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Indiferenciación Sexual: la universalidad del patriarcado

11 septiembre, 2018 Posted by SPM-SPP

Por: Paula Gaviria

A principios de octubre del año pasado la revista Time publicó un artículo en el cual varias mujeres acusaban al productor de cine Harvey Weinstein de acoso sexual. A los tres días de que saliera la noticia, la junta directiva lo despidió de su propia compañía, afirmando que ellos no sabían nada sobre dicho comportamiento. Poco después del incidente comenzaron a salir a la luz declaraciones similares en todo Estados Unidos, en las cuales tanto mujeres como hombres acusaban a otros hombres de abuso y acoso sexual. Hombres influyentes en diversas industrias empezaron a caer como piezas de domino uno tras otro. Las reacciones fueron variadas, algunos lo negaron, otros lo reconocieron y pidieron disculpas, unos otros amenazaron con demandar por difamación y no faltó quien utilizara la noticia para exponerse como víctima de su propia flaqueza.

La notica creó toda una revuelta en las redes sociales, éstas se convirtieron en un espacio de denuncia y desahogo. Tanto mujeres como hombres encontraron el valor para relatar situaciones en las que habían sido víctimas de abuso sexual y el agravio que éste les había causado. Utilizando el hashtag #MeToo (yo también), con el propósito de evidenciar a través de testimonios personales la naturaleza extendida del comportamiento misógino. Fue tal el impacto que tuvo el movimiento #MeToo que la revista Time decidió nombrarlo “La persona del año 2017”, tomando en cuenta a aquellas mujeres que “rompieron el silencio” y comenzaron la ola de concienciación y confrontación. El movimiento que comenzó en Estados Unidos se esparció pronto a las redes sociales en otros países, mujeres y hombres de distintas nacionalidades “postearon” sus historias, haciendo que el hashtag y sus variantes fueran tendencia por un par de días. Pero parece que lo único que se extendió fue el hashtag, pues en la gran mayoría de los países las denuncias no tuvieron el mismo impacto fuera de las redes sociales.

Las reacciones frente a las denuncias y el movimiento han sido variadas. Están aquellos que se muestran solidarios, los que lo consideran importante, los que reaccionan con enojo, los optimistas, los que lo critican, los que se espantan, los que lo dan por hecho, los indiferentes y los que deciden ignorarlo. Todos parecen tener una opinión sobre el tema del acoso y el abuso sexual. Éstas, al igual que las reacciones frente al tema también son muy variadas. Hay aquellos que opinan que se debe a la naturaleza sexual del hombre y que es casi inevitable. Los que opinan que es imperdonable y un abuso de poder. No faltan los que opinen que fue la mujer la que lo provocó. Personas que creen que es todo una exageración, y los que al contrario creen que es un problema mucho más grande. Los que dan por hecho que está enraizado en la sociedad. Aquellos que creen que se puede hacer algo al respecto y los que piensan que no se puede hacer nada. Individuos que culpan a uno de los dos sexos y los otros que responsabilizan a ambos. A más de uno la notica le generó sentimientos y opiniones encontrados.

Mi reacción ante la situación en un principio fue similar a la de muchas personas, me enojó, pero no me sorprendió. No me asombró que hombres como Weinstein hubieran abusado de tantas mujeres, tampoco me sorprendió que pasaran 30 años antes de que las primeras acusaciones salieran a la luz. Cuando empezaron a surgir más acusaciones en contra de otros personajes famosos y la lista se fue haciendo cada vez más grande, y en aquella lista fueron apareciendo los nombres de algunos hombres cuyo trabajo y obra admiraba, tuve sentimientos encontrados. Las acusaciones en su contra iban desde el acoso verbal y el chantaje hasta el acoso físico y la violación sexual. Aquellas que los inculpaban por comentarios sexistas, albures o propuestas inapropiadas me parecían exageradas y que hasta cierto punto le restaban importancia a los casos de abuso, me sentía molesta por algunas de las denuncias y de cierta forma avergonzada como mujer. Al mismo tiempo me encontraba frente a un dilema moral, podría seguir reconociendo su talento y apreciando su obra a pesar de sus acciones? O como forma de denuncia y solidaridad con otras mujeres debía de dejar de ver las películas que habían producido o protagonizado estos perpetradores?

