Compartimos una conferencia de los maestros en Psicología Marisse Farnos Folch y Jorge Valdez Guajardo, presentada a los padres de familia del Colegio Americano A.C., en febrero de 1981; misma que se publicó en la Revista Gradiva No. 1, Enero-Abril, Vol. II del año 1981.
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INTRODUCCIÓN

Los objetivos de este estudio quisiéramos dispersarlos en el trabajo mismo; sin embargo, éstos fueron creados conforme a una necesidad creciente de comprender en su más cercana realidad el fenómeno de la farmacodependencia.
Es así, como no dudamos, en  realizar un estudio a manera de compendio que se dirigiera primordialmente a dilucidar, sensibilizar, desarrollar y entender todo lo relacionado con este gran tópico.
Damos así una gran importancia a nuestra fantasía, de poder generar un insigth en el lector, a partir de ideas propias y alguna forma fundamentadas en alguna forma de conocimiento científico. Una de las funciones de la ciencia es de alguna manera integrar el conocimiento logrado a partir de la investigación; aquí se pretende, para el estudioso del problema; clarificar un fenómeno de repercusión  mundial ya que creemos firmemente que existen muchos tipo de droga, pero sólo un drogadicto.
LOS ASPECTOS INDIVIDUALES                                                                                                                                                                                         Algunas formulaciones básicas
Es necesario establecer puntos de soporte en cualquier ensayo que pretenda describir un fenómeno específico. Se pretende transmitir en este caso, la idea no tradicional de ubicar a la drogadicción como un síntoma, pudiéndose desplazar desde un rango benigno hasta uno maligno, y que ocurre en pacientes pertenecientes a todas las categorías de clasificaciones psiquiátricas (Rado, 1933; Savitt, 1963; Wieder y Kaplan, 1976).
Quisiéramos enfatizar que refutamos el criterio y la actitud de ciertos autores que iluminan intensamente el campo de la causalidad exógena de la adicción, oscureciendo la posibilidad de factores internos y dejando en penumbra un hecho incuestionable: el adolescente adicto es un enfermo.
Estudiaremos particularmente al adolescente farmacodependiente, aquel sujeto que persiste en tomar drogas a través de los años y que ha sufrido desorganizaciones regresivas significativas en base a una falta de estructuración psíquica adecuada durante la temprana infancia. Cualquier joven adolescente debe enfrentarse con la tarea de organizar nuevos impulsos instintivos –nuevos en calidad y cantidad (Blos, 1962)- así como con el resurgimiento regresivo de temores y fantasías de la temprana infancia que temporalmente amenazan su adaptación social y que implican nuevas demandas del mundo externo.
De esta manera, el adolescente puede ser particularmente vulnerable a las drogas, llevando consigo mismo la promesa de un alivio mágico a su angustia; sin embargo, estamos de acuerdo con Wieder y Kaplan  (1976) cuando afirman que: 1 “El adolescente saludable que experimenta con drogas, en base a su crecimiento interno y deseos progresivos eventualmente rechazará su dependencia a las drogas con las cuales mantiene un agudo conflicto”.
El fenómeno de la identidad, también estudiado por Erikson (1959, 1968) debe considerarse como un evento de calidad crítica, mediante el cual los adolescentes, a manera de rebeldes, intentan solucionar sus contradicciones internas para generar un sentimiento de identidad. El yo del muchacho tiene que encarar estas condiciones interiores que sólo son expresión de identificaciones parciales acaecidas en sus primeros años de vida y que dieron origen a su particular estructura. Crisis y confusión de identidad sólo son etapas de continuidad. Con la confusión ocurre una pérdida de la identidad personal en la cual se distorsionan valores, conciencia, tiempo, espacio, sexo, objetos externos y objetos internos.
Mucho de esto acontece con el adolescente drogadicto, de aquí, que su psicopatología sea objeto de nuestro estudio y nuestra referencia a ellos con el nombre de farmacodependientes o drogadictos omita intencionalmente toda discusión terminológica al respecto.
Aspectos Psicodinámicos
En el orden individual se han considerado algunos factores necesarios para facilitar una adicción, y éstos podrían entenderse desde un plano teórico polifacético.
Uno de los caminos para llegar a la drogadicción se origina en una trastorno de la identidad del sujeto, quien a partir de defectuosas primera identificaciones instala posteriormente, durante su drogadicción, un cuadro de no-identidad acompañado de una personalidad con predominio de la avidez oral y una incapacidad yoica para organizar la propia manía que le ayude a tolerar una profunda depresión cargada de elementos altamente persecutorios.
Estos mecanismos estarían desde el comienzo, imbricados con el trastorno de las identificaciones, provocando así, un manejo muy particular de las mismas.
“La identificación es conocida en el psicoanálisis como la manifestación más temprana de un enlace afectivo a otra persona; y es además desde un principio ambivalente y puede concretarse, tanto en una exteriorización cariñosa, como en el deseo de supresión. Se comporta como una ramificación de la primera fase, la fase oral de la organización de la libido, durante la cual el sujeto incorporaba al objeto ansiado y estimado, comiéndoselo, y al hacerlo así lo destruía”. (Freud, 1921).
