Compartimos un trabajo de Roberto Gaitán González, que es parte de nuestra Antología Gradiva.

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“…Yo no canto al Jesús del madero sino al que anduvo en la mar…” escribió Machado. De la misma forma prefiero en este trabajo hablar de los conceptos e ilusiones de un hombre que en la plenitud de sus capacidades inició una corriente de pensamiento que a cien años de distancia aún conmueve a la humanidad y despierta polémicas; en lugar de recordar al Sigmund Freud que, vencido por la enfermedad –que no por la vida-, pidió a su médico de cabecera, Max Schur, que pusiese fin a sus dolores hace cincuenta años.Hablo de Freud que iniciaba la salida de su “espléndido aislamiento” como él lo definió para iniciar la etapa de combate y consolidación de la teoría psicoanalítica.
A partir de 1902 se formó la Sociedad Psicológica de los Miércoles, integrada por un “cierto número de médicos más jóvenes”; el pequeño grupo así iniciado –nos dice Freud- adquirió pronto mayor amplitud y cambió varias veces de composición en los años siguientes; se integraron como Asociación Psicoanalítica Privada de Viena, pero enfrentaban, sin embargo, dos circunstancias que constituían un mal presagio y que acabaron por distanciarlo internamente del grupo. No consiguió, en efecto: establecer entre sus miembros aquel acuerdo que debe reinar entre hombres consagrados a una misma ardua labor, ni tampoco ahogar las disputas sobre prioridad, a las que  el trabajo común daba frecuente ocasión. Las dificultades particularmente grandes de la enseñanza práctica del psicoanálisis, a las cuales se deben muchas desavenencias actuales, no tardaron en hacerse sentir… (Freud, 1914).
Estas circunstancias, que mantenían incierto el futuro del psicoanálisis, cambiaron en 1907, al entrar en contacto el grupo de Viena con personalidades científicas interesadas en el movimiento psicoanalítico, residentes en diversos puntos y en particular la Escuela Psiquiátrica de Zurich; se unieron en el primer Congreso Psicoanalítico realizado en 1908. A partir de la fusión de las escuelas de Viena y de Zurich adquiere el psicoanálisis el extraordinario incremento que hoy conserva y del que testimonian tanto la difusión de las publicaciones relacionadas con esta disciplina como el número de personas que la practican o quieren aprenderla (Freud, 1914).
En el segundo Congreso Psicoanalítico Privado, celebrado en Nuremberg en 1910, Sigmund Freud, influenciado en parte por el éxito obtenido en los Estados Unidos de Norteamérica con sus “Conferencias sobre psicoanálisis”, publicadas en el American Journal of Psychology, así como por la necesidad de consolidar la posición del movimiento psicoanalítico en Europa (donde enfrentaba una creciente hostilidad de los países germanos, aunado al inesperado refuerzo que aportaba la escuela de Zurich), pensó organizar el movimiento psicoanalítico con la fundación de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Por un lado, con la finalidad de crear una organización revestida de autoridad suficiente para delimitar el campo del psicoanálisis y evitar los abusos que podrían cometerse a la sombra del mismo cuando éste adquiriese popularidad. Por otro lado, la idea incluía el garantizar el entrenamiento y posterior actividad de los partidarios del psicoanálisis, quienes se apoyarían en el seno de una asociación. “Estos propósitos –dijo posteriormente Freud-, los únicos que me guiaban en la fundación de la Asociación Psicoanalítica Internacional, excedían, por lo visto, de lo posible”.
Con esto en mente, Freud pronuncio su conferencia: “El Porvenir de la terapia analítica”, donde desarrolló un tema que consideró “práctico y de interés profesional más que científico”. En él se proponía demostrar que la aportación de nuevos medios para comprender y luchar contra la conflictiva psíquica no había terminado aún y señalaba el camino a seguir para ampliar considerablemente el campo de acción de la intervención terapéutica psicoanalítica.
Freud dijo que el incremento de las posibilidades curativas del psicoanálisis resultaría de la acción conjunta de tres factores: progreso interno, incremento de autoridad y efecto general de la labor de los psicoanalistas.