Después de discutir estos temas con otras personas y con mi almohada caí en cuenta que no importaba mucho si seguía viendo las películas que produjo Miramax, las que dirigió Woody Allen o las que protagonizaba Louis C.K. Esto no me hacía insensible a las vivencias de otras personas ni fomentaba el abuso, en pocas palabras esto en específico no me hacia una “peor” mujer. Así como dejar de verlas o utilizar el hashtag “MeToo” para compartir una situación de mala conducta por parte de un hombre tampoco me hacía más mujer ni me comprometía con la causa. Al mismo tiempo me percaté de que el hecho de que no fuera víctima de acoso o abuso sexual no me exentaba del problema. Pues el problema en si no es el abuso sexual, el problema es ser mujer en una sociedad dominada por hombres, y de lo que significa “ser mujer” y de este conflicto nadie se libra.

 

Historia de la jerarquía de género  

            Para mantener las redes de cooperación masiva entre los humanos fue necesario crear órdenes imaginarios que dividían a las personas en grupos artificiales, dispuestos en una jerarquía. Ya que, como explica Yuval Noah Harari (2017) en su libro De animales a dioses, los humanos al carecer de un instinto de cooperación tuvieron que inventar relatos que proporcionarán los vínculos sociales necesarios para construir redes de cooperación en masa. Las cuales al ser órdenes imaginados se sustentan en normas sociales que se basan en la creencia de mitos compartidos.

Creemos en un orden particular no porque sea objetivamente cierto, sino porque creer en él nos permite cooperar de manera efectiva y forjar una sociedad mejor. Los órdenes imaginados…son la única manera en que un gran número de humanos pueden cooperar de forma efectiva (Harari, 2017).

Al depender de mitos y no de leyes naturales los órdenes imaginados siempre están en peligro, pues para mantenerlos vivos se requiere de verdaderos creyentes ya que de otra forma desvanecerían. Los creyentes se consiguen de distintas maneras, puede ser por medio de la violencia y la imposición o a través de la educación concienzuda para formar fieles creyentes. Siempre insistiendo en que el orden es una realidad objetiva creada por las leyes de la naturaleza o los grandes dioses, jamás se admite que es imaginado. “Desde que nacen, se les recuerda constantemente los principios del orden imaginado, que se incorpora a todas y cada una de las cosas (Harari, 2017).” De tal manera que para evitar que los individuos se den cuenta que el orden es una ilusión se necesita entretejerlo en la realidad material que nos rodea, modelar los deseos personales desde el nacimiento por los mitos dominantes y por último que sea un orden intersubjetivo que exista en la imaginación compartida de muchos individuos. Logrando que muchos extraños, al creer en los mismos mitos, cooperen entre sí (Harari, 2017).

A través de la historia han existido diversos órdenes imaginados, cada uno con su respectivo principio de jerarquía en los cuales “los niveles superiores gozaban de privilegios y poder, mientras que los inferiores padecían discriminación y opresión (Harari, 2017).” Las distinciones, que se fundamentan en ficciones compartidas, dividen a las personas en categorías por su raza, religión, situación económica, ideología política, condición de libertad, etnia, nacionalidad, casta y sexo. Pues de acuerdo a Harari (2017) “La evolución ha convertido a Homo sapiens, como a otros animales sociales, en un ser xenofóbo. Instintivamente, los sapiens dividen a la humanidad en dos partes: nosotros y ellos.”

