Este trabajo de Ana Ma. Zellhuber fue expuesto en septiembre de 1989 durante el  VII Congreso de la Sociedad Psicoanalítica de México, A.C., en conmemoración del 50 Aniversario de la muerte de Sigmund Freud; y un año después se publicó en el Gradiva Vol. IV, No. 2.
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Al iniciar una revisión superficial de la literatura freudiana existente sobre el desarrollo psicosexual, parecería que nos encontramos con una concepción falocéntrica de la sexualidad humana, en la cual la mujer es y existe sólo a partir del hombre y no por sí misma. Esta impresión es producto del énfasis que hizo Freud en el estudio de la fase fálica y particularmente del Edipo, de ahí que muchas de sus conclusiones estén matizadas por este descubrimiento. Sin embargo ahondando un poco más en los conceptos freudianos, encontramos importantes hallazgos resultantes del estudio de las dos primeras fases del desarrollo, en los cuales se reconoce el papel central que la mujer juega en tanto objeto primario.
En 1905 en los “Tres Ensayos sobre la Teoría Sexual”, Freud describe ya una sexualidad oral, sin embargo no es sino hasta 1915 y después de haber reconocido la existencia de una organización anal que habla de la fase oral como primera etapa del desarrollo.
En esta primera etapa, de acuerdo con Freud, el placer sexual está ligado predominantemente a la excitación  de la cavidad bucal y de los labios.  El goce se produce cuando el bebé es amamantado, tanto por la estimulación provocada por el chupeteo, como por el restablecimiento del equilibrio perdido, al desaparecer la sensación displacentera que acompaña al hambre.
En una edición hecha en 1923 al caso de Juanito (1905b), Freud comenta: “. . . Se ha hecho observar que el niño de pecho tenía que sentir ya el acto de serle retirado el seno materno al terminar cada una de sus mamadas como una castración, esto es, como la pérdida de una parte importante de su propio cuerpo. Igual sensación despertaría en él el acto regular de la defecación. (Por último), el nacimiento mismo, como separación del cuerpo de la madre, con la cual ha formado hasta entonces el niño un solo ser, constituiría el modelo primordial de toda castración”. Posteriormente aclara que sería conveniente limitar el término castración a la pérdida del pene. Lo realmente importante es que en este comentario, Freud da a entender que esta angustia primaria es el prototipo de otras que ya se han mencionado y que son de posterior aparición.
Si bien es cierto que Freud no profundizó mayormente en sus estudios acerca de la relación pecho-madre-bebé, sí sentó las bases que servirían para estudios más detenidos como los realizados por Melanie Klein.
Para esta autora, en los primeros meses de vida, “El pecho es instintivamente percibido como la fuente de alimento  y por lo tanto, en un sentido más profundo, como origen de la vida misma”, de ahí que en la fantasía del bebé, el pecho sea capaz de satisfacer la totalidad de sus impulsos, atribuyéndole calidades que van más allá del alimento real que proporciona, lo anterior llevó a Klein a plantear que el pecho nutricio es el primer objeto envidiado, ya que el bebé siente que aquel posee todo lo que él desea y además un fluir ilimitado de leche y amor que es retenido para su propia gratificación, esto hace comprensible que la envidia surja aún cuando el bebé esté adecuadamente alimentado. Me parece importante recalcar que para esta autora la envidia surja aún cuando el bebé esté adecuadamente alimentado. Me parece importante recalcar que para esta autora la envidia lleva implícita la destrucción del objeto deseado.
Klein también plantea que cuando el bebé se percata de que el pecho es parte de la madre, la representación mental que tiene de ésta, es por tanto omnipotente, cuya obligación es impedir todo displacer, bien sea que provenga de fuentes internas o externas.
Prosiguiendo con la secuencia del desarrollo, llegamos a la etapa anal, la cuál de acuerdo con Freud, es la segunda fase de la evolución y en la que tiene primacía la zona erógena anal. Aquí la relación con el objeto primario está impregnada de significaciones ligadas a la función de defecación y del valor simbólico  que el niño da a las heces. En su artículo “Sobre las Transmutaciones de los instintos y Especialmente del Erotismo Anal” (1917), Freud propone la equivalencia simbólica: heces = regalo = pene = bebés = dinero, en esta equivalencia  se hace patente que el niño continúa en una estrecha relación con la madre, identificado con ella y por tanto, en su fantasía, capaz de engendrar. Este vínculo entre la función materna y la excremental, se ver reforzado por la interacción entre ambos al ser ella quien, generalmente, entrena al pequeño en su control de esfínteres. El niño retendrá o expulsará las heces dependiendo de si quiere agradar –o agredir- a sus figuras primarias, si desea o no darles un regalo, de acuerdo con el tipo de vínculo que se esté estableciendo con éstas en ese momento.
Vemos pues que para Freud, el niño y la niña se desarrollan de manera idéntica a lo largo de las dos primeras fases de la evolución, compartiendo los mismo órganos de placer sexual, primero la cavidad bucal y posteriormente la zona erógena anal, siguiendo esta línea, Freud afirma que cuando el niño alcanza la fase fálica y con ésta el descubrimiento de su genitalidad, reconoce un único órgano de placer, el falo, la oposición de los sexos se daría por primera vez con la diada fálico-castrada. Es decir, de acuerdo con esta concepción, la niña continúa comportándose y percibiéndose a sí misma como un varón, que en algún momento tuvo pene pero fue despojada de éste, ignorando además la existencia de su vagina como órgano de estimulación sexual y sintiéndose desilusionada al comparar su clítoris con el pene, imaginando que el goce sexual está en relación directa al tamaño del órgano genital.
