Este trabajo de Rebeca Ortiz de Pastrana fue leído en el VII Congreso de la Sociedad Psicoanalítica de México, celebrado el 23 y 24 de septiebre de 1989, en conmemoración del 50 Aniversario de la muerte de Sigmund Freud; y se publicó un año después en el número 2 vol.  IV de la Revista Gradiva.
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Desde tiempos muy remotos, el género masculino ha deseado poseer un control sobre la fertilidad de las hembras de su especie. El ejercicio de ese control fantaseado se otorgó al ‘Pater Familias’, quien desde entonces lo ha detentado, más ¿por qué lo ha permitido la mujer?
El advenimiento de los anticonceptivos hormonales dio a la raza humana la posibilidad de contener su prolífera carrera y ofreció la oportunidad de proteger y educar mejor a sus vástagos. A cambio, la mujer enfrentó una libertad sexual antes desconocida y los hombres la temida amenaza de que sus parejas fueran independientes. En la década de los 60’s, los anticonceptivos inundan el mercado y traen consigo fenómenos significativos. En un principio son mal aceptados, difundiéndolos los núcleos liberales;  son pocas las personas que no han recurrido al uso de alguno de ellos.
En ese lapso, la mujer se percata del aliado incondicional que tiene a su alcance y la variedad de productos se expande considerablemente. De entre los más socorridos se cuentan: las píldoras, diafragmas y dispositivos intrauterinos, que vinieron a complementar y mejorar los resultados obtenidos con los preservativos, el ritmo y aun el “Coitus Interruptus”, antiguos métodos tradicionales que fueron considerados en los  trabajos iniciales de Freud, como factores etiológicos de las neurosis.
Los anticonceptivos han sido la llave con que la mujer abre la puerta a un mundo nuevo, vence limitaciones y empuja a establecer un nuevo orden de cosas. Así, en los países desarrollados se observa una disminución importante en el número de hijos por familia; los matrimonios de 5 se han trocado por los de 2 y 3 hijos y están aumentando aquellos con uno solo.
Históricamente la mujer se ha dedicado a la maternidad y crianza de sus hijos, sin embargo, a últimas fechas con el control sobre la concepción, la mujer ha optado por buscar experiencias tradicionalmente vedadas, envidiadas y por lo tanto, objeto de deseo, que al parecer pueden ser igualmente enriquecedoras, me refiero a la obtención de logros académicos, laborales, culturales, etc.
El hecho de que el instinto maternal sea lo biológica, cultural y psíquicamente esperado en el ciclo de vida de cualquier mujer, lo han manifestado ya varios autores, Judith Kestemberg (1977), cita a Jessner y colaboradores (1970), quienes opinan que a pesar de los conflictos y miedos durante el embarazo, el revivir conflictos regresivos no altera el hecho de que cada paso para ser madre enriquece el Yo femenino. K. Horney (1972), dice al respecto que aunque muchas mujeres parecen felices y capaces de una vida sexual satisfactoria, sin haber sido nunca madres, en algunos casos existen conflictos reprimidos sobreviviendo la depresión unas vez que aparece la menopausia y corrobora que la posibilidad de dar vida se ha perdido. Ruth Mac Brunswick (1940), expresa que el deseo de tener un hijo precede con bastante antelación a la envidia del pene. Los dos sexos tienen el deseo de obtener lo que posee la madre omnipotente; un bebé.
La capacidad de concretar la procreación una vez que el espermatozoide fecundó al óvulo, es femenina; hoy, el uso de los anticonceptivos le otorgan a la mujer la posibilidad de decidir si ha de aplazar o incluso desdeñar su don biológico.
Así, en la actualidad, el género femenino puede optar por una vida profesional y en el mejor de los casos, combinar la maternidad con una vida laboral activa. Este adelanto científico ha permitido que las mujeres salgan a “penetrar” el mundo otrora reservado sólo al varón.
El llamado sexo débil, controló su sexualidad y se percató de sus potencialidades mucho antes de la década de los 60’s, pero fue a partir de entonces que se optimizó, siendo por tanto más amenazante para el varón. Tanto en la primera como en la segunda guerra mundial, la mujer ocupó puestos manejados por los hombres y lo hizo eficientemente; sin embargo, fue el advenimiento de los productos anticonceptivos  el control sobre su sexualidad, más o menos reprimida hasta entonces, el factor determinante para que la mujer pudiese conservar esos logros, en lugar de renunciar a ellos con el regreso de los combatientes y la reaparición de los embarazos que la ligaban al hogar.