En Estados Unidos durante muchos años se tuvo la convicción de que las diferencias entre razas eran biológicas, afirmando que era natural la supremacía de los blancos sobre los negros y los indios, que eran considerados humanos de un tipo inferior. Hitler convenció a una gran parte de la población de varios países europeos de que la raza aria era superior y tenía el potencial de convertir al hombre en superhombre, por lo que era necesario protegerlo de otras razas inferiores como los judíos, gitanos, homosexuales y negros, para que la especie no degenerara en subhumanos. Hoy en día la biología ha demostrado que las diferencias entre las diversas estirpes de la especie humana son mínimas y que no existe en la naturaleza un nosotros “personas”, ellos “apenas humanos”. Aunque la exclusividad étnica ponga énfasis en las diferencias raciales y culturales, “la mayoría de las jerarquías sociopolíticas carecen de una base lógica o biológica: no son más que la perpetuación de acontecimientos aleatorios sostenidos por mitos (Harari, 2017).”

En cuanto a las diferencias entre hombres y mujeres la situación es distinta. A diferencia de otros tipos de jerarquías imaginadas, que varían de una sociedad a otra, la jerarquía de género es “la única que ha sido de importancia suprema en todas las sociedades humanas conocidas…En todas partes la gente se ha dividido en hombres y mujeres (Harari, 2017)”. Siendo los hombres los que en la gran mayoría de los casos han gozado de los privilegios y el poder. Pues sin importar como define una sociedad específica ser “hombre” o ser “mujer”, al ser la mayoría patriarcales, se valora mucho más a los hombres por lo que ser un hombre casi siempre es mejor. ¿Por qué en la mayoría de las sociedades aquellas cualidades consideradas masculinas son más valoradas y los miembros que ejemplifican este ideal más privilegiados? De acuerdo a las investigaciones de Harari ni la historia ni la biología han encontrado la respuesta,

El patriarcado ha sido la norma en casi todas las sociedades agrícolas e industriales y ha resistido tenazmente a los cambios políticos, las revoluciones sociales y las transformaciones económicas…Puesto que el patriarcado es tan universal, no puede ser el producto de algún círculo viciosos que se pusiera en marcha por un acontecimiento casual…Es mucho más probable que, aunque la definición precisa varía de una cultura a otra, exista alguna razón biológica universal por la que casi todas las culturas valoraban más la masculinidad que la feminidad. No sabemos cuál es la verdadera razón (Harari, 2017).

Los humanos se dividen de acuerdo a su sexo en “macho” y “hembra”, al ser esta una categoría biológica que reconoce las diferencias anatómicas la división en dos sexos ha permanecido constante. La división de género en “hombres” y “mujeres” es de acuerdo a una categoría cultural, que asigna papeles masculinos, derecho y deberes a los machos y papeles femeninos, derecho y deberes a las hembras. Al ser “los mitos, y no la biología, los que definen los papeles…el significado de masculinidad y feminidad ha variado enormemente de una sociedad a otra…son (cualidades) intersubjetivas y experimentan cambios constantes (Harari, 2017)”. A pesar de los cambios que han surgido en los últimos años en los roles, derechos y deberes que cada sociedad le asigna a los hombres y mujeres, la brecha de genero sigue siendo significativa, y el dominio de los hombres en todas las esferas de la vida social evidente. ¿Qué es lo que explica la estabilidad y universalidad de este sistema? Citando al mismo Harari (2017) “en la actualidad, no tenemos una respuesta satisfactoria”.

La antropología, al igual que la historia, reconoce la prevalencia del sistema patriarcal y el complejo de supremacía masculina, exponiendo ejemplos que corroboran que a lo largo de la historia ha sido el discurso dominante. Sobre la dominación de los hombres y las mujeres Marvin Harris dice:

…Todos los antropólogos están de acuerdo en rechazar la existencia de cualquier sociedad auténticamente matriarcal… La idea de que los matriarcados existieron alguna vez surge de la confusión entre matrilinealidad y matriarcado. La matrilinealidad no significa que las mujeres inviertan la dominación del hombre en la política y se conviertan en dominantes, tal como implica el concepto de matriarcado. Como máximo…proporciona un mayor grado de igualdad política entre ambos sexos; pero no convierte a la mujer en dominante (Harris, 2013).

