El siguiente  trabajo del Dr. Joseph Simo, fue presentado durante el Segundo Coloquio Internacional Intersocietario “La Transferencia Psicótica”, celebrado en la Ciudad de México el 22 de febrero de 1992; y se publicó ese mismo año en la Revista Gradiva No. 2 volumen V.

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Salomé, personaje bíblico que ha inspirado numerosas imaginaciones literarias, era la hija de Herodías esposa de Herodes el Tetrarca. En el año 15 del emperador Tiberio, Poncio Pilato era Gobernador de Judea, Herodes príncipe de Galilea, y su hermano Felipe príncipe de Iturea y Traconia. Marcos, el Evangelista, nos cuenta que Herodes había encerrado en prisión a Juan el Bautista instigado por Herodías. Esta odiaba al Bautista con tal intensidad, que su mayor deseo era verlo muerto. La fuente de la que emanaba ese odio eran los duros reproches que Juan dirigía a Herodes, esposa de su hermano Felipe. Herodes respetaba y temía al Bautista, al que reconocía como profeta. Consecuentemente se negaba a ejecutarlo, a pesar de la insistente Herodías.

Durante el curso de un banquete de cumpleaños ofrecido por Herodes, Salomé bailó su famosa danza de los siete velos frente a los convidados. Herodes encantado por la gracia de la muchacha prometió regalarle lo que ella pidiera. Salomé corrió a su madre, a preguntarle qué cosa debía pedir al Tetrarca. La oportunidad que Herodía deseaba por fin le llegaba, ya que controlaba totalmente la débil voluntad de la pobre muchacha. Salomé se dirigió a Herodes y le pidió que le sirviera la cabeza del Bautista en una bandeja.

A pesar de la tristeza en la que este deseo le hundía, Herodes se sintió forzado a mantener su promesa frente a sus invitados y ordenó a sus soldados que sirvieran a la cruel niña la cabeza de Juan en una bandeja, tal como ella había pedido. Una vez en su poder, Salomé se apresuró a ofrecer la cabeza de su madre Herodías. (Marcos 5, 17-28).

Numerosas han sido las interpretaciones psicológico/literarias del mito de Salomé. De momento, voy a limitarme a mencionar los elementos esenciales en la estructura y la función dinámica de este mito:

a) El odio de Herodías hacia el hombre fálico –Juan el Bautista- y su desprecio por los hombres castrados, Herodes y Felipe.

b) La ausencia del padre, Felipe, en la vida de Salomé. El odio materno y la ausencia paterna constituyen el eje estructurante del mito.

c) La utilización de Salomé por Herodías como ‘arma fálica’ en su venganza contra el hombre fálico.

d) La completa sumisión de Salomé a la venganza de su madre contra el Hombre, sumisión asegurada por su relación simbiótica con Herodías

e) La utilización por Salomé de su propio cuerpo, como instrumento de gratificación del seseo de su madre, y

f) El aniversario, ya que el asesinato del Bautista tiene lugar en el “cumpleaños” del hombre castrado.

En sus comentarios sobre la Orestiada de Esquilo Melanie Klein señala el papel importante del Complejo de Edipo invertido en la persecución de Orestes, asesino de su madre, por las Furias, hijas de la Noche. Estoy de acuerdo cuando Klein nos sugiere que impulsos destructivos dirigidos a la madre, son desplazados hacia el padre y los hombres en general y que, tanto la idealización de la madre como ese Edipo invertido (un Edipo temprano), pueden ser mantenidos solo a través del desplazamiento. Desplazamiento hacia el hombre, facilitado en gran parte por la ausencia del padre, un padre que tal vez odia a sus hijas las Furias.

Volveremos a una consideración más detallada de estos elementos.

Unos cuantos siglos más tarde, en 1860 exactamente, el doctor Baillarger documentaba la admisión en el hospital de dos miembros de una misma familia sufriendo delirios similares. Sin embargo, fueron Laseque y Falret los que, en 1877, introdujeron el término ‘Folie à deux’ en el léxico psiquiátrico, en el que se instaló cómodamente en el departamento “Paranoia y Estados Paranoides”, (“delirio a dos” es la traducción que prefiero). En 1938, Helene Deutsch describió –desde una perspectiva psicoanalítica- la formación del sistema delirante en el miembro dependiente de la Folie à deux, como una tentativa radical de recuperar a un Objeto perdido, por medio de la identificación con el sistema delirante que caracteriza a este Objeto.

Gralnik (1942) señaló la preponderancia de la Folie à deux en individuos que vivían en contacto íntimo durante mucho tiempo. De las 103 parejas que presentaban una estructura paranoica similar: 40 eran hermanas, 26 eran marido y mujer, 24 madre e hijo (a), 11 eran hermanos, 6 hermano y hermana, y 2 padre e hijo (a). De acuerdo con estos datos estadísticos, la Folie à deux presenta una epidemiología predominantemente ‘familiar’. Gralnik señaló también la relación de dominio y sumisión que caracteriza a estas parejas, incluso en los casos en que esta relación es totalmente inconsciente. Este tipo de relación resulta en el establecimiento de una organización paranoica, en la que ambos miembros participan, y cuya función es la restitución de Objetos perdidos.

La estructura típica nos presenta al miembro dominante en la diada delirante como un individuo psicótico, que fuerza/facilita el desarrollo del sistema delirante en el miembro dependiente de la diada. Típicamente la transmisión de miembro dominante a miembro dependiente –regularmente del mayor al más joven- sigue procesos muy complejos. Espero que podamos contemplar, aunque sea brevemente, algunos de esos procesos.

Joyce McDougall, en nuestras conversaciones sobe la teoría y la clínica, siempre insiste en que “la primera realidad del niño, es el inconsciente materno”. Esta afirmación, que comparto con ella, es también el principio axiomático que sostiene la afirmación de Winnicott: el bebé no existe, ya que sin “madre” no hay bebé. El concepto de la “madre muerta” de Green (1980) y la teorización  del proceso de separación/individuación de Mahler, Bergmann y Pine (1975), también otorgan a la madre y sus procesos psíquicos un papel decisivo en el desarrollo del niño. Del proceso de separación/individuación, esencial en el Ser-en-el-mundo del individuo, debo subrayar la debilitación de la relación simbiótica con la madre, debida a la “penetración” de esta simbiosis por el padre y la función paterna, función que “abre” la relación Objetal primitiva a una triangulación positiva o abierta. Lo contrario, la triangulación negativa o cerrada, es decir la eliminación del padre y la función paterna de la relación Objetal, es lo que define a la Folie à deux como tal.

La función paterna ‘abre’ el espacio mental del niño a la variedad de las relaciones Objetales. Espacio heterogéneo caracterizado por la capacidad naciente de ‘acomodar’ la alteridad en el Self. Para que la triangulación positiva progrese con normalidad, es esencial que el bebé elabore una fantasía del falo/pene paterno como elemento importante, por lo complementario, en la vida de la madre.* Si esta fantasía axiomática no informa el inconsciente infantil, el niño percibirá a la madre como un amenazante “vacío sin límites”, como dice McDougall, vacío en el que el niño siente terror de perderse. Al padre el niño lo percibirá como un extraterrestre que lo amenaza con invadir un espacio mental deformado y deformante. Espacio usurpado por la madre en su totalidad. La importancia otorgada a la función paterna en la vida del niño y en la estructuración de su inconsciente y sus relaciones Objetales depende, evidentemente, de la calidad del comercio libidinal y agresivo entre el padre y la madre y de las representaciones conscientes e inconscientes que ambos cargan del genital y la función, tanto del propio sexo como del sexo del Otro. Estas representaciones, a su vez, están determinadas por la calidad de las representaciones que heredaron de sus padres, en un verdadero “árbol genealógico” del(os) inconsciente(s).

