El siguiente texto  pertenece al Dr. Salomon Resnik, y formó parte de nuestra revista Gradiva  Vol. V, No. 2, año 1991-92.
¿Cuál es la realidad de la norma y cuál es la realidad del delirio en la psicosis y su propio sistema de valores? Delirar es una forma de pensar, y de pensar tratando de elaborar una ideología fuera de la norma (delirar deriva del latín delirare, “delirar, desvariar”, propiamente “apartarse del surco”, derivado de lira “surco”).Cuando abordamos el mundo del esquizofrénico, uno de los problemas que se nos presenta estriba en la dificultad de percibir el sentido y la estructura de la comunicación del paciente. En la psicosis, el aparato psíquico sufre trastornos particulares que resultan difíciles de aprehender y de comprender, si uno se atiene a las reglas y leyes de la norma que rigen el pensamiento del hombre ordinario.
Para investigar sobre la transferencia delirante, en el campo psicoanalítico, se requiere estudiar no sólo la “gramática” y la “sintaxis” que derivan de un lenguaje primordial o inconsciente, sino también los aspectos arcaicos, preverbales o protoverbales, que re-emergen frecuentemente del encuentro o del “desencuentro” significativo que caracteriza, en ciertos momentos, la relación entre paciente y psicoanalista.
Trataré, a continuación, de formular y transmitir un perfil clínico trazado según una serie de sesiones correspondientes al primer año de análisis con un paciente esquizofrénico de 22 años. Se trata de un joven francés de origen español, Carlos, quién inicio su análisis conmigo hace varios años. A la primera entrevista vino con sus padres, y mientras la madre relataba su versión de la historia de Carlos, el mismo permanecía aparentemente indiferente, rígido, impasible y disociado del resto.
En un cierto momento  observó que Carlos dirige su mirada con insistencia hacia un ángulo de la habitación, entre techo y paredes, donde una lámpara con pie aclara la estancia. Mientras esto se producía en un plano no verbal, la madre seguía hablando de su hijo y de su nueva casa en París. El padre interviene también, hablando de la “chambre de bonne” o del pequeño ático, en donde Carlos, muy hábil manualmente, podría instalar su taller y restaurar objeto antiguos, que es lo único que le interesa en ese momento.
Al cabo de algunos instantes, sintiéndome yo mismo disociado, entre observar a la madre y al mismo tiempo contemplar el ángulo hacia donde Carlos dirige su mirada. Es decir elijo el rincón que me sugiere la propia mirada de Carlos. Era como si tuviera que encontrarme secretamente con Carlos en el ático transformado para mí en algo así como el café de la esquina, situado en aquel ángulo. Es así como creo comprender que la “chambre de bonne” podría ser el lugar de encuentro o el campo psicoanalítico en estado de gestación, donde podríamos crear eventualmente, el paciente y yo, un atelier de trabajo común o crear las condiciones necesarias para un “trabajo manual del pensamiento” (expresión “artesanal” del arte psicoanalítico), o modo de referirme al inicio de un proceso transferencial muy complejo. Carlos parece animarse por mi sugestión de ir a su encuentro y de proponerle de realizar un trabajo de exploración psicoanalítica y eventualmente de una terapia regular con una frecuencia de cuatro sesiones semanales. Carlos parece aceptar la propuesta, lo mismo que sus padres, y así decidimos materializar un contrato psicoanalítico.
Carlos, siempre silencioso y replegado autísticamente sobre sí mismo, sea en el primer encuentro con la familia, sea en las primeras sesiones con él solo, comienza poco a poco a des-plegarse por momentos. En un momento dado Carlos contempla con interés los libros de mi biblioteca. Lo mismo que había hecho con el ángulo del salón, lo hace en este momento dirigiendo su mirada hacia un Tratado de historia diciéndome: “Me interesa la historia de España”, con voz lenta, pesada y monótona. Luego agrega “Hubo en España un rey llamado Carlos primero al cual sucedió Carlos segundo, luego Carlos tercero y después Carlos cuarto”. Y continúa diciendo: “Pero los reyes no estaban de acuerdo entre ellos”. Como si la dinastía no correspondiese a la idea de sucesión en el tiempo sino más bien al principio de contemporaneidad en el espacio. Una tal transformación del tiempo vivido en  espacio geográfico caracteriza el fenómeno descrito por E. Minkowsky como especialización del tiempo (E. Minkowsky, LE TEMPS VECU, Etudes phénoménologiques et psychopathologiques, 1933).
El tiempo para Carlos, es decir la diacronía, se transforma defensivamente en experiencia sincrónica: modo de evitación del sentir y del sufrir. En tal modo los cuatro reyes en litigio latente conviven, cada uno replegado autísticamente, en su castillo medieval. El clima histórico de la sesión, es decir, la regresión al Medioevo del tiempo actual de la transferencia aparece fenomenológicamente como “realidad presente”. Así comienza a adquirir forma y realidad nuestro atelier psicoanalítico. En un momento dado y luego de una pausa, Carlos dice: “Fue preciso esperar que subiera al trono Carlos V, (Carlos I de Austria) para hacer posible una reconciliación y la unificación del reino”.
Yo creo comprender  así que Carlos me habla de su tiempo espacializado y no vivido y también de la compartamentalización de su mundo interno y de su proyección al exterior geo-histórico del encuentro. El psicoanalista personificaría a Carlos V, o bien  una parte de su ideal del Yo, indiferenciado de su Yo ideal, proyectado subsidiariamente en la persona del psicoanalista. Así, el proceso terapéutico adquiere un carácter carismático o “ideológicamente” y políticamente unificador en el sentido de “federar” su personalidad dividida.
