Por: Rosa Elena Martínez
Tiempo después de haber ocurrido el terremoto; cuando la situación de emergencia entre la población ya no era prioritaria y en las ciudades retomaba progresivamente la vida habitual, dio inicio el restablecimiento de los daños; de todo lo que había cambiado en la vida de las personas, después de la manifestación de este fenómeno natural.
Cambios que significaban un daño en la mente de los individuos; una realidad que sobrepasaba su capacidad de contención emocional, por la experiencia de un terremoto que de forma repentina e inesperada, se había presentado en diversas zonas del país, provocando desconcierto y caos en la población y el inicio de un estado de emergencia, del cual se derivaron situaciones precipitadas que, de entrada, difícilmente fueron comprendidas por quienes las padecieron, al encontrarse con emergencias médicas, de alimentación y refugio; urgencias que debieron ser cubiertas de inmediato, sin demora, y que no dejaron espacio para pensar en los acontecimientos ocurridos.
Es por ello, que con el transcurso del tiempo, resulte valorable, considerar las circunstancias que pasaron alrededor de tal evento, con el objetivo de comprender y reflexionar desde un enfoque elaborativo, los momentos no esclarecidos acerca del ambiente emocional que ya prevalecía antes del sismo, las manifestaciones derivadas y las posibles repercusiones generadas por el mismo.
De ahí, que surgen las preguntas: ¿Qué ambiente emocional prevalecía entre la población, relacionado con un sismo previo? ¿Qué posibles manifestaciones inconscientes se presentaron entre los individuos, con motivo de este fenómeno? y ¿Qué posibles consecuencias pudieron generar?
Este ensayo tiene como propósito, en lo posible, realizar algunas reflexiones psicoanalíticas, acerca de lo ocurrido en el terremoto que se presentó en nuestro país el 19 de septiembre; para ello, se consideró el ambiente previo al suceso; así como posibles manifestaciones inconscientes entre los individuos y el grupo social; además de la violencia generada después de este fenómeno.
Paso a desarrollar tal planteamiento. Los hechos ocurridos el pasado 19 de septiembre en nuestro país, permiten una serie de reflexiones acerca de lo que eventualmente pudo haber sucedido entre los individuos de la sociedad, con motivo de circunstancias tan imprevisibles como desafortunadas provocadas por un desastre natural.
Circunstancias inusuales que irrumpieron con las actividades cotidianas del individuo, asociadas a una amenaza a la integridad, a la vida y a los bienes de las personas. Hechos traumáticos, que en general, pueden ser ocasionados por “violencia política” Mingote (2001) como guerras, terrorismo, genocidio, etc.; o bien, por un desastre natural.
La palabra desastre tiene su origen etimológico en el griego –disdes que denota negación y por el sustantivo ástron (astro) o latín astrum; el término llegó al español desde el provenzal, donde significaba desgracia; pero su verdadero origen está en la Grecia antigua, donde la creencia en la influencia de los astros sobre los acontecimientos en la tierra, le dio sentido. (Diccionario etimológico, 2017).
Actualmente los especialistas definen un desastre natural, como un evento funesto, desgracia muy grave y por extensión pérdidas o ruina que de ellas resultan; desastre que sacude a una familia, a un país. (Sigales, 2006). Entonces, un desastre natural es cualquier evento catastrófico, causado por la naturaleza o los procesos naturales de la tierra, como: un tsunami, un sismo o un terremoto.
México es un país en donde se presentan sismos, eventualmente; fenómenos que por su naturaleza, pueden ocasionar daños traumáticos entre la población, que podrían repetirse por generaciones, lo que provocaría la reactivación de ciertas angustias entre los pobladores al momento de presentarse otro terremoto de gran intensidad.
Por ello, es importante reflexionar acerca del ambiente emocional que prevalecía en la población con un sismo previo, antes de que se presentara el terremoto, para comprender las ansiedades que desde entonces, ya estaban vigentes.
Septiembre es un mes patrio festejado por los mexicanos, con motivo de la conmemoración de la independencia de nuestro país; celebración que año con año está presente en la mente de los ciudadanos, quienes se preparaban para este evento. Por lo que el ambiente emocional que privaba entonces, estaba relacionado con una población que se encontraba inmersa en su vida habitual de actividades y ocupación; agilizada por los quehaceres cotidianos y los acontecimientos sociales del momento.
