Alejandro Saucedo

Me ha tocado en varias ocasiones estar en pláticas de adultos, en las que algunas mujeres que mencionan con lamento que les hubiera gustado ser hombres. Se entiende sobre todo en sociedades como la nuestra (mexicana– latinoamericana) en las que aspectos como la violencia de género, los feminicidios, el machismo laboral etc, efectivamente hacen que ser mujer sea un género poco atractivo para desempeñar. Lo anterior, también lo viven los padres en ocasiones cuando a pesar de que recibir una niña en la familia es causa de gran alegría, también es complicado respecto a los cuidados. Siempre felicitamos a los padres de una niña, acompañados de un “te va a sacar canas verdes”, “cuidado con los novios” ó, “a las niñas se les tiene que cuidar mucho más”. 

Regresando a esa conversación de adultos se entendería que para algunas mujeres y más sobre el contexto mencionado es más sencillo ser hombre e incluso más afortunado. 

Y precisamente de eso hablaré en este artículo: de esa supuesta simpleza, facilidad y sencillez que conlleva en esta sociedad ser varón y crecer como hombre en todas sus variantes sociales, culturales y deportivas etc. 

El hombre, en la mayoría de las culturas debe cumplir muchos requisitos, entre ellos, y que podemos observar a temprana edad: el juego más orientado a la manipulación y armado de objetos mecánicos, así como el juego de pelota. Desafortunadamente continuamos en una sociedad en la que la imposición de construcción de género comienza desde los primeros días de nacido, con el color de la ropa colocada por los padres, así como los juguetes que recibimos. Desde que somos niños, tenemos limitadas nuestras opciones para el juego, la creatividad y por lo tanto la simbolización de este se ve influenciado también. 

Por lo anterior el niño se ve dirigido inconscientemente por la influencia de su entorno social, y probablemente en búsqueda de cumplir con las expectativas de los padres, permaneciendo en su omnipotencia y en una etapa crucial en donde se da la constitución del yo. Puede suceder aún más si recordamos que según Fenichel, el niño pierde autoestima si pierde amor, por lo que probablemente el niño pueda modificar su juego con el objetivo de no perder sus principales amores objetales, en este caso sus padres. (Fenichel, 2008, pág. 58)

La realidad es que hoy en día, existe una gran variedad de juegos para el niño varón, así como el deporte; sin embargo, la elección de ambas actividades continúa siendo sesgada por el ambiente que lo rodea. Resulta natural para un niño varón de la Ciudad de México, crecer con Fútbol Soccer y desde sus primeros años se le impone que sea aficionado generalmente al equipo de Fútbol del padre, abuelo o tío. En otras ciudades del norte del país predomina más para el varón deportes como Béisbol y Básquetbol. Sin embargo, sería interesante pensar e incluso observar cuál sería la elección del niño varón si éste fuera 100% libre de decidir, sin influencia alguna. Esto lo podemos ver un tanto más en Estados Unidos, en donde la variedad de deportes es sumamente amplia, y se puede ver a adolescentes jugando Voleibol, Atletismo, Natación, Polo, o incluso tener la oportunidad de intercambiar una actividad deportiva por una actividad de tipo artística. 

Pero ¿Qué pasa si un niño no entra en algunos de estos deportes o actividades ya establecidos por nosotros mismos? No podemos dejar de pensar en lo angustiante que podría ser para un niño participar en una actividad que no es de su elección, sobre todo si es una actividad que le causa temor o para la cual no se considera físicamente apto, pero de la cual depende en demasía su adaptación y aceptación a sus primeros círculos sociales. 

No puedo dejar fuera la participación del proceso edípico en este tema social–de género que vive el niño varón. Cuando un niño nace, al menos en la cultura latinoamericana; nace también una expectativa de rol de ambos padres. En el caso del padre en particular, la expectativa comúnmente será un conjunto de fantasías conscientes e inconscientes relacionadas a la masculinidad del nuevo miembro de la familia. Si el padre, un neurótico sano; realiza correctamente la interrupción del amor hacia la madre, el niño logrará una identificación adecuada con el padre. Una identificación que le ayudará a la construcción de la personalidad y a la elección de objeto, que en conjunto con el afecto adecuado de la madre podrá complementar con una buena habilidad en la construcción de sus relaciones. Sin embargo, esa identificación no necesariamente estará alineada a la expectativa del padre, independientemente si resulta una elección de objeto heterosexual. 

Recientemente escuché de un Ingeniero reconocido en energía renovable mencionar con decepción que su hijo había seleccionado la carrera de Biología Marina. Él finalmente ha demostrado su apoyo y ha pagado por la educación que su hijo ha elegido, complementándolo con viajes a lugares (principalmente playas e islas) en los cuales pueda poner en práctica su conocimiento y colaborar con su aprendizaje. Resulta para él una mezcla extraña de decepción, resignación y aceptación lo cual esto último aún pende de un hilo y se completará únicamente si sus ojos logran ver que su hijo puede construir una carrera exitosa y redituable.  