Tras un silencio, durante el cual Carlos parece reflexionar, se toca la nariz y dice: “Estoy acatarrado y me gotea la nariz”. Continúa a contemplar la biblioteca como si pasara de un libro al otro, o de una idea a otra. Utiliza así la biblioteca como materialización de un aparato psíquico ideal, que se moviliza en el espacio y en el tiempo y que es capaz de funcionar potencialmente en la plenitud de su erudición. Carlos trata de asociar, de pensar proyectivamente en la realidad del Otro: el espacio mental del psicoanalista. En realidad es como si cobrara también contacto concreto con mi “biblioteca personal”, es decir con mi propio espacio mental. Su mirada se detiene en un momento dado en un libro que lleva como título “Salud mental”, y tras un suspiro y otro, (está triste) dice: “Es duro”. Le señalo que comprendo que debe ser duro para él dejar de endurecerse. Carlos necesita vestir su armadura medieval, protegerse para salvaguardar su fragilidad de base, su sensibilidad herida. El problema que parece somatizar es la disolución de su dureza interior: siente que su coraza puede disolverse y gotear sin parar, como una verdadera hemorragia psíquica que le sale por la nariz.
Carlos, en otra ocasión, asocia con una guitarra rota, como si su cuerpo fuera un instrumento musical, un piano por ejemplo, dentro del cual hay una guitarra o un conjunto de cuerdas rotas o discordantes. Cosa que él parece confirmar diciendo que dentro de su cabeza las imágenes y las ideas no se acuerdan y tienden a discordar entre ellas, como los reyes de España.
El aparato psíquico de Carlos funciona de modo parcial, como si “las cuerdas” de su aparato psíquico se hubieran roto, como si su mente estuviera mutilada. Tal precariedad aparece en una sesión en la cual alucina, o según él ve un muslo de pollo. Le pido algunos detalles de “su visión” y él me propone dibujarla y lo hace efectivamente con gran habilidad, como todo lo que dibujará ulteriormente. A mí, más que un muslo de pollo me parece la pata de una mesa. Lo cual le permite asociar con una mesa quien había recogido en un patio y  que había llevado a su casa para repararla y “darle vida”.
Carlos parece interesado en el psicoanálisis como en algo que podría dar vida a algo que se había roto en él. En otra oportunidad observa con interés la lámpara de mi consultorio. Le pregunto cómo la ve, y él me dibuja con grandes detalles un fragmento de lámpara en el aire. A continuación, observo con interés una silla que él dibuja a la perfección pero sin patas.
Me llama la atención su percepción fragmentaria de los objetos circundantes que se confunden con sus proyecciones alucinatorias.
Su percepción y su proyección sensoperceptiva es por momentos parcial y por momentos fragmentaria. Habría que hacer una diferencia entre una y otra. La primera como lo señala Melanie Klein, se relaciona con el concepto de pars pro toto, es decir, en el niño de pocos meses la imagen del seno corresponde implícitamente a una imagen global de la madre. En el segundo caso, se trata de fragmentos de imágenes  rotas o de una realidad global o parcial hecha pedazos.
Tal fenómeno de rotura del aparato psíquico es expresión de su drama interior, de su experiencia catastrófica, que correspondería a su crisis psicótica inicial.
Carlos parece siempre muy interesado en una silla de madera vecina al diván que en realidad es una silla italiana del siglo diez y ocho pero que para él es una silla española relacionada  por proyección a su historia imaginaria de los Carlos de España.
Siento así que esa historia de los reyes de España se continúa en mi habitación, en el lugar del encuentro médico-paciente. Carlos amuebla nuestro atelier común con fragmentos de su propia habitación original. Lo que él ha mantenido vivo son pedazos o fragmentos de objetos internos –muebles o personajes o muebles-personajes-, que él mismo ha tratado de reconstruir terapéuticamente o de “autocurar”, La mesa que encontró en aquel patio y que él trata de restaurar y darle vida corresponde a su identificación proyectiva reparatoria fuera y dentro de él.
Carlos observa detenidamente los filigramas de la silla, como si se sintiera Champollion frente a la “Roseta egipsiana” y dice: “alguna lógica debe haber en ese lenguaje extraño y antiguo”.
Carlos-persona muestra un interés de terapeuta-arqueólogo por lo arcaico en él, por todo aquello que precede y sobrevive de la catástrofe psicótica. Carlos mismo despedazado en parte, identificado con un fragmento de silla o de pollo, o de mesa trata de descubrir conmigo los secretos de su drama o tragedia y buscar el modo de ayudarme a reparar o reconstituir el rompecabezas de su mundo en  crisis y dar sentido y expresividad a su mundo sepultado, metáfora que reencontraremos.
En otra ocasión, Carlos habla de geometría, de cuadrados y de cubos. Lo asocia con los filigramas de la silla o de cómo organizar “geográficamente” lo que él siente en sí mismo desconectado o destruido: los cubos del rompecabezas.
“Debiera apoyarme en cosas reales”, dice Carlos, “y no dejarme llevar por la fantasía” Contempla a través de la ventana y dice: “Es el otoño, es triste, las hojas caen”, Carlos, en efecto, está triste. En su casa tiene un computador u ordenador con el cual está enojado desde hace días. En efecto, el aparato no programa las cosas como él lo desea, el mundo no se adapta a su Weltanschauung (Freud, Conferencia XXXV, “Nuevas aportaciones al psicoanálisi”, 1933, se refiere a este concepto como construcción mental o posición frente al mundo).
Recordé también que en las primeras entrevistas que tuve con Carlos y sus padres, la madre había hablado de la violencia con que él trataba a su doble, a su sombra, al computador, incapaz de ordenar sus propias ideas o en el orden sui generis que él desea.
La tristeza de Carlos corresponde a una decepción frente a su propia omnipotencia narcisista de re-organizar el mundo adaptándolo a su propia Weltanschauung. Su decepción no es solo objetal, sino que se dirige a su propio Yo ideal delirante que se siente fracasado a una realidad que no coincide con sus propios principios, con sus expectaciones.