Y coincide con Harari al decir que si hay reinas que han gobernado en Europa o África lo hacen porque perteneces a los hombres de su linaje y como detentadoras temporales del poder, son excepciones que confirman la regla. Por su parte Michelle Rosaldo y Louise Lamphere mencionan:

Aunque algunos antropólogos mantengan que hay o ha habido verdaderas sociedades igualitarias…y todos estén de acuerdo en que existen sociedades en las que las mujeres han alcanzado reconocimiento y poder social, ninguno ha observado una sociedad donde a una mujer se le reconozca un poder y autoridad superior a los de los hombres (M. Roslado y L. Lamphere citado en Harris, 2013).

La ausencia de matriarcados es uno de los indicios que sugiere que en la mayoría de las sociedades los hombres tienen una personalidad más dominante y agresiva que las mujeres (Harris, 2013). Otros de estos indicios que refleja diferencias reales de poder es la persistente creencia masculina de la mujer es peligrosa o está contaminada y por lo tanto es inferior. Creencias que forman parte de un sistema que deja a las mujeres en desventaja al no capacitarlas para alcanzar una autonomía o un equilibrio de poder privándoles el acceso a los recursos estratégicos, por lo que los hombres gozan de la ventaja en términos de poder (Harris, 2013). Sin embargo, los conocimientos obtenidos del estudio de los individuos que viven en una determinada cultura no se pueden considerar representativos de la conducta sexual humana en general. Puesto que lo que se considera masculino y femenino y la forma en la que se educa a los individuos a actuar y pensar de acuerdo a las cualidades asociadas a cada género varia de una sociedad a otra, manifestando una enorme variación cultural. “La anatomía no es el destino. Es la cultura la que determina cómo se han de usar las diferencias anatómicas entre machos y hembras en la definición de la masculinidad y la feminidad (Harris, 2013).”

A diferencia de la antropología, la biología y la historia el psicoanálisis freudiano subraya el papel de los instintos y la anatomía en la formación de una personalidad “masculina” y una “femenina”. Y se podría decir que por estas diferencias sexuales atribuye que el patriarcado sea la norma en casi todas las sociedades y que resista tenazmente a los cambios. Puesto que “las características anatómicas y los roles reproductivos masculinos y femeninos predestinan a hombres y mujeres a tener personalidades fundamentalmente diferentes: los hombres a ser más “masculinos” (activos, agresivos y violentos) y las mujeres a ser más femeninas (pasivas, débiles y sumisas) (Harris, 2013)”. Son las diferencias anatómicas las que conceden un rol más dominante a los hombres que a las mujeres en la sociedad.

Con el mito de Tótem y Tabú (1913) Freud intenta explicar los orígenes de la vida social y los vínculos que mantienen unidos a los hombres. Para él este es el mito compartido que nos permite cooperar de manera efectiva y forjar una sociedad estable entre los humanos. Según Freud existe un conflicto universal, traumático e inevitable que se produce en los hombres antes de la pubertad (Harris, 2013). Este conflicto, mejor conocido como Conflicto de Edipo, es el que instaura las leyes del totemismo y la exogamia en la sociedad. Y tiene su origen en rivalidades y celos sexuales entre generaciones sucesivas de machos, en específico de la relación entre el padre y los hijos, que entran en competencia para dominar a la misma mujer, la madre. Por lo que para evitar la violencia entre los hombres de la misma tribu se instaura un acuerdo que prohíbe el incesto y el parricidio. Esto permite la estabilidad social y el desarrollo de la cultura pues crea una igualdad fraternal entre los miembros del grupo por medio de la distribución del poder y de las hembras (Chasseguet-Smirgel, J., David, C., Grunberger, B., Luquet-Parat, C. J., MacDougall, J., & Torok, M., 1999).