El Síndrome de Salomé nos refiere pues al fracaso de este proceso de separación/individuación, al fracaso de la creación de un espacio mental heterogéneo. Fracaso que es debido, en gran parte, a conflictos no resueltos tanto en el inconsciente materno como en el paterno, conflictos que facilitan la solidificación de procesos delirantes en el inconsciente del bebé. El odio materno hacia el sexo y el genital paternos (compartido, hasta cierto punto, por el propio padre), se extiende también al “producto” de ese genital: el niño. Este(a) es percibido esencialmente como contenedor de las emociones negativas por la madre, como objetivo de su agresión no metabolizada y como arma parricida en la lucha interna de la madre contra el genital de los hombres que la hirieron y la abandonaron.  Lucha internalizada por el  niño. Este odio no metabolizado de la madre e internalizado por el niño, formará el ‘eje traumático’ alrededor del cual tanto la identidad como las relaciones Objetales del niño van a estructurarse.

1.

El sueño anuncia la realización de un deseo, Freud dijo al inicio de nuestro siglo. Bajo esa aparente simplicidad enunciativa, se esconde un laberinto de significaciones polisémicas. **

En el caso que abusando de su paciencia voy  presentarles, el sueño que soñó la paciente –a la que llamaremos Salomé-, daba forma a un deseo que esa mujer, encadenada a la soledad por una prohibición interna radical y cruel, nunca se había atrevido a fantasear conscientemente:

                 “Soñé que estaba encinta, y que luego daba a luz a un bebé muy hermoso. Yo arrullaba al bebé en mis brazos,  le cantaba, y el bebé me miraba a los ojos. Yo lo amamantaba con el pecho y casi no podía creer que era mi bebé. Era un sueño muy hermoso, y yo, me sentía muy feliz…”.

Después de trece largos años de un análisis difícil y doloroso ese sueño explotaba en su inconsciente y liberaba al deseo, encerrado durante años en una mazmorra profunda. En ese sueño, en el que tocaba con sus manos incrédulas el producto de su liberación, Salomé aceptaba lo que la vida –definida para ella por una madre psicótica- creía que le negaba. Es decir: que estaba viva; que tenía un cuerpo; que era mujer; que podía recibir y contener el falo paterno en la función paterna  y que podía dar vida y alimentar a otro, al tercero. Salomé admitía finalmente que estaba viva y que, tanto ella como el otro Otro, podían existir fuera de la órbita de su madre psicótica.

Ese sueño catártico significaba también la regresión a una fantasía arcaica de fusión con una madre tierna y amorosa; el nacimiento de un Yo ideal percibido en toda su belleza potencial; y la internalización de un analista-madre, que la contenía y alimentaba, y de un analista-padre que la fecundaba y la estructuraba. Significaba además que Salomé había, finalmente, elaborado los sentimientos de culpa, de pérdida irreparable y de duelo, que caracterizan a la posición depresiva, y que ya no necesitaba desesperadamente las defensas maniacas que había utilizado hasta entonces para cubrir su impotencia reparativa: la escisión, negación, idealización e identificación proyectiva, defensas que la hundían de nuevo en la posición esquizo-paranoide. Finalmente, podía establecer una relación amorosa con un Objeto total, al que el bebé daba cuerpo e historia. Un Objeto al que había reparado con la leche que le goteaba de su pecho, con la ternura que endulzaba a sus brazos y con el amor –cautivo hasta entonces- que como un sol naciente amanecía en su corazón. Objeto total que era imagen especular de ese Self que había capturado en la relación transferencial.

Ese día, al llegar a mi consultorio, Salomé había sonreído con una sonrisa que iluminaba sus ojos con una luz radiante. Una luz que yo había visto durante trece largos años, eran muecas que denunciaban su amargura, su crueldad, su tristeza, su odio, o su impotencia. Es interesante el considerar que es lo que nos indica que una transformación importante está teniendo lugar en la estructura psíquica de un paciente –una cierta sonrisa que no hemos visto antes, por ejemplo- y que sin embargo no está incluído en las taxonomías de los manuales diagnósticos.

Yo también sonreía ese día. Con una sonrisa que anunciaba la satisfacción profunda que sentía, ya que el sueño de Salomé  también significaba la realización de deseo(s) mío(s). El bebé daba cuerpo a mi propio Ser psicoanalítico, un Ser en estado de gestación, inseguro y vacilante, cuando Salomé y yo emprendimos esa extraña aventura interhumana a la que llamamos psicoanálisis. A nivel más profundo, en uno de los agujeros negros de mi mente, este bebé significaba que yo también había podido reparar al Objeto que, en mis fantasías inconscientes, había destrozado –hacía años- con mi envidia, mi odio y mi avidez imaginarias. Era esa culpa intolerable, compañera fiel, la que me había empujado a emprender y proseguir la tarea difícil y desagradable del análisis de Salomé.

Creo que me acordaré siempre de la primera vez que vi a Salomé. Sobre todo de esos ojos que destilaban tanta tristeza. Tristeza y una desesperación callada pero tan densa, que no permitía que rayos de ternura o alientos de esperanza la penetraran. Esa tristeza tan imposible de presenciar fue la que me movió hacia una compasión profunda, aunque dudara que Salomé fuera una “paciente analítica”. De acuerdo con lo que –en la época- yo creía era un paciente “analítico”

Y sin embargo cuando, en un susurro cansado y vencido, Salomé bajó sus ojos sombríos y se enterró en mí con su sentencia funeraria: “Yo soy una concha vacía. . .” (I am an empty Shell), decidí tomarla como paciente. Sería fácil unir los tres términos significantes de la ecuación, tal como se nos presenta hasta ahora, y darle una interpretación Edípica: 1 “Yo soy una concha vacía” + 2 “decidí tomarla” = 3 el sueño del bebé.

Interpretación que perdería de vista tanto el dominio absoluto de componentes pre-Edípicos en el funcionamiento mental de Salomé, como el carácter arcaico de las fantasías restitutivas que ocupaban el centro de mi dinamia contratransferencial. Esta autodefinición suya “concha vacía” me enfrentaba a un cuerpo vacío guardado por una boca hambrienta y desamparada. Un cuerpo/boca al que habían robado todos sus contenidos preciosos –del pecho omnipotente al excremento poderoso- incluído el pene mater/paterno ausente. Un cuerpo/boca, víctima de su propio sadismo oral, empobrecido por el uso excesivo de la escisión y la identificación proyectiva características de la posición esquizo-paranoide.

En poco más de doce años, sin saber mucho del como, del cuando, o del porqué, habíamos transformado esa “concha vacía” en un cuerpo –aparentemente de mujer- lleno de vida y capaz de dar vida. Digo “aparentemente” porqué mi abuela, una de las pocas fuentes de cordura que he tenido en mi vida, ya de niño, me aconsejaba sabiamente que “las apariencias engañan”, sobretodo si deseamos ser engañados. Y sin embargo parecía que esa difícil Odisea psicoanalítica, plagada de trampas, pruebas y traiciones de todo tipo, finalmente había valido la pena. Podíamos decir –si abusamos de elasticidad semántica de la metáfora- que habíamos producido un quasi-milagro psíquico similar al que Jesús de Nazaret (personaje importante en mi mitología privada) había producido en el cuerpo de Lázaro: habíamos visto brotar la vida de un cuerpo “muerto”. Al llegar a los bordes del desierto ancho y tortuoso por el que habíamos deambulado hasta entonces, parecía que Salomé y yo nos alimentábamos mutuamente con fantasías inconscientes simétricas: finalmente ambos habíamos conseguido reparar y resucitar a nuestras “madres muertas”. Desgraciadamente, ese optimismo eufórico pronto iba a metamorfosearse en tragedia.

Antes de levantar el telón y presentarles unas escenas, necesariamente breves, de este drama que en muchos aspectos todavía se burla de los esfuerzos de mi razón, me parece importante el anunciarles que Salomé se había sentido traicionada por “los terapistas” dos veces en su vida. Esas traiciones le habían dejado un sabor muy amargo en los labios y un intenso deseo de venganza en el corazón.

