido dos componentes: uno al acercarse a un punto de sus estudios, la graduación después del cual tendría más responsabilidad y se sentiría obligado a definir una identidad laboral; el otro componente fue la fantasía inconsciente de haber matado a su hijo lo cual, por asociación libre en sesiones se vio que representaba la fantasía temprana de matar a su hermano menor con el cual siempre tuvo honda rivalidad no resuelta. Además de lo anterior se le interpretó en términos edípicos el material que aportaba de su angustia con respecto a las relaciones genitales con la novia ya que aparecían  aspectos claros de conflictos correspondientes a esta fase del desarrollo si bien, por supuesto, el nódulo principal del conflicto no resuelto de este paciente radica en épocas, con mucho, anteriores de su desarrollo psicosexual que, por lo tanto no le permitieron elaborar la edípica.

Durante un tiempo las figuras parentales estuvieron enmascaradas tras de los conceptos personificados de los “países contradictorios”. La carencia  de identidad de H quedaba también escondida tras su pseudo identidad de reformador idealista. Estaba realizando lo que Feder (1969) dice: “. . . una tendencia de edición fanática que puede estar representada por las barbas, la melena, el LSD o una ideología cualquiera, es la búsqueda de lo uniforme, del uniforme que lo distinga para hacerlo igual y que le permita ser aceptado y sentirse deseado dentro de una comunidad fin en la que hallará el consuelo de no haber sido querido por sus padres”.

Pero cuando los padres fueron emergiendo tras la cortina de humo se vio que la queja principal era: “Mis padres son inconscientes y contradictorios y por lo tanto no me brindan apoyo y estoy en peligro de perecer. Mi madre, por ejemplo dice a todas horas, hasta que nos aburre, que lo único que vale la pena en el mundo es ser ciudadano de su país pero en cambio hace muchos años que ni visita su patria y asegura que está muy satisfecha viviendo aquí. Mi padre habla de que el país de mama no vale nada, pero bien se aprovecha del dinero del abuelo, que proviene de allí y bien que utiliza la nacionalidad de mi madre y la mía cuando le conviene para obtener un contrato con una negociación de ese país. . . y el resultado es que yo. . .no sé a dónde pertenezco ni quién quiero ser”.

El padre de H, un hombre con frecuentes expresiones de ira y la madre con esa misma característica, se enzarzan a manudo en violentas discusiones. El paciente se retira entonces –ya lo hacía así desde pequeño- a lo que él llama su “cubil” o sea a sus habitaciones privadas donde tiene su “territorio intocable” y ese sí lo defiende con “uñas y garras” no permitiendo que nadie penetre ahí porque siente que si la madre entrara ya no tendría forma de sacarla nunca más y si lo hiciera el padre ya no le quedaría a él más remedio que sometérsele incondicionalmente.

Es decir que para H lo que él llama su “cubil” y su “territorio” representa el último bastión para defender su individualidad y así expresa “allí puedo ser yo como soy sin que los demás vengan a imponerme nada de todas esas cosas sin congruencia que me ofrecen”. La integridad de su territorio representa la integridad de su yo y un intento de adquirir identidad.

Ardrey (1961) en sus estudios acerca del reino animal observó que la defensa del territorio  es un patrón de conducta que tiene supremacía incluso sobre la orientada hacia la defensa de la hembra y que el imperativo territorial está por encima de la actividad sexual, es más, que la pareja sexual tiene relaciones más estables en la medida que ambos cooperan en la defensa de una propiedad. Desde luego no es adecuado extrapolar, sin más justificación, la conducta de unas especies animales a la de otros y así, la actuación del ser humano no tiene porque ser idéntica a la de otros mamíferos por lo que en común tenemos con ellos es interesante la observación de Ardrey si se piensa en la reacción de H. acerca de “su territorio”. Y con respecto a su sensación de que si permitiera que el padre invadiera su “zona” el tendría que sometérsele, vale la pena recordar las observaciones que Morris (1968) reporta, hechas en jóvenes monos machos que se dejan montar por otros monos dominantes que de otra forma les habrían atacado, las hembras dominantes puede montar de igual manera a otras hembras inferiores, opina Morris que se trata de la utilización de una línea sexual en situaciones no sexuales y que este fenómeno, corriente entre los primates, ha resultado ser sumamente valioso para ayudar a mantener las armonía y la organización del grupo y que al no estar sometidos los primates a un intenso proceso de formación de parejas no corren el riesgo que podría derivarse de los apareamientos homosexuales.