Carlos se siente decepcionado y también violento y tiende a destruir los objetos y todo aquello que refleja especialmente su propio aparato psíquico en crisis. Tal fenómeno juega un rol muy importante cuando parte del delirio “se desinfla” y el Yo se desilusiona de su capacidad creativa delirante. Denomino este fenómeno depresión narcisística. Tal concepto se diferencia de la noción habitual de depresión en Freud y Melanie Klein en tanto que pérdida de objeto, porque se centra sobre todo en la pérdida “de todo el capital narcisístico” que su persona ha inventado en su propio Yo ideal. (Ver un trabajo mío publicado en francés: “A propos de la dépression narcissique”, in Regard, hommage á Daumezon, París, 1980, p. 313).
Carlos expresa su ambivalencia profunda frente al mundo y frente a sí mismo. En su auto-ataque reivindicatorio de una ilusión perdida, pierde control y destruye aspectos sanos de su capacidad de pensar; lo que queda es un “pseudo-ordenador de ideas” que no funciona bien.
Bion describe precisamente cómo durante la crisis psicótica una parte del Yo del paciente se disocia y ataca su propio aparato psíquico como si fuera un enemigo que lo hace sufrir o que lo pone en contacto con una realidad dura y desagradable, que no coincide con su Weltschauung delirante. (“Developement of Schizophrenic Thought”, in Second Thoughts, Jason Aronson-New York, 1967, p. 36). En cierto modo, mi concepto de depresión narcisística agrega la idea de desilusión, del deshacerse o des-ordenarse del propio núcleo psicótico delirante idealizado, indiferenciado de su propio Yo ideal.
El Yo ideal se confronta simétricamente con el Ideal del Yo, el Gran Otro que también se desinfla y se deshace en la crisis. La reconstrucción delirante del mundo creará otros dioses. . . (solución psicopatológica del delirio).
Carlos tristemente piensa en sus recuerdos mientras contempla nostálgicamente la ventana de su paisaje otoñal. Recuerda por momentos un fragmento de su infancia que localiza en un país de Latinoamérica. “Pienso en el golfo de la ciudad-puerto en que vivíamos, con sus corrientes marítimas en distintas direcciones y por mementos violentas entre ellas”. Carlos expresa así lo que sucede geográficamente dentro de sí-mismo, con sus propias “corrientes pulsionales”. . . (Narciso contemplándose en la fuente trata de recrear sus orígenes, el hijo de una copulación tumultuosa entre dos aguas. Narciso, según  Ovidio, es hijo de dos corrientes violentas y apasionadas. La del río Cefiso y la de la ninfa Liriope), Carlos, como Narciso, contemplaría su propias fuente originaria, imagen nostálgica de un mundo perdido que trata de recuperar y dar vida.
Frente a la presión de su propio golfo interior, por momentos muy violenta, trata de construir o reordenar geométricamente su mundo, su escena primaria atacada y destruida por los celos y la envidia de sus propias pulsiones. “Pienso en el dodecaedro que representa la perfección para mí, pienso en una serie de cubos. Recuerdo que también estuvo en Cuba con mi familia. Pienso en las pirámides”. En otra sesión, contempla un cuadro donde hay un caballito de madera que él asocia con el caballo de Troya. . . “Pienso en un muro destruido, en un caserón en ruinas. Me siento empantanado”. En cierto momento contempla las vigas de madera del techo de mi consultorio y habla de los agujeros que descubre en la madera: el agujero del muro de Troya en la mente del psicoanalista. Quizás una alusión a sus heridas narcisísticas proyectadas en el techo.
“Pienso en un clima frío y pesado, necesito sol, luz y calor. Algo se ha roto, ah sí, se rompió el coche cuando choqué contra un árbol dando marcha atrás”.
Carlos recuerda, “dando marcha atrás en el tiempo”, imaginando episodios que preceden su crisis psicótica. Recuerda que estaba enojado con su padre cuando decidió “penetrar” (como el caballo de Troya) dentro del automóvil del padre, donde concebía por momentos a sus padres juntos en ausencia suya. Carlos no pudo controlar sus pulsiones. Identificado con el falo paterno o proyectándose dentro de él, pseudo-identificación, Carlos trata de penetrar y tomar posesión de cuerpo paterno, de la “carrocería paterna”, del mismo modo que penetraba dentro de “mis vigas mentales” (observación de Ana Resnik en una discusión previa a este escrito) dentro de mi espacio mental, al interior de mi propio aparato psíquico indiferenciado de las vigas que sostenían mi propia realidad psíquica.
Tenía 14 años y “chocaba” con frecuencia con su padre como chocaba conmigo en la realidad actual de la transferencia cuando “el muro de Troya” de mi identidad espacial se cerraba para él, o no le permitía transgredir mi propio espacio mental, “mi ciudad”. La identificación proyectiva investida de intencionalidad edípica trataba de imponer su presencia dentro de la espacialidad materna de mi Yo Corpóreo.
Todo esto hablaría también de una transferencia erótica en la cual el caballo de Troya estaría al servicio de fantasías inconscientes de profanar fálicamente mi espacio mental, mi ciudad y eyacular sus guerreros adentro para poseerla e imponer su “creatividad psicótica” o delirante. Su exploración erotizada del espacio mental del Otro, el psicoanalista, tendría igualmente como propósito “conocer y controlar” la realidad “no familiar” del interlocutor. En cierto modo el paciente cuanto más frágil, inseguro y amenazado se siente, más necesidad tiene de explorar la realidad del otro.
