Compartimos un texto de Salman Akhtar, publicado en la Revista Gradiva.Vol. IV No.2 del año 1990.

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EL CONCEPTO DE IDENTIDAD
El término “identidad”  fue introducido en la literatura psicoanalítica por Tausk (1919) quien examinó la forma en que el niño se descubre así mismo, y aseveró que el hombre debe, a lo largo de la vida, constantemente encontrarse y experimentarse a sí mismo de nuevo. Según Erikson (1958), Freud se refirió al concepto de identidad sólo en una ocasión, y no es insignificante el que fuera cuando se dirigía al B’nai Brith (Freud 1926ª). Esa “identidad” era necesariamente un término ambiguo, tanto con ramificaciones intrapsíquicas como sociales lo cual tal vez contribuyó a que no ganara mucha aceptación y uso dentro de la literatura psicoanalítica subsecuente. Posteriormente, en los cincuentas, Erikson  (1950, 1956, 1958, 1959) hizo resurgir el término en sus contribuciones a la formación del carácter. Más o menos al mismo tiempo apareció el concepto en los modelos de relaciones objetales y de desarrollo de la formación de la personalidad de Jacobson (1964) y de Mahler (1958ª; 1958b; 1968) respectivamente. Luego, en 1967, Kernberg, en una fértil contribución respecto a la organización fronteriza de la personalidad, enfatizó la relevancia psicoestructural  y diagnóstica de la difusión de la identidad en pacientes con severa patología de carácter. Posteriormente, en 1980, declaró que “es la presencia o ausencia de difusión de la identidad lo que más claramente diferencia a las condiciones fronterizas de las no-fronterizas” (p.14).
A pesar de estos reconocimientos y énfasis más recientes, el concepto de identidad  aún permanece pobremente comprendido y, debido a su interfase social, ambivalentemente considerado en los círculos psicoanalíticos. Para aclararlo pues, puede ser útil empezar con el mismo Erikson. Erikson utilizó el término “identidad de Yo” para denotar “tanto una igualdad persistente con uno mismo (igualdad del sí-mismo) como un compartir constantemente algún tipo de carácter esencial con otros” (Erikson, 1956, p. 12). Posteriormente abandonó el término “Yo” de “identidad del  Yo” para adaptarse a la diferenciación de Hartmann entre el Yo y el sí-mismo. Erikson enfatizó que “identidad” podía tener  muchas connotaciones y referirse en una ocasión a:
Un sentido consciente de identidad individual; en otra ocasión a un esfuerzo inconsciente por una continuidad del carácter personal; en una tercera, como un criterio para las actividades silenciosas de síntesis yoica; y finalmente, como el mantenimiento de una solidaridad interna con los ideales y la identidad de un grupo. (p. 102) (las itálicas son del autor)
Aunque señaló que la formación de la identidad es un proceso de desarrollo que dura toda la vida y cuyas raíces se remontan al más temprano reconocimiento del sí-mismo, Erikson hizo énfasis en que es durante el período de adolescencia cuando se consolida la identidad del individuo. Eissler (1958) compartió este punto de vista, el cual fue subsecuentemente enriquecido por los estudios sobre adolescencia hechos por Blos (1962). Erikson notó que el adolescente intenta integrar lo que sabía de sí mismo y de su mundo, en un continuum de conocimientos pasados, experiencias presentes  y metas futuras, con el fin de elaborar un sentido cohesivo de sensación personal. El fracaso en esta tarea da lugar a una interpretación caótica de la personalidad tanto en su aspecto subjetivo como en el social.
A pesar de que la terminología de Erikson fue ampliamente aceptada y de que su trabajo le dio un impulso considerable al estudio psicoanalítico de la identidad, quedaban aún áreas que requerían de mayor aclaración.  Estas áreas incluían la importancia relativa de las fases infantiles y de la adolescencia en la consolidación de la identidad, las distinciones entre la crisis usual del adolescente y la difusión de la identidad, y finalmente la correlación entre el síndrome antes mencionado y las clasificaciones más tradicionales de patología del carácter. Jacobson (1964) y Kernberg (1967, 1976, 1980) posteriormente reconocieron estas limitaciones e intentaron llenar las lagunas. Sin embargo, las contribuciones de Erikson continúan teniendo gran relevancia como pioneras del estudio de la identidad.
Subsecuentemente, el trabajo de Erikson fue ampliado en dos direcciones: una que enfatizaba los aspectos socio-culturales y la otra que hacía énfasis en los orígenes infantiles, únicamente personales de la identidad. Entre los autores  prominentes que contribuyeron a  esclarecer  los aspectos socio-culturales de la identidad se encuentran Fromm (1955),  Wheelis (1958), Lynd (1958), Lifton (1971), Lasch (1978) y Kovel (1981). Estos autores utilizaron el término “identidad” más en su sentido descriptivo usual que en su connotación psicoanalítica; Ellos enfatizan el aspecto social de este concepto admitidamente bi-facético. Consideran la búsqueda de la identidad como un problema general para toda la presente generación, un problema causado por el rompimiento actual de los anteriores sistemas de valores4. Los trabajos de estos autores aparentemente tienen dos raíces. La primera raíz se hace más evidente en su estilo de escritura y la segunda en el contenido de sus propuestas. Sus cimientos en lo que respecta a estilo es la acerba subjetividad y la tradición experiencial casi solipsística de la filosofía y la literatura existencial. Ellos plantean preguntas que aparentemente sólo pueden ser respondidas por Dios, preguntas como: ¿Quién soy yo?, ¿Cuál es el significado de la vida?, etc. Las dudas que expresan respecto a la identidad humana parecen ser más metafísicas que psicológicas. Por otro lado, su segundo fundamento, cuyo contenido es más patente, emana de una perspectiva demasiado sociológica. Debido a lo anterior, sus hipótesis respecto a los trastornos de identidad, por ejemplo, a menudo nos recuerdan las descripciones Marxistas de la alienación individual en una sociedad de libre empresa (Marx, 1867) así como el concepto de Durkheim de “anomía” individual, consecuente con un rápido cambio ambiental y fragmentación social) (Durkheim, 1951).
Esta paradoja existencial- sociológica de los autores arriba mencionados puede ser considerada como otro testimonio más de la característica doblemente facetada del concepto mismo con el que estamos trabajando. Lichstenstein (1961) señala que esta tensión también existe en el trabajo de Erikson. El plantea que los escritos de Erikson contiene dos perspectivas respecto a la identidad: “identidad del yo” considerada como la identidad personal que resulta de la auto-objetivación e “identidad existencial” considerada como la identidad personal que es definida por “la relación de cada individuo con su mera existencia” (Erikson, 1958), p. 177). Aunque el énfasis relativo sobres estos dos aspectos refleja dos fases del pensar de Erikson, el hecho es que él siempre subrayó que el concepto de identidad implica tanto la auto-objetivación como la “experiencia subjetiva de continuidad interna en el cambio” (Lichtenstein, 1963). La ambigüedad inherente al concepto de identidad es algo aceptable para Erikson. El establece que puede
               Tratar de hacer más explícito el tema de la identidad, sólo si se intenta una aproximación a éste desde una variedad de ángulos –biográfico, patográfico y teórico- y permitiendo al término identidad que hable por sí mismo en un cierto número de connotaciones. (1958, p. 102)
Lichtenstein (1961, 1963), también cree que el conflicto entre la identidad considerada como auto-objetivación, versus identidad como el puro percatarse existencial, sin ningún atributo externo, debe ser aceptado como tal. Aún más propone que, en relación con la identidad, existen dos fuerzas activas en oposición. El se refiere a la primera de estas fuerzas como el “principio de identidad” o sea, el impulso perpetuo del Hombre por mantener su existencia histórica y su identidad auto-definida y auto-creada. Considera que la relación simbiótica madre-hijo es el principio de la formación de la identidad humana y establece que:
 La madre no le transmite un sentido de identidad al niño sino una identidad: El niño es el órgano, el instrumento para la satisfacción de las necesidades maternas inconscientes. A partir de las infinitas potencialidades contenidas en el recién nacido humano, la combinación específica de estímulos provenientes de la madre “libera” una, y no sólo una, manera concreta de ser este órgano, este instrumento. Sin embargo, sería un error considerar que esta identidad de “órgano” o “instrumental” queda definida dentro de márgenes demasiados estrechos. La madre graba en el ánimo del infante no una identidad, sino un “tema de identidad”. Este tema es irreversible, pero puede sufrir modificaciones, variantes que indican la diferencia entre la creatividad humana y “una neurosis de destino” (1961), p. 208) 
En yuxtaposición con la presión directriz de este “tema de identidad” se encuentra una segunda fuerza; la cual, según Lichtenstein, es el anhelo de abandonar la cualidad humana de identidad (al respecto ver también  Searles, 1960). Lichtenstein reconoce que el abandono de la identidad produce confusión y angustia, pero a su vez indica que está pérdida puede ser experimentada como liberación y éxtasis. El propone el término “metamorfosis” para referirse a la pérdida de la cualidad humana de identidad. Lichtenstein considera la identidad y la metamorfosis como los dos límites de la experiencia humana, incompatibles el uno con el otro, pero complementarios, ya que la vida humana existe oscilando entre estos dos extemos6. Para Lichtenstein, la unión sexual demuestra ampliamente la actividad de estas dos fuerzas oponentes, en la medida en que se necesita a un individuo para convertirse en el “instrumento para la satisfacción de las necesidades de otro” (1961, p. 209), viviendo de este modo el “tema de identidad” simbiótico por un  lado, y por el otro, la total rendición de la identidad propia sometiéndose a la metamorfosis.
Aun cuando el trabajo de Lichtenstein radica fundamentalmente en el ámbito filosófico-fenomenológico, sus ideas respecto al “tema de identidad” y al impacto de las tempranas interacciones madre-hijo, se apoyan significativamente sobre el desarrollo ontogénico de la identidad personal.
Los orígenes en el desarrollo de la identidad personal.