La primera traición la sufrió cuando tenía 15 años de edad. Cientos de veces, sus labios temblando bajo el peso de los recuerdos, la angustia y la rabia, me contó Salomé la historia de su ida a una Clínica a pedir ayuda psíquica, ya que se hundía bajo el peso de una desesperación que no podía soportar. A pesar de haberle rogado al terapista que no dijera nada a su madre –ya que le aterrorizaba la idea que ésta se enterara de que había ido a contarle a un extraño lo que pasaba en casa –lo primero que hizo la Clínica fue precisamente llamar a su madre. El terapista arregló una sesión con Salomé y su madre, en la que le dio un sermón en el que le aconsejaba la obediencia: ella tenía que comprender que su madre era viuda y que tenía muchos problemas para mantenerlos a ella, su hermana y su hermano. Salomé debía tener paciencia con su pobre madre viuda. Una vez fuera de la clínica, Salomé se sintió profundamente rechazada. Por si esto fuera poco, su pobre madre viuda –furiosa- la insultó brutalmente y le prometió que nunca le perdonaría el haberla humillado públicamente frente a gente extraña, y el haberla acusado de estar loca. Esta traición la lleva todavía clavada en el alma y –aunque esté anticipando acontecimientos- fue un carburante decisivo en su ejecución de Juan el Bautista, ejecución percibida en su inconsciente como reparación necesaria y simétrica de esta traición y de otras.

La segunda traición la sufrió poco antes de llegar a mi consultorio. Salomé, pasados ya los 25, había ido a ver a otro terapista –un psicólogo experimental sin ninguna formación terapéutica- con quien estuvo algo más de dos años. El extraño tratamiento consistía en que primero Salomé se quejaba de sentirse sola y vacía. Después el terapista le decía que ella estaba recitando su “pobre de mí” rutina, o su “Cenicienta” rutina. La terapia consistió en la repetición de estos de  intercambios absurdos hasta que el terapista le comunicó que había decidido cerrar su práctica. Salomé, otra vez, se sintió profundamente rechazada y traicionada.

Estas traiciones y abandonos, que cabalgaban sobre las espaldas de traiciones y abandonos infinitamente más fundamentales y dolorosos, habían solidificado una estructura de relaciones objetales insoportables en el alma de esta niña desvalida y cruel. Si bien estaba famélica de contacto, tan famélica que lo quasi-alucinaba, sentía un terror tal a ese contacto tan vital para ella, que huía de él cuando, finalmente , aparecía en su vida. Su alma tan extraña parecía pertenecer a un extraterrestre. Tal vez era por eso que me fascinaba y me asustaba al mismo tiempo y con igual intensidad.

2.

Llegué finalmente al jardín de los senderos que se bifurcan. Dada la imposibilidad de tocar, aunque sea muy levemente, tanto la multiplicidad de facetas componentes de la vida psíquica de Salomé como la complejidad de la interacción de su vida psíquica con la mía, en su encuentro fatídico en el espacio psicoanalítico, he decidido juiciosamente el comentar sólo sobre algunos de estos aspectos. Espero que estos comentarios nos sirvan como de punto de partida y lugar de encuentro en el que podamos crear un espacio reflexivo y fructífero.

Así pues voy a comentar brevemente sobre:

a) El cuerpo perdido.

b) El cuerpo del delirio (la mano-pecho-boca-falo).

c) El padre caído (la reintroyección catastrófica).

d) El robo fálico (el cambio de cuerpo).

e) La tercera (o cuarta) traición.

 

2. a) El cuerpo perdido.

Salomé, desde el principio del tratamiento, se refirió obsesivamente a la pérdida. Su madre Herodías había sido “buena” con ella al principio de su vida. Cuando era muy niña, Herodías la quería mucho y –los ojos se le llenaban de lágrimas al recordar- le cantaba canciones de cuna mientras que Salomé descansaba su cabecita sobre el pecho cantarín de Herodías. Imagen desgarradora del Paraíso perdido: el pecho bueno, generoso y melódico, que lo regalaba con el manjar amoroso: comida material y comida psíquica y emocional.

A esa dulce memoria seguía la imagen horrible de la pérdida de ese Paraíso. Sin que Salomé supiera ni como, ni porqué, ni cuando (aunque todo parece indicar que Salomé tenía dos años cuando “perdió” a su madre), Herodías tuvo que ir al Hospital no era su madre buena; lo que volvió fue “otra” madre. Una madre mala y envidiosa que la odiaba, le pegaba, la humillaba y no daba ni una migaja del amor que Salomé tanto necesitaba. El Paraíso se le había convertido en infierno, y la voz melodiosa del ángel era ahora el rugido cruel del diablo. Así entraba brutalmente en la estructura psíquica de Salomé la idea que los cuerpos se cambian, los cuerpos se pierden y, si se pierden, se pueden encontrar. Esta idea que iba a ocupar un lugar prominente en el imaginario de Salomé, descansaba sobre el mecanismo de la escisión y la identificación proyectiva, descrito por Klein, y hundía sus raíces en un terreno fertilizado por percepciones arcaicas y definido por la fantasía inconsciente de los “padres combinados” –fantasía característica de los estadios tempranos del complejo de Edipo. En esta fantasía, prototipo de la envidia y los celos, los padres combinados están enlazados en un estado de gratificación mutua constante de tipo oral, anal y genital.

En esta fantasía inconsciente arcaica Salomé había destruido –con su envidia y su avidez- a los bebés que su madre contenía en su cuerpo (más tarde veremos que la dura piedra que significaba al Self de la paciente, era también una representación de estos bebés muertos en el interior del objeto materno malo). El ‘abandono’ de la madre que iba al hospital la empujaba a una reactivación de esta fantasía de los padres combinados, que se enlazaban otra vez para reparar el daño que ella había causado en el cuerpo de la madre. El nuevo bebé, con el que volvían del hospital, era la prueba evidente del éxito de esta reparación omnipotente. Los padres combinados ‘volvían’ para proteger a este bebé (y a los otros que la madre contenía) de la maldad destructiva de Salomé y, en su primer ataque consciente de angustia persecutoria, para castigarla sádicamente por esa maldad. En su narrativa, cuando volvieron del Hospital tanto la madre como el padre comenzaron a gritarle y a pegarle.

En su recurso a las defensas maníacas, para defenderse de esta angustia persecutoria, Salomé se libraba de su maldad a través de la escisión y la identificación proyectiva sobre el hombre, al mismo tiempo que “separaba” a los padres combinados por medio de la idealización de la madre a la que iba a dedicar sus reparaciones maníacas simbolizadas, mucho más tarde, por la limpieza obsesiva del apartamento, la devaluación del padre/ hombre y el robo fálico.

El evento que coincidió con esta metamorfosis tan traumática de la madre buena en madre mala, fue la entrada del “otro Otro”, del tercer elemento, el Padre, en el espacio mental ocupado exclusivamente por el pecho generoso de la madre y la cabecita ávida de Salomé. Todo parece indicar que la “operación” que tanto cambió a Herodías (operación nunca definida por Salomé), coincide históricamente con el nacimiento de su hermano menor. Así pues ese “otro Otro”, ladrón que roba el cuerpo bueno de la madre y lo convierte en malo, está significado por el hombre, el pene paterno y la sexualidad masculina, que vacían y destruyen el cuerpo materno. El hombre sexual, hombre-padre,  y el producto malo de su sexualidad, el hombre-hermano y –obviamente- ella misma, el hombre-niña, son malos, ya que en su inconsciente –simétrico con el de Herodías en este respecto- la sexualidad masculina es la causa de la separación catastrófica de la madre y la niña, de la destrucción del cuerpo “bueno” de la madre y del vacío que esta destrucción inyecta en el cuerpo y el alma de Salomé.