Desde la teoría freudiana, utilizando el descubrimiento de la castración, se podría explicar porque en la mayoría de las sociedades aquellas cualidades consideradas masculinas son más valoradas y los miembros que ejemplifican este ideal más privilegiados. “La falta de falo en la mujer desvaloriza a ésta tanto ante los ojos de la niña como ante los del niño, e incluso más tarde ante los del hombre (Freud citado en Chasseguet-Smirgel, 1999)”. Para Freud el no tener pene es lo que condena a la mujer a un posición subyugada frente al hombre, pues ella misma se reconoce en falta, como un ser incompleto, castrado. Y esto la lleva a adoptar actitudes de desprecio por lo femenino y en algunos casos una envidia por lo masculino, una envidia de pene. De esta manera, Freud trataba de fundar la supremacía psicológica de los machos en los hechos inalterables de la anatomía, de ahí el aforismo freudiano: “La anatomía es destino” (Harris, 2013). Cabe mencionar que aunque Freud atribuye la pasividad a la feminidad por el desarrollo sexual de la niña, también reconoce la influencia de la organización social, que también tiende a colocar a las mujeres en situaciones pasivas.

Para Freud la diferencia existente entre los efectos del complejo de castración en los sexos, se debe a las diferencias anatómicas. Explicando que hasta antes del descubrimiento de la castración la niña “es un niño” por lo que ambos sexos ignoran las diferencias anatómicas y creen que todos los individuos tienen un pene. Es después de reconocer el hecho de su castración que la niña reconoce la superioridad del hombre y desprecia a la madre castrada y a la feminidad en general. El niño por su parte reacciona horrorizado porque teme su propia castración y con un “desprecio triunfante” ante la niña por sí tener él el pene. Uno de los residuos del complejo de castración en el hombre será el de la depreciación de la mujer, en cuanto a ser castrado (Balsam, 2012). Freud (citado en Chasseguet-Smirgel, 1999) piensa que numerosos rasgos de carácter o comportamientos femeninos están relacionados con su “inferioridad natural, “el defecto de sus órganos genitales y “la necesidad de superarlos o esconderlos”.

 

Pares antagonistas hombre-mujer

Desde los principios del psicoanálisis hasta la fecha han existido diversas opiniones sobre la sexualidad femenina y la sexualidad masculina que pretenden explicar tanto el desarrollo de los individuos como su papel dentro de la sociedad. Unas de ellas entroncadas con las de Freud y otras opuestas. Aquellas que coinciden con los descubrimientos de Freud comparten el traumatismo ante la castración, la bisexualidad femenina como algo constitucional y los pares antagonistas pasivo-activo, fálico-castrado y feminidad-masculinidad (Balsam, 2012). Atribuyendo la actitud pasiva en la mujer a la falta de pene, y valorando lo masculino sobre lo femenino por esta misma falta, rebajando a las mujeres y condenándolas a un papel subordinado frente al hombre como parte de su naturaleza femenina (Harris, 2013).

 

Las teorías que son contrarias a las de Freud creen que “la niña desde el principio es más femenina que masculina, más centrada en el interior de su propio cuerpo que en el exterior (E. Jones citado en Chasseguet-Smirgel, 1999)”, reconociendo desde una temprana edad la existencia de la vagina. Para estos autores el descubrimiento de la castración no es un evento traumático que la empuja hacia la feminidad, pues conciben a la niña femenina desde el principio y “no suponen que la niña es un niño precipitado en la feminidad por el fracaso de su masculinidad (E. Jones citado en Chasseguet-Smirgel, 1999)” o falta de pene. Por lo que el desprecio y resentimiento de la niña frente a su madre no está relacionado únicamente al hecho de que no le dio un pene, sino también a que la madre guarda en su interior el pene del padre, y la niña desea incorporarlo para tener un hijo. Deseo que es primario y objetal en la mujer y no el deseo imposible de tener un pene con fines narcisistas (Chasseguet-Smirgel, 1999).