Fenichel (1937), al elaborar las especulaciones de Freud (1923, 1926b) respecto al desarrollo temprano del Yo, ha sugerido que nuestra imagen de sí-mismo se origina a partir de dos fuentes: El percatarnos en forma directa de nuestra experiencia interna y la percepción indirecta de nuestro sí-mismo corporal y mental como un objeto. El concepto de Federn (1952) de una temprana “sensación yoica” se aproximó  la noción más contemporánea de considerar a las representaciones del sí-mismo como integrantes de los bloques fundadores de la identidad. Un concepto similar fue el de “núcleos de Yo” (Glover, 1950) o islotes de función ejecutiva y de la capacidad de percatarse relacionada con los objetos, que subsecuentemente se fusiona para formar la estructura coherente del Yo. Spiegel (1959) también habló acerca de que la “combinación” (“pooling”) de autorepresentaciones aisladas subyace a una sólida formación de la identidad. Sin embargo, en esta literatura de los primeros tiempos respecto a la “Identidad del Yo” (Erikson, 1956), el énfasis siempre se hizo sobre el yo más que sobre la identidad. No fue sino hasta las contribuciones de Greenacre, Mahler, Jacobson, Winnicott, Kernberg, Blos y Chassseguet-Smirgel que se lograron esclarecer algo más los orígenes infantiles y del desarrollo de la identidad personal. Sin embargo, antes de proceder a discutir los puntos de vista de estos autores, vale la pena señalar que, aunque en la siguiente relación se reconoce el rol de las funciones de autonomía primaria, la discusión se enfoca en los factores intrapsíquicos y afectivos, más que en los cognitivos7.
Phyllis Greenacre
Greenacre (1958ª) señaló que el sentido de identidad siempre implica algún tipo de relación con otros. Esto es debido a que la identidad incluye la auto-observación de la persona misma y a través de otra persona mediante la comparación y el contraste. El conocer y asimilar el “soy diferente” junto con el “soy similar” son por tanto esenciales para lograr una identidad coherente. Greenacre también enfatizó los fundamentos somáticos de la imagen del sí-mismo y de la identidad; ella visualizó un continuum del desarrollo, a partir de la imagen corporal, hasta la imagen del sí-mismo y finalmente la identidad.
Greenacre también hizo énfasis (1958ª, 1958) en la importancia del habitual percatarse mediante la visión de los genitales pertenecientes al sexo opuesto, y de la fusión de esta imagen parcial con la correspondiente del propio cuerpo del sujeto. Una exposición repetida ante los genitales del sexo opuesto, por ejemplo ente gemelos, puede dar lugar a una marcada incorporación primaria; lo cual puede influir en las posteriores identificaciones y crear problemas de identidad que pueden ser más intensos si dicha oposición tiene lugar principalmente durante las fases fálica y edípica. Según la conceptualización de Greenacre, durante este periodo es cuando el niño(a) está empezando a tener un sentido preliminar de identidad; si bien ella reconoció que la consolidación de la identidad es incompleta hasta la resolución de la adolescencia y que incluso pueden haber subsecuentes reformulaciones de la identidad más tarde en la vida.
Al enfatizar la percepción y la experiencia, las sensaciones somáticas y sus interpretaciones, y al agregar una dimensión de experiencia a los orígenes y resolución de la bisexualidad, Greenacre nos proveyó tanto de un concepto de preformación como epigenético de la formación de la idientidad.
Margaret Mahler
Basándose en extensos estudios de observación de niños(as) llevados a cabo por ella sola o en colaboración con sus colegas (Mahler 1958ª, 1958b, 1968); Mahler et al. 1975) Mahler distinguió “El nacimiento psicológico del infante humano” v.g.: a partir de su nacimiento biológico, el inicio en el niño(a) de un sentido de ser persona. Mahler postuló  una secuencia de acontecimientos de desarrollo y maduración que el niño(a) debe atravesar antes de llegar a estar lo suficientemente separado de su madre como para adquirir una conciencia razonablemente estable de ser una entidad única. Esta fases, brevemente delineadas son: la fase autista, donde el infantil sujeto se encuentra como si estuviera contenido dentro de sí mismo y encapsulado por una barrera psicofisiológica contra los estímulos; la fase simbiótica, cuando hay una unidad dual entre la madre y su hijo y en la que el sí-mismo psicológico del infante tiene sus inicios en un estado de imbricación con el sí-mismo de la madre; la fase de diferenciación, en la que el infantil sujeto empieza a percatarse de su estado de separación psicológica mediante exploraciones rudimentarias del sí-mismo, así como del ambiente materno; la fase de práctica, el periodo durante el cual el lactante mayor que empieza a gatear disfruta con relación de sus recientemente descubiertas autonomía psíquica y libertad motora y parece estar involucrado en la “conquista del mundo”; la fase de rapprochment, un difícil periodo de pruebas en el que el niño(a) aprende que su estado de separación, su autonomía y sus habilidades motoras tiene sus limitaciones, y que su mundo es más complejo de lo que imaginó. Las realidades del mundo externo parecen ser ahora mucho más adversas y el infante hace una regresión con la esperanza de re-establecer la perdida bienaventuranza de la unión simbiótica con la madre. Sólo que este retorno es de naturaleza ambivalente ya que el impulso de individuación está ahora funcionando con mayor fuerza. La “ambitendencia” resultante es la responsable de los ciclos alternantes de dependencia y separación características de un niño(a) en esta fase. Esta etapa, cuando se supera, es seguida por la fase designada “hacia la constancia objetal” en la que una representación de objeto más profunda, algo ambivalente, pero más constante es internalizada, constituyendo un vínculo libidinal que no se ve comprometido por frustraciones pasajeras. Lo anterior se acompaña de una perspectiva de uno mismo más realista y menos fluctuante. Mahler puntualizó que deben darse dos condiciones para lograr la organización yoica y la neutralización de impulsos y que son necesarias para adquirir un sentido de identidad, a saber. (1) Los estímulos interoceptivos-propioceptivos no deben ser de una intensidad tal que impidan la formación  de estructuras; resultando así esencial para el establecimiento de los límites del sí-mismo un cambio desde la inervación esplácnica, centrada en las vísceras, hacia las márgenes externas del Yo corporal, y (2) La madre debe de ser capaz de amortiguar y organizar para el niño(a) los estímulos internos y de otros tipos. Mahler sugirió que tanto los cuidados libidinales de la madre durante la fase simbiótica como las lesiones y tropiezos agresivos durante la fase de práctica, constituyen una especie de esquema de la capacidad del infante para percatarse de su sí-mismo corporal. Sin embargo, no es sino hasta el final de la subfase de rapprochment de la separación individuación, -acontecimiento que tiene lugar aproximadamente a los dos años de edad- que se adquiere la “constancia de sí-mismo”, es decir, una concepción estable de una personalidad única y separada.
El renovado aferrarse a la madre, así como la, valerosa autoafirmación durante esta fase, del niño que gatea, deben, según Mahler, encontrarse con una postura constante, aunque empática por parte de la madre. La internalización de esta actitud materna permite que las auto-imágenes omnipotente y dependiente se unan para formar una perspectiva realista del sí-mismo. Las fallas en este proceso dan por resultado la persistencia de auto-imágenes contradictorias, estableciendo así los fundamentos para posteriores trastornos de la identidad durante la vida adulta.
Según Mahler et al. (1975), “la constancia del sí-mismo” consiste en la capacidad de percatarse de que se es una entidad separada y en un incipiente percatarse de una identidad definida por el género. La primera se inicia en la subfase de diferenciación y se consolida al final de la subfase de rapprochment. La última emana de “las diferencias constitucionalmente predeterminadas por el género, en la conducta de niños y niñas” (1975, p. 224) las cuales son posteriormente elaboradas durante la fase fálico-edípica del desarrollo psicosexual, en que las representaciones de la imagen corporal emergen a partir de posiciones pregenitales libidinales e identificaciones bisexuales para lograr el firme establecimiento de la identidad sexual. De fundamental importancia aquí son el haber logrado una exitosa separación-individuación, cantidades manejables de angustia de castración, identificaciones exitosas con la figura primaria del mismo sexo y las actitudes emocionales de ambos padres respecto a la identidad sexual de su hijo(a). Esta área específica de consolidación de la identidad de género ha recibido contribuciones importantes procedentes de Stoller (1968, 1972), Galenson y Roiphe (1971) y Meyer (1980) entre otros.
Edith Jacobson
La bien conocida monografía de Jacobson “El sí-mismo y el mundo objetal” (1964) así como sus múltiples artículos que la precedieron (Jacobson 1953, 1954ª, 1954b, 1957, 1959) contienen una abundante riqueza de ideas respecto al descubrimiento por parte del niño(a) de su identidad. Ella combinó sus hallazgos derivados del tratamiento de los trastornos afectivos y de los trastornos severos de identidad en el adolescente con los trabajos metapsicológicos de Freud (particularmente 1914, 1923, 1924, 1926), Fenichel (1945), y Hartmann, Kris y Lowenstein (Hartmann 1948, 1949, 1962) así como con las hipótesis respecto al desarrollo de Mahler (1952, 1957, 1958) y de Spitz (1957). Basándose en esta síntesis, Jacobson formuló un marco de referencia del desarrollo “completo y altamente elaborado” (Kenberg, 1980) con implicaciones teóricas de amplio alcance.
Las contribuciones de Jacobson a la comprensión del desarrollo de la identidad pueden ser divididas en cinco categorías: (a) el concepto del sí-mismo y las representaciones objetales, (b) la noción de  una representación fusionada de sí-mismo-objeto como la primera estructura intra-psíquica (c) la emergencia de la identidad a partir de identificaciones primitivas y, a su vez, su posterior facilitación de identificaciones más refinadas, (d)  el rol de la agresión en la delineación del sí-mismo, y (e) las modificaciones de la teoría respecto a la resolución del complejo de Edipo y la formación del Superyó. Jabobson introdujo el concepto de representaciones del self las cuales son la imagos endo-psíquicas del sí-mismo somático y mental en el Yo sistémico. Al utilizar la palabra “representación” ella esclareció la distinción entre el sí-mismo tal como es experimentado y el sí-mismo en  la realidad (de forma similar empleó el término “representaciones de objeto”) esto mejoró la precisión teórica en la medida en que hizo hincapié en que eran aspectos intra-psiquicos y no interpersonales.
