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Burnout o Síndrome del Quemado

13 septiembre, 2017 Posted by SPM

burn-1-1521979Por: Rocío Valencia

Mi trabajo como psicoanalista, tanto en la consulta privada como en la intervención hospitalaria con pacientes quirúrgicos graves, con cáncer, con síndrome de estrés postraumático, etcétera, así como en el trabajo interdisciplinario con médicos especialistas, personal de enfermería, etc. me llevó a pensar en la importancia de detectar el síndrome de burnout o síndrome del quemado tanto en las instituciones de salud como en el trabajo analítico. En términos generales suele ocurrir que el síndrome del burnout no es atendido, ni diagnosticado a pesar de las graves repercusiones que esto conlleva tanto en el profesional de la salud, como en los pacientes y las diversas instituciones de salud pública y privada.

El burnout o síndrome del quemado es considerado desde el año 2000 por La Organización Mundial de la Salud (OMS) como un riesgo laboral de carácter psicosocial, causante principal del deterioro de las condiciones de trabajo y fuente de múltiples problemas como la accidentabilidad, ausentismo, incapacidad temporal, enfermedad, sólo por mencionar algunos. Además, es considerado como una dolencia psíquica de gran importancia, por lo que el diagnóstico oportuno es prioritario para su prevención e intervención y el buen funcionamiento del sistema de salud y del profesional de la salud (Gil-Monte, 2000).

Pero ¿qué es el síndrome del burnout y qué lo provoca? El síndome del burnout fue descrito por primera vez por H. B. Bradley (1969 en Martinez, P., A., 2010), el cual fue usado como metáfora de un fenómeno psicosocial presente en los oficiales de policía de libertad condicional. Posteriormente, Herbert Freudenberger (1974), desarrolló el término describiendo aquellos estados físicos y psicológicos que tanto él como otros colegas sufrían al trabajar con jóvenes drogadictos.

 

“… deterioro y cansancio excesivo y progresivo unido a una reducción drástica de energía… acompañado a menudo de una pérdida de motivación… que a lo largo del tiempo afecta las actitudes, modales y el comportamiento general”.

Freudenberger (1998).

Finalmente, la psicóloga social Maslach Christina (1976), lo define como un síndrome tridimensional compuesto de variables: a) Actitudinales como despersonalización, distanciamiento afectivo, irritabilidad, atención selectiva, ironía; b) Emocionales como: agotamiento físico, cansancio, fatiga física y psíquica. Sensación de no poder dar más de sí mismo a los demás, y finalmente c) Cognitivo-aptitudinales como una baja realización personal con sentimiento de pérdida de prestigio o reconocimiento social, pérdida de autoestima. Aunado a ello también se desarrollan varios modelos explicativos para abordar la etiología y las consecuencias del burnout entre ellos: a) El modelo desarrollado en el marco de la teoría socio-cognitiva del yo; b) El modelo elaborado desde las teorías del intercambio social y; c) El modelo elaborado desde la teoría organizacional. Mismos en los cuales no profundizaré ya que no es el fin de éste trabajo.

A pesar de ser considerado el burnout una forma de enfermedad mental por la OMS, nos encontramos aún con dificultades en su definición, por ejemplo, aún no es reconocido como tal en el DSM. Además, la Clasificación Internacional de enfermedades lo ubica dentro del apartado asociado a problemas relacionados con el manejo de las dificultades de la vida y el ICE-10 (ICE-10 en Martínez, P. A., 2010) lo asocia con el síndrome de neurastenia.

Sin embargo, parece que todos coinciden en que el síndrome del burnout es un padecimiento que consiste en la presencia de una respuesta prolongada de estrés en el organismo ante factores estresantes emocionales e interpersonales que se presentan en el trabajo y que incluyen fatiga crónica, ineficacia, agotamiento emocional y negación de lo ocurrido. Pero es importante no confundirlo con el estrés psicológico, ya que el burnout implica una respuesta a fuentes de estrés crónico generado por una relación laboral ya sea la relación profesional-paciente y/o la relación profesional-organización.