Es a partir de estas ideas básicas de Freud que consideramos el problema. Podría decirse que el drogadicto carece de identidad y trata de “inventarla” o de “crearla” a través de la droga, ya que es a partir de un sentimiento de vacío que ésta aparece como un objeto rellenante que cae en un saco roto; decimos esto porque siempre se confunden en el drogadicto “el tener” con “el ser”. El joven farmacodependiente se da cuenta en el afuera que no es lo que quisiera ser, se siente obligado a recurrir al fármaco para obtener una gratificación forzada.
El “no ser” es percibido por el adolescente adicto como un “no tener”, 3 y así la droga le permite fantásticamente creer “que tiene” (“que es”). Pero a la vez la droga se comporta como un objeto que frustra permanentemente, ya que al desaparecer el efecto el sujeto se enfrenta nuevamente con una realidad frustrante.
La intoxicación en un principio ofrece una solución temporal, un paliativo a través de alteraciones químicas en el equilibrio de la energía psíquica, que posteriormente con la repetición crónica puede convertirse en una verdadera “prótesis yoica” o correctivo. Esto significa, que paulatinamente el yo delegará al efecto de la droga una participación en su funcionamiento, una tarea que le debería ser propia y exclusiva.
De esta manera ahora el yo va a mantener una auto-observación utilizando una técnica artificial, el régimen realista es reemplazado por el régimen de farmacotímia el cual destruye la organización natural del yo.
Este peligroso cambio puede llevar a un mayor empobrecimiento del yo, y progresivamente restringirá la libertad de acción del mismo; el yo se mostrará más complaciente hacia las demandas instintivas y más pasivo cuando sea confrontado con los niveles de ansiedad existentes.
Cuando se presenta el momento de incorporar la droga (humo, cápsula, comprimido, ampolleta, etc.) ésta actúa como un elemento alucinante inmediato y a la vez alucinado, ya que es vivido como un objeto idealizado, poseedor de todos aquellos elementos gratificantes de los que el sujeto carece. Pero justamente como todo objeto idealizado, se comporta luego persecutoriamente, reiterando cada vez más la frustración.
Es así como algunos investigadores (Rosenfeld, 1965, Solís, 1973) revisten de vital importancia los procesos de incorporación y destete en el fenómeno de la drogadicción; el aspirar, inhalar, chupar, ingerir, etc., son experiencias infantiles que se reactúan en las diversas toxicomanías. El proceso del destete es muy importante porque reedita el desprendimiento de una relación objetal conocida, siendo así, en la crisis adolescente pueden  entrar en pugna o alianza mundo interno y mundo externo.
Por un lado, el adentro que sigue siendo precedido por el principio del placer, por otro, el principio de realidad que obliga al muchacho a despegarse, desprenderse, en una palabra, destetarse de los padres: El mundo interno puede, a su vez, encontrar en el afuera una lente que reactive sus deseos primitivos. Nos estamos refiriendo al hecho, por ejemplo, de una madre que no desea que su hijo se separe; ambos –madre e hijo- están reeditando tan sólo experiencias pasadas.
Así pues, el adolescente adicto trata en ocasiones, de despegarse de sus padres pegándose a la droga; este corte psicodinámico es sin embargo, muy superficial, más profundamente encontraríamos, sobretodo en la adicción a drogas mayores, una regresión a la etapa oral pasiva y particularmente al estadío anobjetal y alucinatorio. La droga en este caso equivale a un objeto ideal.
Sandor Rado (1932) nos plantea en relación a este fenómeno el siguiente párrafo: “En esta situación, como si viniera del cielo, acontece el milagro del efecto farmacogénico placentero. O más bien lo importante es que no viene de ningún  modo del cielo, sino que el mismo yo lo ocasiona. Un movimiento mágico de la mano introduce una sustancia mágica, y he aquí que el dolor y el sufrimiento son exorcizados, la sensación de miseria desaparece y el cuerpo es bañado por olas de placer. Es como si el padecimiento y la pequeñez del yo hubieran sido sólo una pesadilla, pues ahora parece que el yo es, después de todo, el gigante omnipotente que siempre pensó fundamentalmente, que era”.
A su vez ya otros autores (Rosenfeld, 1960) enfatizan la importancia de las defensas maníacas de la posición esquizoparanoide que Melanie Klein había descrito en 1940. Se piensa también que estos mecanismos están relacionados con la posición depresiva (nos referimos a lo que en la actualidad algunos psicoanalistas llaman segunda posición depresiva). Rosenfeld (1960) al describir los procesos maníacos – idealización, identificación con un objeto ideal, control omnipotente de objetos parciales, negación) los interpreta como defensas para controlar las ansiedades paranoides. En esta instancia la droga es vista como una substancia dañina, destructiva y la incorporación de ella simbolizaría una identificación con objetos malos.
Con todo esto, el farmacodependiente va a carecer siempre de un continente, lo fabricará maniácamente para no enfrentarse con una realidad que le señala su sentimiento de soledad externa y extrema, así como la rotura de sus objetos internos. Frente a esta sensación de destrozamiento interior, de anobjetabilidad, dice: “yo me lo puedo dar todo solo” y la droga se transforma en una fuente inagotable,  “pecho surtidor”, que satisface alucinatoriamente para luego invertir sus términos frustrando y convirtiéndose en el perseguidor a quien hay que recurrir de continuo para tenerlo aplacado.
