Palabras de la Dra. Tita Carbajal en recuerdo de la Dra. Amapola González Fernandez. El texto se publicó en el Gradiva Vol. IV, No. 3, 1990-91.

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La Doctora Amapola falleció. . . después un breve suspiro y un silencio. . .

¿Qué pasa con la existencia, que pasa con el ser ante la ausencia de un ser tan amado: El ser cambia? sí, puesto que el ser merma.

Por ahí dicen que cuando alguien muere queda un vacío, si simplemente en bloque algo se desprende, queda uno parado en un infinito vacío, en  una profunda soledad.

¿Qué es el otro para que yo viva sólo si el otro vive?, ¿de qué está hecha el alma que disminuye ante la muerte de un ser querido?, ¿qué es el amor que a cambio de darnos plenitud de vida da plenitud de vacío cuando al ser que se ama no se le puede amar más?, ¿qué es la muerte…? ¡Dios, ¿qué es la muerte?! Que yo quisiera saber si ella “es” todavía, si ahora es feliz, o si ahora sufre, o si solo va y viene con las aguas del mar, si regresa al Mediterráneo. . . ¡Cuánta duda, cuánto misterio!

. . . Y yo, seguía pensando, preguntando, amando y sufriendo.

Pensé en Miguel Hernández cuando decía:

“. . .se me ha muerto como de rayo a quien tanto quería. . .

Alimentando lluvias, caracolas, y órganos mi dolor instrumento a las desalentadas amapolas, dale tu corazón por alimento, tanto dolor se agrupa en mi costado que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida y mi desventura y sus conjuntos, y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre restrojos de difuntos y sin calor de nadie y sin consuelo, voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estas* (viajando por el mar).

No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono* (a la mar), ni a la nada. . .”

Después pensé que no todo estaba perdido, que el no poderla “ver” sensiblemente no impediría seguirla viendo con los ojos del alma, esos ojos que re-conocen su ser y su valor1, eso que hace que nosotros seamos con el otro, que seamos en comunicación, que hace posible esa condición ontológica del ser humano que consiste en  no poder sin con el otro. . .

Por eso, hoy quisiera describirla, pero con esta pobreza en el lenguaje me agoto en una cuantas forma de hablar sin poder expresar lo que ella era en realidad, tan solo puede decir:

Que era un gran ser humano que formó y transformó vidas humanas, formó al trasmitir a sus discípulos todo el caudal de información científica sobre todo psicoanalítica, histórica, artística, religiosa.

Formando por amor y con amor. . . con esa “alma colmenera” que tenía fue depositando a través de su lenguaje las mieles de Amapola, su dulzura, su energía y su vitalidad, esa vitalidad que estará siempre en mí y en todos los que la conocimos, que está plasmada en sus escritos, en sus cosas. . .

Y si formó con amor fue una gran educadora y si formó con amor cambió formas de vida. Se examinó y enseñó a examinarse a los demás –estilo de vida digno por merecer ser vivido-.

Vivió sin pensar en la muerte y pensando siempre no caer en el deshonor y entonces, ¿acaso no merece seguir viviendo? Sí, seguirá viviendo en los que la aman, en lo que puedan dar fortaleza a sus almas para que el dolor de su partida no haga sucumbir lo que con tanto amor construyó.

Vivirá si la reconocemos ante los demás, de tal manera que de una a otra generación el nombre de AMAPOLA GONZÁLEZ FERNÁNDEZ siga vivo en el pensamiento humano.

“. . . porque a ti a quien amo nunca morirás”.

 

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