La verbalización obsesiva de esta pérdida coincidía, en el espacio de la cotidianeidad, con la actuación maniaca de la pérdida y la búsqueda infatigable del pecho original, contenedor del Paraíso perdido. Durante el tratamiento cada dos años –y con la precisión de un reloj perfectamente ajustado- Salomé decidía ir a trabajar para una nueva mujer-jefe. Estas mujeres  ejecutivas eran siempre idénticas a Herodías: fálicas, duras, agresivas y sin compasión. Era evidente que Salomé repetía el trauma con la esperanza de poder controlarlo y cambiarlo con su comportamiento ejemplar para con esta nueva madre-jefa. Salomé admiraba e idealizaba a estas mujeres al inicio de cada nueva relación profesional, y les entregaba mucho más esfuerzo del necesario –y del que le pedían- en una repetición compulsiva de su limpiar el apartamento para Herodías, cuando era una joven adolescente. Invariablemente, esas mujeres terminaban siempre maltratándola emocionalmente. Por una parte esas mujeres sufrían de patologías severas, con frecuencia fronterizas y psicóticas. Por la otra Salomé, poco a poco, comenzaba a exigirles un tratamiento emocional (comprensión, ternura, cariño. . .) que ella creía haber merecido con su devoción, y que esas mujeres era totalmente incapaces de darle.

El desenlace era siempre el mismo: como respuesta a las exigencias de Salomé, y a pesar de su excelente rendimiento, esas jefas terminaban resintiéndola  en una relación sadomasoquista, con la que la castigaban emocionalmente. Decepcionada, herida y profundamente humillada por la repetición del rechazo y del “engaño” de la madre idealizada que resultaba ser mala, Salomé se hundía más y más en la posición esquizoparanoide. Es característico de la experiencia de la relación Objetal en esta posición el percibir al Objeto como “algo” que ha cambiado, cuando el Sujeto se siente decepcionado por ese Objeto. Este, ya no es percibido como el mismo que era antes de convertirse en decepcionante sino como una Objeto nuevo. Esta experiencia de discontinuidad impide el establecimiento de una historicidad que mantenga la continuidad de la evolución. En esta posición la historicidad es reemplazada por la repetición obsesiva de la relación traumatizante original, de su negación, y de su reparación imaginaria, utilizando actores diferentes pero el mismo escenario en esta reparación ritualizada.

Así pues, Salomé buscaba un nuevo empleo –más importante y más lucrativo, ya que su posición en el mundo de los negocios mejoraba gracias a su devoción a la madre-jefa idealizada, y repetía el ciclo una vez más. El cambiar de “actriz” le permitía, otra vez, negar parcialmente el trauma. Parcialmente, ya que necesitaba “deshacerse” de la maldad de Herodías, le reintroyectaba, antes de comenzar el nuevo ciclo, en el que esperaba encontrar finalmente a la madre buena que buscaba tan arduamente. Esa maldad suya que la torturaba cruelmente, Salomé la proyectaba sobre un hombre  con h minúscula: su hermano, hombre débil y asustadizo, o uno de los sustitutos de  hermano que coleccionaba en su vida social. Una vez proyectada la maldad y la traición sobre el hombre Salomé lo “ejecutaba”: es decir, lo acusaba violentamente de traiciones y heridas imaginarias: rompía, enojadísima, toda relación social con él, y “cargaba” sobre la imagen mental de este “sacrificado” todo lo que ella creía que le hacía sufrir. Es decir, separaba de nuevo a esos padres combinados persecutorios.

Así, purificada su alma de sufrimiento y de odio asesino, Salomé podía dedicarse a buscar una imagen “virgen” de madre-jefa para repetir su peregrinación por la tierra prometida de la negación, ahora que ella era también virgen ya que había vaciado toda su maldad en el hombre que acababa de sacrificar. En este verdadero auto-de-fé, Salomé nos contaba su versión de la génesis del pecado original, de la expulsión del Paraíso terrenal, y su desesperada creencia en la redención final.

2. b) El cuerpo del delirio (la mano-pecho-falo-boca).

“Estamos anclados al cuerpo” nos recuerda sabiamente Merleau-Ponty (1945).

Sabemos que el desequilibrio del cuerpo, es decir la utilización de una parte del cuerpo como representante/equivalente de  otra, es característico de la experiencia psicótica. Meltzer escribe que la con-fusión de zonas se encuentra en todo proceso psicótico. Bion, por su parte nos habló de la proyección de funciones de un sentido sobre otro. Pero es a la obra de Julia Corominas sobre la “Oralización de la función primitiva de la mano” (1991), a la que quiero referirme aquí. Corominas nos describe la complejidad de las relaciones parciales y las equivalencias simbólicas en los niveles arcaicos de relación en los que Sujeto y Objeto están muy poco diferenciados. Así pues una parte del cuerpo, la mano por ejemplo, puede utilizarse como equivalente simbólico no diferenciado, en la relación arcaica, o como símbolo representativo, en la relación Objetal evolucionada. En el material clínico Corominas nos muestra esta utilización arcaica de la mano, fusionada con el pecho, y/o con un pecho fusionado a su vez con la boca, formando una equivalencia simbólico más compleja pecho-boca-mano.

Sabemos que Salomé se auto-definió como una concha vacía al comienzo del tratamiento.* Una sola vez, en los trece años que este duró, Salomé me ofreció un regalo. Siempre me sorprende la exactitud simbólica con la que esta comunicación-regalo de hecho una identificación proyectiva “materializada”, describe la realidad psíquica del paciente. El regalo consistía en una caja, de cartón multicolor, muy bonita y desmesuradamente mayor que su contenido. Dentro, había una piedra japonesa (como la decoración de mi consultorio), envuelta con un cordel pegado que cubría a la piedra totalmente. La piedra estaba envuelta en un fino papel de exquisito color violáceo. No puedo pensar en un objeto que pudiera describir con mayor precisión las dos caras de Salomé. La externa que presentaba al mundo de Objetos que necesitaba, era elegante, encantadora y barnizada con una capa superficial de entusiasmo infantil. La interna, era pequeña, dura, sombría, y torturada por la envidia y la mezquindad con las que atacaba a los que se acercaban emocionalmente a ella, de la misma manera como su madre la había atacado a ella.

¿A través de que metamorfosis esta piedra- embalsamada con cordel y dormida en una caja vacía de piel de cartón- había llegado a convertirse en un bebé hermoso que se amamantaba de un pecho vivo, lleno y generoso. . .?

Imagen del proceso de su nacer a  la vida en el interior de mi cuerpo-madre, no hay duda. Sin embargo, quiero señalar que una parte muy importante del proceso analítico, en el interior de este cuerpo-madre que contenía a una Salomé “fosilizada”, fue la reactivación de procesos muy arcaicos de relación Objetal dominados por la equivalencia simbólica pecho-boca-mano. Procesos que, evidentemente, habían sido interrumpidos catastróficamente, mucho antes que su madre fuera al hospital a sufrir la funesta “operación” que tanto la había cambiado.**

¿Cómo podemos “ver” estos procesos arcaicos operando en el análisis de una paciente que no muestra un comportamiento psicótico evidente?

Uno de los aspectos de este tratamiento que me era difícil comprender, era el hecho que esta mujer, de superior inteligencia para los números y los negocios, parecía no “aprender” nada sobre las relaciones humanas.*** He señalado a que Salomé repetía, cada dos años, su ritual con una nueva madre-jefa. A esto he de añadir que siempre tomaba como “amigos” a individuos con patología severa que, evidentemente, siempre la decepcionaban, o la traicionaban y que, además tenían muy poco que ofrecer para satisfacer sus expectaciones desmesuradas. Uno tras otro, con una exactitud matemática, esos amigos era ejecutados por Salomé en una de sus furias y al día siguiente, encontraba a un nuevo “amigo(a)”.

