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Algunas consideraciones sobre “el padre muerto”

24 septiembre, 2018 Posted by SPM-SPP

Por: Rocío Valencia

El concepto del padre muerto me generó un gran interés ya que con base en mi experiencia como psicoanalista, he visto que la figura paterna es un factor fundamental en el desarrollo psíquico del paciente. En algunos casos he detectado que cuando el padre de mis pacientes sufre una terrible herida narcisista como la pérdida de trabajo, pérdida de la salud, de status, un enredo amoroso, pérdida de un hijo amado, y sucumbe a una gran depresión en la cual se queda inmerso, disminuye considerablemente el interés por su hijo(a), quién vive tal situación con un gran dolor, generándole intensos sentimientos ambivalentes de rabia, abandono, soledad y tristeza, los cuales los manifiestan a través de depresión, intentos de suicidio, desesperanza, conductas autolesivas, adicciones y problemas serios para vincularse de manera significativa con los demás. Éste padre al que me refiero se presenta como un “padre muerto”, es decir se encuentra “ausente” pero “presente” al mismo tiempo, afectando severamente el psiquismo de los hijos.

En el pasado Congreso Internacional de Psicoanálisis en Buenos Aires Argentina, se presentó un trabajo titulado “The Missing Father in Psychoanilytic tecnique: An obstacle to mature intimacy”. Título que sugiere a un padre que por su ausencia no ejerce la función paterna de separar la díada madre-hijo, para que éste último devenga como sujeto independiente con posibilidades para vincularse con los demás, un padre ausente que al no ejercer su función obstaculiza las capacidades del sujeto para intimar, para vincularse en relaciones maduras, para amar.

El padre ausente inmediatamente me evocó el término del padre muerto que mencionó Green en su artículo de “la madre muerta” (1980), fue entonces cuando comencé a cuestionarme si de alguna forma podríamos pensar si ¿Existe un “padre muerto” similar al concepto que desarrolló André Green sobre “la madre muerta”?… ¿Qué efectos tendría “un padre muerto” en el psiquismo del sujeto? ¿Será igualmente de relevante?… ¿El concepto del padre muerto se podría pensar pre-edípico, edípico y pos-edipico?… son algunas de las muchas preguntas que comenzaron a invadir mi pensamiento, pero el pensar en un padre muerto similar al concepto de la madre muerta de André Green sin duda le comenzó a dar más sentido al discurso de mis pacientes, por lo que me di a la tarea de buscar literatura al respecto y aunque no tuve un gran éxito les compartiré lo encontrado.

Antes de proseguir creo importante mencionar conceptos a los que se hará referencia en el texto y que son diferentes, pero que fácilmente podrían confundirse tales como “la muerte o el asesinato del padre”, “el padre ausente” y “el padre muerto” mismos que se irán esclareciendo a lo largo del trabajo.

Jacques Hossoun´s en Orgel (2011) considera que la muerte del padre inaugura el establecimiento de la ley y la diferencia entre las generaciones, piensa que la regulación de la sexualidad es un sacrificio necesario para acceder al orden simbólico y a la cultura. Añade citando a Taylor que “la narrativa del padre simbólico ha organizado la cultura para toda la historia humana” (pág. 184), autores que se refieren a un padre Edípico que impone la ley de prohibición del incesto..

André Green en su artículo sobre “la madre muerta” (1980), hace referencia al padre cuya función fundamental es la génesis del súper yo, la cual fue destacada por Freud en Tótem y Tabú (1913); aquí el autor considera que esta es una postura coherente solo cuando el complejo de Edipo se considera una estructura y no sólo un estadio del desarrollo de la libido (Green, pág. 251). De ahí se derivaron muchos conceptos tales como el Súper yo en la teoría clásica, La ley y Lo simbólico en el pensamiento de Lacaniano y el nombre del padre. Conjunto de términos que están unidos por la referencia a la castración y la sublimación como destino de las pulsiones.

Por su parte, Freud constantemente estuvo preocupado por la muerte del padre, él mismo reconoció en la interpretación de los sueños que “una porción de mi propio autoanálisis, mi reacción a la muerte del padre, es sentido como el evento más importante, la pérdida más conmovedora en la vida del hombre” (en Green, pág. 23). De ahí que Freud hace su primer formulación sobre el complejo de Edipo dando luz a la tragedia de Sófocles, en la cual la muerte del padre es el requerimiento indispensable para que se dé la creación del orden social, misma que prohíbe todo asesinato. Para Freud la muerte del padre da la pauta para la cultura y la historia de la civilización, el cual fue descrito en Tótem y Tabú (1913) y en Moisés y el monoteísmo (1939) siendo el origen para representar o simbolizar al padre, aquí la muerte del padre remite al crimen primitivo de la horda primordial y a la culpa como su consecuencia.