Freud (1905), atribuyó a la mujer el mismo desarrollo sexual que al hombre, hasta que en el período edípico, la niña se da cuenta de las diferencias anatómicas que la separan del niño. Surge entonces la envidia del pene, junto a la fantasía de haber sido castrada por la madre, lo que condiciona, según Freud, sentimientos de inferioridad y su actitud pasiva entre otras cosas. Esta explicación del complejo de Edipo en la niña, sirvió como piedra angular de fructíferas investigaciones, realizadas para corroborar o descartar el aserto Freudiano. Ese esfuerzo científico permitió demostrar, entre otras cosas, que la mujer no es como se pensaba, un hombre incompleto. Es un ser conformado biológica y psíquicamente para crear vida, dar hijos, y aún más, esta capacidad de dar y de crear puede expresarse plenamente cuando es llevada a terrenos que antes le eran vedados. Hay mujeres exitosas en el campo educativo, laboral, social, cultural y científico etc. Y en todas estas áreas, demuestran su capacidad de dar y crear.
La envidia de pene muy concreta en la infancia y sus derivados, se sublima a través de la ecuación simbólica inconsciente:
Mujer – envidia de pene – hijos + logros
Y la mujer como parte de un desarrollo óptimo es capaz tanto de gozar su maternidad como de obtener logros de todos tipos.
La maternidad representa la culminación de mujeres y hombres como seres humanos integrales. En la medida que la mujer está satisfecha con sus logros y su actividad como individuo y alcance la conciliación interna de sus diferentes objetivos, resolverá la conflictiva planteada por el desarrollo, así la ecuación patológica e inconsciente, sería aquella que mantiene la escisión en la resolución de la conflictiva edípica, a saber:
Aquella en que se da un predominio de aspectos pasivos en el manejo instintivo, donde los hijos vienen a equiparse al pene.
1)      Mujer – envidia de pene = hijos
O aquella en que hay un predominio de la identificación con los aspectos competitivos y el manejo activo de la descarga agresiva, equiparando el pene a la obtención de logros.
2)      Mujer – envidia de pene =Logros Culturales, científicos, intelectuales, artísticos, etc.
La mujer que es capaz de sublimar tal conflictiva, con la implicación instintiva del adecuado manejo de las descargas libidinales y agresivas en las manifestaciones de la serie complementaria pasividad-actividad, alcanza metas y realiza sueños.
Hablé no sólo de pasividad sino de agresión, porque lo primero puede llevar al sometimiento hay éste genera agresión, que se manifiesta en las mujeres al llegar la pasividad al extremo de parecer como inútiles, desganadas y hasta tontas, incluyendo el no disfrute del acto sexual, mostrando así inconscientemente inconformidad ante el dominio masculino. Desde luego que estas actitudes otorgan a quienes las emplean ganancias secundarias como ser cuidadas, mantenidas, proveídas.
Es bien sabido que el ambiente es de primordial importancia en el desarrollo, no debe pues extrañarnos que la constante evolución social y cultural influya decisivamente en las mujeres producto de este siglo. Hoy en día, una vez vencida la intensa represión sexual, la mujer es capaz de verbalizar el temor a embarazarse y a gozar su sexualidad, no como una obligación, sino libremente cuando y como quiere, en donde y con la pareja que desea.
Se habló ya de que el varón  consiguió retener durante siglos el poder sobre su pareja, ahora que lo siente perdido, su temor y su duda constante es si “su mujer” lo engañará. No es posible ahondar en la patología de los celos, ya que el tiempo es limitado, por lo que superficialmente expondré dos ejemplos para aclarar lo que considero puede ser calificado patológico.
El caso en que la duda hacia la pareja está justificada, implica la existencia de patología, tanto en aquel (o  aquella) que no puede ejercer control sobre su sexualidad. Si los celos son infundados, la patología radicaría en la devaluación injustificada del compañero (a). En un caso llevado a extremos, también la pareja “inocente” que lo soporta, presenta patología.
El varón ha de entender que las mujeres en su mayoría, aún cuando se hagan cargo cada día más de sí mismas, incluyendo su sexualidad, no convierten la libertad adquirida en libertinaje; no adoptan conductas promiscuas por varias razones, la más importante de la cuales es que su Superyó, adecuadamente integrado, no se los permite. La culpa se activa cuando la mujer piensa en relacionarse sexualmente con otros hombres, ya que inconscientemente, se percibe como un deseo de castración de la pareja masculina, por la envidia que se tiene, además de implicar una profunda insatisfacción, expresada en la conducta compulsiva.
El amor hacia su compañero le permite usar la libertad que ha conseguido para fortalecer la relación sexual de la pareja y no para actuar lo que tal vez fue el deseo de otras generaciones de mujeres, o la fantasía terrorífica de los hombres que piensan que el honor masculino y la fidelidad de la mujer se encuentran en la vagina femenina.