A partir de un sujeto que siente imaginariamente no tener en su interior la vivencia de una madre continente, pensamos que la estructuración de sus relaciones y elecciones objetales se van a realizar desde su posición de no-identidad.
La amenaza externa real o fantaseada en el adolescente farmacodependiente puede ser detectada en múltiples circunstancias; la gran mayoría de estudiantes que toman anfetaminas durante el período de pruebas, aducen que es para no dormir; sin embargo, la angustia persecutoria del maestro y del examen debe ser evaluada en su justo peso como razón fundamental para ingerir esta droga; “la abrumación paranoica” está siempre presente en este tipo de situación según Rascovsky (1970). De tal manera que del miedo de no ser capaz de; “estar lúcido” o de “no recordar” surge la droga como una solución maníaca frente a un mundo interior vivido como insuficiente, la anfetamina se transforma ella misma en “la lucidez” y el “alimento” tan buscados y ausentes dentro del self.
Nos enfrentamos así a una sensación de vacío, de agujeros, que puede estar relacionado con una zona de defectuosas o pobres identificaciones dentro del self. Estas zonas con vacíos semejarían espejos que no devuelven imágenes como si nunca hubiese habido una inscripción.
Durante la acción de la droga, se alucina una inscripción ajena o deseada, pero no propia, por lo cual al volver a empezar con la fantasía de que logrará apropiarse de la identificación, como si la robara, dado que no tiene una identificación verdadera y propia. Esto represente el robo de los contenidos de una madre a quien se vive llena de cosas, representantes de objetos de identificación, pero que no es para el sujeto una madre que las dá.
Se recurre a la adicción porque es imaginada como compañía; los objetos verdaderos, los propios del sujeto, son tratados como destruidos y destructores, son pobres y pocos para el paciente; en los estados de lucidez, estos objetos son profundamente persecutorios –le hablan de su castración, de su impotencia- y el sujeto hace recaer sobre ellos todo su odio y maltrato, debiendo rápidamente recurrir a la droga para alucinatoria y maniacamente, pensar que, o bien ha cambiado sus objetos, o éstos se han transformado.
El aspecto melancólico es observable en el fenómeno de la farmacodependencia, desde la óptica de los objetos destruidos, sobre la falta de identificaciones con objeto buenos e identificándose solamente con los primeros, ejerciendo así, el adolescente drogadicto un ataque permanente a su yo, desde donde siente que proviene la agresión.
Bloqueado así el paciente en su capacidad de identificarse con objetos más benignos, por un a priori de “no tener” –que es “no ser”- necesita nuevamente acudir a la droga.
EL GRUPO DE PERTENENCIA
Comunicación, dinámica y significado
A medida que el fenómeno de la farmacodependencia ha ido cobrando mayor importancia a través de los años, algunos autores (Rachman, 1975; Pacheco Santos, 1975) en la actualidad parecen afirmar que se está gestando aceleradamente una nueva sub-cultura: “la sub-cultura de las drogas”. Dentro de los patrones más específicos e identificables de esta sub-cultura se encuentra el lenguaje, la creación de nuevos términos y expresiones como instrumentos para la interacción humana.
De lo anterior surge la necesidad de conocer más a fondo el lenguaje de los jóvenes, sobre todo de los jóvenes farmacodependientes, que según investigaciones recientes, como por ejemplo en un estudio naturalístico realizado por un equipo interdisciplinario en una comunidad sub-urbana del D. F. En el cual los investigadores se involucraron con grupos de jóvenes drogadictos con el objeto de conocer desde dentro la estructura y la dinámica del grupo. Encontraron que estos jóvenes adolecen de pautas adecuadas de comunicación por cuanto que está en proceso –en la sub-cultura misma- el acunamiento de un lenguaje que, aunque le es propio, puede resultar a la vez ininteligible para las personas no involucradas en el fenómeno.
Siendo así, podemos pensar que los jóvenes farmacodependientes utilizan dicho lenguaje como respuesta evasiva a un medio en que la expresión cabal de sentimientos es poco permitida y menos aceptada. Esta pseudocercanía que se muestra sin mucho contenido emocional es utilizada igualmente para no comprometerse a fondo en la relación interpersonal o no involucrarse en situaciones íntimas que pueden ser percibidas como amenazantes.
En algunos grupos el lenguaje utilizado por los jóvenes para interrelacionarse está colmado de modismos. Las palabras pueden servir para entrar en contacto con el otro también para alejarse y defenderse de los demás: este último mecanismo se utiliza frecuentemente en los grupos de adictos no solamente cuando los jóvenes se comunican con personas extrañas, sino también cuando se inter-relacionan dentro del grupo.
Es común el empleo de expresiones como la siguiente: “alivianar” que es un verbo que utilizan frecuentemente, bien sea en sentido activo o pasivo, según las circunstancias, implica dar o recibir ayuda de todo tipo. “Me alivianó” puede significar indistintamente: me pasó mariguana, me dio o prestó dinero, me escuchó, me ayudó a resolver mi  problema, etc.