Cuando el 7 de septiembre, doce días antes del terremoto, de forma inesperada se presentó un movimiento telúrico en varias ciudades del país, que fueron alertadas por la activación de una alarma sísmica; no obstante, aunque se había catalogado a este movimiento como de alta magnitud, no se registraron daños; sin embargo, este fenómeno activó la aparición en medios, de distintas opiniones y múltiples estudios, acerca de los movimientos telúricos y su relación con otros fenómenos naturales; llegando a diversas conclusiones y dos tendencias: si era predecible o no un próximo sismo; situación que desde entonces, ya adquiría una significación a nivel inconsciente entre la población y un posible nivel de angustia con respecto a lo que podría venir.
Al respecto, (Crocq en Sigales, 2006), señala, que una catástrofe puede ser considerada como “un evento traumático al ser un acontecimiento que ocurre una vez, en una fecha y en un lugar determinado, en la historia de una persona o de una sociedad.”.
De esta manera, el 19 de septiembre de 2017, se presentó en forma imprevisible un terremoto; dos movimientos continuos que provocaron caos y angustia entre la población; entre las personas que buscaba salir de los diversos lugares en que se encontraban para ponerse a salvo, y de manera apresurada se reunían en las calles a esperar el restablecimiento de una tierra más firme, que pudiera brindarles estabilidad y calma.
Momentos de desesperación que no dejaron espacio para pensar en lo ocurrido; porque instantes después de que dejó de temblar, apareció una sensación de conmoción, por los hechos vividos y un sentimiento de impotencia por estar incomunicado con los seres queridos, debido a la falta de servicios de comunicación, electricidad y transporte que dejaron de funcionar durante el impacto.
Lo que movilizó a las personas hacia distintos lugares, principalmente: casas, colegios y universidades, para saber sobre la integridad y la seguridad de sus familiares; otros se agruparon en los escombros, como voluntarios en los sitios afectados por el sismo. En las calles se veía la circulación de peatones y vehículos inusual; los semáforos no funcionaban y los voluntarios se estacionaban en cualquier lugar. Se observaron grupos de personas caminar para llegar a sus destinos y el tráfico de autos estaba detenido por toda la ciudad.
Era una situación de emergencia, en donde lo urgente era atender, sin demora, las necesidades médicas, de rescate, alimentación y refugio de aquellos que habían caído en desgracia. La ciudadanía se solidarizaba con distintas instituciones públicas y privadas, que realizaban actividades de organización y apoyo hacia los necesitados, mediante la apertura y atención de centros de acopio para recolectar artículos de primera necesidad; centros provisionales médicos; brigadas provisionales de ayuda psicológica y refugios para damnificados. Por lo que viene a la memoria, la formación de brigadas por parte de candidatos y analistas de SPM, que de forma independiente y coordinada con instituciones públicas, nos reunimos, desde los primeros instantes, para brindar apoyo psicológico y solidario en todo lo que estuviera al alcance, en los sitios afectados por este desastre natural.
Desastre que nos hace pensar, en que a lo largo de treinta y dos años, después del pasado terremoto del 19 de septiembre de 1985, no se había presentado en el país, otro movimiento igual; solo sismos regulares de más de 7 grados de intensidad (SSN, 2017), sin ocasionar daños; por lo que la ciudadanía no se esperaba otro desastre natural de la misma magnitud y en la misma fecha; un 19 de septiembre.
Entonces, México que ya contaba con la historia de un terremoto similar, de hace treinta y dos años atrás; revivía repentinamente, no solo, experiencias similares y recuerdos dolorosos; sino que aparecía en la misma fecha, como si en el inconsciente de los que lo recuerdan, volviera a suceder; pues entre la colectividad se escuchaba, “hoy tembló como en el 85”.
Recuerdos que regresaron bruscamente a la mente de un grupo de la población; que vivió momentos de angustia, ansiedad y desesperación, al mismo tiempo que caos, movilización, emergencia y un sentimiento de pérdidas; tanto humanas como materiales, ya reconocidas en el pasado. Otro grupo, fue el de generaciones jóvenes, que de inicio se enfrentaban a una realidad poco conocida y a la cual reaccionaron, organizando instancias psíquicas, para asumir el desastre con solidaridad, en algunos casos y otros con manía, entre el caos y la desesperación. Era el caso de algunos voluntarios, que acudían a las filas de los escombros a enfrentarse a la remoción sin protección alguna. Cabe mencionar, que durante las siguientes noches, no cesaron las labores de rescate, ni de apoyo a los necesitados.
De este modo, algunos desastres naturales, pueden ocasionar consecuencias que persisten en el tiempo, como lo propone Fritz (1961), “cualquier hecho agrupado en el tiempo y en el espacio, en el que una sociedad o una parte relativamente autosuficiente de la misma, vive un peligro severo, pérdidas humanas y materiales, y en el que la estructura social se rompe y la realidad de todas o alguna de las funciones esenciales de la sociedad se ve inhabilitada”.