Esta comparación, junto con otras experiencias vividas por la niña como los privilegios sociales de los que goza el varón, la llevan a desear poseer un órgano igual, al ser esto imposible se suscita en la infantil sujeto la envidia de pene. Para Freud esta es la primera manifestación clara de envidia que se da en el desarrollo y se expresará de dos maneras diferentes en la edad infantil. 1 simplemente en el deseo de tener un pene en el lugar que ocupa su clítoris y; 2, en el deseo de adquirir un pene, engulléndolo y reteniéndolo para transformarlo posteriormente en un niño. A estas dos manifestaciones infantiles del anhelo de un pene, se une una tercera en la edad adulta que correspondería al deseo de gozar de un pene durante el coito.
Freud utilizaba indistintamente los términos envidia, deseo o anhelo, autores posteriores como ya lo vimos en el caso de Klein, han diferenciado estos conceptos. Creo necesario profundizar un poco más en el significado de la palabra envidia ya que el uso indiscriminado que se le ha dado conduce a interpretaciones equivocadas de la sexualidad femenina. De acuerdo con la Real Academia de la Lengua envidia es: “Un sentimiento de competencia con otra persona, por el cual se desea alcanzar una serie de cualidades u objetos que ella posee, a la vez que la pérdida de los mismo para ésta”.
El planteamiento freudiano está basado en la certeza de la falta de conocimiento que tiene la niña de su vagina. Autores como Helen Dutsch, Ruth MackBrunswick, Amapola González, Karen Horney, por mencionar algunos, contrariamente aseguran la existencia de estimulación vaginal en la niña desde sus primeras fases del desarrollo, lo cuál desde un punto de vista fisiológico parecería más acertado puesto que las terminaciones nerviosas se encuentran ya presentes al momento de nacer. Estudios más recientes afirman la existencia de secreciones vaginales en la niña desde muy temprana edad.
La diferencia entre niño y niña estribaría en la comprobación práctica que pueden hacer de su órgano genital, mientras el varón puede llevar a cabo una exploración y reconocimiento de su falo, estableciendo así la representación mental correspondiente a la relación entre la sensación placentera y el órgano responsable de ella, la niña forzosamente tendría una representación menos específica en cuanto a la forma del órgano que ocasiona dicha sensación.
Por otro lado, fisiológicamente hablando, también se puede suponer la presencia de sensaciones clitoridianas que se presentan de forma alterna o simultánea con sensaciones vaginales aunque, como ya lo mencionaba Freud, el clítoris se encuentra más catectizado en los primeros años de vida, por la posibilidad de estimulación directa a través de la masturbación externa, de ahí que el concepto freudiano de envidia de pene no halla sido descartado.
La mayoría de los autores concuerdan con la existencia de una envidia de pene real y la clínica comprueba que las  niñas en fase fálica y como parte de su desarrollo normal, desean poseer un falo, deseo que surge de la tendencia inherente al ser humano de anhelar lo que no posee y considera gratificante.
La polémica se desata cuando escuchamos a algunos autores afirmar que todas las mujeres envidian el pene, o lo simbolizado en éste, de manera permanente a lo largo de toda su vida, y que sus actitudes frente al hombre o a lo considerado varonil estarán influenciadas por esta envidia irresoluble.
El deseo de la mujer de intervenir en los campos hasta ahora considerados, equivocadamente, como exclusivos del hombre puede ser visto como un anhelo de expansión, un deseo de ir más allá del rol madre-esposa al cual se había limitado, pero en el momento en el que este deseo es conceptualizado como envidia, estaríamos hablando de un rasgo patológico que lleva implícito la destrucción del pene para no sentirse inferior por la ausencia de éste en ella.
Ciertamente habrá mujeres que permanezcan atadas a una envidia de pene no resuelta esta envidia matizará muchas de sus actitudes ante la vida, pero será producto de una detención en el desarrollo favorecida por un ambiente familiar o social en el cuál estén presentes el desprecio a lo femenino y la sobrevaloración de lo masculino, en el que la mujer se encuentre permanentemente castrada en su potencialidad de desarrollo humano, tanto intelectual, como laboral y de expresión y goce de su sexualidad. Sin embargo, no puede generalizarse como un rasgo característico de lo femenino. En ocasiones el visualizar la participación de la mujer en nuevos campos como producto de su envidia, parecería más el resultado de la angustia de castración que despierta en el hombre esta nueva actitud de la mujer.
Tal vez una explicación parcial del sometimiento de la mujer, que ha existido a lo largo de la historia, estaría en relación con el anhelo del pecho materno y de la madre omnipotente, resultando de este deseo el que el hombre no sea capaz de ver en la mujer otra figura que la materna y ella, a su vez, gustosa asuma ese papel para rescatar, de igual manera, la omnipotencia compartida con la madre.

Quizá la sobrevaloración del falo sea secundaria a una envidia no resuelta de la omnipotencia materna y de su capacidad reproductora, es decir, se erige como una defensa maniaca ante la dolorosa realidad, en tanto implica no poseer lo que se anhela.

BIBLIOGRAFÍA
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