Según la OMS entre las causas que provocan el burnout se encuentra la falta de éxitos terapéuticos, el progreso observable en los pacientes, el descuido institucional de las necesidades del paciente a favor de las necesidades administrativas, financieras, burocráticas y legales, los inadecuados sistemas de promoción que afectan el prestigio social, falsos liderazgos, falta de interacción social ya que el profesional se aísla de sus vínculos personales y de sus colegas, y finalmente la falta de apoyo entre los miembros de un equipo.

 

Además el continuo contacto con personas gravemente enfermas, pacientes terminales, y con los familiares de éstos genera intensos sentimientos de amor, tristeza, miedo, duelo que se dan de forma repetitiva. Y a su vez aunado a la sobrecarga de trabajo, falta de tiempo, de personal, de material y a la frustración al no percibir los resultados que se esperaban, generando sentimientos de negativismo que finalmente lleva a experimentar síntomas físicos y psicológicos del burnout.

 

Dentro de los síntomas fisiológicos más comunes se presenta el agotamiento físico, fatiga, resfríos/gripes, alteraciones del apetito, contracturas musculares, cefaleas, taquicardia, hipertensión, disfunciones sexuales, insomnio, trastornos gastrointestinales, úlceras, etc.

 

En el aspecto emocional y psicológico suele presentarse ansiedad, irritabilidad y enojo excesivo, rasgos depresivos, labilidad emocional, tristeza/desesperanza, actitudes rígidas e inflexibles, sentimiento de frustración laboral, sentimiento de despersonalización. Y finalmente esto se manifiesta en conductas tales como hostilidad, impulsividad, incapacidad de concentrarse en el trabajo, contacto mínimo con los pacientes, culpar a los pacientes de los padecimientos personales, aumento de relaciones conflictivas, llegadas tarde, salidas anticipadas, distanciamiento recurrente del área del trabajo, aumento del ausentismo, actitud cínica, aumento del consumo de café, alcohol, cigarrillos, psicofármacos, etc. De tal manera que todos estos síntomas pueden presentarse de una forma leve, moderada, grave o extrema.

 

Por lo tanto, el síndrome del burnout o del quemado es susceptible de ocurrir en todo profesionista que trabaja en un entorno de gran intensidad emocional, exigiendo un alto grado de conciencia afectiva y control, empatía y tolerancia a la incertidumbre como lo es el psicoanálisis. Por lo que desde el punto de vista de la intervención tenemos que considerar los problemas que se presentan en el mantenimiento de la eficacia terapéutica psicoanalítica durante la vida profesional. Dicha eficacia según Cooper (1986) se encuentra sujeta a emociones paradójicas y demandas caracterológicas que no son compensadas por las usuales gratificaciones disponibles en otras profesiones de la salud.

 

El ejercicio de la psicoterapia o del psicoanálisis es un ejercicio sin fin en la paradoja. Es decir, el psicoanalista requiere mantener al mismo tiempo actitudes y formas de pensar opuestas, y pierde eficacia terapéutica si la paradoja o acto de equilibrio no se puede mantener.

 

Pero ¿en qué consiste la actitud paradójica en el análisis? Por un lado nos referimos al fervor terapéutico indispensable como la empatía, y por el otro a la distancia terapéutica. Y es que es frecuente que cuando nos iniciamos como analistas comenzamos con un exceso de fervor o furor curandis y que podría transformarse y llegar en la última parte de la carrera o del mismo análisis de un paciente hasta el nihilismo terapéutico. Ambos extremos son graves obstáculos para la eficacia terapéutica y justo la tarea consistiría en ampliar el período de más o menos un equilibrio ideal. Y es que en el excesivo furor terapéutico, los fracasos del paciente se convierten en fracasos personales para el analista, generándole profundos sentimientos de frustración, tristeza e impotencia (burnout); lo cual a su vez contribuye a una irresistible tentación inconsciente por parte del paciente por ejercer su control sobre el analista y “torturarlo” por todos los viejos crímenes reales o imaginarios dirigidos hacia sus padres creándose así un impasse o un callejón sin salida en el tratamiento analítico.