El padre entonces entra como un tercero necesario para separar la diada madre-hijo, Orgel (2011) cita a Green diciendo: “En la mayoría de las condiciones normales, el padre gradualmente interpone su cuerpo entre la madre y el niño y establece una separación física entre ellos.” Agrega diciendo que justo “El placer nacido del contacto corporal” es la razón principal del odio al padre (Orgel, 2011, pág. 41), pero el niño no puede soportar la pérdida del padre debido a la necesidad de su protección, además esta protección es necesaria para limitar la cercanía excesiva a la madre (pág. 44) de ésta forma “el perder a un padre es como el castigo de ser abandonado por Dios y expulsado del Jardín del Edén (madre)” (Idem).

A pesar de esta terrible amenaza de pérdida, el niño, rechaza violentamente esta tercera intervención lo cual equivale al “asesinato temprano del padre”, generándole ambivalencia ya que también el niño necesita de la presencia de su padre por lo que crea la imagen de un padre ausente o desterrado, de tal forma así el niño conserva la alegría de la unión con la madre, y también niega los sentimientos de culpabilidad y el miedo a que el padre pueda desaparecer y pierda su protección. Dichos deseos menciona Orgel (2011) “son superados por medio de la identificación” (pág. 42).   Sin embargo, para que este resultado se produzca y se consolide, el niño necesita una figura paterna que sea un tercero autónomo que pueda comprometer al niño en una lucha satisfactoria y saludable.

Anzieu-Premmereur en Orgel, también describe la importancia que tiene para el niño el movimiento de la madre al padre, y puntualiza que el padre “Abre el camino para que el niño descubra a los demás, sus diferencias de género… la introducción a la terceridad, alejándolo del sistema diádico… El padre es una referencia que le permite al niño pasar de la omnipotencia infantil y narcisista a una identidad como sujeto que puede proporcionar significado y vivir en un mundo social” (pág. 127).

Orgel (2011) también se cuestiona sobre la función que ejerce aquel padre se va, que abandona al hijo y a la madre rehusándose incluso a relacionarse con éstos, y señala éste padre ausente permanece artificialmente pero no internamente, como si la mente del niño permaneciera completamente fuera de contacto con él como una persona existente. Esta es otra figura del padre que Anzieu propone investigar sobre sus implicaciones clínicas como manifestaciones de la persistencia de una omnipotencia materna interna; figura que escapa a nuestro entendimiento porque su construcción parece artificial sin una resonancia interna (Orgel, pág.36). En éste caso el autor afirma que el padre nunca será integrado en el mundo interno y parece permanecer fuera del sí mismo.

Al respecto Green también desarrolla algunas ideas acerca de las consecuencias que tiene un padre real que abandona al niño antes de que éste se haya convertido en un padre, sin embargo Orgel (2011) señala que no queda claro si Green está equiparando al padre ausente con el padre muerto. Y es que en el caso del “padre muerto” es difícil describir el duelo, ya que no se puede tener luto por un objeto que aún está presente, es decir este padre es como un “fantasma de un fantasma”, desencarnado.   El padre muerto ha sido una persona real para el niño y por lo tanto, la reacción de niño es de culpa inconsciente y anhelo por su protección, es “una figura paterna que pudo nunca haber existido…. Ya que era una figura ya muerta” (pág. 187). La experiencia clínica ha demostrado que todos los niños (niños y niñas) buscan con ansia cierta evidencia de tener “un padre vivo”; lo buscan en expresiones de una relación ininterrumpida amorosa, tierna y erótica entre los padres, así como en las fantasías de transferencia triangular. En general estos niños presentan una gran necesidad de identificarse, el propio Green dice: “Hemos tenido que ingresar a un lugar donde no hay límites; un confuso conjunto de hilos mezclados. … Necesitamos un padre que nos muestre el camino… hacia un mundo de relaciones pensables ” (pág. 88).