Al hablar de progreso interno, Freud aclaró que se refería tanto al acervo de conocimientos teóricos como al desarrollo de una técnica psicoanalítica que permitiera la aplicación práctica de la teoría. Mencionaba, a guisa de ejemplo, la diferencia que representaba el apremiar de continuo al paciente para que revelara todo lo que ocurría, frente a la posibilidad de apoyarse en un marco teórico de referencia que permite proporcionar al enfermo aquella representación consciente provisional y le ayuda a encontrar en sí, por analogía la representación reprimida inconsciente, ayuda intelectual que le facilita el vencimiento de las resistencias entre lo consciente y lo inconsciente.
Mencionaba superficialmente, como mecanismo mucho más poderoso empleado en la cura analítica, el aprovechamiento de la transferencia, y que junto con el simbolismo de los sueños y de lo inconsciente representaban áreas donde quedaba mucho por aprender.
Señalaba como una de las metas, el facilitar al enfermo un amplio acceso a su psiquismo inconsciente:
…nuestra técnica ha sufrido una transformación radical. En la época del tratamiento catártico, veía su fin en la explicación de los síntomas; más tarde nos apartamos de los síntomas y nos orientamos hacia el descubrimiento de los “complejos”…Por último, hoy en día encaminamos nuestra labor hacia el descubrimiento y vencimiento de las resistenciasy confiamos justificadamente en que los complejos emerjan por sí mismos una vez reconocidas y  vencidas las resistencias.
Se había identificado ya la existencia de la contratransferencia, que surgen en el analista bajo el influjo del enfermo, y el hecho de que ningún psicoanalista llega más allá de cuanto se lo permiten sus propios complejos y resistencias, en consecuencia, se exigió que todo principiante inicie su actividad con un autoanálisis.  Freud reconocía ya que la técnica analítica debía adoptar ciertas modificaciones, según la patología de que se trate y de los instintos predominantes en el sujeto.
En unos cuantos párrafos esbozaba la línea que habría de seguir el movimiento psicoanalítico en los años siguientes: fortalecer el marco teórico de referencia para mejorar la comprensión del inconsciente, profundizar en el estudio e identificación de la transferencia y contratransferencia, sus aplicaciones prácticas, el conocimiento del lenguaje simbólico utilizado en los sueños y por el inconsciente en general; dirigir esta bagaje teórico hacia la identificación y derrota de las resistencias, otro concepto importante, confiando  en que la conflictiva inconsciente se haría consciente por este camino.
En cuanto al entrenamiento de los psicoanalistas, señalaba la imposibilidad de realizar un trabajo psicoanalítico adecuado cuando el propio analista no había resuelto la conflictiva inconsciente individual, señalamiento que se convirtió en requisito para todo especialista en la materia.
Los psicoanalistas y Freud mismo se abocaron a la tarea señalada, con lo cual, tanto la teoría como la técnica psicoanalítica evolucionaron y fueron concretándose los requisitos que los psicoanalistas debían satisfacer para serlo.
La magna tarea en la que se requería simultáneamente investigar, descubrir, aplicar los conocimientos para desarrollar técnicas idóneas y enriquecer el edificio conceptual psicoanalítico implicó que los investigadores, con cada concepto nuevo que afectara algún aspecto de la teoría, necesitara mover el edificio completo, con las remodelaciones inherentes y la demolición eventual de antigua estructuras, manteniendo a los psicoanalistas y al psicoanálisis mismo en un estado de tensión constante, normal en toda persona o grupo que enfrenta cambios y con el resto de resolver el conflicto o bien desarrollar patología.