En este proceso de identificación -exitoso-parcial-, en ocasiones no es tan difícil de lidiar si se tiene el amor de la madre. “Sin embargo, el objeto de amor sigue siendo la madre, ahora tanto más amada por el niño, cuánto que él le atribuye un favor especial de su parte el hecho de ser varón”. “Su inferioridad infantil real le es menos difícil de soportar cuando su madre lo aprecia y entonces puede incluso gracias a una identificación con su padre, sentirse partícipe de su poder mágico”. (Dolto, 1974, pág. 75)

Es de llamar mi atención entonces, cómo es que esta identificación compuesta por múltiples factores sociales y expectativas culturales se puede convertir muy probablemente en un proceso angustiante y difícil de cumplir en donde el niño varón incluso es llevado a renunciar a su niñez para tomar desde temprana edad un rol de hombre protector que aún no le corresponde. 

Más adelante en la vida, el niño comienza a convertirse en alguien independiente a los padres, y deberá de afrontarse a diferentes entornos sociales. Según Dolto aunque la madre comienza la liberación de la sujeción constante en la que tenía ligada al niño, “Estimula en él, el orgullo de hacerse de amigos tanto entre los pequeños, como en los grandes y de comportarse con ellos según las convenciones sociales del medio”. (Dolto, 1974, pág. 77) Por lo que esto de nuevo nos regresa al convencionalismo masculino que se impone desde la niñez. Estos comportamientos en una sociedad no distorsionada comúnmente referirán a cualquier niño sin importar el género a ser: conciliadores, jugadores en equipo, colaboradores, buenos escuchadores, buenos seguidores de reglas y otros más. En el caso del niño varón, irá acompañado además de valentía y protección a los demás y una serie de habilidades que incluyen: fortaleza para levantar o sostener cosas, habilidad para trepar o subir objetos, habilidad para manipular de forma destacada una pelota y no temer a ella, así como una supuesta adaptación natural a cualquier deporte que conlleve dicho objeto. Evidentemente puedo concluir, que fisiológicamente todo niño varón sano, podría hacerlo, sin embargo, no debería si no es de su interés. ¿Por qué lo esperamos entonces?

Muchos de estos comportamientos, resultan naturales para muchos niños los cuales realizan con diversión y excitación, sin embargo, pensamos poco en aquellos niños para los cuales estos comportamientos resultan complejos, no naturales y que pueden representar angustia ante la inhabilidad o miedo de realizarlo. Dolto ve las heridas y chichones como accidentes que son el precio de sus adquisiciones viriles.  

“El niño los aguanta valientemente con orgullo, frente a su papá y a sus amigos; feliz de poder llorar sin vergüenza con su madre quien, sin humillarlo, lo cuida físicamente a la vez que aminora la importancia del fracaso, estimula, para el futuro, su espíritu de revancha sobre sí mismo y sobre los demás, buscando los medios para superar las causas de su inferioridad”. (Dolto, 1974, pág. 77)

El manejo de emociones se convierte en un tema crucial en la vida del niño varón y esa felicidad de poder expresar sus emociones sin miedo a la inferioridad, se repite un tanto en la vida adulta cuando un hombre se encuentra con su pareja y expresa dolor o vulnerabilidad con libertad, el cual no realizaría si se encontrase en un círculo social de la misma edad. 

Hablemos un poco ahora, del desarrollo sexual del niño varón:

En la vida adulta vemos en el hombre latinoamericano la permanencia de comportamientos caballerescos que son inculcados desde pequeños, lo cual destaca y sorprende en culturas occidentales europeas u orientales. Es natural ver comportamientos como: apertura de puerta a la pareja mujer y en ocasiones repetido y desplazado hacia otras mujeres si es un hombre -bien educado por sus padres-. Dolto menciona que el que estos comportamientos son observados desde pequeño, en donde en algún momento intenta superar al padre, participa en los esfuerzos de protección y sostén hacia la madre. (Dolto, 1974, pág. 78). Sin embargo, esa agresividad varonil que supuestamente es bien utilizada en actitudes caballerescas se puede convertir en agresividad total hacia la mujer o figuras de menor fortaleza y por lo tanto de mayor vulnerabilidad. Caso contrario en otros países en los que la caballerosidad no prevalece, pero tampoco la agresividad. Se convierte en una pregunta obvia para este artículo, si la agresividad -inadecuadamente utilizada- es también parte de lo que el hombre debe reproducir en su intento por la adaptación social y la conformación de su psique viril ante los demás. 