Las fantasías conscientes de H con respecto a cuál sería su manejo de la agresión en caso de que el padre llegara hasta su último reducto parecen apuntar hacia un sometimiento incondicional a la figura que vive como perseguidora. Esto estaría en línea con el manejo que estaba haciendo de su agresión en el sentido de no permitirse descargarla mediante ningún canal motor sobre los objetos externos por temor a ser aniquilado por ellos y volcándola sobre sí mismo hasta el punto de estar “como muerto” a fin de aplacar así al posible agresor, lo cual es una forma de someterse a los supuestos designios del agresor. Esto es, una forma atenuada de suicidio como un mecanismo de defensa, si bien muy regresivo.

En lo que se refiere a los padres de H el temor de éste a ser asesinado por ellos caía en el terreno de las fantasías  inconscientes tempranas pero en lo tocante a la institución secundaria país-padre-madre era una situación que estaba ocurriendo en el aquí y ahora de la realidad externa y según la cual las autoridades –país- figuras parentales escudándose en identificaciones contradictorias (H sentía que proclamaban la libertad del ser humano y no actuaban en consonancia con ello) querían enviarlo a “territorio ajeno” para que allí se perpetrara su exterminio. Y también en el aquí y ahora de la realidad solo pudo detener ese golpe de agresión muriéndose parcialmente dentro de su “cubil”. Vino a refugiarse en un territorio donde se sentía un poco más a salvo del “poderío” de las figuras de autoridad persecutorias y desde aquí se negó a regresar para incorporarse a filas; no obstante para conjurar definitivamente la amenaza fue preciso que yo comunicara al cuerpo médico del ejército de su país el diagnóstico de los trastornos psíquicos que padece, es decir, que en efecto, no “vive” por completo.

De no haber existido las identificaciones contradictorias podría haber encontrado H otra salida contra la amenaza de tener que ir al ejército y era la renuncia  la nacionalidad suya por nacimientos y la adopción de la nacionalidad del padre pero no pudo hacer esto. Expresaba: “Algo, que no sé que es, me impide resolverme por una u otra nacionalidad; la que tengo ahora me vino al nacer, o sea que yo no tuve culpa en ella, yo no la elegí nadie me lo puede reprochar, ni yo mismo”.

Con respecto a las importantes comunicaciones que sentía estar recibiendo y no ser capaz de comprender a pesar de requerir urgente acción de él, su material asociativo apuntaba en el sentido de que se trataba de una sensación de incomunicación entres las parte suyas escindidas. Pero además apareció posteriormente otro determinante de este síntoma y era que no podía entender los mensajes de identificación contradictorios de los padres a pesar de serle tan necesario comprenderlos para conseguir su identidad y, aún más, le era de suma urgencia traducir los mensajes contradictorios de las autoridades de su país o corría peligro de perecer.

La inmovilización de H se extendía incluso a su manejo corporal. Traía a menudo a sesión el tema de lo mucho que escandalizaba a las gentes “convencionales” con su barba y su melena. En una ocasión en que para hacerle unas interpretación utilicé las palabras: “. . . por eso usted se deja crecer el pelo y la barba. . .” me replicó sencillamente “yo no me las dejo crecer, lo que ocurre es que no los corto”. Debo aclarar que este paciente tiene gran capacidad para el pensamiento abstracto así que su respuesta no se debió a concretismo.

Ahora bien, el aparecer con aspecto francamente desaliñado y el ostentar barba y cabello más largos de lo que la mayoría de las gentes de su alrededor lo usan tenía también para él como finalidad el llamar la atención de lo que denominaba “las gentecillas del ‘establishment’” –o sea de sus padres- como un clamor de que de alguna  manera le hicieran caso. Lo que él vivía como descarga suya puramente agresiva contra “esas gentes” era, en verdad, agresión al servicio de su libido.

Además en la medida en que las personas le miraran a su paso e hicieran comentarios acerca de él –aunque fueran comentarios hostiles- le demostraban que no estaba totalmente muerto y que sí existía como una entidad separada, esto, que así se cercioraba de que había una separación entre el mundo externo y el interno, entre el yo y el no yo, que poseía una identidad.

El poeta Antonio Machado tiene una coplilla que dice:

Los ojos que ve no son

Ojos porque tú los veas

Son ojos porque te ven.