Enrique Pichón Riviére en su artículo    “Quelques observations sur le transfert sur le patient psychotique”, publicado en la Revue francaise de psychanalyse, página 254, dirigida en esa época por Daniel Lagache, t. XVI, Nos. 1-2, janvier-juin 1952, número especial sobre la transferencia, señala la diferencia de las identificaciones proyectivas: una en la cual el paciente psicótico tiene necesidad de “eyacular” (para utilizar una metáfora pertinente a este trabajo) sus tendencias y objetos persecutorios o depresivos intolerables y la otra, para proyectar o salvaguardar en lugar seguro “las partes sanas” de su personalidad o todo aquello que su yo no puede contener y “cuidar”. Del primer tipo de proyección el resultado o la consecuencia lógica sería controlar el objeto depositario para evitar la reintroyección enloquecedora (ver también los trabajos de Jorge García Baradacco sobre “el objeto enloquecedor” en The Intern. Journ. Of Psycho Analysis, 1986, vol. 67) y del segundo tipo de identificación proyectiva la finalidad sería preservar el objeto depositario y sus buenos contenidos.
Carlos continúa hablando de Troya en otras sesiones, y de su caballo de madera apto para hacerse espacio dentro de la realidad espacial del Otro. Por otra parte habla de sus preocupaciones arqueológicas, habla así de 9 ciudades enterradas, una sobre otra, que los arqueólogos habrían descubierto en el lugar correspondiente a la ciudad de Troya. Son nueve los miembros de la familia de Carlos, una familia numerosa de 9 miembros enterrados dentro de él: cada miembro es una ciudad dentro de otra ciudad, un mundo dentro de otro mundo, un objeto dentro de otro objeto. Carlos se refiere así a una multiplicación “in situ” de identificaciones proyectivas dentro y fuera de él. Todo esto es una Odisea, señala Carlos, que naturalmente vivimos juntos. Habla de Alejandro Magno y de Carlos Magno y se ríe. . . La Magna Grecia, el Magno Carlos está enpantanado, tratando de reencontrar su identidad perdida. Carlos está desilusionado, se ríe del falso Magno Carlos.
En un momento dado parece hablar de sus familiares tratando de diferenciarse. Así es como imagina un octaedro, el cual hay 8 aspectos y el noveno está fuera, que es él. Un octaedro es también como dos pirámides o como una pirámide y su reflejo, y su sombra.
Pienso en una forma circular que rueda y en un eje central minimizando la fricción.
Como se podría minimizar la fricción catastrófica entre él y su padre, me pregunto y pregunto al mismo tiempo a Carlos.
Pienso a un caballo, a mis caballos, a mis ideas y a mis impresiones. Dibuja una bicicleta entre acostada y recostada sobre una acera, entre un fragmento de tronco de árbol y un fragmento de columna, y como fondo, ladrillos de un fragmento de muro (recuerda un cuadro de Magritte), con un pedazo de ventana. La bicicleta parece cansada, le señaló a Carlos con un mundo entorno hecho de fragmentos. En cada rueda hay un eje para disminuir la fricción entre las dos. “Por momentos hay menos fricción entre nosotros dos, y nuestra bicicleta se mantiene en un mejor equilibrio”, digo yo.
En una sesión habla de un pájaro de piedra esculpido en la roca, o bien de una roca con forma de pájaro. “Se trata de un paisaje desértico, es lo que queda de una pájaro en estado de extinción”, dice Carlos. Y a continuación lo dibuja.
En la sesión siguiente, tras un silencio muy pesado y cargado de “aire retenido”, como si no se pudiera respirar, cosa que produce en mí un estado de ánimo muy curioso, una especie de estado de letargia; me siento separado y alejado de mi paciente, detenido e inmóvil como el pájaro del paisaje de Carlos. Entre nosotros dos hay vibraciones, no hay aire ni viento, no hay vida, todo es duro, desértico y rocoso. De repente experimento un cambio de clima y me parece oír el canto de un pajarito, me pregunto qué ocurre o qué estoy alucinando, como si me despertara de un sueño inmóvil, con los ojos abiertos. Pregunto: ¿dónde está el pajarito que canta? Y Carlos, saliendo de su mutismo petrificado, también duro como el pájaro del paisaje, y como si se operase una transformación en la atmósfera de la transferencia, ambos, por una suerte de reciprocidad, y como partes simétricas del mismo octaedro compartido, comenzamos a salir del letargo y a dialogar. Pregunto nuevamente ¿dónde está el pajarito? Y Carlos responde: “el pajarito está dentro de mi estómago y tiene hambre y frío”. Así, entre el pájaro enorme y petrificado del paisaje que adquiere realidad de materia y de forma en la transferencia, y el pequeño pájaro vivo que busca ayuda, se produce una corriente de aire, un viento de vida, una expresión lúdica de vida. El espacio de la transferencia cambia su estado catatónico, petrificado y amenazador, para transformarse en un paisaje donde predomina lo lúdico, la transferencia infantil con sus ricos matices de impresiones y sensaciones empáticas.
La transferencia petrificada sale de su esfera maciza y monolítica, es decir, narcisística, se despierta el yo infantil, el pajarito,  pide ayuda y calor, pide alimento. La presencia de un Yo infantil, en él y en mí delimita un “campo de juego” que contrasta con el No lúdico de la transferencia catatónica. Los fragmentos producidos por antiguas disidencias y roturas comienzan a busca sus planos, sus superficies de clivaje en la sesión para sí poder reconstruir un mundo animado y coherente. Carlos, en efecto, parece más vivo y dice: “hoy mis sensaciones tiene forma de pensamientos”. ¿Y los sonidos, el canto del pajarito? Le pregunto. “Parece cosa viva”, dice Carlos.
En la sesión siguiente Carlos habla del pajarito que tiene siempre hambre y que sufre del frío. Carlos habla nuevamente de ruidos y de sonidos que por momentos adquieren forma de colores.
Mi impresión es que Carlos describe el clima y la “materia de nuestra transferencia, cómo aspectos arcaicos infantiles de su personalidad atomística que renace. Según Carlos, sus “fragmentos de realidad” renacen bajo la forma de pensamientos fragmentarios.
Luego de un período de vacaciones prolongado, durante el cual tuve que ausentarme en Argentina, Carlos sufre una crisis de abandono y es hospitalizado. Cuando vuelvo, sale del hospital y viene a la sesión.