Es por esto, que los desastres naturales son considerados como un suceso extremo, debido a que colocan a la población en un estado de emergencia y movilizan a todo un sistema, a todo un territorio; debido a que se presentan pérdidas entre la población, así como necesidades de refugio, alimentación, urgencia médica y todo lo relacionado para la sobrevivencia humana; provocando efectos psíquicos sociales, que no son reducibles solo al impacto individual que sufre cada persona.
Sin embargo, este tipo de eventos, puede actualizar en cada uno de los individuos, “…las modalidades y los recursos defensivos de las identificaciones asumidas por el sujeto, ante la adversidad; sus posibilidades y potencialidades para la elaboración y organización de instancias psíquicas de superación…”.(Dryzun, 2006).
De esta forma, cualquier situación extrema que se presente en un conjunto social, tendrá una variabilidad de manifestaciones inconscientes, que desarrollaran los individuos de manera propia, considerando la estructura psíquica de cada uno, con motivo de la respuesta hacia el siniestro que se presenta de forma natural; asumiendo principalmente que la persona reaccionará ante la valoración de haber sufrido un daño; lo que la vincula con el sufrimiento causado por agentes externos y le da la calidad de víctima o sobreviviente.
Así, el daño considerado por el sobreviviente será como menciona Dryzun (2006) la estimación subjetiva de una posible amenaza y pérdida de la potencia personal para enfrentar una adversidad, ya que remite al pasado y hace memoria de un sufrimiento que marcó al sujeto, en un tiempo y espacio determinado, lo que evoca una atribución estática de significación que implica un sentimiento de fragilidad, inferioridad o vulnerabilidad que afecta las representaciones del yo y del narcicismo.
Entonces, el individuo se verá confrontado por un acontecimiento que va más allá de su comprensión y preparación; tanto psíquica, como emocional, que tendrá relevancia, aún más, en tanto la pérdida potencial se encuentre ligada a ese sufrimiento.
De esta manera, el daño en la mente del sujeto, presupone una posible pérdida como un menoscabo en sus aspectos físicos y psíquicos. (Dryzun, 2006).
Por lo anterior, será importante reflexionar sobre las posibles manifestaciones inconscientes que se presentaron entre los individuos, una vez acontecido este fenómeno natural.
Desde que se gesta la vida, se desarrolla la sensación de contención en el vientre materno que sostiene y alimenta; y da continuidad en el nacimiento, al pecho que calma y nutren de afecto y amor; da continuidad a la madre, que en diversas culturas ha sido el símbolo de sostén y nutrición; quien representa serenidad y alivio. En nuestra cultura prehispánica, representaba el centro de la vida familiar misma, y de la organización social; es una figura importante para la cultura, pues entre sus atributos se muestra la fertilidad; cualidad que comparte con nuestra tierra, la madre tierra, que también ofrece a sus hijos, estabilidad, alimento y protección.
Pero cuando esta madre tierra, no ofrece calma y serenidad; todo se mueve, con el temor de caernos y solo se precisa de esperar, a que la madre vuelva a darnos la firmeza, para volver al equilibrio y sentirnos estables.
En este sentido, Nezahualcóyotl eleva un poema, “Yo, Nezahualcóyotl, lo pregunto: ¿Acaso de veras se vive con raíz en la Tierra? No para siempre en la Tierra: sólo un poco aquí. Aunque sea de jade se quiebra, aunque sea de oro se rompe, aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. No para siempre en la Tierra: sólo un poco aquí.”. (Martínez, 1972).
Por eso, al momento de presentarse estos dos movimientos telúricos que sacudieron todo a nuestro alrededor que parecía firme, como es la tierra, apareció una sensación de desorientación y desorganización a nivel inconsciente, que a muchos paralizó y a otros movilizó; aunque sea de oro o jade, se quiebra.
Entonces literalmente, se movió el piso, la tierra; el continente que nos sostiene; nos falla (Santander, 2011); pues en el instante en que sucedió el terremoto, se reactivaron experiencias tempranas en donde se tuvo la sensación de quedar expuesto ante los impactos de la realidad externa, como un yo incipiente, desorganizado, que de manera momentánea no pudo reaccionar como comúnmente lo haría; debido al tipo de experiencia vivida como frustrante, con angustia de muerte, por lo que una parte de esa angustia fue proyectada en la madre tierra, que se volvió amenazante por el miedo a la retaliación; regresando de momento a una posición esquizoparanoide de Melanie Klein.