Freud (Freud, 1975, pág. 150) llega a tres principales conclusiones respecto al desarrollo de la función sexual, que en este caso lo aplicaremos sólo al varón a pesar de no ser excluyente: 

¨1.- La vida sexual no comienza sólo con la pubertad, sino que se inicia enseguida después del nacimiento con nítidas exteriorizaciones. 

2.- Es necesario distinguir de manera tajante entre los conceptos de sexual y genital. El primero es el más extenso, e incluye muchas actividades que nada tienen que ver con los genitales. 

3.- La vida sexual incluye la función de la ganancia del placer a partir de zonas del cuerpo, función que es puesta con posterioridad al servicio de la reproducción”. 

Coincidiendo con Freud, efectivamente el ser humano como todo ser vivo, tiene una parte sexual en su haber que es innegable, sin embargo y de lo que hablaré a continuación es que no todo hombre, forzosamente debe o desea encontrarse en pareja en todos los momentos de su vida independientemente que la sexualidad biológica en el varón sea más intensa. 

El niño varón, comienza a enfrentarse durante la pubertad a mayor interés en asuntos sexuales, tanto en la exploración propia como en la interacción social en la cual comienza a participar activamente en acercamientos – en el caso del varón heterosexual – con mujeres de edades similares. Es esperado una actitud activa en el hombre, a ser él quien realice los primeros acercamientos en una relación de pareja, dejando a la mujer en una posición de elección hacia la aceptación o rechazo del mismo. Conforme el niño varón se convierte en adolescente, se espera que cumpla con un comportamiento específico y continuo de flirteo y cortejo, hasta tener una pareja formal. Cuando un adolescente varón pasa demasiado tiempo soltero, se le cuestiona socialmente y más si no se observa que está en búsqueda de una pareja. En buena parte de los círculos sociales, es bien visto que un varón soltero adolescente, tenga múltiples parejas no formales como parte de su desarrollo social, sexual y de su virilidad. ¿Qué pasa entonces con aquellos varones que no cumplen con estas normas? Existen escenarios infinitos, sin embargo, podría mencionar el del hombre tímido, cuyos intereses pueden ir en actividades dentro de casa y con poca socialización. Probablemente varones con intereses hacia temas artísticos, científicos, videojuegos y recientemente este último con una gran actividad de interacción virtual con otras personas del mundo y en la cual no se necesitan mayores habilidades de socialización, cortejo o incluso conversaciones de apertura. 

Es así que este segundo tipo de varón queda desvalorizado frente a una sociedad cuya expectativa es inamovible. Los estigmas sociales, pueden ser tan altos y estrictos que resulta de esto una jerarquización innecesaria que lo posiciona en lugares posteriores y que en ocasiones dificulta aún más su adaptación social. Puede esto influenciar en la toma inadecuada de decisiones en la elección de pareja o incluso de matrimonio en conjunto con la conformación de la familia. 

Hablando de la imposición social en la sexualidad del hombre y los estigmas alrededor de ellos es inevitable mencionar un caso en el que es aceptado socialmente la interrupción forzada del ejercicio sexual en él, y me refiero a los sacerdotes de la religión católica. 

Al contrario del varón, -Jerarquía 2-; para el caso de los sacerdotes católicos estamos acostumbrados y aceptamos a verlos como figuras célibes, en las que, gracias a una promesa a su dios, las pulsiones sexuales y necesidad de una pareja, se ven “eliminados” de una forma poderosa y mágica. Los sacerdotes se encuentran en una relativa zona de confort social en donde no tienen la necesidad de hablar sobre su vida sexual, elecciones de objeto o experiencias previas en general. 

Durante la universidad tuve la suerte de conocer a un sacerdote y una monja, de orden católico. Ambos, tuvieron parejas en su juventud y sus historias realmente eran inspiradoras ya que la decisión de continuar “una vida con dios” era real y verídica. Sin nada que ocultar, lo portaban con orgullo como parte de sus historias de vida. Desafortunadamente ambas historias no son el común denominador y en muchos casos, las personas que dedican su vida a la religión y que optan por una vida célibe, en ocasiones ocultan sus elecciones de objeto o incluso perversiones que dentro y fuera de cualquier esquema social o religioso, no son aceptados. Freud, refiere la construcción de la perversión en la etapa fálica como: “Otras aspiraciones son excluidas de la organización por completo sofocadas reprimidas o bien experimentan una aplicación diversa dentro del yo, forman rasgos de carácter, padecen sublimaciones con desplazamiento de metas. Este proceso no siempre se consuma de manera impecable. Las inhibiciones en su desarrollo se presentan como las múltiples perturbaciones de la vida sexual. En tales casos han pre existido fijaciones de la libido a estados de fases más tempranas, cuya aspiración, independientemente de una meta sexual normal, es designada perversión”. (Freud, 1975, pág. 153)