Se podría decir que la diferencia primordial entre una teoría y otra es su manera de percibir a la mujer. Los que comparten la teoría de la sexualidad femenina de Freud ven a la mujer como un hombre incompleto. Los pares antagónicos que se crean desde esta perspectiva se establecen en una indiferenciación de sexos que depende de la presencia o no del órgano genital masculino. No se reconoce la diferencia entre los sexos, pues solo hay un sexo que es el sexo masculino. No hay hombres y mujeres, hay hombres y no hombres, individuos con pene e individuos castrados, individuos completos e individuos en falta. Este discurso, como explica Luce Irigaray (Zakin, 2011), es un discurso de indiferenciación sexual, producto del reino patriarcal y el dominio masculino del orden simbólico. En el cual la mujer no es un sujeto en sí, sino un objeto complementario y opuesto.

Aquellos que tienen teorías opuestas a las de Freud respecto a la sexualidad femenina tampoco se salvan de caer en el reino de la indiferenciación sexual, pues a pesar de que afirman “no ver a la mujer como un hombre incompleto”, al igual que Freud están sumergidos en un orden simbólico e imaginario patriarcal. Ya que los atributos que definen como femeninos y su concepción del desarrollo de la sexualidad femenina ha sido definida en referencia a lo masculino, por “una cultura que depende de la idea de un humano genérico (Zakin, 2011)”. De tal forma que los pares antagónicos que establece esta rama del psicoanálisis están moldeados por una convicción de que los sexos son recíprocos y complementarios en sus deseos e identidades, y no toma en cuenta sus diferencias. Lo que se considera femenino es considerado desde lo que imagina el hombre que es la feminidad, aquello que completa al hombre en una aparente armonía entre los sexos.

 

De la indiferenciación sexual a la diferencia sexual

“La idea de que todos los humanos son iguales también es un mito…la idea de igualdad se halla inextricablemente entrelazada con la idea de la creación…pues la evolución se basa en la diferencia, no en la igualdad (Harari, 2017).” De acuerdo a Irigaray (citada en Zakin, 2011) esta idea de la igualdad es una ilusión del patriarcado, que asume únicamente la existencia de un sujeto y establece un orden natural de la singularidad, de lo masculino. Esta idea de igualdad es similar al mito judeocristiana que dice que todos los seres humanos estamos hechos a la imagen y semejanza del creador, el creador siendo un hombre. Por lo que de acuerdo a esta teoría la igualdad niega las diferencias entre los sexos y sustenta las relaciones de dominio y subordinación característicos de la sociedad, la política, la historia, la literatura, el lenguaje y la ley.

A diferencia de la idea generalizada que se tiene de que para romper con estas relaciones de subyugadores y oprimidos entre hombres y mujeres es necesaria la igualdad, Irigaray dice lo contrario: es necesaria la diferencia sexual. Ella percibe la diferencia sexual como una práctica y un proceso cultural que debemos alentar como sociedad, pues toma en cuenta la propia división de la naturaleza, su diferenciación sexual inmanente (Zakin, 2011). La diferenciación sexual reconoce a la mujer como un sujeto distinto, no un complemento ni una copia mal hecha del hombre, le permite pasar de su condición de objeto entre las relaciones de sujetos masculinos a un sujeto autónomo.

Luce Irigaray crítica la obra de Freud por ser indiferente a las diferencias de sexo y ejemplifica como es que esta indiferencia está presente no solo en su concepción sobre la sexualidad femenina, sino también en su concepción del desarrollo sexual de los humanos en general. Utilizando el mito de Tótem y Tabú, Irigaray, demuestra que de acuerdo a Freud, para tener una sociedad estable y desarrollar la cultura son necesarias las relaciones entre los hombres, al ser el macho el sujeto sexual. Las mujeres únicamente representan los objetos que definen y alteran estas relaciones fraternales entre los sujetos sexuales, al ser objeto de deseo pero también de discordia. Esto, de acuerdo a la autora, no se debe al parricidio si no a un matricidio y la supresión del linaje materno. “Al reprimir la dependencia de lo maternal en el origen de la vida, la masculinidad es reconocida como “originaria”, aquello del cual la diferenciación procede (Irigaray citada en Zakin, 2011)”. Al excluir la dependencia materna del complejo de Edipo, se reconoce únicamente el linaje paterno y por ende:

Mientras que el nacimiento natural se ha asignado a la maternidad el nacimiento cultural se ha asignado a la paternidad, equiparando a la mujer-madre con cuerpo y al hombre-padre con el lenguaje y la ley, relegando los procesos corporales del parto (maternidad) a la naturaleza muda y dándole valor al proceso simbólico de legitimación (paternidad) como constitutivo de la civilización. La subjetividad humana ha sido masculinizada, mientras que la carne humana ha sido tanto feminizada como animalizada (Irigaray citada en Zakin, 2011).

Al reprimir la genealogía materna, las esferas social y política se han basado en el linaje entre padres e hijos y sus vínculos fraternales, la explotación de las mujeres no es un fenómeno que sucede dentro del orden social, es más bien su base y su premisa. Asignando la universalidad y ciudadanía a los hombres y prestando a las mujeres como objetos de su deseo e intercambio, medio por el cual establecen sus alianzas. Este linaje apoya las relaciones verticales y horizontales entre hombres pero ignora las relaciones entre mujeres, dejándolas sin una representación propia por medio del lenguaje y por ende una representación en cuerpo como sujetos autónomos en la política (Zakin, 2011).

 

Conclusiones

Tomando en cuenta la teoría de la indiferenciación sexual para explicar la estabilidad y universalidad del sistema patriarcal a lo largo de la historia, podemos comprender las definiciones de masculinidad y feminidad contemporáneas y cómo la concepción de cada una a pesar de las variaciones que han experimentado en las últimas décadas, siguen siendo definiciones del orden simbólico e imaginario patriarcal. Por lo que desde esta teoría aquello que percibimos las mujeres como brechas conquistadas entre la jerarquía de sexos, no son más que ilusiones sociales de la igualdad de sexos que perpetúan el discurso patriarcal. De acuerdo a Irigaray (citada en Zakin, 2011) no hay tal cosa como la igualdad, ya que ésta solo puede significar igualdad al hombre. Y esto no hace de la mujer un sujeto ni un ciudadano como tal, esta idea de igualdad y los derechos que ésta le concede a la mujer solo se pueden obtener al ser como los hombres, aceptando la premisa de la neutralidad individual que propone la ideología liberal.

Tanto la igualdad como los derechos a la ciudadanía, en lugar de resolver la paradoja del dominio de la jerarquía de sexos, reafirman la imagen de la mujer como un hombre en falta, incompleto y la constitución de la feminidad como lo complementario de lo masculino. Pues la igualdad solo reconoce un sexo y un género. Esto en lugar de distinguir a la mujer como un sujeto autónomo desde la alteridad, en su condición o capacidad de ser otro o distinto, la coloca en una situación de opuesto frente a lo masculino, un otro modelado de lo mismo, un no-hombre. “Afirmar la diferencia de sexos no significa afirmar los rasgos femeninos que se la han adjudicado a las mujeres, pues estos están definidos de acuerdo a la indiferenciación sexual y por ende solo se entienden en referencia a los hombres (Zakin, 2011).” La diferencia sexual es algo que aún necesita promoverse y es tarea de tanto mujeres como hombres el promover la dualidad y no la igualdad.