Naturalmente, quiero aclarar que siempre que trato con un paciente psicótico, me pongo de acuerdo con una clínica o con un psiquiatra que pueda trabajar en equipo conmigo, en caso de ausencia mía o de crisis durante el análisis.
¿Y el pajarito?, pregunto a Carlos en la primera sesión después de las vacaciones. “Trina mucho, dice Carlos, por un tiempo se ha ido, ha salido de mi estómago y se ha puesto a volar con otros pajaritos”. Yo le respondo diciéndole que comprendo muy bien que el pajarito de su estómago es su doble infantil (también el mío). Ambos convivimos en esa doble pirámide, donde nos contemplamos como niños dentro del mismo octaedro. El niño que habita en nuestro ser adulto se despierta a la vida y muestra que puede trinar, que puede expresarse, producir sonidos armónicos: el aparato psíquico es un instrumento musical que vuelve a resonar y a articular pensamientos-sonidos. El Yo infantil es un animal vivo y sinfónico, capaz de vivir nostálgicamente la ausencia y expresar sus deseos.
El pajarito de su estómago es un pajarito que es él, y también yo mismo, nos encontramos entre niños o pajaritos que hablan el mismo lenguaje. El pajarito que es él necesita ayuda para poder sentirse libre e irme con otros pajaritos de mi familia a la Argentina a ver a los míos.
Freud, en su conferencia 22 de introducción al psicoanálisis, habla de la razón de necesidad del Yo o de I´Ananké como “presión vital” que se opone a la frustración de lo real (Vol. XVI, Standard Edition.)
En esos días, la madre le había dado el dinero a Carlos para pagarme las sesiones, pero el dinero no aparecía. En las sesiones siguientes Carlos habla de las urracas, pájaros ladrones, que prefieren el clima seco, “son listas”, dice Carlos, “siempre pescan algo”. “Son oportunistas”, agrego yo. “Y se hacen las distraídas. Y a propósito, Carlos, por qué no les hablas a las urracas para que no se hagan las distraídas y te devuelvan el dinero que te dio tu madre para pagarme”. Carlos sonríe, y en efecto, en la sesión siguiente me paga.
Carlos continúa viniendo a sus sesiones casi diariamente y también asiste a un Hospital de día donde realiza dibujos para un film de dibujos animados, producido conjuntamente por algunos pacientes y el profesor de “art therapy”.  “Pensé en el argumento del film, dice Carlos, en el que podría presentarse por ejemplo la historia de un pescador preocupado”. “Tú me has dicho que las urracas siempre pescan algo”, le señalo. “Si, pero esta vez yo no soy una urraca”, responde Carlos. “Bueno, agrego yo, quizás podemos seguir pescando formas, ruidos y sonidos antiguos sumergidos o “enterrados en el agua”. “Siento zumbidos en los oídos, responde Carlos, y por momentos siento mi mente en blanco: hay ruidos que me dan miedo, pienso en mi enfermedad. . .” “Hay cosas que son dolorosas y preocupantes, agrego yo, y que resuenan pesadamente en tu cabeza cuando vuelven a la superficie, a la memoria”. “A veces son como moscas”, dice Carlos. “Moscas que tú sientes que es mejor expulsarlas cuando entran, desembarazarte por el oído”, digo yo “Las siento sobre todo en el oído izquierdo”,  dice Carlos y agrega, “el zumbido me recuerda también un torno de dentista”. “Que hace doler”, agrego yo y prosigo diciendo: “quizás sientes, sentado o acostado en el diván, que algunas de mis exploraciones de dentista-psicoanalista son dolorosas o intrusivas para ti, lo siento”. “Si, prefiero dice Carlos –cuando no hablamos o pasan cosas vivas y agradables entre nosotros como el episodio del pajarito”. “Se me ha ido el zumbido”, dice Carlos en la sesión siguiente. Debo señalar, a propósito del zumbido en el oído izquierdo de Carlos, que yo estoy en mi sillón precisamente a su izquierda. Luego de una pausa, dice: “Hoy, viniendo a la sesión, un señor de edad, muy agradable, se sentó a mi izquierda en el metro (el subterráneo de París) y me habló en francés afectuosamente”.
“En el metro me siento a veces prisionero”, dice Carlos. “Recuerdo, agrega Carlos en otro momento, que el hombre que me habló en el metro se parecía a James Masson. Me dijo que él era periodista e historiador”.
“Ahora recuerdo un sueño: “Soñé con en un teatro bajo tierra en que se caen las lámparas, y se deshacen las butacas, yo trato de arreglar todo, lo que más me impresiona,  son los cristales que se hacen pedazos”. Yo le señalo que creo comprender a través de ese sueño aspectos de su rotura, de su crisis inicial y que se reproducen aquí en nuestro teatro, en nuestro metro psicoanalítico. “Comprendo agrego, que eres una persona frágil y sensible, frágil como el cristal, que puede caerse y romperse en pedazos o fragmentos”. En ese momento se me cae de las manos el libro de notas. “Es como soñar juntos, le digo, los objetos se caen a veces y se rompen. Pero a veces no se rompen o no son de cristal, como mi cuaderno, que conserva intactas mis ideas”.
A propósito del sueño del otro, o de soñar juntos, a ojos abiertos las vicisitudes teatrales de la transferencia, quisiera retomar el concepto de “Aspectos arcaicos de la transferencia, con pacientes psicóticos y  no psicóticos también”.
Herbert Rosenfeld, en una de sus conferencias en el Instituto psicoanalítico de Londres, habló  hace años de la importancia de la transferencia infantil en el caso de transferencia psicótica. Rosenfeld señalaba en esa oportunidad el hecho de que la transferencia delirante sólo se puede confrontar y quizás resolver a través de la mediación de la transferencia infantil. Es la transferencia infantil que permite lúdicamente dar sentido, matiz y plasticidad al pensamiento delirante. Si el delirio es una ilusión patológica que ocupa el espacio de una rotura o de una ausencia o de un duelo primordial, el juego que no es burla sino comunicación recreativa permite crear nuevamente el clima adecuado para que entre paciente y psicoanalista pueda despertarse el niño que está dormido o ausente, o vestido sólo de adulto, pero que no se ha olvidado de todo de sus juguetes. . .