Para mencionar un ejemplo, diez años después del trabajo que da título a esta ponencia. Freud publica Más allá del principio del placer, trabajo controversial a partir del cual el concepto de pulsión agresiva adquiere carta de identidad propia y queda indisolublemente ligado a la pulsión libidinal; esta innovación obliga, por sí misma, a la relectura de la obra previa, no sólo freudiana sino de todos los psicoanalistas, a fin de integrar el “nuevo” concepto. La reacción no se hizo esperar, algunos consideraron “poco científico” este trabajo y en consecuencia dictaminaron –por decreto casi- que ni el instinto de muerte ni su manifestación –la agresión- existían. Otros, como Fenichel, 35 años después, aceptaron la presencia de manifestaciones agresivas en el ser humano pero: “…no un fin instintivo en sí mismo, característico de una categoría de instintos por oposición a otros, sino una manera que a veces adepta la pugna por la satisfacción instintiva en respuesta a las frustraciones…” Y poco después dice: “si nos abocamos al estudio del desarrollo de la sexualidad, podremos dejar de lado la especulación…” Afirmaciones como ésta fueron definiendo el destino del psicoanálisis en Norteamérica, su predilección por la psicología del yo y el atraso que se observó en la integración de valiosos conceptos klenianos al cuerpo de teoría manejado en esa región del mundo.
La contrapartida fue la aceptación plena de la existencia del instinto de muerte y su manifestación más clara: la agresión, por parte de Melanie Klein y seguidores, quienes convirtieron este concepto en piedra angular de posteriores desarrollos teóricos, devaluando en reciprocidad los modelos conceptuales propuestos por aquellos cuya línea de investigación –por otros derroteros- realzaba la importancia de las defensas y las resistencias del aparato psíquico.
Tres años después de Más allá del principio del placer en El yo y el ello (1923), Freud trata de dar nuevamente coherencia a su teoría abandonando conceptos previos (no los explicó de nuevo explícitamente, dejó esta labor a sus seguidores) y postula la existencia de tres instancias psíquicas: el ello, el yo y el superyó. Este artículo marca otro punto de inflexión en la teoría psicoanalítica, y por lo tanto, nuevo motivo de tensión y búsqueda de formas de resolver la conflictiva teórica.
J. Lacan –treinta años después de publicado El yo y el ello– surge para presentar una de las alternativas teóricas de solución de esta aparente contradicción y busca anular la importancia o trascendencia de la segunda tópica freudiana, calificándola como parte del discurso del otro y en consecuencia, un constructor cuya finalidad es obstaculizar el conocimiento y manifestaciones simbólicas del inconsciente.
Con este ejemplo, examinado evidentemente de manera harto superficial, las consecuencias que para la teoría psicoanalítica tuvo la inclusión de un solo concepto, puede darse una idea de la labor que implica desarrollar únicamente el primer punto propuesto por Freud en “El porvenir de la terapia psicoanalítica”: Progreso interno, tanto de nuestros conocimientos como de nuestra técnica. Tocar un solo concepto hizo necesario mencionar a la pujante escuela de la psicología del yo, la innovadora escuela Kleiniana y el llamado movimiento de retorno a Freud iniciado por Lacan; se evitó mencionar otras escuelas vigentes en la actualidad como la psicología del self, representada por Kohurt o los representantes de la escuela inglesa, como Winnicott y sus discípulos, quienes evitaron unirse conceptualmente tanto al grupo kleiniano como al de la psicología del yo, representado por Anna Freud.
¿Hemos progresado? Parece que no, si nos empeñamos en ver las divergencias teóricas y técnicas, la confusión relativa a elementos conceptuales básicos del edificio psicoanalítico, las luchas intestinas de los psicoanalistas y las escuelas psicoanalíticas, cada una reclamando para sí la primacía y legitimidad del saber psicoanalítico y esgrimiendo conceptos que creen descalifican al resto por su inadecuación, incompetencia o traición al descubrimiento freudiano. Más que un edificio científico da la impresión de una nueva torre de Babel construida por los herederos de Freud para volver a él, simultáneamente emularlo y aprovechar sus palabras para, al retorcer el sentido de los conceptos freudianos, poder respaldar teorías propias y originales. –que honran a sus autores-, haciéndolas aparecer como asentadas en la piedra fundamental al atribuir a Freud casi todos los conceptos básicos, nuevos e individuales, y con ese movimiento convertirse en fundadores miméticos del psicoanálisis.