Es también común el empleo de un lenguaje no verbal para comunicarse. Los farmacodependientes se inter-relacionan mediante gestos, signos, símbolos, miradas, silbidos, silencias y ausencias. Este tipo de lenguaje –bien conocido por psicoanalistas- les resulta más funcional en cuanto que, mediante él, expresan lo que quieren comunicar y lo entienden y aceptan todos los grupos. Aunque esto en el fondo nos habla de una gran perturbación: la carencia de una organización básica del lenguaje en su manejo simbólico y una estructura psíquica deficiente.
Así pues, retomando constantemente estos fenómenos comunicacionales ensayaremos el estudio analítico sobre los grupos de pertenencia, ambos de conocimiento indispensable para quien quiera avocarse a las tareas de comprensión y rehabilitación de jóvenes farmacodependientes.
El diccionario define droga como ambos, medicina y veneno, la misma polaridad antitética encontramos en la definición de poción.5 Muchos factores contribuyen al desarrollo del concepto e imagen inconsciente de droga y esto influye al concepto consciente y lexicográfico en cada persona. Es así como las primeras sensaciones infantiles de angustia y alivio en la situación alimenticia, crecen y se desarrollan junto con imágenes internas ambivalentes tales como de ayuda y ataque, de amar y envenenar, de tal manera que resulta en un tipo de experiencia dotada de magia.
Las primeras representaciones de objeto “buenos” y “malos” evolucionan desde situaciones orales ambivalentes dirigidas y relacionadas a la comida y a los objetos parciales. El más temprano prototipo de experiencia gustativa similar a la droga probablemente sea la leche, el pecho y la madre. Y quizás  todavía una experiencia traumática más temprana o como lo es el nacimiento mismo, el aire y la comida se vuelvan importantes objetos con los cuales hay que vincularse. Mientras el suministro sea constante no hay problema. Sin embargo, cuando éstos faltan, aparecerán conflictos tanto en el desarrollo de las funciones yoicas, como en las relaciones objetales iniciales.
Algunos autores (Back, 1971; Cesarman, 1972) sostienen que, cualitativamente los objetos naturales como aire y comida son distintos a la madre como persona, y su introyección también cae en áreas distintas. Cuando en el yo se confunde la representación de la madre y la representación de la comida emergen las fantasías canibalísticas; la madre es, al mismo tiempo, portadora de comida y comida ella misma. Así pues es muy interesante que en el argot del adicto, el proveedor de drogas sea frecuentemente llamado “la madre”7 y el producto que distribuye “los dulces” –en inglés esto último es llamado “the mood food”- El simbolismo y significado de estas expresiones se presenta como de vital importancia analítica para la comprensión teórica y manejo práctico psicoterapéutico.
Otro punto de vista relacionado con el fenómeno de la drogadicción se refiere al concepto de objeto transicional (Winnicott, 1972) el cual a través de sus cualidades mágicas de alivio –desde su patología de consolador hasta su uso saludable de tranquilizador o sedante- también contribuye al concepto de droga. Es así como la crianza del infante dirigida a desarrollar capacidades tendientes a tolerar la frustración, se presentan como definitivos en la formación de este problema. Como ejemplo tenemos el caso de niños crónicamente enfermos –diabéticos o asmáticos- que se relacionan con sus medicamentos a la manera de pociones mágicas, especialmente durante períodos de remisión. Es así como queremos hacer notar especialmente durante períodos de remisión.  Algunos de los múltiples factores que contribuyen al desarrollo consciente e inconsciente del concepto de droga, y que cualquier intento totalizador para definirla posiblemente sería incompleto.
A partir de esta conglomerado ideativo acerca del lenguaje utilizado por el farmacodependiente así como también lo expresado acerca del concepto de droga, es que consideramos abordar el tema de los grupos de pertenencia.
Lo que llamaremos el grupo de pertenencia del drogadicto, puede ser visualizado como una verdadera “familia paralela, que va a constituir un poderoso polo nutricio, que proteja y satisface necesidades, ya sean éstas de apoyo, seguridad, aceptación, identificación e interrelación. Y así se ha comprobado que casi todos los jóvenes farmacodependientes han llegado a constituir poderosos grupos de interinfluencia.
Estos grupos peculiares, llamados unas veces “la tropa” entre ellos mismos –como si en verdad una de sus múltiples funciones fuera la de “marchar” en busca de reclutas para engrosar sus filas- denotan un especial funcionamiento interno. Así cuando un farmacodependiente amaga independizarse de la droga, el grupo de pertenencia denota una gran resistencia a perder un acólito, siendo una gran envidia –en ocasiones expresada desde la ridiculización hasta la violencia física- frente al compañero que así lo intenta.
Análogamente, cuando “la tropa” intenta incorporar a un no-iniciado, y éste los rechaza, suele manifestar hostilidad grupal a través del ataque proyectivo hacia la virilidad, potencia o  integridad del sujeto: ejemplo de esto sería la exclamación: “Si no te das este toque con nosotros, eres un maricón”.9
Esto último nos muestra que los miembros del grupo ratifican en el afuera, la percepción de su falta de virilidad o femineidad; éstos deberán drogarse para recomponer su interior somático, a partir de allí, serán los más fuertes, los líderes, las vedettes, “los efectivos” –vocablo utilizado para aludir a aquellos personajes más admirados y respetados por ellos.