Jacobson propuso que la vida intrapsíquica se inicia como un sí-mismo psicológico primario en el que el Yo y el Ello no están diferenciados. Planteó que la primera estructura intra-psíquica es una interpretación fusionada si-mismo-objeto la cual evoluciona paulatinamente a través de identificaciones libidinales primarias con la madre. Empieza gradualmente la diferenciación entre las representaciones del sí-mismo y las del objeto; durante esta fase hay una marcada propensión hacia la refusión  defensiva de las representaciones del sí-mismo y de objeto y, si no se supera adecuadamente, establece los fundamentos para un núcleo psicótico del sí-mismo. Junto con la diferenciación viene el reconocimiento de las experiencias dolorosas y su consiguiente rechazo mediante el uso de la negación, la escisión y la proyección. De esta forma, el mundo interno pasa a estar poblado por representaciones placenteras y displacenteras del sí-mismo y del objeto. El siguiente paso en el desarrollo consiste en la integración de las representaciones de objeto “buenas” y las “malas”, en una representación del sí-mismo más realista. Con esto inicia su existencia la identidad. A su vez, el descubrimiento de la identidad  facilita interacciones más complejas con los objetos parentales, ahora percibidos como “totales”. El descubrimiento y la aceptación de las diferencias sexuales estimula aún más la renunciación de los deseos simbióticos, porque la heterosexualidad y los anhelos edípicos pasan a ser predominantes. La curiosidad respecto a la conducta sexual de los padres  las desilusiones resultantes inducen identificaciones con el rival, fortaleciendo en mayor grado la identidad sexual.
Al hecho ya reconocido de que el Superyó deriva de las prohibiciones de las figuras primarias, Jacobson agregó que el motivo de la formación de esta estructura no es solamente el miedo ante la conducta paterna prohibitiva sino también la identificación, primero con la madre y después con el padre. Ella hizo énfasis en que el Superyó no es simplemente el precipitado de las internalizaciones matizadas de agresividad sino que también incluye identificaciones investidas libidinalmente. Siendo así aquellos aspectos amorosos de la relación con ambos padres también contribuyen a la formación  del Superyó, el cual, considera Jacobson, no sólo profundiza la identidad sino que también la mantiene.
Finalmente, Jacobson señaló otro aspecto promotor del desarrollo que emana del impulso agresivo, además de la formación del Superyó. Ella indició que:
             Al pasar a través de múltiples frustraciones, desengaños, fracasos y las correspondientes experiencias hostiles de envidia, rivalidad y competencia, el niño(a) finalmente aprende a diferenciar entre las imagos optativas9 del sí-mismo y de los objetos y aquellas imagos algo más realistas. De ésta forma, no sólo los componentes amorosos sino también los agresivos de los impulsos dirigidos hacia los objetos y hacia el sí-mismo, aportan el combustible que capacita al niño(a) a desarrollar su sentimiento de identidad. . . (p. 61).
Donald Winnicott
A pesar de que Winnicott no utilizó el término “identidad” en forma específica, sus puntos de vista respecto al desarrollo temprano resultan sumamente significativos en  lo que concierne a la formación de la identidad. Sus trabajos nos proveen de las  bases, desde una perspectiva del desarrollo, para: (a) autenticidad, (b) “corporrealidad” (Kahn, 1983) o un fundamento corporal de la experiencia del sí-mismo propio, profundamente asimilado y personalizado, y (c) la experiencia de la continuidad temporal en el sí-mismo. Sin embargo, a lo que el trabajo de Winnicott se refiere en forma más penetrante es el desarrollo del primero de estos tres aspectos. Winnicott sugirió que las ideas personales y loso gestos espontáneos del infante emanan de su “sí-mismo verdadero”. Si la madre del infantil sujeto es “suficientemente buena” (Winnicott, 1960) y puede manejar su omnipotencia encontrándole un sentido a través de su propia empatía, y si logra hacer esto repetidamente, entonces lo que siente como real y lo que es real en el niño(a), empieza a tener vida. Sin embargo, si la madre fracasa en la decodificación de los primeros mensajes infantiles y los reemplaza por sus propias características, entonces el proceso sufre una inversión. El niño(a) se ve forzado (a) a encontrarle algún sentido a las actitudes de su madre y lo hace mediante la sumisión y la escisión (de hecho Winnicott utiliza el término disociación más frecuentemente que el de escisión) de su auto-afirmación original y auténtica. Dicho sometimiento da lugar a un “falso sí-mismo”. Winnicott afirma que si esta última secuencia mencionada de inter-acción madre-hijo es lo común, entonces el sí-mismo verdadero del niño(a) se retira hacia dentro y el niño desarrolla hacia afuera un sí-mismo complaciente y sumiso que no es auténtico. Winnicott describió bastante extensamente los diversos cuadros clínicos asociados con dichas “personalidades falsas” a la vez que hizo hincapié en la naturaleza defensiva de las personas no-auténticas, en la medida en que su propósito principal es el de esconder y proteger al “verdadero sí-mismo”.
Los puntos de vista de Winnicott respecto al desarrollo también anotaron luz respecto a la esencial contribución somática, procedente de la más temprana infancia, para la experiencia del sí-mismo  (Winnicott, 1949). El hizo énfasis en que el infante era un “ser psicosomático” (1960, p. 144) y que el verdadero ser proviene de “la vida misma de los tejidos corporales y del trabajo de las funciones somáticas” (1960, p. 148). También señaló que en los individuos con un “falso sí-mismo” tiene lugar una peculiar escisión mente-cuerpo y que sólo la mente se convierte en el lugar donde está situada la identidad, quedando el cuerpo relegado al status de un vestigio que no se posee. En ellos las funciones mentales adquieren significados somáticos y el cuerpo se convierte en una carga de experiencia inevitable, pero vacía.
Por último, en el siguiente comentario de Winnicott, pueden distinguirse las más tempranas raíces ontogénicas de la continuidad temporal en que Erikson (1956) y  Lichtenstein (1963) hacen incapié considerándolas como una característica fundamental de una identidad bien establecida:
            Todos los procesos de un infante vivo constituyen un continuar siendo (“going-on-being”). Una especie de proyecto ejecutivo para el existencialismo. La madre que es capaz de entregarse completamente, por un período limitado, a esta su natural misión, puede entonces proteger a su hijo(a) para que continúe siendo. Cualquier tropiezo o falla de adaptación causa una reacción y la reacción rompe este continuar siendo. Si el reaccionar a los tropiezos es el patrón habitual de la vida de un niño(a) entonces encontramos una serie interferencia con la tendencia natural que existe en el infantil sujeto hacia convertirse en una unidad integrada, capaz de tener un sí-mismo con pasado, presente y futuro (p. 86, las itálicas son del autor).
Evidentemente, hay más elementos que subyacen a la sensación de discontinuidad temporal en el futuro adulto. Algunos de los diversos factores que trabajando al unísono pueden dar por resultado dicha fractura temporal de la identidad son: los defectos continuados en la función sintética del Yo, el acomodo fortuito de distintas capas de  metas inconclusas del desarrollo e identificaciones contradictorias que han sido secuestradas por el uso de mecanismo de escisión. Aún así, el anterior comentario de Winnicott sí parece enfocarse en el más temprano y prototípico inicio de dicho acontecimiento.
Otto Kernberg
Kenberg (1967, 1976, 1983) propuso, concordando esencialmente con Jacobson (1964), que el desarrollo de la identidad del Yo tiene sus bases en la internalización de las primeras relaciones objetales. Aclaró que, para que dicha internalización se lleve a efecto, el Yo temprano tiene que lograr realizar dos tareas esenciales. El primer desafío es la diferenciación de las imagos del sí-mismo respecto de las imagos de objeto que forman parte de las introyecciones tempranas. El logro de esta tarea depende de la maduración de las funciones de autonomía primaria así como de la gratificación y/o frustración de las tempranas necesidades instintivas ya que:
La gratificación libidinal atrae catexis de atención hacia la interacción entre el sí-mismo y sus objetos y favorece la diferenciación en esa área, y porque la frustración trae consigo el percatarse de la dolorosa ausencia de los objetos satisfactores y de esta forma contribuye a diferenciar al sí-mismo del no-sí-mismo (Kernberg, 1975, p. 26)
El segundo desafío para el Yo en desarrollo es que las imagos del sí-mismo y de los objetos construidos bajo la influencia de impulsos libidinales, deben ser interpretadas junto con las imagos del sí-mismo y del objeto formadas bajo la influencia de impulsos agresivos. Al principio, las imagos del sí-mismo y del objeto que se constituyeron bajo influencias amorosas tienen una existencia separada da aquellas construidas en condiciones de privación; la experiencia del sí-mismo es simplista ya a menudo contradictoria, siendo marcadamente dependiente de los afectos relacionados con la gratificación o la ausencia de ésta, procedente de un objeto externo. Sin embargo, lo contradictorio de las dos imágenes del sí-mismo es enmendado en la medida en que la capacidad de memoria sea mayor se incremente la habilidad sintética del Yo, existan cantidades manejables de agresión constitucional y predominen los introyectos “buenos”. Las introyecciones e identificaciones parciales correspondientes a  las líneas agresiva y libidinal se unen; la resultante perspectiva del sí-mismo ambivalente, pero más profunda y realista, forma el substrato rudimentario de la identidad del Yo. La capacidad concomitante y cada vez más profunda de percatarse que los otros individuos distintos y únicos facilita el que haya interacciones más variadas con ellos de lo que hasta ese momento había sido posible. Mientras tanto, el descubrimiento de las diferencias anatómicas entre los sexos establece los fundamentos de la identidad de género y las vicisitudes de la fase edípica le otorgan una dirección en relación con los objetos. A través de estos avances en el desarrollo e  intereacciones en posteriores momento de la infancia, las identificaciones concretas más tempranas con los padres son reemplazadas por identificaciones más selectivas con los roles, ideales y prohibiciones de la figuras primarias.
Así enriquecida, la identidad finalmente se consolida en la adolescencia, etapa en la que se da una mayor individuación mediante la “des-identificación” de los objetos primarios y tiene lugar un esclarecimiento de los roles y autodefinición psicosexual.