Con exactitud similar, Salomé se interesaba “románticamente” e incluso se enamoraba de hombres que o bien vivían públicamente su homosexualidad, o que pasados ya los cincuenta años de edad, seguían solteros y viviendo con sus madres. Salomé se sentía confundida y humillada cuando una amiga le decía: “Pues claro que tal y cual no está interesado en ti. Es homosexual y vive con su amante. Todo el mundo lo sabe…” Salomé nunca llegó a comprender como la gente sabía estas cosas, como podían llegar a descifrar el comportamiento humano que ella era incapaz de comprender, no importa lo obvio que fuera. A pesar de hablar por cientos de sesiones, de cómo sus percepciones y fantasías no correspondían a la realidad, Salomé no “aprendía”. El único “lenguaje Objetal” que Salomé comprendía era el de la simbiosis angustiante, la escisión y la identificación proyectivas. Es decir que, en estos hombres y mujeres que elegía como amigos y como intereses románticos –para rechazarlos ritualmente- ella reconocía algo conocido y familiar que la tranquilizaba, aunque un poco más tarde la decepcionaría y la enfureciera.

En el análisis, Salomé se “alimentaba” con esta relación Objetal arcaica caracterizada por la equivalencia simbólico pecho-boca-mano. Si bien sus relaciones con Objetos totales parecían no cambiar en absoluto, dada la persistencia de sus ataques al vínculo sus relaciones arcaicas “mejoraban” considerablemente. La relación mediatizada por la interpretación, funcionaba muy pobremente con Salomé, el lenguaje, siendo una forma vinculante abstracta de la re-presentación simbólica y, por lo tanto, “alejada” del cuerpo y del pecho maternos. Con frecuencia, Salomé se enojaba, o lloraba desesperadamente, si no comprendía inmediatamente mis comunicaciones que eran siempre muy simples tanto gramatical como sintácticamente. Pronto me di cuenta que el lenguaje debía tener calidad de comida, es decir, de gratificación instantánea, si no Salomé vivía la comunicación verbal como Objeto persecutorio y lo rechazaba violentamente.

En cambio, la reactivación dinámica de la equivalencia pecho-boca-mano abría un espacio en el que Salomé iba metabolizando e integrando aspectos alimenticios del Objeto bueno que iban a transformar poco a poco esta piedra dura en el cuerpo tierno del bebé. Así pues, no es de extrañar que durante el curso del tratamiento Salomé desarrollara un gran interés y una maestría considerable en la cocina, especialmente en cocina gourmet francesa. Comenzó a comprar libros de cocina especializados, a tomar cursos con Chefs famosos, a practicar platos especiales en su casa (una casa cada día más elegante), y con la mejoría de su situación económica y su posición ejecutiva, comenzó a hacer viajes a Francia, a regiones especializadas en cocina y vinos. Pensó en abrir negocios de importación de productos franceses para cocina y en pasar tiempo en Francia, tomando cursos en escuelas famosas y, tal vez, obtener un diploma de Chef Cordon Bleu, ya que había pensado también en abrir un restaurante francés en New York. He de señalar aquí que, siendo yo en la época un analista joven e inseguro, siguiendo el ejemplo de analistas didactas no muy seguros de sí mismos, tenía las paredes de mi consultorio llenas de Diplomas de mis maestrías y Doctorados, la mayoría de ellos de la Universidad de París. Para Salomé, esta muestra de mi inseguridad  acerca de mi legitimidad clínica se traducía en que lo francés  es la comida necesaria para resucitar a la madre muerta. Además, el padre de Salomé (que murió de un ataque cardíaco a los cuarenta y algo, cuando Salomé entraba en la adolescencia), fue el propietario de un pequeño restaurante popular en el que cocinaba y servía comidas a gente simple, de clase obrera. Así la fusión del restaurante paterno y la Universidad de París y de los platillos que su padre cocinaba, sazonados y enriquecidos por mis discursos y diplomas doctorales, resultaba en una sustancia –producto identificado con el pecho materno- con que se alimentaba.

Es decir que Salomé activaba en la transferencia la incorporación del pecho/pene paterno, fusionado con su mano/boca, que la alimentaba y transformaba  la dureza y el vacío alimenticio y emocional de la piedra en un pecho/falo muy potente con el que, a su vez, ella alimentaba a su madre muerta.

Es interesante notar que el hermano menor de Salomé se ha dedicado también a la comida. Es propietario de un pequeño negocio, de tamaño y características similares al que el padre había tenido, pero que le anda regularmente y ha tenido que ser rescatado financialmente, varias veces, por Salomé. Ella le presta dinero, pero lo acusa y le hace sentir que no sirve para el negocio. La identificación de su hermano con el padre castrado y de ella con Herodias, la madre castrante, es evidente en estas actuaciones conjuntas.

Bajo la apariencia de ese cuerpo bonito, inteligente y seductor se escondía un caleidoscopio de percepciones y emociones fragmentadas, de equivalencias simbólicas y pedazos de SujetObjeto que, combinados en formas delirantes, evidenciaban y mantenían el rechazo al conocimiento del cuerpo y de sus funciones, de lo masculino y lo femenino. Anatomía y funciones que Salomé recreaba a su antojo, tratando chapuceramente de calmar esa desazón que la enloquecía de tristeza y soledad, desde ese día fatídico en que perdió a su madre en la puerta del Paraíso.

2. c) El padre caído (la introyección catastrófica).

Salomé se negó siempre a hablar de su padre, insistiendo que éste “nunca estaba en casa”, que le pegaba, igual que Herodias, y que solo le “compraba cosas a su hermana y nunca a ella” (en vez de darle comida y/o bebés, la ataba a la dura piedra con el cordel). Cada vez que yo sugería que era importante el poder llegar a verbalizar memorias y deseos reprimidos –que ella insistía no existían- para no seguir actuando lo reprimido, ella reaccionaba con una mezcla de amnesia, rabia contra de mí, y angustia; una combinación que la llevaba, o al mutismo, o a cubrirme con una lluvia de insultos/reproches, o a amenazarme con terminar el tratamiento. Era evidente que Salomé había investido libidinalmente de manera muy conflictiva tanto al padre pre-Edípico como al padre Edípico, ya que sentía terror a que la Herodías internalizada se “enterara” de estas inversiones. Salomé me contaba cosas traumáticas de su vida de una manera extraña: angustiada pero mecánicamente, como si fueran fotografías verbales, ya que no parecía comprender que las “cosas que pasan” tiene vínculos con otras cosas, es decir causas y efectos. De esta manera, me había contado muchas veces que después que su padre sufriera el ataque cardíaco, poco antes de morir, Salomé entró en su habitación para abrazarlo y decirle que lo amaba. Pero su madre entró tras de ella, enojada, y le gritó que se “levantara” (get up, get up. . . “) y que no “molestara” a su padre. Nos daremos cuenta de la importancia de este evento traumático cuando lleguemos a la narración de la traición final, simétrica con este trauma, y que la llevó a terminar el tratamiento. En su inconsciente creía que al separar a los padres combinados, “mataba” al padre.

Pero debemos, antes, considerar las fechas del trauma de la pérdida de la madre buena. La “fosilización” de Salomé en la posición esquizo-paranoide nos indica que el rechazo materno ocurrió muy pronto en la vida de la pobre niña. Bion describió los efectos de la incapacidad materna de metabolizar la “maldad” primitiva del niño proyectada sobre el pecho materno y devolverla, convertida en “bondad” nutritiva y estructurante, para su re-internalización. Este déficit de la función materna impide la elaboración de la posición depresiva en al que la reparación del Objeto dañado en la posición esquizo-paranoide permite la integración de los aspectos “buenos” y “malos” del Objeto, y la relación al Objeto total.

García Badaracco habla de la violencia a la que una madre como Herodías somete al indefenso bebé con su falta de conocimiento empático y su incapacidad de satisfacer sus necesidades psíquicas y emocionales básicas, ya que ni sabe –ni quiere- adivinarlas o anticiparse a ellas. Dice Badaracco: “Por su incapacidad de ‘reviere’” (Bion) el objeto no pudo simbiotizarse sanamente con el niño pequeño y al reactivarse en el (objeto) necesidades primitivas espera del sujeto en indefensión lo que no obtuvo de su propia madre –en la madre se reactivan necesidades de bebé frente al bebé- colocándolo en una situación imposible.