Es así como en el análisis del farmacodependiente aparecen frecuentemente fantasías de homosexualidad, impotencia o frigidez, que son vividas como extremadamente persecutorias dado que se repiten y corroboran muchas veces en la realidad exterior. El temor a la homosexualidad así como sus trastornos en las identificaciones hacen asumir al drogadicto actitudes opuestas –formaciones reactivas- que lo llevan a aparecer muchas veces frente al grupo como el héroe valeroso –no castrado-, que arriesga su vida por un placer instantáneo y fugaz.
“La exaltación” muchas veces resultado del efecto farmacológico y en otras producto de la excesiva utilización de defensas maníacas “reactiva en el farmacodependiente la creencia narcisista en su invulnerabilidad y toda su mejor introspección y todo su sentimiento de culpa se estrellan contra este baluarte”; Rado (1962) escribió esto cuando un paciente le explicó: “Sé todas las cosas que la gente dice cuando me vitupera, pero tome nota de mis palabras, doctor, nada me puede suceder.
Y así el drogadicto pasa a ser el verdadero “amo”, el niño omnipotente que posteriormente reclamará la jerarquía de ser el “jefazo” de su grupo de pertenencia –le reclamará así al padre su tan dolida ausencia-.
Cuando en el grupo farmacodependiente se vislumbra la vivencia de estar aburridos, esto sirve como condicionante y justificante de la búsqueda de la droga. El estar aburridos es no tener diversión; es común en la jerga de los drogadictos la mención: “el circo” para referirse al momento de acción farmacológica. El circo es también  una carpa enorme –fantasía de retorno uterino, (Rascosvky, 1970) que cuando termina la función hay que salir –nacer, separarse- y el drogadicto queda penando por una diversión terminada. El circo es entonces como una madre que frustra, que echa desde adentro y abandona; al recurrir a la droga otra vez, el circo prende todas sus luces y el sujeto cree fantásticamente que lo ha obtenido en forma definitiva.
De esta manera el farmacodependiente recurre a la expresión simbólica de estar “hasta la madre” –frase usada para referirse a la experiencia relacionada con un grado importante de intoxicación como un grito de éxtasis regresivo que después se transforma en un grito de desesperación; esto es, cuando el círculo vicioso se cierra con el tiempo y el circo se torna permanentemente persecutorio, ya sólo poblado de animales monstruosos, de fantasmas y de payasos llorones.
La frase “estamos hasta atrás” pronunciada por un grupo de drogadictos al estar haciendo uso de substancias inhalantes, nos indica efectivamente que juntos comparten un viaje hasta muy atrás, cuando buscaban desesperadamente límites –entre mundo interno y externo- queriendo alcanzar una madre en común que nunca fue continente y que en vez de alimentar, enloquecía.
De esta manera estamos de acuerdo con los autores (Wieder y Kaplan 1976) que sostienen que los estados de intoxicación, químicamente pueden inducir estados regresivos en el yo; y que las diferentes drogas de preferencia señaladas por el farmacodependiente inducen diferentes estados regresivos que re-ensamblan fases específicas del desarrollo durante la temprana infancia.
Por último, quisiéramos hacer mención y señalar a manera de dato importante que en ciertos sectores considerables de la población –factor social- e inclusive entre ellos mismos, a estos grupos de drogadictos se les denomina “grifos”.11
De esta forma la reacción de núcleos microsociales –familia, padres- hacia estos grupos giraría alrededor de una fantasía y sentimiento de temor, basado en el pensamiento de la posible influencia negativa y seductora que éstos pueden desarrollar sobre sus hijos adolescentes. Olvidan así la consigna de que el juego de interinfluencias se completa desde el adicto hacia el grupo, que se gesta precisamente dentro del núcleo familiar, que no es posible simplificarlo ni explicarlo como producto de las “malas compañías”, que no es la drogadicción quien le quita la identidad, sino que por no tenerla es que recurre a la misma.
LAS FAMILIAS
Planteamiento teórico
Para una mayor comprensión del adolescente con problemas de drogadicción es esencial tomar en cuenta el medio familiar, es decir, el contexto en donde el individuo se está desarrollando. Al estudiar a la familia deben considerarse dos dimensiones básicas: la estructural y la funcional. La primera se refiere a las unidades estructurales de la familia, como por ejemplo, la relación madre-hijo, las tres generaciones y el núcleo familiar. La segunda se refiere a los procesos y a las interacciones que toman lugar dentro de la familia, como son los roles, la distribución de poder, y los patrones de comunicación. Los aspectos estructurales y funcionales son, como ya vetemos más adelante, factores inter-relacionales de la dinámica familiar.