Mediante la integración de la obra de Klein (1948), Erikson (1950, 1958, 1962), Jacobson (1964) y Mahler (1968, 1971, 1975) con sus propios puntos de vista, Kernberg formuló un proceso de tres pasos en  la formación de la identidad. El primer paso de este proceso es la introyección; ciertos atributos específicos de los otros con carga afectiva, son internalizados sin ser asimilados por completo dentro de la imagen del sí-mismo. Dicha “agrupación organizada de huellas mnémicas” (Kernberg, 1976, p. 29) incluye una imago de objeto, una imago del sí-mismo y la coloración afectiva de la interacción que une al sí-mismo y al objeto. El segundo paso es la identificación, que implica una internalización menos concreta y más definida por el rol de los otros significativos en la relación con uno mismo. Las identificaciones a diferencia de los introyectos, no son sentidos como un “cuerpo extraño” dentro del sí-mismo; desde un punto de vista topográfico, podríamos decir que las identificaciones están situadas “más profundas” en el sistema-sí-mismo de los que se encuentran los introyectos, los cuales, en sus aspectos experienciales son a manudo preconscientes. Resulta claro que en la identificación está involucrado un Yo más sofisticado y con capacidades congnitivas y de preservación más avanzadas en la introyección. El tercer paso es la formación de la identidad en donde las identificaciones infantiles son sintetizadas en una gestalt armoniosa. En este proceso, las identificaciones individuales se tornan “despersonalizadas” (Jacobson, 1964), es decir, pierden sus similitudes concretas con las fuentes originales. Este rechazo selectivo y asimilación recíproca de las identificaciones tempranas da lugar a una nueva configuración  psíquica la identidad del Yo.
Kernberg también describió (1978) las diferencias entre la crisis de identidad del adolescente y el síndrome de difusión de la identidad, mismo que correlacionaba con una organización de la personalidad de nivel fronterizo. Además, Kernberg (1980) delineó las nuevas dimensiones que la edad madura agrega a la consolidación de la identidad del Yo; sugirió que la edad madura trae consigo un renovado reconocimiento de los mitos personales, una más profunda re-elaboración de los desafíos edípicos, una aceptación de los límites de la creatividad propia y un cambio en la perspectiva temporal; en forma elocuente describió esta fase tardía en la consolidación de la identidad del Yo, la cual en esta etapa:
También integra el conocimiento de lo que uno no será capaz de hacer o de ser: y así mismo incluye el doloroso aunque iluminador percatarse de a dónde nos debería o podría llevar después la propia creatividad –cosa que no ha de suceder-. Paradójicamente, sin embargo, la aceptación de uno mismo ahora también significa el aceptar la parte riesgosa de vivir, el saber que el camino tomado por uno tiene sus peligros y sus límites y no obstante aceptar que esto es el destino propio. (Kernberhg, 1980, p. 128)
Janine Chasseguet-Smirgel
Los puntos de vista de Chasseguet Smirgel (1983, 1984) respecto a la formación del ideal del Yo y respecto a lo que ella denomina organización “perversa” del carácter tienen un valor muy significativo en los aspectos de la consolidación de la identidad. Según ella, un niño en la fase edípica tiene dos caminos abiertos a su disposición. El primero o el “sendero largo” consiste en su aceptación de la tragedia del rezago cronológico ente su anhelo erótico por su madre y su obtención de la capacidad genital plena; esto profundiza la aceptación de la realidad en general con la concomitante lesión narcisista que es compensada por la proyección del narcisismo infantil hacia los padres y la formación del ideal del Yo. El ideal del Yo implica esperanza, promesa y futuro, de esta manera acrecenta la capacidad para demorar la gratificación y facilita “la entrada en un orden temporal” (1984, p. 28). Estos desarrollos se acompañan por la toma, por parte del niño, del padre como modelo, aceptando la autoridad del padre, sublimando la libido pregenital y adquiriendo un sentido de filiación y continuidad generacional (y por lo tanto histórica).
El otro camino, que da lugar a un carácter perverso, es a través de lo que Chasseguet-Smirgel denomina el “sendero corto”. Aquí el niño, con la frecuente participación de una madre seductora que promueve la fijación, llega a creer que no es necesario que espere a obtener el pleno desarrollo sexual con el fin de restablecer la fusión con la madre. El pequeño niño equivocadamente cree que ya es un hombre, la “proyección hacia adelante” del narcisismo infantil no tiene lugar y el padre  no es idealizado; el Yo y el ideal del Yo se fusionan. Se toma un atajo que evade el “carácter inevitable del complejo de Edipo” y se hace un rodeo que evita la sublimación y la
Carencia en el Yo, debida a la introyección y asimilación deficientes de los atributos de las figuras primarias –un proceso inconsciente que implica la existencia de una relación plena de amor, admiración y cercanía- no es enmendada por la imitación del padre y sus atributos (los cuales son, por necesidad, decatexiados) sino por un intento de liberarse completamente de todos los vínculos filiales (p. 74)
Chasseguet-Smirgel hace pues hincapié en el rol de juegan, en la consolidación de la identidad, las relaciones objetales de la etapa edípica. Sus puntos de vista son particularmente relevantes en lo que respecta a la experiencia de temporalidad, filiación, autenticidad y continuidad temporal, aspectos que otros autores han considerado centrales para la formación de una identidad sólida. Pero de mayor importancia es el hecho de que su perspectiva ayuda a situar con toda equidad dentro de la psicología psicoanalítica del desarrollo, los eventos del legado filial y por tanto de la continuidad étnica e histórica. Esto rectifica el error no poco frecuente, de considerar a estos aspectos de la identidad como meros epifenómenos sociales y por tanto, no merecedores de atención en el ámbito psicológico.
Peter Blos
Blos esquematizó en una serie de contribuciones (1961, 1965, 1967) las diversas fases y procesos intrapsíquicos de la adolescencia en términos de las posiciones y movimientos de los impulsos y del Yo. Aclaró los cambios en catexis y los mecanismos estabilizadores típicos de la adolescencia y enfatizó el rol decisivo de estos en la final formación de la personalidad. Tres aspectos del enormemente importante trabajo de Blos son particularmente significativos para la consolidación de la identidad. El primero es lo que denominó, el “segundo proceso de individuación de la adolescencia”. En concordancia con las hipótesis de Mahler (1968, 1975) de que el niño obtiene un estado de separación psicológica de la madre mediante la internalización de sus funciones homeostáticas, Blos sugirió que la adquisición de dicho estado de separación en la adolescencia requiere de un proceso inverso. En etapa se hace necesaria la separación emocional de los objetos infan tiles internalizados. Junto con esta desvinculación no sólo se presenta una cierta inestabilidad y extrañamiento sino también “alternancias radicales” (Blos, 1967, p. 166) en la estructura yoica, la cual se vuelve cada vez más autónoma y con confianza en sí misma. El Superyó también pierde algo de su poder, especificidad y rigidez. El resultado, es un individuo con una mayor sensación de solidez, constancia interna y moralidad abstracta independiente de los valores impartidos por las figuras primarias infantiles.
La segunda área considerada por Blos es la consolidación de la identidad sexual. El opina que ésta se completa mediante (a) la renuncia, como objetos sexuales de los objetos primarios de amor, los padres, (b) la reconciliación, de actividad y pasividad, y (c) la resolución de las identificaciones bisexuales. Para el muchacho, esto último implica renunciar a la envidia de la madre procreadora contracatexis de los fines sexuales pasivos y control de las tendencias negativas edípicas mediante la idealización de las amistades y vínculos con fines homosexuales inhibidos. Para la muchacha, la resolución de la bisexualidad de pende de la renuncia final al pene ilusorio, el abandono de la posición narcisista y un profundización de la identificación con su madre.
Por último, son relevantes para el tema de la consolidación de la identidad los puntos de vista de Blos respecto a la formación del ideal del Yo. El propuso una resolución bifásica del complejo de Edipo. Está de acuerdo con la postura clásica que mantiene que el complejo de Edipo positivo se resuelve durante la infancia dando lugar a la formación del Superyó y al inicio de la latencia; sin embargo, sugirió que el complejo edípico negativo, particularmente en el varón, no se resuelve sino hasta la adolescencia. Blos postuló que el poderoso, precompetitivo, vínculo libidinal con el padre forma las bases para la actitud edípica negativa en el niño varón y que la maduración sexual impulsa a esta libido objetal a sufrir una transformación que la integra a la estructura psíquica que es el ideal del Yo. Según él, el ideal del Yo es
Custodiado como un atributo de la personalidad sumamente apreciado y amado cuyo origen arcaico yace en el vínculo con el padre, la idealización del padre, o dicho brevemente, en el complejo edípico negativo, es decir, que el ideal del Yo del adulto es el heredero del complejo edípico negativo (1984, p. 319)
En un contexto cronológico previo, tanto Loewald (1951) como Mahler (1955) han señalado la necesidad que tiene el lactante mayor, de tener una relación estable con el padre que le proteja contra la amenaza de engolfamiento materno. Blos considera que la necesidad, la profundidad y la complejidad de este vínculo libidinal pre-competitivo de un niño con el padre, son más extensos, remarcando así lo significativo del rol amoroso paterno, en oposición al bien reconocido rol de ser el que prohíbe, en la estructuración psíquica y la consolidación de la identidad.
El síndrome de difusión de la identidad
El término “difusión de la identidad” utilizado por primera vez en 1950 por Erikon  para referirse al fracaso durante la adolescencia, para integrar las identificaciones previas en una identidad psicosocial armónica. En un trabajo posterior (1956) describió los fenómenos clínicos asociados con la difusión de la identidad. Estos incluían: deterioro de la capacidad para establecer relaciones íntimas y de mutualidad, difusión de la perspectiva del tiempo, hostilidad hacia los roles ofrecidos y considerados como deseables por la familia y conflictiva respecto a los orígenes étnicos propios. Erikson sugirió que los adolescentes con difusión de la identidad habían sido criados por madres intrusivas, preocupadas por las apariencias., y por padres débiles e inseguros. Al retirarse defensivamente de su madre y dolorosamente desilusionados de su padres, desarrollaron un hambre de identidad; esta necesidad intensa de lograr una definición personal, combinada con escasas oportunidades de hacer una identificación saludable, establecen los fundamentos de una subsecuente difusión de la identidad.