El hecho clínicamente observable del sentimiento de la culpa en mujeres que se dedican a alguna profesión, combinándola con tareas maternales, es innegable. Tales mujeres experimentan confusión, ya que al dedicar tiempo a su trabajo, se culpan por no ser buenas madres y al estar con sus hijos, piensan que podrían estar desarrollando sus actividades. La mujer de hoy enfrentada a tal dilema, padece problemas de identidad explicables si recordamos que el precepto a seguir era: “creced y multiplicaos”; el contravenirlo lleva a la duda acerca de su papel femenino y de nuevo a la culpa, compañera inseparable, por castrar en la fantasía a su pareja. Es decir, si el hombre permite que su pareja se realice en otras áreas, él también estará contraviniendo el orden inmemorial de que el jefe de la familia es el que ha de salir a luchar y a conseguir alimento. Es así que el varón sufre igualmente de problemas de identidad y aumenta su angustia de castración cuando su compañera adopta papeles activos, pues su masculinidad radica en pensar que sólo a él corresponden tales actividades. Por tanto, la eterna duda de la mujer se refiere a lo mismo a situar su femineidad en el hecho de ser pasiva.
La mujer efectivamente posee tendencias pasivas, mas esto no impide que muchas tendencias activas puedan acompañar a las primeras sin que por ello se pierda su carácter femenino.
Cuando los anticonceptivos comenzaron a ser usados, era común que al elegir por primera vez algún producto determinado, surgieran en las mujeres temores profundamente arraigados, como la imposibilidad de colocarse el diafragma, probablemente por la prohibición a la masturbación; vómitos y malestar debido a la ingesta de la píldora, relacionados con el mandato en contra del goce sexual, etc. Esto ha ido disminuyendo con el paso de los años. En todo caso, la historia individual señala el por qué del conflicto en el que los extremos irían: Desde aquellas mujeres que eligen renunciar del todo a su maternidad, hasta aquellas que deciden negar sus otras capacidades creativas.
Tanto el hombre como la mujer han reconocido desde siempre sus mutuas debilidades y los han aprovechado en su beneficio. Hoy nos enfrentamos a un cambio y es imperativo que ambos sexos busque un nuevo equilibrio. La mujer al controlar a deseo sus embarazos, dispone de tiempo para dedicarse a otras labores; en este proceso, el género masculino siente que el poder le es arrebatado y surge la competencia y la envidia hacia la hembra, ya que consciente o inconscientemente, el hombre percibe a la mujer como una rival poderosa, imagen de la madre omnipotente. La mujer por otro lado, no desea perder los derechos que tradicionalmente el varón le otorgaba y lucha además por conseguir una posición más estable en terrenos considerados como masculinos.
La envidia del varón hacia la maternidad, lo mismo que la femenina hacia el pene, ha existido desde siempre e involucra agresión u deseos de destrucción. El que el varón haya aprovechado la pasividad de su mujer es un aspecto de lo anterior, el que no le permite o intente no permitirle el acceso al trabajo, el estudio, etc., es otra manifestación de lo mismo.
La rivalidad en lo biológico es evidente, la capacidad femenina de tener hijos puede ser desvalorizada, ridiculizada, “sólo sirve para tener hijos”. Para el género masculino, el rivalizar con su compañera en el mundo de los negocios o en cualquier otro plano le es inconcebible; la mujer está probando que es capaz de “dar hijos” no sólo biológicamente. Es capaz de  “crear”, de utilizar su parte activa, inherente a ella; propia, n masculina y gran parte de estos éxitos los debe al manejo eficiente de los anticonceptivos.
El sentimiento de haber perdido control de la situación, lleva a algunos hombres a sentirse impotentes y esto puede traducirse en diversas patologías que irían desde la depresión hasta trastornos más o menos severos en la esfera sexual, provocando eyaculación precoz, importancia sexual, etc.; que pudieran relacionarse con fantasías primitivas de tipo homosexual como la vagina dentada, la mujer fálica, etc.
G. Kovaes y A. Westmore (1986) opinan que la vasectomía no parece ser nociva para la salud; sin embargo, se encuentra que uno de cada 50 pacientes se queja de complicaciones a corto plazo, que resultan ser de índole psicosomática, ya que esta intervención reactiva la angustia infantil de ser castrado.
En el pasado existía mayor necesidad económica, los hijos representaban manos para el trabajo en el campo y las mujeres eran una ayuda en el hogar. El tener varios hijos se debía pues a una necesidad y hay que tomar en consideración que muchos morían dadas las condiciones de insalubridad. En la época actual, la medicina proporciona casi la seguridad de tener hijos sanos, lo que en la práctica debería llevar a disminuir su número y a procurar emplear el tiempo de la pareja en su autosuperación.