La importancia del equilibrio entre el furor terapéutico y la distancia, forma una parte fundamental y necesaria en la relación analista-paciente. La eficacia terapéutica requiere de empatía, optimismo y dedicación del analista con su paciente, pero su implicación emocional debe ser limitada. Es decir, él analista hará su mayor esfuerzo para ayudar al paciente, pero si el paciente no desea hacer un cambio y no se esfuerza y se interrumpe el análisis, el analista podrá ponerse triste, examinará su responsabilidad en el fracaso, incluso podrá llorar, pero nunca se sentirá como si fuera un hijo que ha perdido. El paciente representa un paciente más, el analista puede seguir haciendo su trabajo, tal vez de manera temporal más triste y de forma permanente más prudente.

 

Puesto que el análisis no siempre es gratificante, ya sea inmediatamente o a largo plazo, nos enfrentamos con los peligros de desánimo terapéutico o la desilusión, los cuales se producen con frecuencia. Puede ocurrir que el analista deje de creer en la eficacia de sus métodos, o que se aburra con su paciente, que ya no escuche con atención, que olvide una sesión, termine antes de tiempo, por mencionar algunas. Todas estas situaciones dejan de proporcionar los elementos básicos necesarios para un tratamiento óptimo.
La sugerencia de que la eficacia terapéutica óptima depende del mantenimiento de una postura que incluye tanto el furor y la distancia, tanto la devoción al paciente y la exclusión del paciente de la vida personal, lleva a la conclusión evidente que esta postura óptima será difícil de mantener (Cooper, 1986).

 

Esta es la paradoja a la cual se enfrenta el analista, la profunda empatía y desapego emocional, de la responsabilidad compartida entre el paciente y el analista, de la persistencia terapéutica y la voluntad de dejar ir, es estos difíciles equilibrios que dan lugar a apropiarse de la modestia terapéutica, da pauta de lo difícil que es para nosotros mantener un equilibrio óptimo como analistas.
Por lo que uno de los factores fundamentales en la relación analítica es el análisis del propio analista, el cual le va a permitir ser consciente de su rango de respuesta ante los pacientes e incluso de si lo puede o no cambiar. El analista tiene la obligación de conocer lo que le enoja, lo asusta, lo seduce, lo que pone de manifiesto su sadismo y lo que adormece su interés, etc.

 

Es bien sabido que algunos analistas somos incapaces de retener a ciertos tipos de pacientes en tratamiento, algunos odian tratar con la manipulación y seducción de pacientes histriónicos o con el tedio de los obsesivos. Situación que nos lleva a pensar sobre si esto es una parte caracterológica del analista o una falta de formación por parte del analista.

 

Waelder (1960, en Cooper, 1986) señaló la imposibilidad de análisis para ciertos tipos pacientes cuando el yo ideal del analista y el ideal del yo del paciente estaban demasiado distanciados, ya que es fundamental que se encuentren puntos de contacto empáticos entre analista y paciente. Sin embargo, también surge un sistema de valores del analista que es ampliamente compartido culturalmente y que quizá no tenga que ver únicamente con un problema de formación, por ejemplo hay más probabilidades de empatizar con una histeria que con un pedófilo, por mencionar alguno.

 

Finalmente, Cooper (1986) mencionó algunas de las limitaciones terapéuticas para que se produzca el burnout:

 

  1. Limitaciones del carácter del analista como sus valores, atributos, el que sea empático, benévolo, confiable, firme, analítico, flexible, etc. Claramente no podemos tratar a los pacientes que no nos gustan y a con los que empatizamos demasiado.

 

La situación analítica está construida de tal manera que la seguridad del analista está garantizada, no necesitamos responder a las preguntas embarazosas, no tenemos que hablar cuando se nos habla, es decir, nuestra peculiaridad está oculta detrás de nuestra técnica. Sin embargo cualquier análisis de largo plazo revelará el carácter del analista al paciente y emergerá una transferencia entre la observación correcta del paciente de nuestro carácter y su distorsión de esa observación. Con lo cual tenemos que ser capaces de reconocer, al menos para nosotros, la exactitud de la observación del paciente para señalar de manera más eficaz sus distorsiones.

 

  1. El sistema de valores de un analista está normalmente relacionado con su carácter, pero si estos valores no están claros para el analista pueden ser fuente de dificultades terapéuticas, falta de neutralidad, enactments, etc.

 

  1. El carácter del analista se refiere inevitablemente a su versión de la teoría psicoanalítica, los analistas elegimos la teoría que mejor se adapte a nuestro carácter y sistema de valores. Por lo que es deseable que sepamos como cada teoría nos puede limitar en alguna dirección.