Lo anterior, se refiere a todo aquello que no se pudo procesar por la mente en el momento, como una experiencia emocional sin metabolizar, debido a un impacto repentino e inesperado, que no dejó un espacio en donde los pensamientos puedan ser pensados y contenidos, para ser transformados luego, en material para la mente y el estado emocional; en donde los mismos pensamientos, desarrollan su propia capacidad de ser pensados.
En otras palabras, cuando la madre toma la experiencia emocional sin metabolizar (elementos beta) y tiene la capacidad de transformarla en pensamientos adecuados para ser contenidos y pensados por el bebé (elementos alfa); es un ensueño para Bion.
Y al igual que esa madre; la tierra que contiene, da calma y ayuda a transformar las ansiedades, mediante su propia firmeza; es la madre que se pone en sintonía con las necesidades del bebé, para contener todo lo displacentero e intolerable que la sensación de ansiedad le genera, para devolverle pensamientos adecuados que pueda metabolizar y le den estabilidad.
Pero si esa madre continente falla, en sentir lo que necesita el bebé, será incapaz de transformar los elementos beta en alfa, entonces no podrá contener lo intolerable y no podrá interpretar lo que el bebé necesita, originándose una falla en esa relación; en la que el bebé no tendrá calma; entonces al momento de tener la sensación de no contención de la madre, se sentirá completamente expuesto al desamparo, con la sensación de un terror sin nombre.
Y ese terror sin nombre, es la sensación que invadió durante ese sacudimiento, precisamente, debido a esa falta de ensoñación de la madre, de la madre tierra que falla en contener los terrores y darles un significado; en nombrar a ese objeto o a esa situación rechazada; en donde se priva de significado a la experiencia, por lo que se presenta una angustia sin nombre. Angustia, debido a una falla en la madre continente que nos sostiene de forma interna; e indudablemente a una falla en el continente que nos sostiene de manera externa.
Así, cuando se espera, que la madre tierra, asociada a la madre, proteja y sostenga nuestras angustias y calme nuestros temores; ésta se tambalea. (Santander, 2011). Entonces, se tambaleó y nos tambaleo a todos la tierra y en ese sacudimiento aparecieron ciertas manifestaciones inconscientes entre la población; mecanismos que cada individuo actualizó como respuesta a ese impacto por el desastre natural; como regresión, identificación proyectiva, escisión, proyección, formación reactiva, en función comunicativa y; sobre todo, la negación.
Porque se niega; como dice Santander (2006) se niega la existencia y el cambio constante de los fenómenos naturales relacionados con la tierra; como las ininterrumpidas réplicas y el movimiento de las placas tectónicas; así también se niega la vulnerabilidad que sentimos en la tierra, al estar manteniendo un ilusorio de tierra inmutable y de imposibilidad de daño; sin embargo, al sentir que la tierra se mueve, surge en la mente bruscamente, la posibilidad de un “acabo de mundo y exterminio que había estado fuera”.
Es el miedo a la retaliación de haber dañado al cuerpo de la madre; la fantasía de haber atacado al cuerpo de la madre tierra y haberle vaciado sus partes valiosas; ahora se torna en un pecho persecutorio que fue destruido; y lo proyecta con un sacudimiento que causa angustia a sus hijos; porque “…un pecho destruido es un pecho perdido.”.(Bion en Santander, 2006).
Es por esto, que será importante reflexionar sobre las posibles manifestaciones inconscientes que se presentaron en el grupo social, con relación a la aparición de este fenómeno natural.
De esta manera, la sensación de pérdida, para algunos puede surgir como la fantasía de un pecho perdido que producirá escasez; lo que fomentará voracidad en el entorno para su satisfacción; además de miedo a la retaliación por haberlo dañado.
Así, dentro de algunas manifestaciones inconscientes, que se tramitaron como posible consecuencia del despliegue de este terremoto, se menciona a la voracidad, que se pudo observar durante este estado de emergencia en la sociedad, en forma de vandalismo, saqueos a los edificios colapsados; simulaciones de calidad de damnificado para recibir apoyo de instancias públicas; o cualquier otra forma asocial de comportamiento, frente a esta situación extrema de desastre natural; como la fantasía “de un ataque a la madre que posee aquello deseado y se lo guarda para sí” (Santander, 2006); por la ausencia de un estado que lo impida.
De esta forma, Bion plantea supuestos básicos, para explicar que un grupo funciona en muchas oportunidades, con una mentalidad grupal: con una opinión común, unánime y anónima en un momento dado. (Bion en Santander, 2006).