Melanie Klein, siguiendo los principios de la regresión psicótica y neurótica en Freud, trata de comprender las fantasías arcaicas ligadas a las primeras relaciones de objeto, que ella investiga a través del juego con niños pequeños.
Freud, en la Conferencia XXII de Introducción  al psicoanálisis, habla del concepto de regresión de la libido en el tiempo, en el espacio de la transferencia. Establece ahí una diferencia entre regresión con represión en las neurosis y regresión sin represión en la psicosis y en la perversión. En esta misma conferencia, Freud habla de la plasticidad de la libido y de la red de intercomunicación entre paciente y psicoanalista. Ligado al concepto de plasticidad de la libido y de flexibilidad del Yo, Freud sugiere la idea de transformación simbólica y de sublimación en cuanto transformación privilegiada. Freud utiliza también el término Ichgerect, que significa “en consonancia con el yo”, y que James Strachey traduce como “capacidad ego-sintónica”.
A propósito del Yo infantil y de su importancia en relación con el fenómeno de regresión psicótica y no psicótica, quisiera relatar algunas de mis vicisitudes durante el período de “migración“ en el que decidí abandonar Argentina para “regresar” a Europa, es decir, el continente de mis padres, donde también nació el psicoanálisis.
Cuando decidí ir a Londres, hace más de treinta años, luego de haber terminado mi formación en Argentina, y después del Congreso Internacional de Psicoanálisis realizado en Ginebra en 1955, donde tuve la oportunidad de conocer a Melanie Klein, Herbert Rosenfeld, a Bion y a otros, uno de mis deseos, además de reanalizarme con Herbert Rosenfeld era el de pedir un control a Melanie Klein. Mi deseo era de poder analizar un niño pequeño que me permitiera discutir con la Klein las primeras relaciones de objeto y los estados arcaicos del Yo que ella describía en sus libros. Afortunadamente la oportunidad se me ofreció muy rápidamente cuando un colega del British Institute me envió un niño de menos de dos años. Se trataba de un niño que había comenzado a desarrollarse normalmente y que a raíz del nacimiento de una hermanita, cae en un estado de “depresión profunda”, es decir en un estado de regresión que le impedía dormir, comunicarse y jugar.
Melanie Klein había señalado en sus escritos que ciertos mecanismos y experiencias psicóticas, o equivalente a lo que eso podía ser, están presentes en el niño pequeño durante los primeros meses de la vida. En algunos casos tales fenómenos pueden prolongarse o bien ulteriormente reaparecer como parte de un proceso regresivo consecuente a una frustración importante o a un “conflicto actual”.
Mi idea, como ya lo he señalado, era la de realizar el control con Melanie Klein, pero debido a su estado de salud, tuve que hacerlo, por consejo suyo, con Esther Bick.
Durante el año de control, al ritmo de una vez por semana, puede no sólo comprender ciertos estados primitivos del desarrollo del niño y sus modelos de relación de objeto, con sus consiguientes ansiedades, sino que también pude comprender a través de la contra-transferencia con el niño, todo lo que se había movilizado en mí de mi mundo infantil con la emigración, o con mi situación de psicoanalista formalmente titular de la Asociación Internacional de Psicoanálisis, pero informalmente siempre en formación. Mi pasaje de Argentina a Inglaterra, la continuación de mi análisis y mi experiencia con Edward, el niño que comencé a psicoanalizar, fueron acontecimientos que removieron experiencias y recuerdos importantes de mi propio mundo interior.
Quisiera ahora invitar al público a desplazarse con la imaginación hasta la sala de espera del Instituto Psicoanalítico de Londres, en New Cavendish Street, donde yo trata a Edward. Durante las primeras sesiones, insistía en quedarse en la sala de espera, en los brazos de la institutriz que lo acompañaba, no quería a “jugar” solo conmigo. Edward solo me siguió acompañado de su institutriz.
El primer día, y ya en la sala de juegos, en brazos de su acompañante, contemplaba una pequeña mesita donde yo había puesto algunos juguetes que pudieran estimularlo a jugar conmigo. Edward contempla los juguetes con interés y desconfianza al mismo tiempo, y finalmente dice algunas palabras: “los autitos y los animalitos se van a caer”. Yo comprendí que invitarlo a jugar y a entrar en contacto con los “personajes-juguetes” era equivalente para él y dejarse caer de las faldas de su institutriz. La institutriz representaba su espacio familiar, mientras que la mesa y el resto de la habitación, y yo mismo, “con mis juguetes”, representamos el espacio no familiar o extranjero a él. Paralela y simétricamente, vivía empáticamente con Edward mi propia “experiencia transcultural” a través de la difícil “migración” del niño que para entrar en contacto con lo extranjero o no familiar debía abandonar su tierra natal. Así ego-sintónicamente vivo la experiencia inquietante que Freud describe en su artículo de 1919 “das Umheimliche”.
He aquí un encuentro entre dos extranjeros, a través del espacio desconocido que separa dos experiencias distintas y semejantes al mismo tiempo. Yo mismo trataba de adaptarme al ambiente inglés, pero para ello debía abandonar en parte “mis juguetes”. En la medida en que yo podía comprender, tanto en el niño como en sí mismo, la experiencia depresiva de separación –inevitable en la elaboración de todo duelo-, yo podía ayudarlo a hacer un trabajo conmigo, al mismo tiempo que él me ayudaba poco a poco a adaptarme a su propio espacio cultural y a su lengua, al interior del cuadro analítico. Era casi como una experiencia de espejos uno del otro, en la cual, sin embargo, cada uno debía tratar de diferenciarse. Lo que se hacía presente en el transfert (a propósito del espejo) era el pasaje de la relación de objeto narcísico, que acepta del otro lo que se le asemeja, o bien lo que se adapta a sus proyecciones narcisísticas. Desde el punto de vista del proceso psicoanalítico, se trataba de asistir “con el tiempo”, al pasaje de una relación narcisística. O bien, desde otro punto de vista poder comprender y compartir, superando la “doble” transferencia narcisística o de un ciclo de reciprocidad empática a través de un in tercambio de proyecciones y de introyecciones de objetos “migratorios” que iban dejando sus puertos para llegar a otro y dejar así sus trazas en el “campo histórico” de nuestra memoria cultural común y distinta a la vez.