En mi experiencia esta necesidad de identificarse puede darse con los núcleos congelados de la parte muerta del padre, manifestándose a través de ansiedad, depresión o desesperanza; o bien identificándose con el padre en su parte viva, ejerciendo ellos la función paterna y “ser” ahora ellos el padre que cuida a su propio padre brindándole cuidados y protección. Green en su artículo de la madre muerta (1980) señala que el yo pondrá en práctica una serie de defensas: hará una desinvestidura del objeto (materno) y hará la identificación inconsciente con la madre muerta. Dicha desinvestidura constituye un asesinato psíquico del objeto perpetrado sin odio, otro aspecto de la desinvestidura es la identificación con el objeto en una modalidad primaria permitiendo establecer una reunión con la madre a través de un mimetismo, es decir, como no se puede tener al objeto, el objetivo es seguir poseyéndolo deviniendo él mismo no como él.

Otros autores como Marilia Aisenstein, de la escuela psicosomática, considera que la ausencia del padre y su simbolización también afectan el cuerpo real del niño.

El padre muerto en sí, nos sitúa en el terreno de los problemas de duelo, aunque no hablamos de una muerte real del padre, sino como de la imago constituida en la psique del niño a consecuencia de una depresión paterna, como la madre muerta de André Green (1980); en la cual esta imago transforma brutalmente el objeto vivo en una figura lejana, átona y cuasi inanimada, es una madre muerta que sigue viva, pero que psíquicamente y emocionalmente está muerta ante los ojos del hijo a quien ella cuida. Situación que afecta y compromete fuertemente el futuro libidinal, objetal y narcisista del sujeto (pág. 249).  Si bien Green no habla directamente de trauma, al introducir el concepto del duelo y hablar de fuertes marcas, implícitamente trata de la existencia de traumatismos importantes.

En el ámbito de las relaciones tempranas frecuentemente se hace referencia a elementos traumáticos que afectan el vínculo madre-hijo, así como a la construcción y desarrollo de la estructura psíquica del infante. Un trauma que puede dejar desprotegido al yo, puede ser la pérdida definitiva de un objeto significativo, sin embargo Freud señaló que no necesariamente se requiere la muerte o abandono del ser amado para que se produzcan fuertes distorsiones en el sí mimo del infante.

Ferenczi concuerda con Freud (1937-1939) (en Velasco, K. S., 2006), en la idea de que las heridas narcisistas son resultado del llamado traumatismo primario que daña al yo primitivo, causando deformaciones importantes, producto de escisiones psíquicas que se traducen en la discapacidad y/o discontinuidad para construir adecuadamente al self y a los objetos en el interior del psiquismo, así como para conformar y elaborar pensamientos y afectos en el espacio y en el tiempo.

De esta manera, el trauma sufrido por el padre produce otro trauma en el niño dejando marcas y deficiencias intrapsíquicas en el vínculo padre-hijo. Velasco, K. S (2006) en relación con la madre muerta menciona que cuando el vínculo madre-hijo se encuentra muy perturbado la psique queda poblada de fantasmas persecutorios y personajes grandiosos, el proceso narcisista que interviene en la constitución y dimensionamiento del yo se afecta, se distorsiona y se crea una pseudo estructura psíquica. Lo cual da cabida a que mucho de lo que se viva se integre en el infante como experiencia catastrófica no susceptible de representación en la esfera psíquica. Adicionalmente, este fenómeno denota un apego a lo destructivo que Green refiere como apego a lo negativo y que trasladado a la clínica se observa como un constante brincar de la investidura a la desinvestidura, de la agresión, al masoquismo, etc.

Green (1980) señala que este tipo de pacientes no dejan ver su depresión, sin embargo, el analista percibe conflictos de índole narcisista que se relacionan con la neurosis de carácter y se manifiestan como conflictos en la vida laboral y amorosa. En donde la conflictiva narcisista permanece en primer plano.

En su artículo sobre la madre muerta, Green señala que la depresión materna puede ser producida por la muerte o pérdida real de un objeto amoroso para ella, de una fuerte herida narcisista u otro tipo de infortunio. La cual no es percibida claramente por el infante, ya que se encuentra encriptada. La madre por su parte atiende las necesidades del hijo de forma operativa, pero cae en lo que Green llamó “un pecho falso, producto de un sí mismo materno falso, que nutre a un bebé falso” siguiendo a Winnicott (en Velasco, K. S, 2006).   De esta manera, la madre muerta desinviste al hijo e inviste el vacío, el objeto perdido que gravita alrededor como un fantasma, una ausencia-presente. En la relación se crea un núcleo helado en el centro de la identidad del infante, de ahí que aunque el objeto sea introyectado por el niño como un objeto “total”, su cualidad de espectro –producto de la desinvestidura libidinal- no generará una ambivalencia como tal hacia éste, sino predominará una indiferencia e incapacidad de amar.