En otras palabras, los supuestos básicos de Bion, podrían también explicar, claramente, los actos ocurridos con posterioridad al fenómeno que se presentó entre la población; al mencionar que en los grupos, se mantienen ciertas creencias emocionales, que los hacen compartir algún tipo de fantasía o de deseo inconsciente; que serán considerados como una necesidad básica dentro del grupo; además de que su funcionamiento tendrá características regresivas.
Por lo que este autor menciona tres supuestos básicos, a saber: Dependencia, la población al percibirse vulnerable por este desastre natural, esperaba contención, organización y ayuda, esperaba ensueño; primero de la madre tierra, que restableciera la estabilidad y luego, del padre-estado, que le brindara protección; sin embargo, cuando el ensueño no llega o se demora, como era el caso en algunas zonas, surgen sentimientos de frustración, abandono e inseguridad; con cierta regresión a estar a cargo de los padres y que la realidad desastrosa solo sea asunto de ellos; pero cuando estos padres niegan la dependencia, se llega al ataque-fuga: derivado de sentirse desprotegido, en peligro de no sobrevivir; entonces los afectados se comportan como si se reunieran para luchar o huir de algo o alguien, lo que provoca una actitud de solidaridad en el grupo y de esperanza; con lo cual se da paso al acoplamiento en donde se fortalece la simpatía entre los miembros del grupo y se solidarizan para apoyar a otros en su necesidad; como es el caso en la sociedad después de este fenómeno natural.
Es importante mencionar, que semanas después de la aparición de este desastre natural, se podía percibir una situación diferente en la ciudad; una situación que no implicaba emergencia, en la que era perceptible cierta tranquilidad, se podía sentir que el tiempo daba paso a la vida habitual; aunque en las calles todavía se observaban algunos refugios de necesitados y algunos inmuebles acordonados, que nos recordaban nuestra vulnerabilidad, pero todavía estamos en el restablecimiento de los daños, de aquello que cambio no solo el paisaje urbano, sino también el aspecto emocional.
Y México sigue adelante. . .
 
Conclusiones
El pasado 19 de septiembre, habitantes de algunos estados de la Republica Mexicana como, Oaxaca, Puebla, Morelos y la Ciudad de México, percibimos dos fuertes movimientos telúricos a los que se denominó “el terremoto”; si no por el elevando número de grados Richter, si por el caos y la destrucción que ocasionaron a una parte de la población del país; que a raíz de estos sacudimientos, sucedieron otros de índole psíquica y emocional, que con posterioridad se volcaron hacia la violencia social que de continuo procedió a este desastre.
Es de considerar, que el entendimiento de lo sucedido, además de apoyar como un propósito elaborativo; cobra relevancia en la comprensión de que en nuestro país ya está presente una historia de movimientos sísmicos, por lo que a la fecha se observa una repetición de eventos traumáticos, que pueden llegar a transmitirse por generaciones en la población; como es el caso de la aparición de dos terremotos en años diferentes, pero en fecha similar, un 19 de septiembre.
Comentarios, vivencias y hasta mitos acerca de estos dos acontecimientos, compartidos entre familias y sobrevivientes; al regresar repentinamente los recuerdos del terremoto de 1985, que durante treinta y dos años se tenían olvidados: escindidos o negados; además de actualizar otros recuerdos de esa misma índole, en relación con el ambiente y la educación vicaria, en que se apoya el desarrollo del psiquismo.
 
Bibliografía

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  • Etim. D. (2017) “Diccionario Etimológico” Recuperado de: http://correctorasdepapel.blogspot.mx/2011/12/etimologia-de-la-palabra-desastre.html
  • Fritz, C.E. (1961) Disaster. En R. K. Merton y R. A. Nisbett (Eds.), Contemporaly Social Problems. New York: Brace and World.
  • Martínez, J. L. (1972) “Nezahualcóyotl” Ed. SEP Setentas.
  • Santander (2011) “Reflexiones psicoanalíticas en torno al terremoto”, Revista de Psicoanálisis (Rev. GPU 2011; 7; 2: 221-226); Asociación Psicoanalítica de Chile (APCH).
  • SSN (2017) “Catálogo del Servicio Sismológico Nacional”, Recuperado de: http://www2.ssn.unam.mx:8080/catalogo/.
  • Sigales, S.R. (2006) “Catástrofe, víctimas y trastornos: hacia una definición en psicología”; UAEM Redalyc.org; Sistema de Información Científica; Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal.

 
Imagen: ilustración “Viva México” de Víctor Solis
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