Y H necesitaba ser visto y clasificado con una determinada identidad aunque fuera la fantaseada de ser un libertador de la humanidad, fantasía que nunca pasó ni siquiera al intento de ejecución en la realidad motora. Por eso pretendiendo pertenecer a un determinado grupo no frecuentaba muchos lugares donde hubiera personas así porque allí no habría llamado la atención su apariencia que sería como la de los demás.

Pero a la vez que buscaba la aceptación de los objetos externos necesitaba establecer separación con ellos para contrarrestar el peligro de destruirlos con su agresión despertada por la convicción de sentirlos objetos malos. El depender en tal grado del mundo externo corresponde a lo que Rapaport (1956) llama una pérdida de autonomía con respecto al ello y que requiere, por contrabalance, apoyarse en la realidad en un intento de reforzar con ella a los débiles aparatos yoicos que son quienes tiene, como una de sus funciones, la de mantener las autonomías del yo. Es claro que H. no podía mantener la autonomía de su yo con respecto al ello en lo que se refiere al impulso agresivo y a las concomitantes fantasías inconscientes de destrucción.

José Luis González (1969) al hablar de que la fantasía inconsciente ha sido llamada el corolario del instinto aclara: “Con esto se quiere significar que los instintos embisten primero justamente a los objetos internalizados y las ansiedades que esto provoca, al provenir del instinto destructivo, amenazan al débil yo del niño con la aniquilación. Un forma momentánea de alivio es proyectar al exterior aquello que se siente amenazante”.

Los objetos externos de H, aparecería como predominantemente malos,  situación reforzada por el mensaje constante de identificaciones contradictorias proveniente de los objetos externos, todo lo cual le dificultó desarrollar adecuadamente los aparatos yoicos y al suceder eso no pudo hallar canales motores para la agresión destructiva generada; como consecuencia se incrementó la fantasía inconsciente correspondiente la cual por proyección fue situada en el mundo externo. Pero de ese mundo externo llegó un estímulo que corroboraba su fantasía proyectada, amenazándole con la aniquilación real y esto fue la orden de incorporarse a filas del ejército con vistas a ir como combatiente a la guerra. De ahí provino el ser invadido por segunda vez por la angustia ya que sus deficientes mecanismos de defensa no fueron suficientemente efectivos para protegerle. Uno de ellos fue un ansia, de incorporar objetos buenos a nivel de drogas alucinógenas pero con  las cuales cumplía su necesidad de autodestruirse, otro fue la formación reactiva consistente en una apariencia de ascetismo, mecanismo éste que es uno de los descrito por A.Freud (1961) para los casos, como sucede en la adolescencia y le sucedía a H., en que los impulsos instintivos amenazan con irrumpir incontroladamente. En H, el ascetismo lo llevó al estudio de teorías filosóficas provenientes de los países de Oriente, que según él le ofrecían la salvación mediante la sujeción de todas las satisfacciones hedónicas, incluso la derivada de la ingestión de alimentos por lo cual comía tan sólo lo indispensable para no enfermar físicamente. Aquí aparecía de nuevo el objeto malo (comida) y el mecanismo de autodestrucción (morir por hambre).

En H estaban constantemente en pugna su necesidad de vivir y la de castigarse provocándose la muerte. M. Klein (1955) asevera que: “la tendencia a la integración que rivaliza con la disociación es. . . desde la más temprana infancia un rasgo dominante de la vida mental. Uno de los principales factores que fundamentan la necesidad de integración es la sensación del individuo de que la misma  implica estar vivo, amar y ser amado por el objeto bueno interno y externo; es decir, existe una estrecha relación entre integración  y relaciones objetales. Recíprocamente el sentimiento de caos, desintegración, de falta de emociones como resultado de la disociación pensó que se vincula estrechamente con el temor a la muerte. Sostuve… que el temor a la aniquilación por fuerzas instintivas de adentro es el más intenso de todos los miedos”.

Las relaciones objetales de H no habían llega a lo que Mahler (1964) llama constancia de objeto en el proceso de separación individuación o sea que no podía separarse de sus objetos primarios por incapacidad de manejar la angustia de separación, y en este caso sí que se trataría de lo que A. González (1962, 1964) llamó urgencia de recuperación ya que aquí el temor a ser abandonado por el objeto, y por ende, perecer, es lo que predomina. Se somete ante el agresor muriéndose parcialmente y así también aplaca al superyoico sentimiento de culpa engendrado por su propia agresión.