El concepto de difusión de la identidad implica tanto fenómenos objetivos como conductuales manifiestos y puede ser considerado desde tres perspectivas: del desarrollo, dinámica y descriptiva. Considerada desde la perspectiva del Desarrollo, la difusión de la identidad resulta de un proceso de individuación-separación que se ha interrumpido en la sub-fase de rapprochment  (Mahler, 1968, 1974, 1975), un complejo edípico distorsionado y no resuelto que tiene por consecuencia una filiación defectuosa y un vínculo regresivo al “universo anal” (Chasseget-Smirgel, 1983) y una falla, durante la adolescencia, para integrar las identificaciones previas en una gestalt armoniosa de una percepción de sí-mismo relativamente consistente (Erikson 1950, 1956; Eissler, 1958; Blos, 1962). En su aspecto Dinámico, implica la contínua presencia activa de “identificaciones mágicas” (A. Reich, 1954), “introyectos no-metabolizados(Kernberg, 1967) e identificaciones contradictorias, así como el predominio del uso de la escisión sobre la represión como mecanismo de defensa en contra de la ambivalencia relacionada con los objetos o de atributos del sí-mismo ego-distónicos. En su aspecto Descriptivo, el término difusión de la identidad denota una constelación más o menos característica de signos y síntomas clínicos en el área de la identidad y experiencia del sí-mismo propias. Yo he descrito con anterioridad (Akhtar, 1984) que el síndrome de difusión de la identidad consta de las seis manifestaciones que a continuación se reseñan. Agregaré ahora a esa lista, un séptimo aspecto que corresponde a los sutiles trastornos de la imagen y sensaciones corporales que son frecuentes entre aquellos que presentan conflictos severos de la identidad.
Rasgos Contradictorios de Carácter
Los individuos con difusión de la identidad exhiben atributos de la personalidad que son incompatibles. Puede coexistir hacia otros marcada ternura a la vez que extrema indiferencia, ingenuidad y suspicacia, recato y exhibicionismo, codicia y abnegación, arrogancia y timidez, así como otros rasgos de carácter contradictorios. El percatarse subjetivamente de estas contradicciones se asocia con perplejidad y, a menudo, con el considerarse a uno mismo un “inadaptado” (Goldberg, 1983). La ausencia de un concepto integrado de sí-mismo también se asocia con un trastorno en la integración del concepto de un otro significativo. Los individuos con difusión de la identidad no pueden integrar, congnitiva y afectivamente la conducta observada de los demás en una concepción dinámica, compuesta, que les revelaría el aspecto constante de la personalidad de los otros. Dichos pacientes carecen de esta condición necesaria para la empatía normal lo cual es la causa de su necesidad de poner excesiva atención en la conducta observada de los demás, en una concepción dinámica, compuesta, que les revelaría el aspecto constante de la personalidad de los otros. Dichos pacientes carecen de esta condición necesaria para la empatía normal, lo cual es la causa de su necesidad de poner excesiva atención en la conducta inmediata del resto de las persona con el fin de “leerlos”.
Al perseguir simultáneamente múltiples metas vocacionales, a veces hasta el grado de convertirse, o seguir siendo un “diletante eterno” (Levy, 1946) pueden también hacer evidente sus contradicciones caracterológicas. Por ejemplo, la persistencia hasta la vida adulta del deseo de convertirse simultáneamente en médico y artista de cine pone de manifestó una pobremente organizada identidad del Yo, Tal segmentación del sí-mismo es distinta de la genuina versatilidad que puede observarse asociada a la normalidad; en esta última, existe una identidad dominante, y los otros intereses se encuentran relegados al status de hobby, sin experimentar un conflicto significativo entre ambos; las fluctuaciones entre uno y otro son propositivas, placenteras y no disruptivas de la auto-imagen básica de la persona.
De ahí que un aspecto importante a considerar es una identidad cohesiva y saludable no implica una homogeneidad como de roca.10 Sin duda que un sí-mismo normal, bien integrado, y funcionando correctamente, comprende a muchos sub-grupos de auto-representaciones (Eisnitz, 1980). Algunos de estos se acercan más a la acción, otros a la contemplación; algunos se aproximan a los afectos mientras que otros están más cercanos al pensamiento. Lo que distingue a un sí-mismo  cohesivo con múltiples auto-representaciones de una identidad pobremente integrada es la síntesis global de primero, la transición cómoda entre los diversos aspectos y que una mezcla óptima del principio de realidad y el ideal del Yo es la que dicta la manifestación o no-manifestación de las distintas auto-representaciones. La diferencia es la misma que existe entre un collar y un grupo de cuentas sueltas, en la difusión de la identidad las cuentas del collar no están unidas por un hilo adaptable y pleno de significado.
Algunos pacientes cuyos atributos desarticulados han sido elaborados y personificados en la fantasía, se pueden presentar con aspectos de personalidad múltiple. La superposición entre la personalidad fronteriza –una condición con profunda difusión de la identidad- y la personalidad múltiple estaba implícita en el señalamiento de Freud de que las identificaciones contradictorias en el Yo podían dar lugar a diversos desenlaces patológicos. Freud (1923) aseveró que:
Si las identificaciones de objeto del Yo pasan a ser demasiado numerosas, indebidamente fuertes e incompatibles la una con la otra, no será difícil observar un desenlace patológico; que puede ser una ruptura de Yo como consecuencia de la separación debida a resistencias, de las distintas identificaciones; tal vez el secreto de aquellos casos de lo que es descrito como “personalidad múltiple” sea que las diversas identificaciones se turnan para apoderarse de la conciencia. Aún cuando las cosas no lleguen tan lejos, sigue existiendo el problema de conflictos entre diversas identificaciones que hacen que el Yo se fragmente. (p.  30-31)
Más recientemente, Fast (1974) Abse (1983), Buck (1983) y Benner y Joscelyne (1984) han enfatizado las similitudes y diferencias entre la difusión de la identidad y la personalidad múltiple.
Discontinuidad Temporal en el Sí-mismo
Erikson (1956, 1959, 1968) y Lichtenstein (1963) hicieron hincapié en que la capacidad para mantener un núcleo esencial de conciencia de sí-mismo es la principal característica de una identidad firme. Dicha continuidad temporal está afectada en los individuos con difusión de la identidad. El pasado, presente y futuro, no están integrados en un suave continuum de existencia recordada, sentida y esperada de estos pacientes. Ellos se viven así mismo como muy jóvenes y, al mismo tiempo, viejos incapaces de rejuvenecer. La nostalgia intensa se alterna con planes frenéticos para el futuro, con el resultado de que el presente  queda conectado, tanto del pasado como del porvenir. De esta forma, toda experiencia real se torna pavorosamente contemporánea; el tiempo adquiere una  cualidad personalizada, aunque fragmentada (Bach, 1977) y una anamnesis longitudinal revela “una vida vivida en pedazos” (Pfeiffer, 1974).
En pacientes más jóvenes, esta ruptura cronológica se hace patente mediante su incapacidad de proyectarse a sí mismo en el futuro y plantearse metas consistentes; la movilidad geográfica sorprendente y los zig-zags vocacionales, también pueden traicionar la existencia de un sí-mismo discontinuo. En pacientes de edad madura puede observarse una disociación respecto a sí-mismo discontinuo. En pacientes de edad madura puede observarse una disociación respecto a sí-mismos cuando eran más jóvenes. Algunas de las llamadas crisis de la edad madura11, especialmente aquellas que implican cambios en la vocación de toda la vida y en las filiaciones interpersonales, son también el resultado de haber mantenido en estado latente por un periodo prolongado una representación sumamente catexiada del sí-mismo disociada en el tiempo. Las descripciones de Kramer  (1957) y de Nierderland (1961) de los fenómenos del “pequeño hombre” se refieren a experiencias similares, aunque en un nivel intra-psíquico, y por tanto, a un distinto nivel de abstracción. A menudo se utilizan como defensas en contra de la trastornante sensación subjetiva de discontinuidad temporal del sí-mismo Klass y Offenkrantz, 1976).
Carencia de Autenticidad
Los individuos con difusión de la identidad presentan sentimientos creencias y acciones caricaturizados. En una determina situación, actúan como lo haría alguien que conocen, en lugar de hacerlo de una forma genuinamente propia. Carecen de originalidad y fácilmente adoptan los gestos, frases, ideologías u estilos de vida de otros. Sin embargo, esta tendencia mímica, basada en la susceptibilidad a los estímulos externos, no es la única fuente de su falta de autenticidad. La presencia continuada en sus mundos internos de identificaciones tempranas no-sintetizadas, (Jacobson, 1964; Kernberg, 1967, 1976) también da por resultado que la experiencia del sí-mismo sea fragmentada y no auténtica12. Respecto a esto fenómenos Kernberg escribe:
A pesar de que sus identificaciones son contradictorias y que están disociadas una de la otra, las manifestaciones superficiales  de estas identificaciones persisten en el Yo como remanentes de las disposiciones hacia una conducta. Esto permite que algunos pacientes “re-actúen” identificaciones parciales. . .si esto les parece útil. . .pudiendo resultar una adaptabilidad como la del camaleón, en la que lo que pretenden ser, es en realidad la envoltura vacía de lo que, en otras ocasiones, en forma más primitiva. Tienen que ser. (p. 39 las itálicas son del autor)
La otra clásica de Helen Deutsch (1942) respecto a la personalidad “como si”, describe este tipo de patología en su forma extrema. Deutsch bosqueja cuatro características de los individuos “como si”: (a) Una plasticidad pasiva y una tendencia a identificarse rápidamente con otros, (b) una moralidad superficial y fácilmente mutable, (c) una sugestibilidad como de autómata, y (d) una escisión de la agresión que les aporta “un aire de negativa bondad [y] de moderada amabilidad” (P.305). Deutsch señaló que, a pesar de la apariencia externa de relativa normalidad, estos individuos carecen de sentimientos genuinos. Sus emociones no están sustentadas sobre experiencias internas auténticas. Enfatizó que dicha incapacidad emocional es diferente de:
. . .La frialdad de los individuos reprimidos, en los cuales a menudo existe una vida emocional altamente diferenciada oculta tras de una pared, pudiendo ser manifiesta la pérdida de afecto, o quedar encubierta por las sobrecompensaciones… … [mientras que] en el individuo “como sí”, ya no se trata de un acto de represión sino de una pérdida real de catexis de objeto. La relación aparentemente normal con el mundo externo corresponde a la imitación infantil y es la expresión de la identificación mímica  con el ambiente, que da por resultado una adaptación ostensiblemente buena con el mundo de la realidad, a pesar de la ausencia de catexis de objeto p.304).