Esperemos que no suceda a los psicoanalistas lo mismo que  los descendientes de Noé, cuya osadía de desear construir una torre para llegar al cielo fue castigada por el Señor confundiendo sus lenguas y, al no poder entenderse, abandonaron la construcción de la torre y se dispersaron (Génesis II).
El panorama, sin embargo, no es tan siniestro como parece, ya que a pesar de las importantes diferencias, la capacidad de síntesis y la creatividad de los psicoanalistas aplicadas al fértil campo de la salud mental y de manera reflexiva a los propios psicoanalistas, ha condicionado ya la aparición de intentos de sistematización, integración y síntesis de las corrientes psicoanalíticas a pesar de las resistencias conscientes e inconscientes de cada grupo en particular.
Mientras tanto, es innegable que los psicoanalistas hemos profundizado en la comprensión del inconsciente, de las pulsiones instintivas y su manejo hemos desarrollado y utilizado mejor los conceptos de transferencia y contratransferencia así como aumentado el grado de comprensión de los simbolismos inconscientes. Se ha recurrido a la biología, medicina, psicología, sociología, filosofía, matemáticas, historia, a las artes en todas sus manifestaciones, a fin de comparar resultados, realizar investigaciones conjuntas, tomar prestadas “herramientas de trabajo” ahí donde ha sido necesario, con la finalidad de probar y comprobar la teoría psicoanalítica, depurándola cada vez más con el resultado de tener entre las manos un método, disperso aún en  muchos aspectos, pero que ha            probado su eficacia y cambiado al mundo en más de un sentido.
¿Es esto ciencia? Dejemos que la epistemología no dé la respuesta pero lo que es indudable es que hoy podemos contestar a Freud, sin temor a equivocarnos que sí hemos progresado.
En la búsqueda de comprobación de la sexualidad infantil postulada por Freud, tanto Melanie Klein como Anna Freud –a pesar de sus diferencias- abrieron nuevos horizontes y dieron esperanza a la humanidad al desarrollar el psicoanálisis de niños, que surgió cuando el análisis terapéutico de adultos neuróticos, realizado por Sigmund Freud, no dejó dudas sobre la influencia negativa de muchas actividades de los padres y el ambiente al incidir sobre el mundo interno de los niños, y desarrollar la educación psicoanalítica, la cual sugirió cambios en la forma de educar a los hijos. Los padres dieron lo mejor de sí mismos en un esfuerzo por adaptarse a lo que se les pedía, los niños educados en estas condiciones, diferentes en muchos aspectos a los de generaciones anteriores, permite al análisis contar entre sus éxitos la mayor comunicación y confianza entre padres e hijos, la desaparición de la terquedad y el negativismo de los primeros años, de ciertos trastornos relacionados con la alimentación infantil y, tal vez lo más importante, se desarrolló un método terapéutico para enfrentar y resolver la conflictiva psíquica de los niños en el momento de aparecer, en lugar de veinte o treinta años después como le sucedió a Freud con sus pacientes.
La investigación sistemática, realizada principalmente con pacientes ha hecho posible el manejo psicoterapéutico de pacientes psicóticos, considerados por el padre del psicoanálisis como inaccesibles. Gracias a la mejor comprensión del primer año de vida y a las modificaciones técnicas sugeridas por psicoanalistas como Klein, Spitz, Mahler, Fromm-Reichmann, Rosenfeld, para citar unos pocos de diferentes escuelas, se hizo posible realizar el abordaje terapéutico de los pacientes psicóticos.
Al integrar de una manera más consciente la teoría instintiva dual  con la de relaciones objetales , conceptos como el de narcisismo han adquirido otra dimensión que implica modificaciones a la técnica psicoanalítica como lo señalaron Amapola y Avelino González (1972), Kernberg (1976) y otros que ahora facilitan la comprensión de los trastornos de la personalidad.