A la familia la vamos a definir de acuerdo con una historia de relaciones y experiencias íntimas y profundas entre sus miembros, más que en relación a las normas, reglas y planteamientos tanto de índole social como legal; y de esta forma tomaremos en cuenta tanto los lazos consanguíneos como las relaciones interpersonales entre sus integrantes. Haley (1970) y Sluzky (1973) desde un punto de vista interaccionista definen a la familia en base a una “red de relaciones significativas” en donde se encuentra una interinfluencia y una interdependencia entre los diversos miembros del núcleo familiar. La familia debe de ser estudiada como un sistema, a causa de estar compuesta, como cualquier otro sistema, por un grupo de estructuras organizadas en forma tal que logran mantener un patrón de funcionamiento integrado de todo el sistema. Dentro del sistema familiar encontramos conceptos de integración y algunos procesos a través de los cuales la integración se logra mantener (Von Bertalanffy, 1940). Este sistema está a su vez compuesto de diversos sub-sistemas –como son las distintas generaciones, la división sexual, la pareja parental, etc.- en donde el intercambio de información entre estos sub-sistemas y entre éstos y los otros sistemas con los que se relacionan –como son otras instituciones sociales, ya sea familiares más lejanos, sistemas educativos, sistemas de ayuda, etc…- se llevan a cabo a través de conexiones y transacciones circulares.
Varios autores (Grinker, 1967;  Bloch, 1974; Kalina y cols., 1975; Boszormenyi-Nagi y cols., 1976; Von Bertalanffy, 1976) consideran básico el concepto de homeostasis en el estudio de las familias. La homeostasis se puede definir como la tendencia del organismo o del sistema a re-establecer  en forma dinámica y activa el equilibrio; frente a situaciones y presiones que rompen el equilibrio familiar, el sistema buscará unan forma de funcionamiento que cubra sus necesidades y que logre la adaptación de sus integrantes.
En los estudios clínicos llevados a cabo por varios autores (Bloch, 1974; Kalina y cols., 1975; Boszormenyi-Nagy y cols., 1976) resalta el que frente a una situación nueva o de un cambio en un miembro de la familia –en este caso la noticia abierta de la drogadicción en un hijo- se produce un desequilibrio en el sistema familiar que lleva a un reacondicionamiento de roles y de conflictos. A través de esta nueva situación se puede entrever la disposición de cada miembro para o bien ayudar a encontrar una solución y modificar la situación, o bien perpetuar el cambio. Esto se lleva a cabo a través de las pautas de entropía positiva  o entropía negativa pre-existentes ya en el sistema. La entropía positiva se refiere a las características de un sistema que lo conducen hacia, o mantiene en, un estado de equilibrio carente de cambios, indicando rigidez y gran dificultad para modificar el sistema. En cambio, la entropía negativa describe la configuración de un sistema que tiende hacia, o facilita, un cambio en su funcionamiento. El poder llevar a cabo un cambio, implica una descarga de energía –igual a la producción de trabajo-, 12 flexibilidad, plasticidad y disposición familiar para luchar activamente hacia una modificación de la situación.
Los padres del drogadicto frente al descubrimiento de la adicción, factor que altera el llamado equilibrio familiar, tienden a reaccionar en diversas formas. Este desequilibrio trae consigo cambios espontáneos en el sistema y en sus integrantes, cambios que a su vez son característicos de la dinámica familiar. Comúnmente, la primera reacción es de alarma y ésta se extiende a los diferentes integrantes. Ya posteriormente la respuesta de éstos a dicha situación va a tener propiedades muy distintas. Se pueden encontrar reacciones que van en un continuum, desde denunciar al hijo a las autoridades legales, hasta la franca y abierta complicidad con el adicto. Algunos miembros del sistema se pueden unir alrededor del adicto, formando así una coraza protectora y aislante, mientras que oros son presas del pánico o tienden a la dispersión de esfuerzos.
A nivel familiar los miembros en general se resisten a la intervención psicoterapéutica, prefiriendo ver al adicto como la “oveja negra” de la familia, y en forma tal, desligarse de toda responsabilidad propia en lo ocurrido. Son contadas las familias con la suficiente integración yóica de sus miembros para aceptar su responsabilidad en dicha situación.
Antes de adentrarnos más detenidamente en la exploración de la dinámica familiar quisiéramos agregar que en todas las familias estudiadas por diferentes autores (Hartman, 1969; Weider y cols., 1969; Anthony y cols., 1970; Freedman y cols.; Kalina y cols., 1975) se encontró que la adicción de un miembro era siempre suscitada por la adicción –manifiesta o encubierta- de uno o más miembros adictos en la familia. Este tipo de adicción por ejemplo se puede describir como el desenfrenado “abandono” o indulgencia al alcohol, al tabaco, al trabajo, al juego, a la comida, a distintos medicamentos, etc. . . . La distinción existente entre estos últimos tipos de adicción y el que estamos estudiando, es que estas formas son o bien socialmente aceptadas o, por lo menos no tan condenadas. Por ejemplo, rara vez viene a consulta un individuo a quejarse de que trabaja mucho, o que ingiere un somnífero en las noches para poder dormir con más facilidad.
El patrón anteriormente mencionado se encuentra en todos los medios socioeconómicos, variando el tipo de droga que el drogadicto ingiere. En aquellos medios en donde predominan los hijos ilegítimos, se reviste a los jefes y líderes del barrio con la figura paterna. Esto líderes son en su mayoría adictos al alcohol, la mariguana, el thiner, etc. Los niños y los jóvenes de esas zonas tienden a identificarse con las figuras mencionadas, imitando así su comportamiento.