Aunque el cuadro clínico descrito por Deutsch es prototípico de los más severos trastornos de autenticidad, la patología menos grave del mismo tipo puede ser observada en la mayoría de los pacientes fronterizos, narcisistas, esquizoides y esquizotípicos . Los escritos de autores existenciales sobre el “hombre alienado”, resumidos por Johnson (1977), están repletos de descripciones de dicha falta de autenticidad. Una similar ausencia de profundidad se encuentra implícita en las descripciones de los individuos esquizoides hechas por Fairbairn (1952) y por Guntrip (1968), las del “falso si-mismo”, hechas por Winnicott (1960), las del “sí-mismo dividido” por Laing   (1965), las del trastorno narcisista de la personalidad por Akhtar y Thomson (1982) y la de los “si-mismos ocultos” por Khan (1983).
Trastornos Sutiles de la Imagen Corporal
Los individuos con identidad bien establecida tienen una imagen corporal realista y su experiencia global de sí mismos se sustenta sobre adecuados fundamentos somáticos. Estas bases somáticas de la identidad del Yo han sido inmortalizadas en la aseveración de Freud (1923) de que “el Yo es, en primer lugar, y ante todo, un Yo corporal” Winnicott (1949, 1960), Jacobson (1964), Mahler (1968, 1971, 1975, 1983) y Kernberg (1967, 1976) han tomado en cuenta este aspecto para desarrollar sus ideas respecto a la identidad personal13.
Por lo anterior, resulta en cierta medida sorprendente el notar que la tendencia en la literatura psicoanalítica y particularmente en la psiquiátrica, ha sido la de asociar casi en forma refleja los trastornos del esquema corporal, ya sea con los conflictos estructurales de los histéricos o con las fragmentaciones yoicas antropomórficas de los psicóticos. El hecho es que a menudo se observan trastornos de la imagen corporal en individuos con difusión de la identidad, v.g. individuos cuya organización caracterológica se encuentra a medio camino entre los neuróticos y los psicóticos (Kernberg, 1970). Algunos de estos pacientes tienen la sensación de que sólo existen desde su cuello hacia arriba, es decir, para ellos sólo sus cabezas son reales. Otros hacen valoraciones erróneas de su peso, estatura, voz, aspecto, complexión de la piel, etc. Otros incluso sienten que sus genitales son inadecuados o que ni siquiera les pertenecen. La frecuente coexistencia de anorexia nerviosa (Knight, 1954) y transexualismo (Socarides, 1970; Volkan, 1979) con una subyacente organización fronteriza de la personalidad, atestigua en pro del trastorno de la imagen corporal en la difusión de la identidad. Otros dos ejemplos son, la referencia de Stern (1938) al término “rigidez corporal” de los pacientes fronterizos, en el trabajo que introdujo el término “borderline” 14 a la literatura psiquiátrica; y el señalamiento de Bach (1977) respecto a la “peculiar sensibilidad termal y masoquismo dérmico” en los individuos narcisistas. En general puede decirse con bastante seguridad que mientras más severos sean los conflictos relacionados con la identidad, mucho mayor serán  posibilidad de que exista un trastorno asociado en el esquema corporal.
Sensaciones de Vacío
Los individuos que poseen una conciencia subjetiva de continuidad y solidez interna pueden sostenerse a sí-mismos en ausencia de cualquier contacto social. Cuando están solos, pueden utilizar recursos internos para tener una soledad pacífica. Sin embargo, los individuos con difusión de la identidad, especialmente aquellos con aspectos esquizoides, experimentan bajo dichas circunstancias, una sensación de vacío interno (Kernberg, 1975; Singer, 1977ª, 1977b). Se sienten “huecos”, “vacíos”, o “sólo la concha” (Guntrip, 1968; Kernberg, 1975; Johnson, 1977; Levy, 1984).
Las operaciones defensivas utilizadas por estos individuos para protegerse del desaliento de la vacuidad tienen grandes variaciones. En algunos pacientes se desarrolla una anhela te e insistente “preocupación por estar vivo” (Singer, 1977b) o, utilizando la frase de Winnicott (1935), un incremento de la “defensa maníaca”, lo cual puede manifestarse en su constantemente estar activo y nunca pasivo, su evitación de la soledad y de la contemplación silente, su hablar incesante y su socializar compulsivo. Otros de los diversos procedimientos que pueden adoptar para apartar de sí las sensaciones de vacío (Kernberg, 1975; Singer, 1977b) son: episodios de bulimia, alcoholismo, ingesta de drogas, relaciones sexuales compulsivas e incluso conducta provocativa que en última instancia “llena” al individuo con ira. Kahn (1983) opina que tales desafueros frecuentemente son una forma llamativa de enmascarar la carencia de solidez interna. En esta misma línea, si bien en forma más regresiva, otra manera de combatir el vacío interno puede3 ser la automutilación y el ver brotar de sí-mismo la propia sangre. Tal vez pertenezcan al mismo espectro los individuos que utilizan el orinar frecuentemente para asegurarse a sí mismos que están llenos de algo y, por lo tanto, no están vacíos (Agoston, 1946).
La sensación de vacío es distinta de la de soledad, la cual puede ser experimentada por muchos individuos neuróticos e incluso normales. El sentimiento de soledad se caracteriza por un doloroso a anhelo de un objeto o situación no permitida por la conciencia o no disponible en la realidad. El mundo interno, aunque afligido, está poblado por fantasías y vivo con emociones. La sensación de vacío, con su ausencia de anhelos, es una experiencia mucho más profundamente atemorizante y deshumanizadora. Sin embargo, el énfasis  superior” (Kernberg, 1970), la queja aislada de estar vacío puede en ocasiones ser una comunicación simbólica de una fantasía inconsciente relacionada con un conflicto estructural del tipo de impulso-defensa. Singer (1977ª) y más recientemente Levy (1984) han revisado la literatura respecto a los diversos significados de sentirse vacío desde la perspectiva tradicional de la teoría de los instintos.
Disforia de Género
Los individuos con una identidad sólida poseen una claridad subjetiva respecto a su género. Un concepto de género bien consolidado consiste de tres aspectos: Identidad nuclear de género (Stoller, 1968), o el percatarse de la pertenencia a un sexo y no al otro; rol de género (Tyson, 1982) o la conducta manifiesta de una persona en su relación con otros, en lo que respecta al género propio; y orientación de pareja sexual  (Green, 1975), o el sexo preferido del objeto de amor. Una identidad de género coherente está en concordancia con el sexo biológico propio y muestra armonía entre la identidad nuclear de género, el rol de género y la orientación de pareja sexual;  lo que se traduce en una elección heterosexual de objeto y un comportamiento global apropiado al género, incluyendo el atavío, los ademanes, roles, prioridades sociales, conducta sexual y relaciones interpersonales. Tal identidad genérica sólida surge del interjuego de los atributos constitucionales y los factores culturales y está aparejada con la aceptación profunda de las diferencias entre los sexos, el predominio de las identificaciones con la figura primaria del mismo sexo y el reconocimiento de la complementariedad del sexo opuesto (Stoller, 1968; Galenson y Roiphe, 1971; Mahler et al, 1975; Tyson, 1982).
Los individuos con difusión de la identidad, habiendo fracasado en la superación de estos desafíos del desarrollo, manifiestan debilidad de la identidad de género; lo anterior se puede hacer evidente en sus dificultades con la heterosexualidad o en la presencia de conductas manifiestas consideradas más apropiadas para el sexo opuesto; o su falla puede consistir en la incapacidad de transmitir el mensaje de pertenencia a ninguno de los sexos, manifestando así un estado eunucoidismo psíquico. Sin embargo, la confusión de género puede estar restringida a su experiencia subjetiva, particularmente sus fantasías sexuales. La observación de que muchos transexuales que  buscan someterse a cirugía de re-asignación de sexo presentan una organización fronteriza de la personalidad (Socarides, 1970; Volkan, 1979; Meyer, 1982) confirma la frecuente coexistencia de disforia genérica y difusión de la identidad.
Relativismo Moral y Etnico Desorganizado
Una identidad saludable posee un componente étnico. A través de la exposición a las costumbres familiares y a las identificaciones que van teniendo lugar, el niño en crecimiento adquiere un concepto de etnicidad, mismo que le provee de una sensación de pertenencia a un grupo aún mayor y le imparte una continuidad histórica a la existencia del niño(a) (Erikson, 1950, l956, 1968). Una resolución exitosa, o casi, del complejo de Edipo se agrega a este ingreso del niño en el universo paterno (Chasseguet-Smirgel, 1984). La idealización resultante del padre aporta una comprensión de las diferencias generacionales y provee del ímpetu para la filiación familiar y comunitaria. Este concepto étnico temprano, rayano en la etnocentricidad, se diluye durante la adolescencia, cuando tiene lugar una cierta desidentificación con las costumbres de los padres. Una mayor interacción con diversos grupos étnicos y sociales durante la adolescencia facilita aún más el que se suavice el etnocentrismo de la infancia. Sin embargo, la etnicidad, y el concomitante orgullo sobreviven más allá de la adolescencia y le agregan profundidad a la identidad saludable del adulto.
Los individuos con difusión de la identidad presentan una peculiar palidez de su etnicidad. Esta ausencia de una importante base histórico-cultural de la identidad tiene por resultado una concepción de etnicidad peculiarmente polimorfa, lo que se hace endenté en el vago y desigual concepto de historia, filiación generacional, normas culturales, afiliaciones a grupos, elecciones de objeto, estilo de vida y prácticas de crianza de los niños, Faltos de un anclaje étnico, la identidad adquiere una actitud falsamente liberal con implicaciones potencialmente perversas .