La teoría de la diferencia sexual de Luce Irigaray a momentos puede sonar muy teórica y poco práctica, como una ilusión más, que no tiene una aplicación real en el mundo externo ni interno. Bajo la premisa de que todos estamos sumergidos desde que nacemos en un mundo simbólico masculino no diferenciado, para romper con esto es necesario que se prueben nuevas formas de expresión femenina. Ya que tanto el lenguaje como nuestras ideas son parte de este orden simbólico y para romper con él las mujeres tenemos la tarea de definirnos como sujetos apartándonos del mismo discurso indiferenciado (Zakin, 2011). Creo que es importante retomarla como psicoanalistas así como individuos, y cuestionar nuestros propios mitos y creencias respecto a lo que es masculino y femenino. Y percatarnos qué tanto están influenciadas por un discurso patriarcal y los descubrimientos de las ciencias sexistas que obedecen al mismo, desde las cuales se percibe a la mujer como un objeto. Como un objeto de estudio, de deseo, de discordia, más que como un sujeto.

Esto se puede lograr analizando nuestras concepciones de sexo y género, escuchando los relatos de las mujeres y niñas que llegan al consultorio con un oído fresco. Poniendo atención a su discurso verbal y físico, prestando atención a su cuerpo, a lo que expresan de él y con él (Balsam, 2012). Pues tal vez de esta manera se logre darle una voz diferente a la mujer, no complementaria, sino una voz propia que tome en cuenta todo su ser, para definir lo que es femenino y reconocerse como un sujeto sexual. De tal manera que sean las mujeres las que definan sus deseos y no sean estos el reflejo del deseo de los hombres. Ayudarla a encontrar una voz propia, distinta a lo que se ha dicho de ella y de lo que de ella se espera, que le permita hablar por si misma y definirse a través de su propio discurso.

Como dice Harari (2017), “No hay manera de salir del orden imaginado…De ahí se sigue que para cambiar un orden imaginado existente, hemos de creer primero en un orden imaginado alternativo.” Este orden de la ética de las diferencias sexuales nos presenta un orden alternativo al del patriarcado, en el que no hay dominio de un sexo sobre el otro, pues ambos son sujetos diferenciados:

La idea de un entre-dos no significa un único camino que compartan los dos, sino más bien, tomando en cuenta y sumado al valor de una identidad sexual femenina específica y una identidad sexual masculina específica, el camino ético de una relación intersubjetiva que permita apreciarse y valorarse el uno al otro. Como la idea de entre-dos tiene como premisa el ser-dos (diferenciados de manera individual), es a través de cultivar y conservar éstas diferencias sexuales que vamos a encontrar la posibilidad de una relación sexual ética, una ética de las diferencias sexuales (Irigaray citada en Zakin, 2011).

Sin importar cuales sean los mitos que fundaron la supremacía masculina y el patriarcado como discurso dominante en un inicio. Creo que para poder terminar con los Harvey Weinsteins y el maltrato y el abuso contra la mujer es necesario plantear un orden alterno. Pues la historia demuestra que la única jerarquía que se mantiene inmune al cambio es la jerarquía de sexos, con sus tonos y matices de una sociedad y época a otra. Y que la ilusión de ser reconocidas como ciudadanas en este orden no diferenciado, no es más que una ilusión. Ya que al no reconocer la diferencia nuestros deseos y necesidades son aquellas que nos han asignado otros, ya sea por miedo, por ignorancia o por costumbre. Y acabamos peleando por nuestros derechos en un mundo de hombres, en el cual de entrada vamos por el bronce, pues no somos hombres. Si la naturaleza reconoce esta diferenciación entre mujeres y hombres, porqué nosotros no?

 

Bibliografía

  • Balsam, R.M. (2012). Women´s Bodies in Psychoanalysis. Londres: Routledge.
  • Chasseguet-Smirgel, J., David, C., Grunberger, B., Luquet-Parat, C. J., MacDougall, J., & Torok, (1999). La Sexualidad Femenina. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva.
  • Harari, Y. N. (2017). De animales a dioses: breve historia de la humanidad. Mexico: Penguin Random House.
  • Harris, M. (2013). Antropología cultural. Madrid: Alianza editorial.
  • Zakin, E. (2011) Psychoanalytic Feminism. The Stanford Encyclopedia of Philosophy. (Verano 2011). https://plato.stanford.edu/archives/sum2011/entries/feminism-psychoanalysis/.

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