Como ya se ha visto antes, aunque algunos adolescentes adictos buscan a través de la droga rebelarse, individuarse y diferenciarse de sus padres, en realidad están actuando una identificación con partes de sus progenitores. Esto nos conduce a que en el estudio del problema del farmacodependiente, no se incluya sólo a este, sino también a los demás miembros de la familia, en especial a los padres.
En las familias donde habita por lo menos un miembro drogadicto, se encontraron ciertas características que pueden llegar a definirlas en común; sin embargo, posteriormente, hablaremos también de dos tipos de configuraciones familiares que han sido descubierta y estudiadas enfáticamente como lo son: 1) La familia simbiótica o fusionada y 2) La familia cismática.
Factores comunes en familias de drogadictos
Como principio, se encuentra un tipo de drogadicción, y sea manifiesta o encubierta en algún otro miembro de la familia, por lo general en uno de los padres. Luego tenemos que la comunicación es manejada en forma de mensajes contradictorios y dobles mensajes –“Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”- esto aunado también, a un creciente deterioro en la capacidad de utilizar el lenguaje de tipo simbólico –verbal- que los miembros tratan de contrarrestar con una aparente sofisticación en los métodos de comunicación pre-verbal –que una persona no perteneciente a dicho sistema le costará mucho trabajo descifrar-; siendo así, la manipulación verbal pre-verbal aparece como característica fundamental del sistema, siendo esta última la predominante. Se agrega a lo anterior la ausencia de una figura paterna que cumpla todos los roles de padre que esté presente tanto física como emocionalmente, que sea firme –pero no inflexible- y que se responsabilice de sus funciones.
Nos referimos al hablar del rol de padre que este debe de actuar como la tercera persona que interviene en la relación madre-hijo, facilitando así la resolución del proceso de separación-individuación; su intervención, además, alienta en el hijo el desarrollo del orden simbólico que actuará más adelante como una base organizadora del lenguaje verbal; y por último, proporciona y mantiene un sistema de valores y normas precisas y consistentes, representando a la autoridad y sirviéndole al hijo como puente para relacionarse con los sistemas extrafamiliares.
En estas mismas familias se encontraron también perturbaciones en el orden simbólico del pensamiento que se relacionan con la voracidad y la escasa capacidad de demora que se encuentra en los toxicómanos.
El caos aparente y ciertas reglas del juego de carácter bizarro nos indican unas fronteras familiares que puede estar deterioradas en la forma de una rigidez absoluta, una porosidad excesiva o una elasticidad desmedida, a causa de una carencia de límites flexibles, siendo lo más adecuado una postura intermedia en el continuum entre la rigidez excesiva y la desmedida flexibilidad. En estas familias se encuentra como característica el escoger siempre una postura extremista. Al respecto, Kalina y cols., (1976), opinan: “Hemos visto esta falta de límites en diferentes casos y como su consecuencia, la búsqueda de estos necesaria para el desarrollo, surge en formas extremas, como pueden ser las experiencias de farmacodependencia con sobredosis, que tiene un significado claramente suicida, donde paradójicamente la muerte, el último límite, es buscada por pánico ante el vacío insoportable de una desintegración psicótica”.
Otras características familiares son la baja tolerancia a la frustración, el comportamiento impulsivo y una tendencia a la actuación. En la mayor parte de estas familias se encuentra un sinnúmero de fantasías y creencias mágico-omnipotentes que vislumbren individuos con puntos de fijación arcaicos. Estas fantasías son, en general, racionalizadas con una aparente eficacia, pero en el fondo sirven como base para la “inspiración” que lleva a los drogadictos a una búsqueda mágico-omnipotente en la droga, entreviéndose la presencia de una psicosis compartida latente.
Ahora pasamos a estudiar un poco más a fondo los dos tipos de familias se donde se encuentran miembros drogadictos. Lo anterior no quiere decir que todas las familias con las siguientes características siempre van a tener un miembro drogadicto sino que casi todas las familias ; estudiadas (Hartman, 1969, Weider y cols., 1969; Kalina y cols., 1976; Y Lidz y cols., 1976) con miembros drogadictos compartían estos factores.
La Familia Simbiótica
La familia simbiótica es aquella en donde los miembros no se diferencian entre sí, no hay ni individualidad ni autonomía. Funcionan sin discriminación de límites entre hombres y mujeres, adultos y niños, mundo interno y mundo externo, etc. . . .
Kalina y cols.,  (1975) lo definen como “la democracia del pegotamiento”. En este tipo de familia existe “. . . un estado de fusión entre los miembros que elimina la relacionalidad Sujeto-Objeto de cada uno” (Boszormenyi-Nagy y cols., 1976. Es decir, cada miembro tiene partes del otro, sin existir una identidad propia, y frente al reto de situaciones extrafamiliares éstos tiene que enfrentar la situación todos juntos como si todos los miembros formasen una persona completa, y separados no pudiesen funcionar. Por lo tanto, los miembros se encuentran indefensos a causa de que no tiene la capacidad para protegerse a sí mismos en forma autónoma (Bleger, 1961:1962), lo cual conduce a que los roles no sean definidos sino que se entrecrucen unos con otros, fomentando así una exagerada dependencia. Por ejemplo: Si no hay un rol de madre claramente definido y consistente, el rol de hija va a ser igual de confuso e intercambiable.