Un hallazgo relacionado con lo anterior en tales individuos, es el de un relativismo moral desorganizado. En contraste con  la flexibilidad esperable en el Superyo del postadolescente, su conciencia moral presenta una amplitud exagerada. Manifiestan sorprendentes contradicciones en su sistema de valores (Kernberg, 1967) y en ocasiones una peculiar ausencia completa de valores internos genuinos (Deutsch, 1942) pueden funcionar con una “moralidad esfinteriana” (Ferenczi, 1926) es decir, gobernando su conducta social mediante las expectativas de recompensa o castigo procedentes de  fuentes externas, en lugar de hacerlo mediante pautas internas que dan lugar a preocupación y culpa. En otras ocasiones, sus ideales y convicciones son simples reflejos de lo que otra persona considera buen o malo. Una adhesión exageradamente entusiasta a ciertos principios morales puede ser rápida y completamente reemplazada por algún otro principio contradictorio sin una transformación interna, si cambia el círculo de amistades del sujeto. La ausencia de una moralidad interna aumenta la necesidad de ser dirigido por otros y a veces implica una vulnerabilidad incrementada a cultos religiosos esotéricos. Esta correlación entre una identidad débil y falta de autenticidad, y la existencia de defectos en el superyó, ha sido comentada por Abraham ( 1925), Deutsh (1942), Greenacre (1958) y más recientemente por Chasseguet-Smirgel (1984).
DIAGNOSTICO DIFERENCIAL DE LA DIFUSIÓN DE LA IDENTIDAD
Trastornos Psicóticos de la Identidad
La difusión de la identidad debe ser diferenciada de los trastornos en la percepción del sí-mismo que se observan en los trastornos psicóticos (Hamilton, 1974). Los trastornos psicóticos de la identidad15 (v.g. sensaciones de ser otra persona o de ser muchas personas simultáneamente) se presentan encuadrados dentro de una severa desorganización de la personalidad, con pérdida de los límites del sí-mismo y de los objetos. Generalmente, los síntomas son bizarros y de proporciones delirantes. Aún en los casos en que los aspectos relacionados con la identidad parecen ser las únicas manifestaciones presentes, el interrogatorio cuidadoso revela la presencia de afectos inadecuados, alucinaciones y otro trastornos del pensamiento. Los individuos con difusión de la identidad, en cambio, no son sicóticos y no presentan alteraciones  en la prueba de realidad.
Personalidad Múltiple
Los síndromes de difusión de la identidad y de personalidad múltiple pueden coexistir y, de hecho, en lo fenomenológico se superponen en cierto grado (Fast, 1974; Abse, 1983; Buck, 1983; Benner y Joscelyne, 1984). Ambas condiciones implican la carencia de un sí-mismo integrado y de contradicciones  en la personalidad; sin embargo, distan de ser idénticas. Los individuos con difusión de la identidad no presentan los marcados fenómenos histéricos –v.g. fugas, anestesis, estados similiares al trance, alteraciones fisionómicas, escritura automática; Abse, 1983; Buck, 1983; Benner y Joselyne, 1984). Ambas condiciones implican la carencia de un sí-mismo integrado y de contradicciones en la personalidad;  sin embargo, distan de ser idénticas. Los individuos con difusión de la identidad no presentan los marcados fenómenos histéricos –v.g. fugas, anestesias, estados similares al trance, alteraciones fisionómicas, escritura automática, etc.- que a menudo se asocian a los casos de personalidad múltiple (Fast, 1984). No muestran la elaboración, personificación, denominación y dramatización de sus atributos disociados; que es característica de la personalidad múltiple; tampoco tienen la amnesia que mantiene separadas las diferentes identidades (Abse, 1983). Tan es así, que en los casos de personalidad múltiple que no presentan dicha amnesia disociativa debe ser sospechada la presencia de difusión de la identidad, trastorno fronterizo de la personalidad, o incluso esquizofrenia.
Resulta claro que es concebible considerar que los casos de difusión de la identidad, personalidad múltiple y trastornos psicóticos de la identidad forman  parte de un espectro de severidad cuantitativa determinada por el predominio del proceso primario, la falla en la función sintética del Yo, la distorsión de la experiencia del sí-mismo y la separación del Yo con respecto a la realidad. En relación con lo anterior se puede constituir un grupo particular, integrado por los individuos que crónicamente utilizan alias y que deliberadamente cambian sus nombres para borrar sus identidades previas. Su psicopatología tal vez yace en algún punto intermedio entre la difusión de la identidad y la personalidad múltiple. Estos individuos, a quienes rara vez se les ve en la práctica psicoanalítica, -sobre todo en las formas más flagrantes- son a menudo los protagonistas de historias noticiosas de engaños e identidades ocultas. Abraham (1925), Greenacre (1958), Deutsch (1955)  y más recientemente Gedimen (1985) y Chasseguet Smirgel (1984) han escrito acerca de dichos impostores detallando los significados que despierten en las personas comunes16.
Crisis de Identidad de la Adolescencia
El diagnóstico diferencial entre la difusión de la identidad y la crisis de identidad en la adolescencia es más útil y difícil. Kernberg (1978) sugirió que el término “crisis de identidad” debe reservarse para referirse a la reaparición de dudas, regresión en la conducta, y reorganización de la identidad, esperables y fase-específicas que tiene lugar en la adolescencia. Kernberg hizo hincapié, en concordancia con Masterson (1967) y con Offer (1969, 1971), en que los adolescente que están atravesando la crisis de identidad, no presentan patología crónica, ni profundamente arraigada, de relaciones objetales. Incluso durante el caos conductual, dichos adolescentes son capaces de mantener sensaciones de autenticidad  y de percibir a los otros con ambivalencia en lugar de considerarlos como caricaturas de lo bueno y lo malo. Sus idealizaciones, aunque intensas, están a menudo basadas en un conocimiento sorprendentemente profundo de sus héroes; además, estos últimos son como estaciones temporales de paso hacia la investidura de objetos reales (Blos, 1967) y no sus substitutos. Su conflictiva está relacionada con sus roles psicosociales y sus elecciones vocacionales y no permean la totalidad de la experiencia del sí-mismo. No presenta defectos de la “Identidad nuclear de género” (Stoller, 1968) y aunque se puedan sentir solos, no experimentan la terrorífica y maligna sensación de vacío que se asocia a la difusión de la identidad.
El término “difusión de la identidad” designa una patología más grave que tiene por origen severas frustraciones durante la temprana infancia. En los individuos con difusión de la identidad predomina la escisión sobre la represión como el principal mecanismo de fensivo. El sí-mismo de estas personas está pobremente formado y contiene introyecciones no integradas e identificaciones de naturaleza marcadamente contradictoria.  Sus idealizaciones son fantásticas y se basan en un escaso conocimiento de sus héroes; a menudo, tales vínculos idealizados son un substituto de verdaderas elecciones de objeto. Las relaciones de objeto están considerablemente alteradas, estando severamente comprometida la capacidad para experimentar ambivalencia. El funcionamiento del Superyó es arcaico, contradictorio,  y a menudo se le experimenta: dependencia de los objetos externos para mantener una sensación coherente de uno mismo, lo cual da lugar a intensa vulnerabilidad y al sentimiento de vacío.
Tanto la crisis de identidad como la difusión de la identidad puede aparecer por primera vez durante la adolescencia; sin embargo, los síntomas de la difusión de la identidad no quedan restringidos a esta fase y pueden observarse en adultos de todas las edades. Además, aunque la crisis de identidad puede ocurrir durante la adolescencia de individuos neuróticos y relativamente normales, la difusión de la identidad pone de manifiesto la existencia de patología severa del carácter.
Conclusiones
Una identidad bien consolidada comprende: homogeneidad caracterológica e “igualdad del sí-mismo” (Erikson, 1956) persistente, continuidad temporal, autenticidad, correlación psicosomática, plenitud interna, claridad genérica y pautas étnicas y morales profundamente arraigadas. Además, el individuo con identidad sólida tiene un concepto de conexiones filiales y continuidad generacional, que coexiste pacíficamente con un concepto de su propia autonomía y singularidad. Existen contradicciones menores en el sistema del sí-mismo, pero son adecuadamente coordinadas por la función sintética del Yo. Las alternancias entre las diversas representaciones del sí-mismo, ni son repudiadas, ni tampoco impiden la directriz global del ideal del Yo particular del individuo.
Por otro lado, las personas con difusión de la identidad, tienen defectos en todas estas áreas. Presentan rasgos de carácter contradictorios, sentimientos de vacío, carencia de autenticidad, disforia de género, discontinuidad temporal en la experiencia del sí-mismo y relativismo étnico y moral desorganizados, resultante de una débil filiación y menoscabo de la continuidad generacional. Sin embargo, el grado en que se hace patente la difusión de la identidad tiene grandes variaciones. Los sujetos fronterizos pueden desplegar estos fenómenos en forma más patente que los pacientes narcisistas, los cuales están mejor integrados. Así mismo, las diversas manifestaciones de la difusión de la identidad pueden no ser igual de intensas en todos los pacientes que presentan este síndrome. Por ejemplo, los pacientes narcisistas pueden exhibir una mayor falta de autenticidad, los fronterizos mayor  discontinuidad temporal y los pacientes esquizotípicos más sensaciones de vacío. Dichas impresiones clínicas, habiendo sido sujetas a réplica y  elaboración, pueden ser útiles para desarrollar mejores perfiles fenomenológicos de estas condiciones. Esto puede, a su vez, utilizarse para generar hipótesis etiológicas y técnicas  psicoterapéuticas más específicas para los diversos subtipos de estos trastornos severos de la personalidad.
Mientras esperamos por dichos avances en la teoría clínica, la exploración de los aspectos relacionados con la identidad sigue siendo una parte importante de las evaluaciones diagnósticas.