El espacio de la transferencia, el campo de juego comienza así a abrirse poco a poco primero a través de un transfer maternal. Edward proyecta en mí “su objeto interno mamá”, su fuente nutricia y de calor original. En la medida en que él se relaciona maternalmente conmigo, es capaz de venir a la sala de juego solo, mientras que la institutriz se encontraba en la sala de espera. Un día es el padre de Edward que lo acompaña y mientras él jugaba conmigo y su padre esperando afuera, comienza a angustiarse diciendo: “Daddy fell down en the street”. Comprendí así que el triángulo preedípico, o el Edipo pre-genital se dramatizaba en la transferencia con el sentimiento depresivo, es decir, con la responsabilidad afectiva, de la parte de Edward,  de “estar con la madre-analista”, dejando “caer” la imagen del padre.
Algunos meses después, Edward comienza a retomar el lenguaje que había comenzado a utilizar y luego abandonado durante la regresión, lo mismo que su capacidad de jugar. Las sesiones se hacen más fluidas, y quisiera relatar una en particular.
Edward entra solo en la sala de juegos, se me acerca, mira una de mis manos y comienza a hablarle como si fuera una persona, diciéndole: “te he visto ayer”. “¿Estás seguro que me has visto ayer Edward?, le pregunto. En ese momento Edward me toma de la mano como si mi mano fuera una prolongación suya, o una mediación, o un instrumento suyo y me lleva al lavamanos que estaba en un rincón de la sala de juegos. Lavamanos que él llena de agua y en el que arroja objetos tales como muñequitos, pedazos de plastilina, etcétera, que él me pide rescatar bajo el agua. El juego consistía en que yo debía hacer de pescador como si mi mano fuera su anzuelo con el cual teníamos que pescar “los objetos internos” sumergidos en “el inconsciente del lavamanos”. “Pero ¿Qué crees que estamos haciendo?” pregunto a Edward, y él me responde: “Son niños que están debajo del agua…”
“¿Pero cuándo ocurrió todo esto? Pregunté a Edward. “En mi habitación, de noche, cuando cerré los ojos”, me dijo él. Así comprendí que Edward me estaba comunicando un sueño, que en realidad estábamos dramatizando en la sesión. En el sueño de Edward, los niños sumergidos eran pedazos de niños destruidos por sus fantasías destructivas dirigidas contra la escena primaria, contra los padres combinados que producían niños o equivalentes, tales como fantasías o ideas entre nosotros. Edward atacaba el vínculo entre sus padres imaginarios y también el nexo entre nosotros dos, padres de la “situación psicoanalítica”. Los ataques del niño estaban ligados históricamente a los celos y al abandono que había implicado el nacimiento de su hermanita. Pero en la realidad de la transferencia, implicaba un ataque al campo de juego “erotizado”, coloreado de fantasías edípicas arcaicas entre nosotros, “entre dos países” o dos culturas: la de los niños y la de los grandes.
Para el joven los sueños de los niños eran relativamente simples. Para mí no fue tan simple, y por el contrario me fue muy complejo y difícil darme cuenta que Edward me relataba su primer sueño que él no sabía del todo que lo era.
Vuelvo así, entre soñar mis propios sueños y sentir el sueño del oro, a plantearme el problema de la realidad, del soñar o de estar despierto. Freud había también explorado la relación entre soñar y delirar, que evidentemente no es lo mismo. Pero las raíces del soñar y el delirar, tiene algunas cosas en común. El análisis del sueño requiere una exploración detenida de los personajes, o del paisaje y de la atmósfera del sueño que se dramatizaba en la transferencia. El análisis fenomenológico y psicoanalítico de la transferencia onírica, o delirante en el caso de la psicosis requiere también una profunda y espontánea compenetración de “lo que se juega” en el delirio de transfert (concepto que desarrollo en algunos de mis escritos). Además, como señala Bion, el que delira no sabe siempre si realmente sueña o si está del todo despierto.
Yo mismo pienso que con frecuencia el psicótico no se puede despertar de un mundo “realista”. La convicción delirante se funda en la idea de que su percepción del mundo es verdad absoluta e indiscutible, realidad absoluta: real. Pero en la psicosis el sujeto no sabe frecuentemente que delira. En cierto modo es como si el psicótico no pudiera despertarse de “su mundo” delirante. Por lo tanto, no podría contar sus sueños y darse cuenta de que “la extrema realidad del sueño” es apariencia de otra realidad: lo manifiesto es máscara que denota lo que potencialmente o latentemente traduce.
Todo esto para decir que el psicótico, por lo tanto Carlos, durante un estado de inmersión profunda en el delirio, no puede saber que delira o que imagina, porque no se despierta de su letargo para juzgarlo. Además, perdiendo los límites entre realidad onírica, realidad delirante y principio de realidad, el que sueña no sabe que sueña y el que está despierto no sabe que lo está del todo.
El itinerario que he seguido, a través del caso de Carlos y de mi relación con Edward, me permiten, a modo de introducción, el plantear algunos aspectos inherentes a la “espontaneidad empática” de la transferencia y a los distintos estados de pathía y de dyspathía (trastornos del pathos) y a sus implicaciones en la exploración de lo que podría llamar: aspectos arcaicos o protosimbólicos del sentir y del pensar.