En estas familias fusionadas o simbióticas, cada miembro toma el rol complementario del otro miembro. Kalina y cols., (1973) relatan el ejemplo de un modelo típico de la relación madre-hijo visto en perspectiva dinámica, en donde la madre deposita su núcleo melancólico en el hijo, éste lo actúa, actuación que a su vez resulta intolerable para la madre. El hijo posteriormente se droga, con la fantasía inconsciente de que a través de ésta va a aliviar a la madre. La madre funciona como una figura superyoica y el hijo la de un yo que no debe deprimirse y así no está en peligro la pareja simbiótica. Como ya se ha podido observar, la figura del padre está ausente.
Junto con, o alternando con lo anteriormente mencionado, se encuentran conductas de retraimiento. Puede suceder que uno o más miembros del sistema familiar se retraigan en conductas y pensamientos de tipo narcisista. Por narcisista nos referimos en que no toma en cuenta las necesidades de los que le rodean ni los límites que les impone la realidad; e incapacidad para relacionarse profundamente con otras personas.
El tipo de comunicación no es de dos personas separadas sino que ésta adquiere un carácter de “pseudomutualidad” (Wynne y cols., 1958). No se encuentra la posibilidad de intercambiar mensajes pertinentes y desaparece la capacidad de confiar en alguien. Esto en parte tiene lugar a causa de que no existen los límites entre un individuo y el otro, sino que la posición de cada persona está en función del sistema familiar en su totalidad, resultando ente cada uno de los miembros de la familia la falta de fuerza y unidad. Lo único que podría ser considerado como una fuerte alianza sería la fusión existente entre los integrantes de las familias, en contra de aquellas personas que no pertenecer a su sistema. En este tipo de familia “. . .la droga parece actuar como regulador mágico-omnipotente de las intolerables ansiedades paranoicas que padecen constantemente” (Kalina y cols., 1975).
Dentro de la familia simbiótica existe una constelación de orden triádico, en donde la madre se menosprecia a sí misma y a su vez idealiza la figura del padre abandonador –tanto de ella como de los hijos-. Uno de los hijos adquiere el rol de gratificador de la madre devaluada y se convierte en la base para la autoevaluación de ella, tornándose así el primero, en la “droga” que le sirve a la madre de apoyo emocional; de esta manera, el hijo busca cierto alivio a la presión tan intensa que tiene que enfrentar y a la depresión latente en su persona, a través de la droga. En general estas personas vienen a tratamiento cuando una ruptura de la simbiosis ha tenido lugar o cuando existe una amenaza a este “equilibrio”.
La Familia Cismática
Este sistema familiar es el extremo opuesto del simbiótico. La familia se caracteriza por el hecho de que se encuentra dividida y su patología se manifiesta cuando se encuentran todos los miembros reunidos e interactuando, mientras que cuando estos se hallan separados entre sí, la patología de cada uno de los miembros, en apariencia disminuye. Por lo tanto, cada miembro solo puede relacionarse con un único familiar, a la vez, para así evitar ese “engrudamiento” familiar, como lo llaman Kalina y cols., (1975). No se encuentran sistemas de apoyo y comprensión de los padres hacia los hijos, aunado a esto, la pareja en sí misma se encuentra muy devaluada; en este tipo de familia se encuentran serios problemas de identidad en los hijos (Bloch, 1974).
A nivel pre-verbal se transmite el mensaje de que si no hay interacción entre todos los integrantes a nivel grupal y e mantienen aislados y dispersos, estos van a sobrevivir; en cambio si interactúan y se relacionan entre sí, terminarán destruyéndose. Para esto individuos, el relacionarse con más de un familiar a la vez, equivale a la desintegración y la psicosis. Esto conduce a que las relaciones sean de carácter superficial y fugaz, ya que cuando los diferentes miembros de la familia se reúnen, las interacciones adquieren instantáneamente un carácter bizarro.

Esta psicosis familiar se puede percibir con claridad en éste último ejemplo: “Sos demasiado linda mamá, ¡prefiero marcarte la cara! –decía un muchacho de 17 años que amenazaba a la madre con una plancha caliente enarbolada a dos centímetros de la cara. La mamá a su vez, trataba de aplacar los celos del hijo preguntándole: ¿No querés más mermelada?, mientras, horrorizada, adhería su cabeza a la pared. Llega el padre y comenta: ¡Lo que pasa es que nuestra familia tendría que ser más armónica!”; (Kalina y cols., 1975).

1 Traducción nuestra.
3 El “tener” en el sentido de objetos concretos, de posesiones, de potencia.
5 “Poción” término traducido del inglés: “potion”. Que significa tanto pócima como veneno.
7 Traducción nuestra.
9 Toque = Expresión utilizada para describir la acción de fumar mariguana.
11 Esta palabra según la mitología griega en el siglo XII A.C., significaba una especie de “monstruos alados” –mitad león y mitad águila- los cuales ataban a los hombres, los secuestraban y después los devoraban. ¿Serían estos “grifos” una suerte de símbolos fragmentados, representantes antiquísimos de persecución y amenaza para la sociedad?

12 Para lograr una mayor comprensión de la conexión entre la Segunda Ley de la Termodinámica u la dinámica familiar léase Sonne, J.C. “Entropic Family Community in Adolescence”.

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