La desinvestidura masiva de la madre muerta de André Green genera odio reprimido, mismo que se hace patente a través de exposiciones de angustia ocasionales. Velasco (2006) señala que además de desinvestir al objeto en lo afectivo y en la representación, se hace al mismo tiempo una identificación especular inconsciente con la madre muerta, la cual se caracteriza por un agujero en las redes con el vínculo materno, que posteriormente se repetirá en la intimidad de otras relaciones emocionales. No habrá simpatía, sino mimetismo y no se introyectarán a los objetos en el yo, sino éstos permanecerán en la órbita o frontera del sí mismo.

Finalmente, la interacción madre-hijo a decir de Green, estará marcada por los colores del duelo: el blanco y el negro. Negro como la rabia y el odio en una depresión grave, consecuencia de una angustia blanca como la representación de los estados de vacío, de pérdida. Angustia o psicosis blanca experimentada por la pérdida narcisista. Lo paradógico es que la imago de la madre muerta se mantiene, está ahí y nunca acaba de morir, así como tampoco logra nacer a la vida. Arnold, Richards (Green, pag, 108), señala que “el padre puede estar ausente, pero el padre muerto siempre estará vivo como la madre muerta de André Green”.

Al respecto Craspanzano en su artículo sobre “El padre muerto pero vivo, el padre vivo pero muerto”, señala que los hijos de un padre muerto, están doblemente heridos ya que sufren los efectos de las heridas del padre muerto con su silencio, silencio con una carga emocional importante y además están torturados por su ausencia, convirtiéndose en desconocidos que sus hijos nunca conocerán, solo imaginarán. De ahí que ellos tendrán que defenderse de sus propias fantasías de su ausencia.  Concluye: “El padre muerto pero vivo… exhibe en silencio y furia los efectos de su herida; el padre muerto que a través de su silencio, su silencio enfurecido, no puede revelar la naturaleza de esas heridas. … Los niños están doblemente heridos. Son torturados por una ausencia; un desconocido… solo pueden imaginar “(pág. 171).

Crapanzano (2006) describe al padre muerto como un padre vivo-muerto, un padre silente, un padre quebrado, roto, un hombre devaluado, minimizado, des masculinizado, perdido en sí mismo, un padre que por tanto genera confusión y ambivalencia, el padre muerto es un padre sumergido en depresión, alcohol, drogas, etc. (pág. 263). El autor hace referencia a la población de los Harki en Francia, durante y después de la guerra de Francia y Argelia; de los sobrevivientes describe a estos padres de la guerra como silentes, ya que guardan silencio para proteger a sus hijos de su tortuoso pasado. Son padres que mantienen un discurso helado, fragmentado tal y como eran los denominados musulmanes en los campos de concentración nazi.   El expresivo silencio de los Harki, es la representación del efecto de la muerte de un padre que se mantiene vivo, que exhibe en silencio la rabia los efectos de sus heridas, un padre que traga su silencio y no revela el dolor de sus heridas. Herido el padre muerto, se vive agonizando, desangrándose, el padre muerto anula el conflicto y las experiencias intolerables sabiendo que en algún nivel esas experiencias fueron causa de su infortunio, son negadores y tratan de justificar.

De ahí que tanto en la madre muerta de André Green, como en el padre muerto se produzca una constante agonía libidinal que mantiene prisionero al sujeto y que se hará patente a través de su incapacidad para amar. Green señala que los pacientes con “una madre muerta” en la contra transferencia se fantasea con alguna depresión vivida y no anotada por el analizado en la infancia; además los conflictos neuróticos se presentan siempre como secundarios ya que el primer plano lo ocupa la conflictiva narcisista, con exigencias del ideal del yo, ya sea en armonía u oposición al superyó, además se observa impotencia para salir del conflicto, para amar, la cual se combina con una insatisfacción profunda en sus relaciones una vez conquistados a los objetos.

Green señala que algunas ocasiones se piensa que algunas fijaciones producidas en el padre son fáciles de supera porque se piensa que las relaciones con él más distantes que con la madre, pero esto no es así (pág 37).   Se convierte en nostalgia olvidada pero aún muy presente, de tal manera que los sentimientos ambivalentes hacia el padre permanecen a lo largo de la vida y no son reconocidos; Dentro del proceso psicoanalítico el encuadre representa al padre, Greenberg mencionaba que el proceso psicoanalítico por sí mismo y la experiencia como un sistema simbólico permanecen por el padre, por lo que el psicoanalista es por definición es creador de la función paterna y del rompimiento en la fantasía de la fusión con la madre.   Además, señalaba que la idealización inconsciente producida hacia el padre va a incrementar los sentimientos de pérdida, además niega la hostilidad hacia él quién se mantiene como un Dios, evocando la imagen del padre protector (pág 41).