 

  1. La regla de la neutralidad técnica, en la que el analista mantiene una posición equidistante de ego, y superyó. Un ejemplo de esto último es que la situación analítica requiere el uso del diván, al respecto Fairbairn (1958, en Cooper, A. M. 1986) mencionó que el uso del diván representaba una reproducción del trauma infantil de la separación materna y la privación y, por lo tanto, su uso no era técnicamente neutro. El peligro aquí radicaría en que no todas las posturas eóricas se adaptan a todo paciente.
  2. Finalmente, el estilo terapéutico en el cual se integra el carácter, la teoría, los valores, las normas, y la experiencia. El peligro en el estilo terapéutico puede implicar que se presenten problemas graves como una contratransferencia negativa, por ejemplo que el analista no tolere la dura crítica del paciente a su estilo terapéutico, o que el analista se sienta criticado por algún paciente capaz copiar o burlarse de los rasgos y características propias del analista, etc. O bien, cuando el estilo personal del analista es congruente con un aspecto traumático de las dificultades del paciente y la realización de un trauma del pasado se vuelve tan intenso que las oportunidades para el análisis de la misma son una grave discapacidad. Por lo que si existen poderosos sentimientos negativos hacia el analista que no pueden ser comprendidos y moderados dentro de unas pocas sesiones se sugeriría canalizar al paciente otro analista con el que se sienta más cómodo.

 

Conclusiones

 

El síndrome del burnout o síndrome del quemado genera graves problemas tanto a los profesionales de la salud, a los pacientes y a las Instituciones de Salud, por lo que se vuelve necesario su diagnóstico, intervención y tratamiento en dicha enfermedad.   En el psicoanálisis, por ejemplo, implica muchas paradojas, en el cual el analista debe mantener en equilibrio, sobre todo mediante su propio análisis y su formación como analista. Además, debido a lo solitario de nuestra profesión como analistas deberíamos intensificar y revalorizar las relaciones personales y familiares, planificar y desarrollar actividades de ocio y sociales, tener tiempo para hacer ejercicio y espacio para el juego, la recreación y las vacaciones con el fin de no presentar el burnout.

 

De esta manera nos será más fácil llevar nuestra tarea como lo señaló Cooper (1986):

 

Mantener el fervor y la distancia terapéutica; la fe en nuestras teorías y una actitud experimental; debemos ser firmes en nuestro carácter y flexibles en nuestro enfoque terapéutico, así como creer en nuestra eficacia terapéutica y estar preparados para admitir la derrota terapéutica y para sugerir que alguien más podría hacer mejor el trabajo. Y Finalmente, debemos obtener la satisfacción del trabajo.

 

Bibliografía

  • Cooper, A.M. (1986). Some Limitations on Therapeutic Effectiveness: The “Burnout Syndrome” in Psychoanalysts. Q., 55:576-598.
  • Díaz, Pérez, C. (2012). Síndrome de Quemazón “Burnout” en el personal de salud. EDIC College División de Educación Continua. http://www.ediccollege.com/pdf/EducacionContinuaPDF/MODULOS_TABLA_DE_HORAS_APROBADAS_POR_Gil, P. R. (2001). El síndrome de quemarse por el trabajo (síndrome de burnout): aproximaciones teóricas para su explicación y recomendaciones para la intervención. PsicoPediaHoy, 3(5). http://psicopediahoy.com/burnout-teoria-intervencion/
  • Freudenberger, H. (1998). “Stress and Burnout and their implication in the Work Environment”. En Gil, P.R. (2001).
  • Gil-Monte, P. R. (2000). Aproximaciones psicosociales y estudios diagnósticos sobre el síndrome de quemarse por el trabajo (burnout). Monográfico, Revista de Psicología del Trabajo y de las Organizaciones,16(2):101-102.
  • Maslach, C. (1976). Burned-out. Human Behavior, 9 (5), 16-22.
  • Organización Mundial de la Salud (OMS). CIE-10. Décima revisión de la clasificación internacional de las enfermedades. División de salud mental. Ginebra. (Ed. Esp de Meditor). Madrid. 1992. 63-84.

 

 

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