A medida que el psicoanálisis crecía, en ocasiones a trompicones, a veces esplendiendo al avanzar, conquistó aquel incremento de autoridad, segundo factor mencionado por Freud en 1910. Como él inició, la sociedad no se apresuró a concedernos autoridad, tuvo que oponer resistencia –aún lo hace-, pues la sometemos a nuestra crítica y la acusamos de tener gran parte de responsabilidad en la acusación de neurosis:
Del mismo modo que nos atraemos la hostilidad del individuo al descubrir lo reprimido, la sociedad no puede pagarnos con simpatía la revelación de sus daños e imperfecciones y nos acusa de socavar los ideales, porque destruimos algunas ilusiones…sin darle soluciones a la velocidad que a veces piden los pacientes y la sociedad… sin embargo… las verdades más espinosas acaban por ser escuchadas y reconocidas una vez que los intereses heridos y los afectos por ellos despertados ha desahogado su violencia. Siempre ha pasado así y las verdades indeseables que nosotros los psicoanalíticos tenemos que decir al mundo –y a nosotros mismos- correrán la misma suerte, pero hemos de saber esperar.
Es un hecho que a ochenta años de distancia el psicoanálisis ha incrementado su autoridad, baste recordar en este momento el desarrollo y aceptación por parte de la sociedad de los preceptos psicoanalíticos y el incremento de sujetos que buscan ayuda terapéutica, ya sean adultos, adolescentes o infantes, y con la variante de grupo, familiar, de pareja, o individual. La importancia que ha adquirido la psicología en sus diferentes áreas de especialización, clínica, educativa o industrial en las que, ya sea por aplicar los preceptos psicoanalíticos o por mostrar lo inadecuado de los mismos, se ha producido un desarrollo espectacular; hoy en día son pocas las escuelas o industrias que carecen de un departamento de psicología y todos reconocen la importancia de detectar la normalidad o patología psíquica inconsciente a tiempo. En relación con los hospitales, cada vez más los psiquiatras –no psicoanalistas, que es diferente- resultando un incremento de psiquiatras dinámicos y disminuyendo el número y jerarquía de aquellos llamados organicistas que, como señala Campuzano, “…siguen atrincherados en los hospitales públicos donde pretenden ignorar el paso del tiempo.”
En cuanto al punto relativo al efecto general de nuestra labor, Freud consideraba importante que los conocimientos psicoanalíticos fuesen conocidos y aceptados por toda la sociedad, pues suponía que al conocer el significado inconsciente de los síntomas, la razón de ser de éstos desaparecería al no poder cumplir con el requisito de deformar y ocultar ante el sujeto y las personas de su entorno los prohibidos deseos que encuentran satisfacción mediante los síntomas, reconocerían así los instintos dominantes y tendrían que afrontar el conflicto y combatir o renunciar a sus  deseos: la tolerancia de la sociedad, consecuencia de la ilustración psicoanalítica, les prestaría su apoyo.
Freud olvidó aquí las resistencias de que hablaba al principio, sin embargo se ha logrado –aunque este cambio no sea atribuible de manera preponderante al psicoanálisis- que las manifestaciones neuróticas presenten un “deslizamiento”, como señala Nacht, con el resultado que los cuadros neuróticos de nuestros tiempo no sean los mismos, estadísticamente hablando, que los descritos por Freud.
La naturaleza humana se conserva igual pero la sociedad contemporánea permite –y obliga- a que las manifestaciones inconscientes muden su forma de expresión: los desafíos inconscientemente iguales, encuentran expresión con nuevas vestiduras.
Mientras tanto a pesar de las luchas fratricidas entre psicoanalistas, las divergencias y ataques inter e intra societarios (apenas mencionadas en este trabajo), las diferencias conceptuales y/o de la confrontación de la teoría freudiana con núcleos sociales legos al tema, los psicoanalistas en un frente común, unido a pesar de las divergencias de la familia analítica, continuamos adelante con la “ilustración psicoanalítica”; y para muestra basta un botón: el Congreso que hoy realizamos en honor a Sigmund Freud y que nos autoriza a decir ¡Cumplimos! Muchas Gracias.
 

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