La madre y el padre muerto son una metáfora que se manifestarán en una depresión en la transferencia, la cual indica que es la repetición de una depresión infantil, depresión que no se produce por la pérdida real de un objeto, sino que el rasgo esencial de esta depresión es que se produce en la presencia del objeto, él mismo que es absorbido por un duelo (pág. 257). Y ya que el padre es potencialmente muy importante para el niño, hay signos que muestran la necesidad del niño para protegerlo de aquellos que niegan su necesidad de él y sus deseos de mantenerlo vivo, aun cuando está dominado por la madre omnipotente, no hay un asesinato de un padre temprano aquí pero se presenta la ambivalencia.

Helen C. Meyers citada por Orgel (2011) cuestiona las razones de la preocupación por el Padre Muerto y expresa su inquietud por la disminución del interés en las teorías del padre por parte de muchos analistas, ella piensa que esta disminución está relacionada con la pérdida de poder y autoridad que hoy en día muchos hombres creen haber perdido así como las mujeres los han ganado. Piensa que la supuesta pérdida de la imagen autoritaria del padre solo es superficialmente cierta, ya que para ella la “imagen de padre muerto e indefenso es en realidad una figura de mayor fortaleza, autoridad y vitalidad de la función paterna “(p. 192), este padre “tiene un impacto más real en sus hijos y familia” como resultado de la frustración y la privación. Premisas que evocan nuevamente al concepto de lo “negativo” de Green.

Finalmente es importante considerar que los tiempos han cambiado, en los últimos años los cambios tecnológicos, sociales y culturales han sido vertiginosos, y la función de los padres en el cuidado de los hijos, en la familia y la sociedad no es la excepción. Nos encontramos ante nuevos retos con grandes diferencias en la función y rol del padre de la época de Freud en relación con la actual. En la época de Freud el padre era una figura físicamente más distante, que no podía ser cuestionado y ahora ha sido reemplazado por un padre participante.

Incluso hay quienes dicen que los viejos padres han desaparecido, que se ha ido el padre de autoridad, de tradición, del patriarcado, de la ley, en su lugar ha surgido una nueva paternidad, una que es contractual, negociadora y responsable. Una paternidad que no es más que un equilibrio entre reglas de deberes, negocian bajo contratos, dándose nuevos arreglos en la reconstitución de las familias. Al respecto se observa el ascenso aceptable de un padre que se involucra más en la educación y cuidados de los hijos, un padre más presente en realizar funciones maternas y que se ha vuelto físicamente y emocionalmente más cercano, que ha estrechado más los vínculos con sus hijos y se muestra más relajado en la observancia de las leyes del patriarcado. Cambios que deberían ser revisados a través del lente del psicoanálisis para ampliar nuestro conocimiento de la función paterna en el desarrollo del psiquismo del infante, puesto que a mi parecer la presencia paterna en los hijos resulta igual de importante que la materna.

 

Bibliografía:

  • Aisenstein, M. (2017). Murdered Father: Revisiting the Oedipus complex, by Rosine Jozef Perelberg. New library of Psychoanalysis, Routhedge, London, 2015; pp. 260. International JournalPycho-anal. 98(4).
  • Green, André (1980). La madre muerta. “En narcisimo de vida, narcisismo de muerte”. Cap. 6, págs.. 209-238. Buenos Aires: Amorrortu. 1986.
  • (1993). Aspectos de lo negativo: semántico, lingüístico, psíquico. En “El trabajo de lo negativo”. Amorrortu Editores: Buenos Aires, Arg,. Págs. 31-46.
  • Kalinich, L., J. and Taylor, S. (2009). The Dead Father: a Psychoanalytic Inquiry. Routhedge.
  • Orgel, S. (2011). An André Green Symposium: The Dead Father: A Psychoanalytic Inquity. Edited by Lila H. Kalinich and Stuart W. Taylor. New York: Rounthedge, 2008, XII. Journal of Américan Psychoanalitic Association. 59(1):183-198.
  • Velasco, K., S. (2006). “Efectos acumulativos del complejo de la madre muerta: conviviendo con el fantasma”.

 

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