Entonces me pregunto aquí: ¿Cuál es la necesidad de reprimir los impulsos sexuales en el ser humano, cuando es una de sus naturalezas?, ¿Por qué la religión católica obliga a sus miembros a permanecer en el celibato mientras otras religiones permiten que sus sacerdotes y otros miembros tengan una vida en pareja y familia?, ¿Por qué permitimos como sociedad la promoción la restricción del ejercicio sexual en el hombre, que en estos casos podría incluso resultar peligroso para las personas que lo rodean? En conclusión, es interesante ver cómo el hombre atraviesa por diversos estigmas sociales en la construcción de su rol, que bajo el sistema católico en realidad se beneficia para el desarrollo de conductas patológicas. 

En el libro Ave Negra, de Elena Sada. Elena, una mujer mexicana relata su historia con la orden religiosa, Legión de Cristo. Su vida desde los 18 hasta los 35 dependió de las decisiones de un hombre enfermo, sociópata; que en realidad no se caracterizó por la represión de sus impulsos, sino la perversión de estos acompañados de un halo de poder indestructible y socialmente aceptado. “Su vida se entrelaza con la mía a través de escenas en las que aparece como un personaje fantasma. Maciel ejerció una influencia excesiva sobre los miembros del movimiento, acosándolos inclusive después de su muerte.” (Sada, 2020, pág. 235) Elena, describe a Maciel como un narcisista abusivo inteligente, que muy probablemente atravesó un sufrimiento tan intenso que, para sobrevivirlo, ha creado su propia realidad.

Miedo en el varón y su forma de lidiar con la agresividad física 

Como he mencionado antes, una de las grandes expectativas del varón es su fortaleza y valentía. Cientos de películas de diversos géneros, nos han presentado la imagen del varón fuerte (generalmente musculoso), valiente, sin miedo al otro, héroe y sin temor alguno a enfrentarse a cualquier obstáculo más si el fin, es defender el bien y la justicia. Pocas son las películas como Hércules, de Disney en donde la valentía y fortaleza se deja de lado cuando en realidad lo que importa para ser un gran héroe, es tener un gran corazón. En la vida real, las confrontaciones físicas son sumamente intimidantes. El tan sólo ser espectador de una de ellas, puede generar conmoción y ansiedad, por lo que vivirlo no es sencillo y claramente no es natural para cualquier varón. A pesar de haber hombres cuya naturaleza es agresiva, existen algunos que no lo son. Si la vida no los lleva a una situación como ésta, saldrán bien librados pero caso contrario, sería uno de los mayores retos de su vida. Cuando me refiero a reto, me refiero a temor, a sentir miedo, esa palabra que en el mundo postmoderno pareciera ser únicamente de la mujer, de la violencia familiar, de los feminicidios. Pero ¿Es acaso un sentimiento único de la mujer o de los niños?, ¿Por qué es tan difícil el reconocer que un hombre en realidad puede sentir temor ante ciertas situaciones?, ¿Eso acaso lo deja en un segundo o tercer nivel de jerarquización en una sociedad de alta expectativa de valentía en el varón? 

Es entonces así, que concluyo que la vida del varón no es en absoluto fácil cuando no se entra naturalmente en los estatutos sociales y que definitivamente es un tema del cual debemos hablar más. El varón atraviesa procesos de represión y modificación de sus relaciones objetales, desde temprana edad en donde se conforma la formación del yo, desde la expectativa de los padres como la de su mundo alrededor; en donde en un estricto y punitivo sistema de jerarquización posiciona de acuerdo a la virilidad y masculinidad. Derivado de esto, el niño varón a lo largo de su vida, se ve forzado a llevar a cabo procesos compensatorios continuos entre su -yo real- con un ideal del yo, forzando una identificación no necesaria en un mundo de imposición de género, y de poco respeto a la diversidad, pero sobre todo a la realidad y al deseo de cada uno de nosotros. 

Bibliografía

  • Dolto, F. (1974). Psicoanálisis y Pediatría. Ciudad de México: Siglo Veintiuno Editores sa de cv.
  • Fenichel, O. (2008). Teoría Psicoanalítica de la Neurosis. Ciudad de México: Editorial Paidós Mexicana S.A.
  • Freud, S. (1975). Sigmund Freud, Obras Completas Tomo XXIII. Argentina: Amorrortu Editores.
  • Sada, E. (2020). Ave Negra. La historia de una mujer que sobrevivió al reino de Marcial Maciel. Ciudad de México: Editorial de Vecchi, S.A de C.V.