CONCLUSIONES:
El hombre habitualmente ha desdeñado a la mujer por su envidia hacia su capacidad creadora, sin saber que él posee características intrínsecas pasivas que complementándose con sus tendencias activas, pueden llevarle a relacionarse de una manera más adecuada con su pareja, brindándole no sólo fuerza sino ternura y comprensión.
La mujer ha dirigido su agresión hacia su pareja quejándose y culpándolo de su sometimiento, sin darse plena cuenta que nadie sino ella la obliga a someterse.
El conflicto radica en que tanto hombres como mujeres comprendan sus diferencias biológicas y modifiquen los roles tradicionales de interacción. Ambos deben aceptar los cambios que el medio ha proporcionado y entender que la dicotomía pasivo=femenino; activo=masculino es una falacia.
Aunque pueden co-existir perturbaciones neuróticas junto con deseos positivos en uno y otro sexo en relación a lo anterior, opino que existen por lo menos 4 puntos que han de considerarse para dilucidar esta cuestión:
1)      La mujer posee características activas que le son propias, como la maternidad y sus restantes fuerzas procreativos pueden en su momento, ser desplazadas hacia diversos fines con objeto de autorrealizarse, sin perder por ello sus rasgos esenciales femeninos como son entre otros: “Tendencia pasiva erótica hacia los hombres, vida emotiva profunda, tendencia hacia la fantasía” Deutsch (1952), capacidad creadora, etc.
2)      El hombre asimismo puede, sin perder sus atributos masculinos, hacer uso de sus tendencias pasivas que puede resultar en el enriquecimiento personal y de su relación de pareja.
3)      Las características innatas o congénitas en cada ser humano, darán o restarán capacidades tanto activas como pasivas. Es importante que las diferencias biológicas de hombre y mujer sean consideradas para adaptar las reglamentaciones laborales y de todo tipo a ambos sexos, de acuerdo a sus características propias.
4)      La influencia de la educación, la cultura, el medio social, etc., en que se desempeña el ser humano, actuará como una influencia vital en éste.
Los dos últimos incisos, hacen referencia a las “Series Complementarias” descubiertas por Freud, quien a 50 años de su desaparición, continúa siendo vigente.
Marie Langer (1972), expresó sobre Freud algunas ideas en ocasión de haber expuesto su desacuerdo ante ciertos conceptos de él, relacionados al desarrollo psicosexual de la mujer. Sintetiza en ellas la admiración  y respeto hacia el hombre que descubrió el psicoanálisis y por su medio llevó al entendimiento de profundos y obscuros rincones de la mente. Con sus palabras pongo fin a este trabajo.

“Criticar a Freud en un aspecto de sus teorías, pese a todo secundario, utilizando como arma los métodos de investigación elaborados exclusivamente por él y basándose en los resultados científicos de 50 años de existencia del psicoanálisis, no hace meritoria la pretensión de ver algunas cosas en forma más acertada que él. Sin embargo, el mismo Freud nos ha animado a esta crítica por la forma en que siempre favoreció cualquier enfoque nuevo, alentando a sus discípulos a no respetar nunca nada, sino cuando se puede considerar al margen de cualquier duda y discusión”.

Agradezco al Dr. Roberto Gaitán, director académico de la Soc. de Psicoanálisis y Psicoterapia, S.C. su valiosa y desinteresada ayuda en la elaboración de los postulados desarrollados en este trabajo, el cual forma parte de un proyecto de investigación.
BIBLIOGRAFÍA

  1. Blum, P. Female Pshychology, International Univ. Press, 1977.
  2. Mack Brunswick, R. 1940, La Fase Preedípica del Desarrollo Libidinal, p. 36, en Chasseguet Smirgel La Sexualidad Femenina, Edit. Laia, 1977, Barcelona.
  3. Chasseguet Smirgel, La Sexualidad Femenina, Edit. Laia, 1977, Barcelona.
  4. Deutsch, H. La psicología de la Mujer, T. I. p. 197, Edit. Losada, Buenos Aires, 1952
  5. Freud S. 1905, Tres Ensayos para una Teoría Sexual. Obras completas T. II., p. 1208. Biblioteca Nva. 1981, Madrid.
  6. J. Kestenberg; Regression & Reintegration in Pregnancy, p. 221, en Blum, P. Female Pshychology, Int. Univ. Press. 1977. U.S.A.
  7. Langer, M. Maternidad y Sexo, Paidós, 1988, México
  8. Westmor A; G. Kovacs; Guía completa para anticoncepción y la Planeación Familiar, p. 99, Grijalbo, México, 1986.

 
 
 
 

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