“En algunos casos el drama el vínculo narcisista primario puede ser entendido como la soledad en al que las figuras parentales dejan al niño que tiene que armar su vida psíquica solitariamente sobre idealizaciones de sus propias realizaciones. Cuando una persona se ha armado sobre esas bases, el fracaso frente a una situación concreta puede producir un derrumbe catastrófico (Winnicott). En esos casos entendemos que el ideal del Yo fue sólo una idealización que no tuvo un depositario confiable que fuera capaz de sostener al Yo en momentos de zozobra. Es el momento en el que el Yo, asistido por el objeto estructurante, hubiera podido construir sus recursos yoicos propios. Si este objeto asistente confiable no existe, el Yo se ve obligado a sacar fuerzas de flaquezas reconstruyendo la idealización para sostenerse fantasmáticamente logrando sólo una sobrevivencia. En un vínculo narcisista de estas características el Yo fue forzado a una identificación patógena que solo será un salvavidas”.

Podemos imaginar al bebé Salomé proyectando desesperadamente las partes “malas” de su psiquismo sobe un Objeto indiferente, que resentía sus demandas y que se negaba a transformar estas proyecciones. Podemos imaginar el pánico de esta niña, cuando tenía casi dos años y vio a esta madre indiferente “abandonarla” dañada por los ataques proyecciones angustiadas del bebé “malo”. El pánico, y la reintroyección catastrófica de toda esa maldad que había proyectado sobre su madre y que, en el psiquismo tan vulnerable de la niña, había sido la causa del abandono. Abandono que la hacía sentir vacía, y reintroyección que le hacía sentir el interior de su Self como una piedra dura y sin vida. Podemos imaginar su reacción –alivio y rencor renovados- a la vuelta de la madre (del Hospital, con el nuevo bebé/rival). Y podemos imaginar la fusión en este momento de tres elementos claves en el drama de Salomé:

a) La necesidad de Salomé de proyectar su odio destructivo sobre otro Objeto, ya que esta madre mala no toleraba sus proyecciones y la amenazaba con abandonarla. Así pues, el hombre, la sexualidad masculina, el hermano serían los nuevos continentes para estas proyecciones destructivas, que ya no debían interferir nunca más con su idealización  de la madre.

b) La identificación patógena con el odio de la madre hacia el hombre/padre, identificación que llevaría a Salomé a la ejecución ritualizada de Juan el Bautista y que le permitiría “anclarse” en una simbiosis patológica con Herodías, raíz principal de la Floe a Deux; y

c) La génesis, en el inconsciente de Salomé, de su decisión de convertirse en la madre/padre que su madre deseaba y de saciar las necesidades del “bebé”  Herodías recuperaría a la madre buena quien saciaría a su vez las necesidades del  bebé Salomé. Esta fantasía era el carburante en la compulsión que la empujaba al robo fálico y a cambiar de cuerpo.

2. d) El robo fálico (el cambio de cuerpo).

He mencionado la fragmentación del cuerpo y su re-constitución delirante en la percepción de Salomé y también la utilización del mecanismo arcaico de las equivalencias simbólicas. Quisiera ahora referirme brevemente a la sexualidad de Salomé. Una sexualidad escasa y, últimamente, al servicio de la simbiosis delirante con el objeto enloquecedor.

Al comenzar el tratamiento, la experiencia sexual de Salomé se limitaba, por una parte, a una relación lesbiana con otra estudiante mayor que ella, caracterizada por su emborracharse con cerveza antes de ir a la cama. El foco de la relación para Salomé –una relación sin ternura y dominada por la vergüenza- eran los pechos de la amante que Salomé deseaba ardientemente acariciar y besar, deseo que le llenaba de temor.

Meltzer nos dice que una identificación delirante con la madre y la confusión del ano y la vagina producen frigidez y un sentido de feminidad fraudulento en la mujer.

Melanie Klein nos dijo que el bebé, cuando se siente privado del pecho materno, elabora la fantasía inconsciente de que es el padre el que recibe ese pecho. Así pues la fantasía que el padre retiene a la madre buena dentro de sí, robándosela al bebé, despierta la envidia y la avidez en el bebé. Klein indica también que esta fantasía constituye uno de los factores importantes en la génesis de la homosexualidad y, añado yo, también es factor importante en el robo fálico.*

Por la otra parte, Salomé –terminado ya el College viviendo y trabajando en New York- comenzó a tener relaciones heterosexuales furtivas caracterizadas por:

a) El irse con extraños, a los que encontraba en bares y que –por lo menos en una ocasión que la aterrorizó- le habían pegado brutalmente a ella y a la amiga con quien había ido al piso de unos extraños delincuentes. En esta ocasión Salomé creyó que la iban a matar. Esos extraños significaban su desconocimiento de lo masculino y de la función paterna, al mismo tiempo que la angustia persecutoria producto de las agresiones que proyectaba sobre ellos. Angustia y miedo al hombre que “mata” –mata algo importante relacionado con la madre a la que vacía- que era actuados en esas proyecciones sobre individuos peligrosos.

b) En los pocos casos en que la relación sexual fue normal y placentera, si el hombre quería verla otra vez (para repetir la experiencia sexual) Salomé sentía una repulsión intolerable, tan al hombre que había encontrado atractivo y deseable la noche anterior  (nunca fue claro la cantidad de vino que bebía antes de ir a la cama con el desconocido), como a la idea de sexualidad en general. Lentamente me di cuenta que, además de evacuar elementos internos indeseables en esos hombres/recipientes, en ese acto sexual insípido, Salomé robaba mágicamente a esos hombres el pene/pecho ambivalentemente deseado y odiado, que ella incorporaba ávidamente para llevárselo a su madre. Es decir que un vez incorporado el objeto parcial foco de su deseo en ese pseudo-acto sexual esos hombres, castrados y desvalorizados a los que culpaba de su vacío interno, ya no le servían para  nada.

c) En el período final de la evolución de sus relaciones sexuales, Salomé había pasado de estos encuentros furtivos con ejecutivos, fálicamente “potentes”, a su establecer relaciones regulares con “boyfriends” elegantes, con posiciones ejecutivas y económicas importantes. Una común de estos “amantes”, era el ser impotentes en la cama. El que le duró más tiempo era, según ella, una fuente de frustración ya que –a pesar de que dormían juntos dos o tres veces por semana- nunca fue capaz de mantener una erección, ni de penetrarla.

Vemos como Salomé nos cuenta su tragedia, una vez más, a través de la narración de su sexualidad. Al principio la pérdida traumática del pecho bueno y su busca desesperado en el pecho de una mujer dura que la rechaza. Más tarde, la actuación de sus fantasías inconscientes de pérdida y de introyección en su vida cotidiana: primero el encuentro con los hombre “malos”  y criminales que pegan –y tal vez matan- a la mujer en el encuentro sexual. Más tarde, la venganza de Salomé: el robo fálico en estos encuentros furtivo en hoteles de lujo con ejecutivos poderosos* y, finalmente, el “comprobante” del éxito de este robo fálico. Esos “amantes” impotentes, como los maridos de Herodías, eran evidencia concreta que esta transexuación incorporativa había tenido lugar. En una inversión de las posibilidades originales, ellos estaban ahora tristes, hambrientos y vacíos y ella, triunfante, poseía ese pene/pecho paterno. Convertida así en mujer/padre, podía negar el papel esencial del padre/hombre en la vida y el deseo de la madre/mujer, alimentar a la Herodías-bebé quien, a su vez, la alimentaria a ella, en un delirio de simetrías simbióticas.

2. e) La Tercera (o Cuarta o Quinta) Traición.