La exploración de los aspectos relacionados con la identidad, y especialmente el reconocimiento del síndrome de difusión de la identidad, resulta ventajoso en la clínica de tres formas distintas. En primer lugar, es útil para hacer el diagnóstico diferencial de los trastornos de la personalidad; el síndrome se presenta en los trastornos de la personalidad fronterizo, narcisista, esquizoide, paranoide, hipomaniaco, esquizotípico y antisocial; pero no en los trastornos de carácter obsesivo, , histérico y evitativo o pseudo-fóbico (Aktar, 1987, 1988, 1989; Kernberg, 1967, 1970) Por lo tanto, los síntomas de difusión de la identidad ayudan a distinguir dos grupos básicos de trastornos de la personalidad. Sin lugar a dudas que éstos trastornos pueden ser aún más diferenciados a través de la valoración de la naturaleza de los conflictos y el grado de internalización de éstos (Dorpat, 1976; Greenspan, 1977), el predominio de la escisión sobre la represión (Kernberg, 1967; Aktar & Byrne, 1983), la historia del desarrollo (Masterson & Rinsley, 1975; Rinsley, 1978) y la profundidad de las relaciones de objeto (Jacobson, 1964; Kernberg, 1967, 1976; Mahler, 1975; Volkan, 1976.
La segunda ventaja reside en que la presencia del síndrome de difusión de la identidad alerta al médico respecto a la naturaleza reservada del pronóstico; los individuos que no presentan  trastornos serios de identidad desarrollan alianzas terapéuticas más firmes y se benefician más del tratamiento psicoterapéutico –psicoanalítico o de apoyo- que aquellos con difusión de la identidad (Kernberg, 1975; Adler, 1981).
En tercer lugar, el reconocimiento de este síndrome ayuda al psicoterapeuta a seleccionar su estrategia de tratamiento. En las condiciones en que no hay difusión de la identidad, la principal labor terapéutica es la exploración de la dinámica del inconsciente y su interpretación, utilizando como vehículo a la transferencia. Por otro lado, en los trastornos de personalidad con difusión de la identidad, dicho trabajo debe ser precedido por la confrontación activa y el esclarecimiento de las presunciones defectuosas básicas respecto al sí-mismo y a los demás (incluyendo, por supuesto, al analista). Los conflictos y las defensas relacionados con el “ser” deben ser explorados antes de aquellos aspectos relacionados con el “hacer”. Sólo después de que se ha establecido una identidad coherente, creando así la posibilidad de tener relaciones de objeto más profundas, puede iniciarse la psicoterapia o el análisis en su forma interpretativa tradicional.
Debe señalarse, por último, que el énfasis en las relaciones objetales hecho aquí, respecto a las diversas manifestaciones individuales de la difusión de la identidad (v.g., vacuidad, falta de autenticidad, etc.) no excluye las contribuciones, en cada uno de estos síntomas, de conflictos estructurales determinados en la etapa edípica. De esta forma, por ejemplo, la falta de autenticidad puede ser una manera de manejar el trágico impedimento del “sí-mismo verdadero” (Winnicott, 1960), un resultado de identificaciones débiles de objeto (Deutsch, 1942), una manifestación  de introyectos no-sintetizados y “no-metabolizados” (Kernberg, 1967) o, como he podido observar en algunos casos, una identificación con los padres cuya notoria falta de autenticidad propia era evidente para su hijo(a). Sin embargo, también puede tener raíces edípicas, en la medida en que haga patente una negación de las realidades edípicas y de la autoridad paterna (Chasseguet-Smirgel, 1983) o una defensa regresiva en contra de la autenticidad, la cual puede ser inconscientemente considerada como igual al parricidio (Godimen, 1985). Las mismas consideraciones dialécticas son igualmente aplicables a cualquiera otra de las manifestaciones mencionadas anteriormente. Cada una de ellas está sujeta al “principio de función múltiple (Waelder, 1930) y significa muchas cosas simultáneamente. Si se considera al síntoma aisladamente, no puede determinarse cuál de estos significados y, por lo tanto, que raíz del desarrollo es la más importante, sino que debe tenerse en cuenta la totalidad de la organización caracterológica y la manera en que se desenvuelve en el eje de transferencia-contratransferencia.

1 El autor agradece a J. Alexis Burland, M.D., Albert Kaplan, M.D., Selma Kramer, M.D. y a Thomas Wolman, M.D. por sus útiles sugerencias durante la elaboración de este artículo.

2 Traducido por Avelino Gaitán.
3Traducción revisada por Neftali Ortiz.
4 Esto implica que preguntas tales como “¿Quién soy yo?” eran fácilmente contestadas por generaciones anteriores. Evidentemente esto no es así. El ser humano siempre se ha debatido con la resolución de dichos temas y negarlo sería alimentar de combustible un cinismo nostálgico que protege una perspectiva infantil e idealizada de los padres.
5 Solipsismo: doctrina folosófica que sostiene que el Yo es lo único cognoscible o lo único existente. N.T.
6 Bach (1985) posteriormente correlacionó dichas “oscilaciones entre el percatarse de sí-mismo subjetiva y objetivamente” con las vicisitudes del proceso de individuación-separación. Señaló que los individuos que tiene dificultades en tener la experiencia subjetiva y objetiva de sí-mismos en forma simultánea, también experimenta el dilema crónico en términos de “. . .amor por sí-mismos o amor objetal, de aislamiento o bien amalgama de sadismo o masoquismo, y esto se acompaña de transferencia especular (controladora) o la transferencia idealizada (sumisa). El sado-masoquismo, por supuesto, refleja el hecho de que la línea objetal del rapprochment se sobrepone a la línea instintiva de la analidad, y la coerción del objeto sirve para disminuir o negar el percatarse de la separación” (p. 71). Además de correlacionar etiológicamente las oscilaciones entre la experiencia de sí-mismo interna y externa con los trabajos de Balint (1968), Kohut (1977) y principalmente Mahler (1975m etc.), Bach también describe en elocuente detalle los dolorosos impedimentos en la vida amorosa y laboral de “el paciente [que] puede, o bien estar perdido en un estado absorto sin percatarse de sí-mismo o percatándose constantemente de sí-mismo sin ser capaz de perderse” (p. 72).
7 El nombre propio provee de un puente entre las fuerzas literal-cognitivas y las mítico-dinámicas en la adquisición de la identidad. Aunque Abraham (1911) había comentado respecto al “poder determinante” de los nombres frente al carácter individual, la literatura subsecuente hace escasa referencia al descubrimiento por parte del niño de su nombre y al efecto organizador que este descubrimiento tiene sobre su identidad. También resulta interesante a este respecto el que la mayoría de los individuos viven pacíficamente con muchos apelativos: su nombre, apellido, apodo, un título, a veces un pseudónimo, una forma frecuente de ser llamado por los seres cercanos (“cariño”, “querido” [a], etc.). Resulta claro que la función sintética del Yo operando sin tropiezos y una identidad coherente subyace a la comodidad con que pueden coexistir múltiples nombres (véase el uso de alias y de cambio de nombres a continuación en este artículo).
8 Aunque la palabra Rapprochment pudiera ser adecuadamente traducida utilizando el término reaproximación, ha sido trasladada a la literatura psicoanalítica en español sin sufrir ningún a modificación, para evitar confusiones entre los estudiantes de psicología u psicoanálisis, en el presente texto también me abstengo de traducirla, prefiriendo emplearla tal como está en el original en inglés. N.T.
9 El término Wishfull thinking cuya traducción correcta sería  pensamiento pleno de deseo ha sido traducido como pensamiento optativo, siguiendo esta línea he utilizado aquí la palabra optativas con la misma connotación de algo que se desea. N.T.
10 No cabe duda que una consistencia rígida y caricaturizada puede ser una defensa en contra del caos interno. Tal era el caso con una empresaria narcisista que se sentía confundida y sin dirección durante los fines de semana a menos que vistiera sus ropas usuales de negocios, las cuales le aportaban identidad.
11 Muchos otros factores de patología subyacen a las crisis de la edad madura. Estos factores incluyen el narcisismo patológico que impide la aceptación de los propios límites psicosomáticos y la reactivación de ansiedades incestuosas que dan lugar al fracaso de una más profunda re-elaboración de los desafíos edípicos (Kernberg, 1980). Sin embargo, a pesar de ser patológica y dolorosa, la “crisis de la mitad de la vida” puede en ocasiones, tener por resultado una reorganización significativa de la identidad. El concepto de Erikson (1959) de “identidad pasiva” mediante la cual el hombre vuelve a ganar su posición activa, al enfrentarse a la insignificancia es relevante aquí. La experiencia de la “identidad pasiva” o “tocar fondo” es un indicador de una crisis profunda que da lugar a una retirada “mucho más abajo de la infancia que otorga confianza. . . [hasta un] regreso al estado de simbiosis con la matriz” (Erikson, 1958, p. 14). A partir de esta regresión puede surgir una reorganización decisiva, Lichtenstein (1963), eficientemente señala las similitudes entre la “identidad pasiva” de Erikson y la opinión de Lynd (1958) de las experiencias de vergüenza. Lynd cree que éstas “. . .pueden llevar e dos direcciones distintas: 1) pueden dar lugar a protección del sí-mismo expuesto y la sociedad expuesta mediante la negativa, a cualquier precio de reconocer la herida, cubriendo el efecto aislante de la vergüenza mediante la despersonalización hay la adaptación a cualquier código aprobado. 2) Si las experiencias vergonzosas pueden ser plenamente enfrentadas, si nos permitimos percatarnos de su importe, pueden informar al sí-mismo, y convertirse en una revelación de uno mismo, de la sociedad de uno y de la situación humana” (p. 71).
12 Resulta fascinante el señalar que desde una postura ateórica y absolutamente descriptiva, los fenómenos casi exactamente iguales han sido descritos en la literatura psiquiátrica británica como “ecopraxia de la memoria”. El término señala el hecho de que el ecopráxico no limita su imitación a aquellos que le rodean sino que puede imitar a aquellos que recuerda.
13 La psicología del Self  de Kohut es una notable excepción a este respecto ya que ignora por completo el rol del cuerpo en la formación del sí-mismo psicológico. En otro trabajo (Aktar, 1988) ya he comentado sobre esta carencia en la obra de Kohut.
14 Borderline significa fronterizo o limítrofe. En el presente trabajo he resuelto utilizar exclusivamente “fronterizo”, a excepción de esta cita en la que considere importante no traducir el término. N.T.
15 Aunque no han sido denominadas como tales, las fantasías de reconstrucción en la psicosis, existiendo paralelas al –mundo y destrucción-, siempre son fantasías de destrucción del sí-mismo y de reconstrucción del sí-mismo.
16 Para una exploración analítica de los aspectos socio-políticos de este tema, véase Rangell (1978).
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