Este artículo pertenece al Gradiva Vol. 5 No. 3  del año 1991-93, y fue escrito por la Lic. Mabel Inés Falcón.
En “Tótem y Tabú”  (1914), Freud analiza los efectos del asesinato del padre de la horda primitiva, ejecutado por sus hijos, acto este cuya consecuencia será dar origen a la cultura.
El poder de ese padre sobre la horda salvaje, le confiere el acceso exclusivo a disponer de las mujeres del grupo. La expresión de este poder absoluto genera el odio de los hijos que se conjuran para eliminar al padre todopoderoso y, de esta manera, poder tener acceso a las mujeres y participar de ese goce que les está vedado.
Ejecutando el parricidio, se da la paradoja de que ahora son los hermanos los que se prohíben, de común acuerdo, la relación sexual con las mujeres del grupo. Las razones de esa mutación de los fines de la pulsión, es la resultante de los sentimientos de ambivalencia experimentados en relación a ese padre que –a posteriori de la expresión máxima de odio- se trastocan en amor y culpa. Esta culpa tiene como consecuencia la obediencia retrospectiva del mandato paterno. La muerte del padre asegura a través de la obediencia retrospectiva del mandato paterno. La muerte del padre asegura a través de la obediencia retrospectiva la cristalización de la norma social básica: la prohibición del incesto que obliga a los miembros del grupo a la salida exogámica que dará lugar a las relaciones y el intercambio entre los diferentes grupos.
El carácter ambivalente de la relación de los hijos con el padre primitivo, trasciende al totemismo y se reproduce  como un rasgo constante en las religiones ulteriores. La religión totémica emerge como un producto de la culpabilidad de los hijos y como una tentativa de reparación por parte de estos, para mitigar aquella culpa y poder reconciliarse con el padre a través de la obediencia retrospectiva. La otra fase de los sentimientos experimentados en relación al padre, los sentimientos hostiles, se evidencian en la realización de la comida totémica, fiesta en la cual quedan levantadas todas las interdicciones impuestas por la obediencia retrospectiva y se reproduce el parricidio a través del sacrificio del animal totémico.
En este sacrificio, se advierte la doble presencia del padre como dios y como víctima, lo cual constituye también una forma de simbolización de los sentimientos ambivalentes. La derrota del padre ha generado los elementos que habrán de darle satisfacción por la violencia de que fue objeto con el mismo ritual con que se conmemora esa violencia.
A partir del asesinato del padre surgen las tendencias sociales que presuponen una renuncia pulsional y que se manifestarán en la solidaridad de todos los miembros del clan, es decir, que a la prohibición del parricidio,  consecuencia de los sentimientos de culpa, se agrega la prohibición del fratricidio.  Concluye Freud que la sociedad descansa sobre la responsabilidad común del crimen compartido, en tanto que la religión tiene su origen en la culpabilidad  que generó ese crimen y, finalmente, las normas morales (el tabú del incesto y la exogamia) se apoyan sobre las necesidades de la nueva organización social.
Este drama primordial, articulador básico de la institución de la ley, está basado, como hemos señalado, en la ambivalencia que caracteriza las relaciones del hijo con el ladre, a decir de Lacan, “el retorno del amor una vez realizado el acto”. Otra conclusión importante, está referida al hecho de que la muerte del padre no posibilita el acceso al goce sino que por el contrario refuerza su interdicción.
En “Moisés y la religión monoteísta, Freud (1939) se ocupa de los orígenes de la religión judía y de su característica esencial: el monoteísmo. A través de una revisión histórica, formula la hipótesis de que Moisés era un egipcio seguidor de un dios universal y único: Atón, religión que intento imponer el gobernante Ikhnatón pero que fue abolida por la poderosa casta sacerdotal a la muerte del mismo. En esas circunstancias Moisés entra en contacto con un pueblo semita al que elige para realizar sus ideales religiosos a través de la imposición de leyes y preceptos de la religión monoteísta de Atón.
Moisés, el gran líder, el “gran hombre” a decir de Freud, que influye poderosamente sobre el pueblo judío a través de su personalidad y a través de los ideales que sustenta, se vinculó a ese pueblo de siervos semitas para decirles que ellos eran sus hijos y para conducirlos al culto de ese gran dios único, eterno y omnipotente, del cual ellos eran el “pueblo elegido” y por lo tanto contarían con su protección eterna.
Moisés, imagen paterna con todos sus atributos, incluso por el temor que genera en su pueblo, extrema la rigurosidad de los preceptos religiosos que impone, hasta el punto de prohibir la creación de imágenes de dios, o sea el mandato de venerar a un dios que no se puede ver. Esto significa una preeminencia de la abstracción sobre la percepción concreta, un triunfo de la espiritualidad, en otros términos una renuncia pulsional.
Los judíos se revelaron ante esa religión y ante sus preceptos de extrema rigurosidad, mataron a su líder y legislador y abolieron la religión impuesta por Moisés.