Cuando asisto a la presentación de casos psicoanáliticos, con frecuencia, tengo la sensación de estar viendo una película en la que falta uno de los dos protagonistas principales. De estar oyendo sólo la mitad del diálogo, faltando como faltan las palabras – fantasías en nuestro caso- del otro protagonista principal: el analista. Me llena de curiosidad el no saber qué es lo que empuja a esos analistas a presentar sólo lo que le “pasa” al paciente y a dejar completamente en la oscuridad lo que le pasa al analista.

En la época en que comencé el análisis de Salomé tenía yo poco más de treinta años. Clínicamente inmaduro  para la complejidad del caso y el carácter arcaico de las transacciones en el campo transferencial/contratransferencial. No me ayudó tampoco el que mi propio análisis –un análisis “clásico” del que estoy muy agradecido- insistió en las formaciones Edípicas y minimizó la elaboración del impacto estructural de los elementos psicóticos en el discurso de mi madre pre-Edípica. Así también, con fantasías de mi maldad esencial y de las reparaciones necesarias para expiar esa maldad, del daño que yo había hecho a mi Objeto, daño que había depositado en mi inconsciente la imagen de una mujer muy vulnerable, herida y vaciada por mi maldad y mi avidez insaciable.

La llegada de Salomé a mi consultorio activaba en mí fantasías muy cargadas de afectos primitivos. En mi inconsciente Salomé –como víctima inocente-, representaba:

a) La madre dañada ya vaciada (mi madre), por mi maldad pre-Edípica, y

b) La niña (Yo) dañada y vaciada por la maldad psicótica de (mi) madre.

 

La Salomé que contenía a la malvada Herodías representaba:

a) La madre psicótica (mi madre) dañada y vaciada (mi madre), por mi maldad pre-Edípica, y

b) La niña mala (yo) dañada y vaciada por la maldad de (mi) madre.

 

La Salomé que contenía a la malvada Herodías representaba:

a) La madre sicótica (mi madre) que daña y vacía  la niña (yo), y

b) La niña mala (yo) que daña y vacía a la madre inocente (mi madre).

Estas fantasías me preparaban a dar una respuesta contratransferencial a las fantasías de Salomé que nos unía en una versión, terapéutica, de la Folie à deux. Mi compasión por Salomé estaba llena de culpabilidad y sentía un gran rencor por tener que reparar a esa Salomé dura y vacía, ya que esta reparación me parecía abusiva. Antes de que ese bebé apareciera en sus sueños, Salomé no había dado nada a nadie. Abandonó el tratamiento sin haberme dado nada más que el pago por las sesiones y la piedra japonesa aprisionada por el cordel. Mi experiencia de mi relación imaginaria con Salomé fue la de haber estado internado en un campo de concentración emocional. Metáfora interesante, si consideramos que mi padre estuvo internado en campo de concentración, como prisionero,  al final de la guerra civil española. En mi campo de concentración, la más mínima desviación empática era abusivamente castigada con acusaciones y muestras del dolor histérico en que la hundían los fallos del Objeto, que Salomé debía controlar omnipotentemente. Yo respondía a esos castigos con paciencia y compasión (mis fantasías agresivas era reprimidas profunda e inmediatamente), no porqué su furia omnipotente me controlara (mis interpretaciones en esta área la confundían y la enojaban), sino porque respondía a esa furia –la de mi madre pre-Edípica- con mis propias reparaciones imaginarias.

En este punto debo y quiero rendir homenaje a dos colegas muy queridas que me ayudaron  muchísimo a elaborar finalmente mi propia posición depresiva: Joyce McDougall y, sobre todo, Piera Aulagnier. Y con este reconocimiento entramos ya en el acto final del drama.

El sueño del nacimiento del bebé fue seguido por una serie de acontecimientos que precipitaron el desenlace inesperado de este tratamiento. Lo que yo había deseado ver era una Salomé, buena y cariñosa, convertida en amante tierna y apasionada de un hombre bueno (escondido de mi Yo pre-y-post-Edípico) que, a su vez, la quisiera mucho. Un final feliz. La Salomé que abandonó mi consultorio fue una desconocida que se vengaba de lo que ella percibía no tan sólo como la última traición de los terapistas, sino como la repetición del abandono del padre materno y la repetición de la metamorfosis del pecho bueno en pecho malo, y la pérdida de la madre.

Con su violenta ejecución de Juan el Bautista, Salomé esperaba destrozar, de un solo hachazo, a ese Objeto traicionero que contenía dentro de sí a otro Objeto traicionero, que contenía dentro de sí otro Objeto traicionero, como una de esas muñecas rusas. El analista malo contenía al terapista malo, que contenía al padre malo, que contenía a la madre mala, que contenía el pecho malo. . . En una reacción de pánico se hundía de nuevo en la negación, la escisión y la identificación proyectiva. El hombre aparecerá nuevamente como el culpable en esta solidificación de la relación simbiótica con el Objeto enloquecedor, a través de la cual se trata de recuperar al Objeto bueno, que denominados Folie à deux.

Pasemos a los hechos.

Unos meses después del sueño del bebé, Salomé tuvo que atender una Convención en la que iba a ocupar la posición más importante de su vida profesional. Se sintió como “un millón de dólares” (que era la remuneración que había negociado para su nuevo empleo), ya que se veía a sí misma “atractiva, inteligente e interesante”, y ocupando “el lugar” que le correspondía. Se sentía bella y fálica, sentimiento aún más nuevo que su empleo, ya que siempre se había sentido fea, torpe y vacía. En el último día de esa Convención se despertó aterrorizada por un sueño que o no recordaba o no quiso contarme. De lo único que se acordaba, muy angustiada era de la voz de su madre quien, en su alucinación auditiva, le gritaba “Get up. . .get up. . .” (levántate). El mismo grito cortante e hiriente que oyó de la boca feroz de Herodías cuando su padre se moría en la casa, y Salomé deseaba decirle lo mucho que lo quería. ¿Oráculo pues de mi muerte cercana en la transferencia. . .?

Desgraciadamente el sueño del bebé, que aparecía en el tratamiento en el doceavo año de análisis (la edad que ella tenía cuando su padre murió, yo tenía la misma edad que su padre al morir), fue seguido después de poco tiempo de mi “ataque al corazón” entre comillas. El mío, no fue un fallo cardíaco sino la depresión  que siguió a la muerte de un buen amigo y que fue aumentada muchas veces por la muerte –mucho más dura y paralizante- de Piara Aulagnier, que siguió casi inmediatamente. Salomé era incapaz de distinguir entre un ataque al corazón y una depresión. Su capacidad de simbolizar siendo muy pobre, lo único que podía distinguir narcisísticamente era la intensidad de las catexis y de la atención que se le daba. Evidentemente tanto mi atención como mi catexis a mi práctica analítica había disminuido considerablemente.

Así pues, de repente, yo había “cambiado”. A la misma edad del padre yo cambiaba definitivamente y “moría” de un ataque al corazón. La alucinada presencia de la mala Herodías, completaba el cuadro traumático.

Cuando volvió de esa Convención, Salomé se había convertido en una Helen Keller desconocida, completamente cerrada a toda comunicación. Lo único que repetía obsesivamente, era que quería terminar el tratamiento. No sabía porque quería terminarlo, pero tenía que hacerlo. Yo había cambiado, me gritaba y ahora le daba miedo estar en el consultorio conmigo. Era evidente que el sonido de mi voz la enfurecía irracionalmente, no importa lo que yo dijera, El fenómeno,* que aparecía en la percepción de Salomé cuando “eliminaba” a amigos(as) que la habían traicionado o decepcionado (decepción es equivalente a traición), entraba ahora con fuerza arrolladora en el tratamiento. Salomé “cortaba” mis frases, palabra a palabra (imagen de mi castración y fragmentación) para recombinar esas palabras y formar otras frases, -vehículos evacuatorios de sus angustias persecutorias y depresivas- que en su delirio paranoico y angustiado, me acusaba de haber pronunciado.