H se lamentaba de continuo de que carecía de nacionalidad (para el equivalente a identidad) debido a los mensajes contradictorios de los padres con respecto a qué país es el adecuado que uno debe adoptar. Le resultaba particularmente difícil manejar estas identificaciones contradictorias porque además él se identificaba de acuerdo con el tipo temprano descrito por Reich (1952) donde el sujeto se identifica con el objeto y no con las funciones de éste.

Así, al presentar el objeto posibilidades contradictorias de identificación, H caía en lo denominado por Schachtel (1961) el concepto enajenado de identidad donde el individuo adquiere dos conceptos de la propia identidad, uno fantaseando que posee atributos exagerados (H se imaginaba llamado a mejorar la situación social de la humanidad entera) que a veces pueden llegar a delirios de grandeza, el otro considerándose tan vacio que sólo se siente vivo en la medida en que posea esa determinada cualidad.

Jacobson (1952, 1965) al estudiar las identificaciones psicóticas y referirse al esquizofrénico asegura que en él “es donde aparece en forma inequívoca el hecho de que una manera de destruir al objeto es reemplazarlo con sí mismo o bien el sujeto se reemplaza con el objeto”.

Toda la temprana conflictiva no resuelta de H fue lo que hizo que a la hora de tener que adoptar una identidad precisa y no disponer más que de identificaciones contradictorias no pudiera hallar más camino que el de la anulación a este respecto quedándose con identidad cero, pero el cero –como se dijo antes- de la inmovilización debida a fuerzas de igual intensidad y sentido opuesto aplicadas sobre un mismo punto.

En H se daría el esquema siguiente:

C

A            sujeto            B

 

D

Siendo A Y B identificaciones contradictorias. C temor a ser destruido por el objeto si se moviliza, es decir, si vive, o sea sin está muerto (o al menos si no aparente estarlo). D Temor a destruir con su agresión al objeto necesitado (amado) y una vez sin el objeto indispensable para la supervivencia, perecer, al quedar integrado al superyó pasa a ser el sentimiento de culpa.

De no existir el juego A-B aún cuando el paciente estaba inmóvil por el C-D habría podido movilizarse al aparecer un nuevo elemento importante:

H                                                                C

 

Ataque real (no ya

Fantaseado) a la                              objeto                             necesidad de

Supervivencia                                                                            supervivencia

 

Amenaza de ser enviado a la

Guerra                                                        D

Por supuesto que el patrón “inmovilidad”  debido a A-B se estableció posteriormente al C-D por lo tanto este último al actuar tempranamente cuando las estructuras no están desarrolladas es más significativo pero una vez establecidos ambos, los dos sistemas funcionan con un mecanismo de retroalimentación. En el diagrama 1 el diverso tamaño de las flechas representa su diferente intensidad de fuerza para producir la “inmovilidad”.

H lleva año y medio de tratamiento analítico. En el momento actual sus fantasías ya no sustituyen por entero a la realidad y puede volver a hacer algunas incursiones en las relaciones con el objeto externo si bien son relaciones aún muy parciales. El síntoma de la comunicación  intraducible con el mundo exterior ha desaparecido. Ingiere menos drogas en cantidad y frecuencia. Su apariencia ya no es tan deseada y ha ido reduciendo su aspecto exótico en la medida que ha empezado a disminuir su dependencia del mundo externo por sentir un poco más fortalecidos sus aparatos yoicos.

No vive como tan malos a los objetos y hay algunos indicios de que empieza a vislumbrar la posibilidad de relacionarse con ellos en forma menos destructiva.

En una de sus últimas sesiones aportó una frase nueva, con un vocablo nunca antes usado por él en su material ni por mí en mis interpretaciones lo que ha ce pensar que quizá esté representando en verdad una nueva vivencia y no sea simplemente una intelectualización al servicio de gratificar al terapeuta ofreciéndole lo que desea. La frase fue:

“. . . Empiezo a tener cuerpo. . . “

Es todo lo que se ha podido obtener hasta ahora.

Cuarto Caso

En mi experiencia clínica no he tenido ningún paciente que ilustre la cuarta posibilidad de manejo de la agresión ante las identificaciones contradictorias, esto es, la de rebelarse en pos de destruir a nivel motora los objetos malos. No obstante socialmente si hemos podido contemplar en esto últimos años un fenómeno en el que muchos jóvenes se sublevan ante las identificaciones contradictorias que les ofrecen las instituciones secundarias de nuestra época. Esta situación ya ha costado mucha sangre en muchos países del mundo.

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