La experiencia psicoanalítica forma parte de una odisea vital, a ojos abierto o a ojos cerrados. Es en el sueño donde quizás aprendamos a jugar con imágenes arcaicas, como lo enseñó Freud en su libro sobre los sueños. La representación onírica podría ser concebida según él como equivalente a un juego de niños. Por otra parte, jugar con niños de cualquier edad, o jugarse en la transferencia,  con pacientes de cualquier edad, neuróticos o psicóticos, no es juego de niños. Psicoanalizar significa ir al encuentro de nuestra disponibilidad  o indisponibilidad al juego del otro. Lo que Freud denomina transferencia positiva o negativa correspondería a matices diversos de una tal disponibilidad o indisponibilidad.
Recuerdo que H. Racker, cuando controlaba oficialmente mi primer caso en Buenos Aires, durante mi formación psicoanalítica, me decía que para psicoanalizar la transferencia positiva o negativa, uno debiera ser capaz de confrontarse con su propia imagen en tanto que objeto bueno u objeto malo. Es decir, ser capaz de concebirse a veces como persona negativa o seductora o narcisista que se cuestiona a sí misma. Naturalmente Racker, como la mayor parte de los psicoanalistas que han trabajado sobre el problema de la relación psicoanalítica, han conservado el concepto de transferencia positiva o negativa, como también el de transferencia y contra-transferencia. Yo estoy absolutamente de acuerdo con tal utilización de conceptos, pero quiero agregar que a veces creo comprender a un paciente desde mi yo-paciente  y al niño en el otro, desde mi yo-infantil. Se podría decir, a propósito del concepto de Freud de “análisis terminable o interminable”, que frente al paciente uno puede sentir que uno continúa a psicoanalizarse, no solo a través de la realidad del otro formalmente paciente, sino a través de la capacidad y modestia de asumir nosotros mismos aspectos pacientes. . .
Harold Searles había manifestado su preocupación por el hecho de perder él mismo su función de psicoanalista en la transferencia y de ser el paciente el que se la recordaba. Quizás yo podría agregar a eso que no podemos ser absolutamente psicoanalistas ni absolutamente pacientes, el trabajo en la transferencia es siempre doble, como dos pirámides invertidas que forman parte del mismo octaedro. O como el cuerpo que se contempla en la mirada especular del otro o en su propia sombra.
Heinz Lichtenstein, en un trabajo sobre narcisismo (“The role of narcissism in the emergence and maintenance o a primary identity”, I.J.P.A., vol. 45, 1964) habla del Yo narcisístico como de un sistema cerrado. Freud lo compara en 1911 a un huevo con su propia provisión de alimentos capaz de separarse del mundo externo y satisfacerse a sí mismo autísticamente. En su estado de autonomía nutricia, el estado de huevo permite preservar un grado de calor que reemplaza el del cuerpo de la madre. Pero el problema es ilusorio, ya que se trata de un circuito cerrado y que las provisiones y el calor se agotan. Razón por la cual la necesidad del Otro aparece nuevamente en el horizonte de la necesidad. (Ananke).
Todo esto para señalar que el concepto de relación narcisistica de objeto utilizado por Herbert Rosenfeld s sumamente útil para comprender las enfermedades narcisísticas, tal como Freud denominaba la psicosis. Por otra parte, yo quisiera agregar que la relación narcisística de objeto no propone una verdadera relación sino que re-envía al sujeto, a la idea de una confrontación, “siempre con su propia imagen”, uno con la realidad distintiva del Otro.
El proceso psicoanalítico requiere paso a paso un proceso de pasaje y de transformación “lúdica” de una relación narcisística de objeto, que no debe confundirse con la empatía, a una relación no narcisística o dualística fundada en la diferenciación y en la capacidad de crear un verdadero campo de juego.
El verdadero diálogo es un encuentro entre solitarios, o mejor dicho, solitarios no autísticos, ni del todo narcisistas que asumen su soledad de base como distintividad idéntica a sí misma, capaz de ir al encuentro de lo que uno no es.
El psicótico propone siempre preocupaciones metafísicas y ontológicas que superan en intensidad y actualidad a los conceptos comunes de adaptación a la vida cotidiana y de poder compartir ciertos principios sobe lo que la realidad es o no es.
Y para terminar, siendo la transferencia un proceso dialogante que propone como sujeto las vicisitudes del no poder dialogar necesariamente siempre, quisiera afirmar conceptualmente que lo que humaniza la relación es la consensualidad en lo asimétrico.
El verdadero diálogo significa tolerar la asimetría o las diferencias de sentir y de pensar. Sólo que en una exploración sobre los distintos modos de ser de cada uno, reconocemos también o recordamos lo que somos y lo que dejamos de ser.
Lo que siempre me ha fascinado de un trabajo continuo sobre los estados arcaicos del presente es la verdad metafísica de toda crisis de ser y del estar.
El psicótico propone siempre preocupaciones metafísicas y ontológicas que superan en intensidad y actualidad a los conceptos comunes de adaptación a la vida cotidiana y de poder compartir ciertos principios sobre lo que la realidad es o no es.
El principio de realidad en Freud debe confrontarse también con el hecho de que todo es una cuestión de principio. El psicótico, que no coparte necesariamente la realidad distintiva del otro, elabora también “sus principios de realidad”. . ., y su convicción ideológica con frecuencia “dura” o “rocosa”, es decir una “ideología delirante” dura como la piedra que debe oponerse a la duda, y a la necesaria fragilidad del sentir y del sufrir para preservar su “integridad patológica”. Pero nadie es absolutamente psicótico, ni absolutamente neurótico como lo señala también BION.
De principio, de alteridad a alteridad y de aspectos comunes y no comunes, espero poder estimular así un diálogo estimulante con ustedes y un espacio propicio al juego explorativo que cada uno de nosotros puede ofrecer en un atelier o laboratorio “incompleto” construido para las circunstancias.
 
 
 
 

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