Si bien sentía una lástima profunda por su pánico y su re-caída en una fase agitada de sus defensas maníacas, era también cierto que estando ya lejos de las defensas maníacas que yo también había utilizado en el pasado, en este momento de duelo intenso para mí, ni tenía, ni quería dar ningún espacio mental o emocional a los abusos sadísticos e histriónicos de Salomé, ni tan solo a su angustia. Una reacción nueva para mí, que sentía me había llevado a otro plano de relación Objetal.

Así pues, cuando recibí la carta en la que –junto con el cheque con el que pagaba lo que me debía y la sesión que cancelaba- me “despedía” como hacía con sus secretarias, mi sensación dominante fue una de alivio. Sentía que está cerrando un capítulo de mi vida, caracterizado por mis rescates masoquísticos de gente infantil, sadística, abusiva y narcisística, la carta de despido de Salomé era como el sello oficial de mi liberación.

Aprendí en este tratamiento dos cosas importantes: una, que fantasías omnipotentes de adquirir una técnica psicoanalítica depurada que no falle, no son más que fantasías omnipotentes. A veces el destino, en forma de una pérdida importante –como en este caso- es mucho más decisivo que el trabajo, paciente y dedicado, de muchos años. Sobre todo en casos difíciles como el de Salomé.

La otra que la práctica del psicoanálisis es un proceso que cuando es practicado con integridad y explora afecto, motivación y fantasías inconscientes del analista, puede llegar a “curarlo” a él o ella, además de ayudar al paciente.

3.

He presentado unas viñetas, necesariamente muy breves, de una configuración Objetal, que he designado como el Síndrome de Salomé. Configuración caracterizada por el efecto que proyecciones e introyecciones sobre una madre-bebé ávida, envidiosa  y emocionalmente ausente –personificada por Herodías- y un padre débil, castrado e igualmente ausente, personificado por Herodes, tienen en la estructuración de las fantasías inconscientes y las relaciones Objetales del niño (a).

Cuando la madre no es “suficientemente buena” (Winnicott), cuando es incapaz de ser ese “Objeto transformador” (Bollas), que convierte “al no pecho (boca) en pecho, las heces y orina en leche, los miedos de muerte inminente y angustia en vitalidad y confianza, la avidez y la maldad en sentimientos de amor y  generosidad” (Bion), el bebé “siente” que esta madre lo ha abandonado, que está “muerta” (Grenn), y desarrolla sentimientos de un vacío intolerable, de los que constantemente trata de deshacerse por medio de defensas maníacas: negación, escisión, idealización e identificación proyectiva. Defensas ineficaces, que mantienen al niño(a) oscilando entre la angustia depresiva, el intentar la reparación maníaca e ineficaz, para volver de nuevo a comenzar el ciclo.

Este fracaso transformacional del Objeto contribuye a la solidificación de la fantasía de los padres combinados en la que el padre recibe el pecho bueno y contiene a la buena madre dentro de sí; y a la angustia persecutoria de retribuciones sádicas provenientes de estos padres combinados malos por los ataques del bebé al contenido del cuerpo de la madre (la destrucción de los bebés y del pene paterno).

Dada la disminución en la capacidad de simbolizar, producto del uso excesivo de la identificación proyectiva, estos niños substituyen esta incapacidad con el uso de equivalencias simbólicas, mucho más cerca del pensamiento concreto. El desarrollo de las adicciones, está relacionada con esta deficiencia en la capacidad de simbolizar.

He tratado de mostrar como la combinación de esta fantasía del padre contenedor de la madre buena con los intentos reparatorios maníacos, es actuada a través de lo que llamó el “robo fálico”: el “rescate” de este pecho/pene que, en fantasía, pertenece a Salomé y del que se apropia. Esta fantasía se suma a una fantasía simétrica en el inconsciente materno raíz principal de la Folie à deux, que empuja a Herodías a utilizar a Salomé como arma fálica en su venganza contra el padre ladrón, que robó el pecho/pene de la madre de Herodías, y que ella desea. Lacan nos acostumbró a pensar que el niño(a) puede ser simbolizado y utilizado como el falo inconsciente deseado por la madre. Es posible que esta fantasía –que da valor de arma fálica a Salomé- estuviera también presente en el inconsciente paterno (herencia que el padre recibe de su madre) y que éste con su pasividad, se preste como víctima propicia de este sacrificio merecido. Las fantasías inconscientes del padre, constituirán el tercero, presente/ausente, en el caso de una Folie à deux entre madre e hija.

He tratado de indicar también como este robo fálico estaba íntimamente relacionado con la casi-adicción de Salomé a la comida francesa, y como estos procesos de “robo reparativo” tenían lugar bajo la superestructura de la relación analítica, en la que el analista funciona como el buen pecho  Bioniano. Esta actividad contenedora, transformacional y estructurante del analista, afectó muy  lentamente la conversión del cuerpo vacío y la dureza de la piedra –que Salomé sentía era a la vez su propio Self y la dura madre internalizada-  en un bebé tierno, suave y amoroso (metáfora, interesante, la piedra, que nos sugiere una transmisión multigeneracional de esta “dureza” materna –ya petrificada cuando llega a las manos de Salomé, última heredera de esta dureza familiar).

Es importante señalar que esta lenta transformación analítica es posible gracias a lo que podríamos llamar “residuos reparatorios” en el analista. Es decir, la necesidad constante del analista. Es decir, la necesidad constante del analista de elaborar su propia posición depresiva, cada día más profunda, a través de las reparaciones proyectadas en el mundo Objetal del paciente. Una verdadera “infusión” de identificaciones proyectivas reparatorias en la estructura vacía y anémica de un paciente como Salomé.

Finalmente, he querido mostrar los efectos de la interrupción repentina y traumática de esta infusión. La privación de esta comida reparatoria fue experimentada como una reintroyección catastrófica de proyecciones excretorias malas de Salomé, y como una repetición alucinante de las pérdidas traumáticas anteriores –especialmente la del buen pecho materno- repetición que la hundió en el pánico de que iba a ser robada, otra vez, de ese pene/bebé que se había construido con tanto trabajo y tanta dificultad.

Dado que ya no me conocía como Objeto idealizado, y sí como hombre castrado y vacío por la depresión, pasaba a re-conocerme como padre muerto al que, consecuentemente, tenía que matar otra vez en la repetición ritualizada. Además, ese deseo de muerte, simétrico con el deseo inconsciente de la madre internalizada, era proyectada en la voz de ese Objeto enloquecedor, con el que fusionaba su terror y su deseo.

Salomé, se dirigió a Herodías a preguntarle qué cosa debía pedir al Tetrarca, en esta hora de fracaso y triunfo en la que estaban, otra vez. Reunidas indisolublemente. La voz de Herodías le pidió que le sirvieran la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja. Y así lo hizo.

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*Los “padres combinados buenos” como los designa Salomón Resnik.

**Bion, años más tarde nos reveló que la función metabolizante de la madre (y del analista) entre en el inconsciente del bebé (paciente) a través de los pensamientos oníricos.

*Vacío producido por la fragmentación minuciosa y la expulsión de sus percepciones (“la alucinación invisible-visual” de Bion)  través de la que trataba de escapar a sus angustia persecutorias.

**Procesos que sitúo en la “frontera” de las posiciones esquizo-paranoide y depresiva.

***Los ataques al vínculo  por medio de la fragmentación de las percepciones, interfieren con el desarrollo de la capacidad de aprender, que consiste esencialmente en el establecimiento de vínculos entre objeto de conocimiento.

*De acuerdo con Meltzer la identificación proyectiva secundaria con el pene paterno tiene como consecuencia el producir la cualidad fálica de algunas mujeres, cuando reparaciones maníacas y omnipotentes han sido movilizadas como defensa contra una depresión severa.

*Al poder fálico que robaba en el acto sexual, unía el refinamiento que robaba en el acto analítico. Así constituía un pecho/pene no tan sólo potente, sino estéticamente perfecto.

*Conocido de los feroces ataques al vínculo.

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