Esto judíos que salieron de Egipto mediante el Exodo, se juntaron con otros pueblos y adoptaron bajo el influjo de los mismos la religión del dios volcánico Yahvé. Con el transcurso del tiempo, el dios Yahvé fue perdiendo los atributos originales y adquiriendo cada vez más los del abolido y olvidado dios egipcio Atón. Entre estas características se afianzó la idea del dios único y el monoteísmo riguroso se constituyó en el principio rector del pueblo judío con todo lo que ello implica, la sublimación de la pulsión, una gran valoración de la espiritualidad y de los valores intelectuales y éticos.
Este fenómeno del retorno a los principios de la religión mosaica ya olvidada, se relaciona con la reproducción del crimen primordial –el parricidio- realizado en la persona de Moisés.
Pese a que la religión de Atón había sido abandonada por los judíos, que se entregaron al culto de otros dioses, la religión de Moisés no había sido sepultada sin dejar rastros, había perdurado una tradición oscurecida y desfigurada que con las características fantaseadas de una “edad de oro” perduró en una suerte de latencia. Esa tradición de gran pasado, tuvo sus efectos cada vez más profundos en el pueblo hasta lograr el cambio de las características del dios Yahvé en el dios mosaico y el retorno de la religión de Moisés.
El mensaje de Moisés se pudo mantener y trasmitir a través del tiempo en la medida que ese mensaje estuvo relacionado con el asesinato de Gran Hombre y, en consecuencia fue reprimido.
Esto se relaciona poderosamente con el cristianismo en la medida que el asesinato primordial del Gran Hombre permite la emergencia de un segundo asesinato, el de Cristo. El asesinato de Moisés –reproducción del parricidio primordial- facilita el fenómeno de la redención cristiana.
Freud explica este proceso por un creciente sentimiento de culpa del pueblo judío que preanuncia el retorno de lo reprimido. Pablo, un judío romano, interpreta este sentimiento y lo llama “pecado original”, el cual representa un crimen contra Dios que sólo debe expiarse con la muerte de un inocente que toma sobre si la culpa de todos  y se hace matar. Ese redentor tenía que ser un hijo de Dios porque el crimen se había perpetrado contra el padre.
Los mandamientos primordiales de la ley mosaica, son, a decir de Lacan, las leyes de la palabra: “no harás de mí imagen alguna”. El templo era sólo una envoltura para cobijar el Arca de la Alianza y se tomaron precauciones extremas para que en su arquitectura no se incluyera reproducción alguna, para que sólo existiera el símbolo puro del pacto entre el que dice “yo soy el que soy”, es decir, el dios esencialmente escondido que impone los mandamientos en su pueblo para distinguirlo de entre todos los otros pueblos como el poseedor de las leyes más sabias e inteligentes.
Como ya hemos manifestado, la muerte del padre no facilita la apertura hacia el goce que supuestamente su presencia obturaba, por el contrario su interdicción se refuerza a partir de ese hecho. Freud (1930) lo manifiesta en El malestar en la cultura” cuando expresa que el sometimiento a las leyes morales, conlleva al reforzamiento de las exigencias cada vez más rigurosas del superyó. Lacan agrega que el avance en el sentido opuesto, es decir la carrera sin freno en el camino hacia el goce, trasgrediendo la ley moral, siempre encuentra obstáculos. Si las vías del goce siempre encuentran una limitación, es porque la interdicción lleva al hombre a girar sobre una satisfacción corta y estancada.
Lacan toma el texto de San Pablo en su Epístola a los Romanos a propósito del tema de la Ley y el pecado. Al respecto San Pablo manifiesta: ¿Es la Ley causa del pecado? No digo tal. Pero si que no acabé de conocer el pecado sino por medio de la Ley. . .”, “Más el pecado o el deseo de este, estimulado con ocasión del mandamiento que lo prohíbe, produjo en mi toda suerte de malos deseos…”, “de manera que por el mismo mandamiento se ha hecho el pecado sobremanera maligno”. En otros términos, lo que da al pecado su carácter de tal, es la Ley, y si la trasgresión  es necesaria para acceder al goce, ese goce sólo es posible si existe la Ley.  Se observa así la estrecha relación entre el deseo, el acceso al goce y la Ley.

Si el mito del origen de la Ley se encarna en el parricidio, esa sería la causa de los prototipos religiosos que se llamaron tótem, dioses, dios único y Dios Padre. Por lo tanto, a decir de Lacan “El mito de una época para cual Dios está muerto”. Este hecho de la muerte de Dios, fue lo que permitió que el mensaje de un solo Dios omnipotente y de su Ley pudiera superar las contradicciones de las religiones politeístas. El Dios del mensaje secreto pudo subsistir por la reproducción del parricidio arcaico realizado en la persona de Moisés.

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BIBLIOGRAFÍA

  1. Freud, S. (1914): “Tótem y Tabú”. Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1987.
  2. Freud, S. (1930): “El malestar en la cultura”. Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1986.
  3. Freud, S. (1939): “Moisés y la religión monoteísta”. Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1987.
  4. Lacan, J. (1959): “La ética del psicoanálisis”. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1988.
  5. San Pablo: “Epístola de los romanos”. En Nuevo Testamento, Ed. Sopena, Buenos Aires, 1969.

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